El cafelito

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es

 

Entre las nueve y diez de la mañana de un día cualquiera. En el bar entra un grupo de trabajadores. Por favor, pónganos un cafelito. Uno lo pide con leche, otro cortado, otro sólo, el de más allá con azúcar, aquel con sacarina. El señor bajito lo quiere en taza grande, el señor alto en taza pequeña,…¡Para que después digan que somos ingobernables!

¿Cómo ha llegado hasta nosotros, aquí y ahora este cafelito? Pregunta uno. Las respuestas llegan en cascada:

Primero hubo que descubrir que el grano de café tenía ciertas propiedades. Como siempre, fue por casualidad, y debido a los efectos que producía en unas cabras. Después, ¿ que podíamos hacer con él?  ¿Lo comíamos crudos o lo hervíamos, lo tostábamos, lo molíamos; se tomaba con agua, con leche, o cómo?  Además había que decidir a que horas tomarlo, y si solos o con los amigos.

Una vez que se industrializa hay que seleccionarlo, plantarlo , cultivarlo , curarlo, transportarlo, tostarlo y comercializarlo. En todo este proceso intervienen agricultores, técnicos agrícolas, químicos, fábricas de camiones, tractores, transportistas, mecánicos, intermediarios y un sin fin de personas más.

Independientemente, el café lo tomamos en un bar, edificio en cuya construcción y amueblamiento han intervenido arquitectos, albañiles, carpinteros, electricistas, fontaneros,  pintores, artistas;  y sobre todo, burocracia, mucha burocracia: notarios , registradores, ayuntamientos para dar o denegar permisos, sindicatos, …

Tras llegar al correspondiente bar,  el café ha de pasar por la “cafetera”, que necesita un barman y un artilugio de cierta complejidad. El barman no es una persona cualquiera, tiene que ser agradable, servicial, sonriente y trabajador o los clientes se van al bar de enfrente. Al café hay que añadirle leche, azúcar o sacarina – especialmente los ancianitos-,y  como esto alimenta más bien poco todos piden media tostada con jamón, con cachuela, con mantequilla, con aceite, con mermelada, o  con cualquier otra especialidad de la casa.

Ya tenemos la taza humeante de  café ante nosotros con los aditamentos correspondientes. Unos minutos  de descanso en el trabajo, unos compañeros y amigos con los que conversar, contar chistes y pasar un buen rato. Hemos cargado las pilas. Contentos y sonrientes volvemos a nuestro trabajo. Esos minutos nos han hecho un poco felices, ¡ Han merecido la pena! Sin duda, los minutos “perdidos”? redundarán en nuestro mejor servicio a unos pocos de los cientos o miles de personas que han hecho posible este rato agradable.

Si esto pasa con un cafelito, con mayor motivo  podemos hacerlo extensible a cualquier otra faceta de nuestra vida. Ya no podemos entender a los o las que dicen “Mi cuerpo es mío y hago con él lo que quiero” ¿Suyo? . Otros nos dicen: Soy una persona que se ha hecho a sí mismo trabajando mucho y, en mi profesión, cobro lo que quiero. ¿Hecho a sí mismo? ¿No han puesto nada los demás? Para que ese Señor tan importante : político, abogado, ingeniero, artista,… halla llegado a dónde  ha llegado, ¿Se atrevería a decir, que ha llegado sin la colaboración y ayuda de nadie? ¿ Quién le curó cuando estaba enfermo, quién fabricó las medicinas que tomó, los zapatos que viste, los libros que utilizó? ¿De verdad, no debe nada a nadie?

Al final, volvemos a nuestro trabajo contentos pero con un punto de nostalgia, tristeza, humildad o un “no se que” indefinible que nos desasosiega. Hemos caído en la cuenta de que tenemos una deuda desconocida con  la sociedad en que vivimos, y  de cómo todos dependemos de todos. Por otra parte, un halo de esperanza nos ilumina y anima. Comprobamos como miles de almas desconocidas ,en un momento determinado,  están dispuestos a ayudarnos. Basta una llamada al nuevo ángel de la guarda, al teléfono 112,  para que,  al punto,  tengamos ante nuestra puerta una ambulancia o un helicóptero para atender a un enfermo, un camión de bomberos para apagar un incendio  o una ONG de cualquier parte del mundo para remediar los males del hambre, de una guerra o  de un terremoto. Que poco es un cafelito y cuanto significa. Un sentimiento de gratitud nos invade e impulsa a vernos,  y a ver a los demás, de una forma más humana, y como parte integrante de nosotros mismos. Como hermanos. En estas ocasiones, se presiente la sonrisa de Dios.