Padres de nosotros mismos

P. Fernando Pascual

15-2-2019

 

Toda paternidad viene de Dios, pues solo debemos llamar Padre a Aquel de quien venimos (cf. Mt 23,9; Ef 3,14-15). De esa paternidad deriva la de nuestras madres y nuestros padres, a quienes debemos la concepción y el nacimiento en un momento determinado de la historia humana.

 

Existe, además, otra paternidad: la que cada uno ejerce sobre sí mismo a través de sus acciones libremente escogidas.

 

Aristóteles profundizó de modo particular en esa "autopaternidad" cuando explicaba cómo a través de nuestras acciones vamos configurando, poco a poco, nuestro modo de ser y de actuar.

 

En los primeros siglos, San Gregorio de Nisa explicaba cómo los seres que estamos sometidos al cambio nacíamos continuamente, pero no por influjo externo, sino desde nosotros mismos. Estas fueron sus palabras:

 

"Así pues, ser sujeto sometido a cambio es nacer continuamente (...) Pero aquí el nacimiento no se produce por una intervención ajena, como es el caso de los seres corpóreos (...) sino que es el resultado de una decisión libre y, así, nosotros somos en cierto modo nuestros mismos progenitores, creándonos como queremos y, con nuestra elección, dándonos la forma que queremos" (San Gregorio de Nisa, "De vita Moysis", II, 2-3: PG 44, 327-328).

 

Por eso, uno se hace bueno (valiente, generoso, temperante, justo) si realiza buenas acciones. Uno se hace malo (envidioso, intemperante, cobarde, avaricioso, egoísta) si escoge malas acciones.

 

Reconocer esto permite tener presente la gran responsabilidad de nuestra existencia humana. Porque cada una de nuestras acciones libres nos va plasmando poco a poco, hasta el punto de que en un cierto momento nos resulta muy difícil dejar un modo concreto de ser, como subrayaba Aristóteles.

 

Ante estas verdades, necesitamos pensar muy bien las cosas antes de llevarlas a cabo, y pedir luz y fuerza a Dios para apartarnos del mal y para emprender caminos hacia el bien.

 

Es cierto que la experiencia nos enseña qué fácil resulta escoger el pecado y dejar a un lado lo bueno. Pero con la ayuda de la gracia de Dios, sobre todo desde el don de la misericordia, podremos levantarnos de una caída y, con humildad (una virtud clave para toda nuestra vida), reemprender el camino que conduce hacia las virtudes y hacia todo aquello que nos permita crecer en el amor.