No hago mal, pero, ¿hago el bien?
P. Fernando Pascual
4-10-2015
El minimalismo lleva a buscar lo menos costoso, lo más fácil, lo “mínimo”. Entonces uno se
conforma con decir que no hace mal a nadie.
Pero la vida no tiene sentido simplemente si no hago daño, si no estorbo, si no provoco
problemas. Eso es mucho, pero no basta.
La vida tiene sentido cuando hacemos el bien. La pregunta fundamental, entonces, es esta: ¿hago
el bien?
Quizá no sea un bien muy grande. No todos estamos llamados a apagar incendios ni a
inmovilizar a ladrones peligrosos.
Lo que sí podemos hacer todos es el bien ordinario, sencillo, de cada día: un saludo lleno de
afecto, unas palabras de ánimo a quien está cansado, escuchar a quien necesita desahogarse.
Es el bien de cada día, para andar por casa, en la oficina o en el taller, en el campo o en la
ciudad, en el autobús o en medio de un tráfico que necesita conductores serenos y sonrientes.
En ese bien sencillo, asequible, humilde, también se incluyen mis palabras, en las que puedo
promover la buena fama de quienes están cerca o lejos, en las que puedo defender a quien es
injustamente criticado.
Además, podemos hacer mucho con una oración sincera, confiada, en la que pedimos a Dios por
los pobres, los hambrientos, los enfermos, los encarcelados, los que sufren injusticia, los que
están tristes y solos.
No basta, pues, con aspirar a no hacer el mal. Estamos hechos para mucho más. Entonces
seremos constructores del bien, de la alegría, de la esperanza, de la belleza, del amor auténtico y
hasta heroico.
El ejemplo lo tenemos en Cristo: pasó haciendo el bien (cf. Hch 10,38). Un ejemplo que nunca
pasa, que llega a cada generación humana, que ilumina y que da fuerzas.
“Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los
pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he
hecho con vosotros” ( Jn 13,14-15).