¿Educar con amor o con miedo?
Autor: Alejo Fernández Pérez
Prácticamente hasta Rousseau la escuela funcionó con el “palo y tente tieso”. Las personas de cierta edad hemos sufrido la parte mala de esa educación, pero también nos hemos beneficiado de su parte buena.
En general, los abuelos de hoy nos alegramos y recordamos con orgullo la dura educación que recibimos en las primeras décadas del siglo pasado: Padres y maestros castigaban con severidad a los alumnos que llegaban tarde o faltaba a clase sin motivos, igual sucedía a los rebeldes o revoltosos. Se utilizaba la regla o el cachete, existía respeto profundo a toda autoridad, rígida moral de la época, trabajo duro durante seis días a la semana mañana y tarde, exámenes exigentes, disciplina de la época, …
Pero antes llegó el Bueno de Rousseau (1712-1778) y nos descubrió que el niño – y el hombre- por origen es bueno y libre de pecado. La educación debe fomentar su innata buena naturaleza. La moral no le debe ser impuesta, etc., etc. “Un niño no puede jamás ser acusado de maldad, porque la mala acción depende de la mala intención y eso él no lo tendrá nunca”. Apartó la importancia de cuestiones sencillas y fundamentales como el esfuerzo, la práctica repetida de actos buenos o la formación del carácter. El estilo ordenado y tradicional, con su exigencia continuada y su insistencia en las calificaciones, ha sido denigrado como vieja y agobiante moralidad.
Cierto que Rousseau contribuyó a humanizar la educación en una época de excesiva rigidez y dureza, pero él mismo se quedaría asombrado de la permisividad que impera en nuestros días, debida en gran parte al enorme peso que sus ideas han tenido en la pedagogía actual. Celebrando la creatividad e innata bondad de los niños, se ha descuidado la responsabilidad ancestral de someterlos a disciplina, de entrenarlos en la práctica del bien y de acostumbrarlos a manejarse con responsabilidad.
Consecuencias: Unos niveles de violencia y de fracaso escolar que nadie hubiese imaginado, una intolerable degradación moral de la sociedad, unos juzgados donde los sesinos, violadores y ladrones entran por una puerta y salen por la otra. Y un oscuro panorama social para cuando las nuevas generaciones salidas de la Logse y Cia empiecen a gobernar.
En España, Desde los años 70, los gobernantes implantan las ideas de Rousseau. Desde entonces, en el aula mandan los alumnos, después los padres y después, mucho después, los profesores. Ínclitos pedagogos que nunca pisaron las aulas elaboraron leyes educativas utópicas, que si bien siguen vigentes, también es cierto que la sociedad empieza a despertar de la hecatombe producida. Empezaron los useños y británicos su implantación primera y son los primeros en empezar a dar marcha atrás. Guste o no a la sociedad, trabajar y vivir es duro, cada vez más, y no se puede llegar al mercado laboral, habiendo educado a nuestros hijos con caramelitos de piñón y chupa-chups. El resultado es que la disciplina, el trabajo, el respeto a toda autoridad, y la moral tradicional deben ser devueltos a su sitio.
Resulta que estas ideas también han minado de alguna forma a la Religión Católica. Y esta, inevitablemente, vive con su época. La Religión Católica Era rígida y autoritaria cuando la sociedad era rígida y autoritaria. Se vuelve blanda y permisiva cuando lo hace el ambiente en que se mueve. Sin embargo hay un diferencia sustancial y profunda con los gobiernos temporales: La Iglesia es eterna, lo es su doctrina y lo es su forma de gobierno. Y no cambiará hasta el final de los tiempos. La experiencia de más de dos mil años lo aseveran.
Adaptándose a los tiempos la Iglesia se ablanda. Su predicación deja de insistir en el temor a Dios y acentúa lo referente al Amor. Se abandonan de forma excesiva las enseñanzas sobre la muerte, el infierno, el diablo, el cielo, los sacrificios, ayunos y abstinencias, … y todo aquello que se refiera al miedo a ser castigado por un Padre que es todo amor. No hay dudas de que las referencias al infierno han salvado a muchas almas. Y no hay duda de que el amor atraerá a otras muchas. No despreciemos a ninguna de las dos en los sermones y catequesis . Estoy seguro que nuestros sacerdotes sabrán rescatar el temor a Dios, tan abandonado, quizá por no atreverse a nadar contracorriente, y del que tanto habla la Biblia. Eliminar al infierno, estamos viendo como nos está llevando al infierno del “Todo vale” de la Nueva Era y de la Relatividad, cáncer moral de nuestra época. En esta guerra no se puede prescindir de ninguna arma.
La madre Teresa de Calcuta cuenta que, tras pedir insistentemente la salvación de un alma , Jesús le respondió: “Yo quiero Teresa, pero él no”. Puede que un hijo desprecie a su padre, muy rico y poderoso; pero si este le amenaza con desheredarle y mandarle a prisión, lo más probable es que, aunque a regañadientes, termine obedeciéndole en todo. El palo y la zanahoria han sido siempre, para educar y predicar, inmejorables instrumentos cuando se aplican con sensatez.
El Señor todopoderoso ha hecho el infierno como lugar de tormento para algo y para alguien. La Biblia y la Iglesia están llenas de referencias al cielo, pero también al infierno, y sus palabras no pueden ser desoídas sin peligros por cualquier creyente. O creemos o no creemos en Dios y en sus palabras. Si creemos, dejemos de discutir y chalanear con Dios y cumplamos sus mandatos. Si no creemos, tendremos que esperar al final de nuestras vidas para comprobar quien tiene razón. Entonces , para muchos, podría ser demasiado tarde.
Mérida, 22 de febrero de 2008