Jesús ¿Por que murió y para que?

Autor: Alejo Fernández Pérez   

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La respiración de Jesús se había  hecho cada vez más trabajosa. El  pecho se le dilataba convulso por aspirar un poco más de aire; la cabeza le martilleaba por causa de las herida; el corazón le latía acelerado; la fiebre ardorosa de los crucificados quemábales el cuerpo, como si la sangre se le hubiera convertido en una corriente de fuego. La crucifixión era el más cruel y horrible de los suplicios. Así moría el más grande de los revolucionarios que ha surgido en la historia de la humanidad, y que vino a salvarnos.

¿ Por qué murió? Las predicciones de los profetas bíblicos se cumplieron al pié de la letra: Tenía que morir y tenía que resucitar. Sólo un amor infinito del Padre a sus hijos nos acerca un poco a este misterio insondable. Ha traído la Vida y le dan, en cambio, la muerte más  ignominiosa.

Ante la cruz están , en primera fila, los mercaderes a quienes Jesús hacía peligrar sus negocios; los Escribas, legañosos, zurcidores de mentiras, adiestrados en vulnerar la Ley contra el inocente; los fariseos , hipócritas que habían convertido el templo en un mercado. El día que Jesús los echó del templo a latigazos, firmó su sentencia de muerte. Tocó la fibra más sensible: la del dinero y el prestigio de una raza de sepulcros blanqueados. Sus hijos y nietos no han muerto, siguen vivos entre nosotros. ¡ Echad una mirada a vuestro alrededor!  Los veremos a nuestro lado

¿ A quién queréis que os suelte? . ¿Pues qué mal ha hecho? La plebe, adiestrada por políticos cobardes e interesados ruge: ¡ Crucifícale! ¡ Crucifícale! No hacían falta más razones. Un revolucionario que quería poner patas arribas toda una sociedad  contra el estatus reinante,  no podía sobrevivir. ¿ Cómo iba a vivir un hombre que predicaba el amor a los enemigos en contra del “diente por diente”, que exigía que había que perdonar “hasta setenta veces siete”; que hacía del amor a todos los hombres el centro de su doctrina ; que prefiere los pobres a los ricos. Un Rey de reyes que prefiere nacer en un pesebre y que la primera visita que recibe es la de unos simples pastores. Entonces ¿ Qué pintan aquí los potentados?

Se ríen de la resurrección los que se niegan a creer en la vida inmortal , los que arrastran el peso de sus cadáveres, todavía calientes y respirantes sobre esta tierra paciente. A estos muertos, mientras rechacen la Vida, les será vedado el segundo nacimiento; pero no les será negada, el último día, una irrefutable y espantosa resurrección.

Y sin embargo, Jesús  resucitó. Mucho trabajo les costó a los apóstoles aceptar este hecho. Pero cuando estuvieron persuadidos, su certidumbre fue tan fuerte y firme, que de la semilla de aquellos primeros testigos nació una interminable cosecha de resucitados, que los siglos no han acabado de recoger aún. Los interesados en  matar definitivamente a Jesús no han podido arrancar del corazón de millones de hombres la certidumbre de que el cuerpo desclavado de la cruz del calvario resucitó al tercer día para no morir más. En España, año tras años miles de hombres y mujeres cogen su cruz por Semana Santa, y en silencio, con oraciones y sacrificios rememoran la pasión de Jesús. ¿ Cuántos cofrades y penitentes han transformado sus vidas tras asistir a una sóla procesión ? En estos días, incluso de ese que dice no ser creyente, del fondo de su alma se eleva un sentimiento tembloroso, lleno de amor y esperanza que hace vibrar con una luz nueva su corazón. A pesar de todo, saben, están convencidos, que el Dios de los Evangelios existe, y  que está vivo entre nosotros.