El pelma

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es

 

Existe un tipo de ejemplar humano, cuya finalidad en este mundo consiste en estar siempre haciendo  la puñ... al prójimo. Si no están molestando parecen mudos o muertos. Ejemplares y ejemplos existen en cualquier clase social o actividad.

Desde pequeñito, en el colegio, es el encargado de molestar a profesores y compañeros con cualquier motivo. Habla alto, interrumpe, hace ruidos no deja estudiar ni atender a nadie, se pelea con todos y puede hacer perder el curso a más de uno de sus compañeros, generalmente ante la pasividad cómplice y estúpida de compañeros que ríen sus gracias.

Según crece aumentan y refinan  sus aptitudes. Suele ir en moto, con escape libre, atronando a peatones y aprovechando los charcos de la lluvia para poner tibios a más de una chica o chico. Prefiere a los ancianitos. Sus risotadas desternillan a sus amiguetes. Poco a poco pasa a engrosar la lista  de los macarras.

Cuando llega a mayor, a veces,  pone una tienda.  En las Navidades, o cualquier otra fiesta,  coloca unos altavoces en la puerta para llamar a la clientela. En ocasiones la musiquilla dura semanas. Los altavoces parecen decir: ¡ Oye que estoy aquí! ¡Barato, barato!  Durante varias horas diarias sus pobres vecinos no pueden ni poner sus televisores. Están condenados a no oír más música que la de los dichosos altavoces.

En su comunidad de vecinos se le teme como a la peste. Es el típico personaje que siempre quiere tener razón en todo; si puede, paralizará cualquier acuerdo que no sea de su agrado y, por supuesto, se negará a pagar aunque  la decisión haya  sido adoptada democráticamente. Habla, habla, habla… pero nunca escucha más que a sí mismo.

De él, nadie sabe  que nunca haya “dado un palo al agua” ni ayudado a nadie en ninguna ocasión; pero, eso sí, todo lo que hacen los demás está mal, e inmediatamente da su receta para hacerlo mejor, con la condición de que …lo hagan los otros.

En realidad, a estas personas, en el trabajo, terminan poniéndolas de patitas en la calle; en la clase , sus compañeros - a quienes les está haciendo perder mucho tiempo- terminan diciéndole ¡Hasta aquí hemos llegado!

Es inútil razonarle. En el fondo son gentes seriamente acomplejadas, se saben inútiles, incapaces. Sin embargo, su ansia de presumir, de resaltar es tan fuerte que, no sabiendo ya que hacer para llamar la atención, terminan presumiendo hasta de sus propios defectos: Soy el más burro de la clase, no doy ni golpe. Bebo más whiskys que nadie. ¡Me cachis, qué guapo soy! Y todo el mundo le soporta sin rechistar. ¿Hay remedios? Casi ninguno, entre otros motivos porque si, por casualidad,  alguno de estos personajes desaparece del grupo, enseguida otro de la misma especie le releva. El único antídoto que, a veces, da resultado es hacerles el vacio o pararles los pies con decisión y sin pamplinas. Normalmente suelen ser del género gallináceo y reculan en cuanto se les hace frente.

Por fortuna, aunque hacen mucho ruido  son poquitos; pero “haberlos haylos”, y son más molestos que las moscas burriqueras