Situaciones de pecado habitual y conversión
P. Fernando Pascual
19-10-2013
La vida cristiana inicia desde una invitación al arrepentimiento: “El tiempo se ha cumplido y el Reino
de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” ( Mc 1,15). La conversión implica reconocer
el propio pecado, desde la ayuda de la gracia que nos abre a la misericordia, y romper con ese pecado
para iniciar una vida nueva en Cristo.
El “Catecismo de la Iglesia Católica” (n. 1427) lo explica con estas palabras:
“Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: ‘El tiempo se
ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva’ ( Mc 1,15). En la
predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y
su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe
en la Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch 2,38) se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es
decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva”.
Entre los muchos obstáculos a la conversión, hay uno que se produce desde las situaciones de pecado
habitual. No se trata de esos periodos de tiempo, a veces muy largos, en los que un hombre o una mujer
caen con frecuencia en los mismos pecados, sino en una opción de vida por la cual se acepta y se
convive con el pecado de modo estable.
Pensemos, por ejemplo, en una persona que decide formar parte de un grupo que lleva a cabo de modo
organizado diversas formas de injusticia. Mientras la persona siga adherida a ese grupo, vive en una
situación de pecado habitual.
Otro caso, frecuente y doloroso, se da en rupturas matrimoniales a las que luego siguen nuevas
uniones. Cristo enseñó que lo que ha sido unido por Dios no lo separe el hombre. La Iglesia católica
mantiene como parte de su doctrina esa enseñanza del Maestro. Así lo podemos leer, por ejemplo, en el
“Catecismo de la Iglesia Católica” (n. 2384):
“El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por
los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual
el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por
la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en
situación de adulterio público y permanente”.
¿Es posible una auténtica conversión en quien se encuentra en esas situaciones y no hace nada por
romper con ellas? No, porque la verdadera conversión está acompañada por un esfuerzo sincero en
romper con el pecado, también con decisiones valientes. Sólo cuando la gracia ha sido acogida de
modo pleno, la persona tiene fuerzas para salir de esas situaciones y empezar un camino de
arrepentimiento sincero.
Cuesta, ciertamente, destruir una situación de pecado habitual en la que uno se encuentra atrapado, con
mayor o menor culpa. Pero sabemos por la fe que Dios, si pide algo, da las fuerzas para cumplirlo. Se
trata, por lo tanto, de abrirse a la acción de la gracia, de dejar que resuene en el propio corazón la voz
de Jesucristo.
Entonces será posible el milagro: un corazón romperá, con alegría, con situaciones de pecado habitual
que le dañan y que dañan a otros, y empezará el hermoso camino que lleva a la conversión, a la gran
fiesta de la misericordia.