Disputadores son mis amigos; Mas ante Dios derramaré mis lágrimas .
Job 16:20
Todas las noches inundo de llanto mi lecho;
Riego mi cama con mis lágrimas.
Salmos 6:6
Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche,
Salmos 42:3
Pon mis lágrimas en tu redoma
Salmos 56:8
Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.
Salmos 126:5
Mas ésta ha regado mis pies con lágrimas,
y los ha enjugado con sus cabellos.
Lucas 7:44
, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno.
Hechos 20:31
Muchas veces hemos pasado por situaciones comprometidas, tristes, y
hasta peligrosas, y siempre nos hemos valido de nuestras propias fuerzas y de
nuestro propio criterio, para enfocar, discernir y resolver nuestras
dificultades. No hemos puesto nuestras cosas en manos de quien todo lo puede,
tal vez por miedo, o por no creernos merecedores de la protección de Dios en
cada momento. La conciencia nos acusa, y así nos impide ir a la fuente de todo
consuelo. Al Cristo que da sin reproche.
En cambio los grandes hombres de Dios comprendieron muy bien su
estado ante Él, y como los que oyeron la predicación de Pedro en el templo
después de este recibir al Espíritu Santo, se compungieron de corazón y
rogaron por que se les librara de la ignorancia y el error por los medios de Dios,
y no por sus propias fuerzas. Sepa, pues, inequívocamente toda la casa de
Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y
Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón , y dijeron a Pedro y a los
otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? (Hechos 2:36).
Esa es la pregunta que surge, enseguida que recibimos la iluminación,
para comprender y buscar la voluntad de Dios. ¿Que haremos? Como David
lloraba su pecado, como Ana la madre del profeta Samuel, conductor y juez de
Israel, cuando pedía al Señor un hijo : ella con amargura de alma oró a Yahvé, y
lloró abundantemente. (1ª Samuel 1:10). Y también Ezequías en trance de
muerte, así como Nehemías al contemplar la ruina de Jerusalén. Todos ellos
lloraron, por que era lo único que podían ofrecer a Dios, sus lágrimas salidas de
sus ojos y su corazón afligido.
Lloraban las santas mujeres al paso del inocente Jesús, cargado con su
cruz, y lamentaban clamando por la gran injusticia de aquel tormento, pero
Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí,
sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos... Porque si en el árbol
verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará? (Lucas 23:28 ss.). Él
UNCIÓN Y LÁGRIMAS
sabía que los lloros habían de ser por nuestro triste destino, y no por su muerte
y sufrimientos, que devinieron divinamente en su resurrección y su ascensión
junto a su Padre Celestial.
Las lágrimas verdaderas, son lluvia que apaga los incendios de nuestras
concupiscencias . Son la señal de que, arrepentidos de veras, nos acercamos
dolidos al Salvador, para que nuestras lágrimas ablanden el rigor que hemos
merecido. Ese temor y esa esperanza, es la que produce lágrimas, que de
suplicantes, se tornan en jubilosas cuando nos sentimos perdonados y acogidos
de nuevo al favor de Su Divina Majestad.