Dime que te cuento y te diré que aprendes
Padre Marcelo Rivas Sánchez
Por una amistad con Dios
Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se
extienda también a todos los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo...
En el libro del Eclesiástico o Sirácides 6,14-17 se puede leer: “Un amigo
fiel es un refugio seguro: el que lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo
fiel no tiene precio, no hay manera de estimar su valor. Un amigo fiel es un
bálsamo de vida, que encuentran los que temen al Señor. Él que teme al Señor
encamina bien su amistad, porque como es él, así también será su amigo” De
verdad que una buena amistad es mejor de lo mejor. Pero cuando se trata de la
amistad con Dios es insuperable.
Somos muchos que nos hemos acostumbrado a buscar a Dios en los
momentos más terribles de nuestra vida. En situaciones lamentables y
terminales donde ya casi no hay luz pues la hemos consumido en otras cosas.
En esta amistad que debemos procurar de Dios nos sale al encuentro otro texto
bíblico en Mateo 5,1-12 ·Dichosos los pobres en el espíritu” Un pobre no es aquel
que nada tienen, pues hay muchos que tienen y son unos pobres de solemnidad
Bienaventurados los pobres de espíritu. Aquí falta algo más. Porque de
ellos es el Reino de los Cielos. (Mateo 5,3) Algo que es muy distinto. Hablamos
de una pobreza como virtud y lo es porque Cristo mismo, siendo Dios y
disponiendo de todas las riquezas, quiso ser pobre. Es un desprendimiento del
corazón de esas cosas que no son necesarias para la vida. La pobreza no
significa necesariamente miseria. Y es por eso que podemos encontrar ricos
pobres y pobres pobres, a los que la riqueza o la pobreza no les impiden estar
adornados por la virtud del que es pobre de corazón. La virtud de la pobreza es
el testimonio de quienes han elegido el amor de Dios como único tesoro y
riqueza, que buscan el Reino de Dios como única heredad. (Salmo 145)
Entonces, esa amistad con Dios no significa tener bienes materiales o
estar sin problemas. Nada de eso, es una felicidad que se observa y se siente.
Felices a pesar de la enfermedad, a pesar de las estrecheces económicas, a
pesar de todo. Felices porque Dios es su fuente de la santidad y de la felicidad.
Esa felicidad hace que Jesús vea a los pobres, oprimidos, los
desheredados, los despreciados como importantes y lugar para colocar su amor
en esa felicidad que siente y vive. Claro que Jesús sabe que la maldad existe,
que la esclavitud existe, que la avaricia de unos pocos empobrece a muchos. Y
eso no le gusta a Dios, ya que ante esto nos grita: somos sus hijos, el Reino de
Dios es para nosotros, herederos de la tierra, tendremos misericordia, veremos
a Dios y seremos llamados hijos de Dios. Por eso, cuando una persona con
problemas o estrecheces descubre a Dios “encuentra ese gran tesoro” Aquí no
hablo de fanatismo o tomar a Dios porque no hay nada más que hacer. Somos
hijos de Dios y el evangelio es un mensaje de dicha. Necesitamos a Dios para
comprender con alegría las Bienaventuranzas.
Al hacernos amigos de Dios vamos a comprender que el Evangelio
prometa alegría; anuncia alegría; construye alegría. Hay que despertar a una
alegría de encuentro con Dios, no de simple gusto donde rezo por rezar, voy a
misa por cumplir o simplemente soy bueno porque hay muchos malos. Pues lo
contrario a amistad es el miedo, la desconfianza, la falta de voluntad y esas no
ganas de avanzar.
Nuestro gran problema ha sido quedarnos a mitad del camino. En
cualquier circunstancia buscamos a Dios y él nos responde favorablemente para
que luego nos olvidemos de su amor, de su respuesta, de su acción a favor
nuestro. E incluso al pasar esa acción divina como que nos volvemos peores.
Gente que conquisto el corazón de Dios por una enfermedad o por la falta de
trabajo. Se hizo sacrificios, encuentros ya brazos con los más pobres, cadenas
de oración, procesiones interminables… Al obtener lo que se buscaba se acabó la
gasolina. Y el remedio fue peor que la enfermedad.
Dios amigo que nunca falla nos invita a no limitarnos, a no ser
conformistas, a saber que hay otros que están peores que uno, que hay que
vivir a fondo. Mirar siempre un poco más allá, un poco más lejos, y dejarnos
sorprender, inquietar, emocionar, cautivar. Aspirar a lo grande, lo bello, lo
bueno, lo profundo, lo pleno. Amar lo amable. Criticar lo malo, y apuntar
soluciones, o al menos aspirar a ellas.
La amistad que no mueva a la superación no es recomendable.
Dios, siempre, nos invitará a seguir”