Educación en la mesa

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es

 

Cuando alguien nos habla de la buena educación, de la urbanidad, de guardar las formas, nos da un repelús. Automáticamente nos ponemos en guardia, y pensamos en los conceptos manidos y vacíos de contenido de otras épocas. Sin embargo, muchos echamos de menos un mínimo de comportamiento,  que compense las actitudes mostrencas habituales en nuestros días. El mismísimo Presidente de la Junta y el Sr. Arzobispo se sorprendieron, desagradablemente,  cuando, hace unos días,  al visitar una  escuela, los niños no se levantaron al entrar ellos ¿Por qué se habla tan poco de esto? ¿ Porqué se le da tan poca importancia?

A pesar de la arbitrariedad de las normas de convivencia, una vez admi­tidas por el conjunto social, resulta bastante peligroso transgredirlas. Los transgresores son tachados de burdos, patanes, groseros y de una forma u otra rechazados por el tejido social. En los puestos importantes del comercio, de la industria, de la política, … son tenidos muy  en cuenta la cortesía y el saber estar de las personas que ocupan o van a ocupar cargos de responsabilidad.

Las normas de conducta son necesarias y requieren aprendizaje. “Donde fueres, haz lo que vieres” “ En Roma como los romanos” ... son algunos de los dichos donde la sabiduría popular refleja los perfiles de la buena educación; pero si en el fondo de las normas no aparece la simpatía, el cariño por los demás, las buenas maneras se quedan en  frutos vanos.

La mesa, las comidas constituyen un escaparate revelador y penoso de la chabacanería y zafiedad a que nos hemos acostumbrados. Consideremos algunos casos:

Suele ser de buen tono pelar con cuchillo y tenedor una manzana, naranja u otras frutas; pero si intentamos hacerlo entre un grupo de buenas personas que no saben pelarlas, lo único que lograríamos seria humillarlas o que nos consideren un “repipi”.

La falta de puntualidad a la hora de comer, tanto si hemos sido invitados como si lo hacemos en familia, es ,simplemente, una vulgar grosería Nada hay más frustrante para la anfitriona, quien puso  todo a punto con mucho trabajo,  que ver como la comida se pasa porque alguien llega tarde, o por que ese alguien se presenta o no se presenta sin avisar previamente.

Todos sabemos que hay que  procurar no hacer ruidos tales como sorber la sopa, masticar sonoramente, golpear la cristalería con los cubiertos, …. Igualmente se evitarán carcajadas o risotadas estruendosas y estornudos escandalosos. Al estornudar hacerlo siempre sobre el pañuelo y daleando la cara hacia fuera de la mesa, caso contrario nuestros esputos podrían alcanzar platos ajenos, algo realmente asqueroso. Soplarse la nariz de forma estrepitosa es altamente rechazable.

Resulta un poco repugnante observar esas personas que miran la comida con ansia, procuran servirse las primeras, revuelven la fuente eligiendo las presas que más les gustan, y “el que venga detrás que arree”. A continuación, sin apartar su vista del plato van apartando, rechazando,  un poquito de carne más o menos hecha, un poco de cebolla que no les gusta, ídem con la zanahoria, la parte grasa de la carne, etc., dejando al final su plato lleno de restos como un campo de batalla. Evitemos fumar tanto por motivos de salud como porque para un  buen gourmet el fumar es un pecado gastronómico.

Los comidas son  algo más que un  alimento corporal. Son ritos indispensables para fomentar la amistad, los negocios y la alegría de vivir. Sólo los humanos adornan la mesa, utilizan platos y cubertería, toman café y vino; los demás animales se limitan a engullir gruñendo. ¿ Han visto Vds, alguna vez, a un burro tomar café y copa en buena vajilla y con mantel?

Es repelente conversar cuando estamos mascando con la boca abierta, y mostrando la comida. Sin embargo, no exageremos las normas. Podemos estar de acuerdo en no hablar mientras se mastica; pero si para esto nos pasamos toda o gran parte de la comida con la mano o la servilleta puesta delante de los labios, nos convertiremos en una persona ridícula. Si por no abrir la boca intervenimos en las conversaciones sin decir más que : “ Ju, Ju,….ju-ju-ju…juuuuu..” y así todo el rato, causaríamos una sensación penosa, de rechazo, entre los que nos rodean. Por muy bueno que sea un traje, como tenga una pequeña mancha se depreciará, y todos los comentarios girarán sobre la mancha. Lo mismo pasa con las personas.

En ciertos sectores sociales y por algunas personas el comportamiento bajuno y el lenguaje tabernario han sido elevados a la categoría de prestigio personal. Hay quien presume de ser el más bruto. Aparte de acertar, también suele ser el más modorro.

La buena educación es propia de gente inteligente. Cuesta muy poco y suele reportar grandes beneficios. Por el contrario, los que carecen de ella no es raro que pierdan hasta su puesto de trabajo.

Al final, nada hay más elegante ni más atractivo que la naturalidad y la sencillez,. Lo realmente importante es que nuestros comensales adviertan en nosotros la alegría de compartir la mesa, y que noten el cariño sincero que sentimos de tenerlos junto a nosotros.

Sobre todo, más que en no desagradar, más que en seguir manuales de urbanidad,  deberíamos esforzarnos en hacer la vida agradable a los que nos rodean, y esto no se consigue más que queriéndolos de verdad, queriéndolos con sus virtudes y sus defectos. O sea, como Dios manda.