Dios viene a mí

P. Fernando Pascual

3-5-2019

 

A veces pensamos cómo llegar a Dios, cuáles sean los caminos que permiten que algunos logren la fe y, en esa fe, consigan paz y un cambio profundo de vida.

 

En realidad, la pregunta debería ser cómo reconocer que Dios ya ha llegado al hombre, a cada hombre, porque eso fue la venida de Cristo al mundo.

 

"Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16).

 

No todos lo descubren, no todos se dan cuenta. Las causas que explican cada situación son muy diferentes.

 

Pero hay algo que está siempre presente en todo ser humano: una apertura de corazón que permite acoger el don que se ofrece a quien lo quiera aceptar.

 

"Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre" (Jn 1,11‑12).

 

El cristianismo se explica como un don, como una gracia. El amor no ha sido el resultado de un buen comportamiento del ser humano, sino la acción totalmente gratuita de Dios que busca al pecador.

 

"En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1Jn 4,10).

 

Desde el momento de la Encarnación de Cristo, desde que la Virgen lo acogió con un sí lleno de confianza y humildad, el mundo es diferente: vence el amor, hay esperanza, la fe descubre el verdadero sentido de las cosas.

 

"Entonces dijo el que está sentado en el trono: Mira que hago un mundo nuevo" (Ap 21,5). O, como otros traducen, "hago nuevas todas las cosas".

 

Dios viene a mí, como Hijo del Padre y como Hijo de María. Me llama hermano y quiere ser mi amigo. Me invita a rezar como Él rezaba, y a repetir con otros, en la Iglesia, la oración más maravillosa: "Padre nuestro"...