La fidelidad de un humilde fraile
P. Fernando Pascual
24-8-2013
A través de pasos pequeños, de un superior complaciente, y de temperamentos amigos de una vida
más fácil, aquel monasterio había dejado casi por olvido el fervor de otros tiempos. Sólo un fraile
de cierta edad buscaba, día a día, vivir a fondo los detalles de la Regla.
Para muchos se había convertido en una molestia: quien falta continuamente a sus Reglas no se
siente a gusto ante quien las cumple con fidelidad. Por eso un buen día varios compañeros fueron a
hablar con aquel fraile para que dejase de vivir como un francotirador solitario y se adaptase a lo
que se había convertido en “normal” para la mayoría.
-Buenos días, fray Jacinto.
-Buenos días a todos.
-Mira, hoy queríamos preguntarte por qué vives tan apegado a las Reglas. ¿No te das cuenta de que
los tiempos cambian y de que hay que adaptarse a lo que exige el mundo moderno?
-Bueno, para vivir como el mundo no hubiera entrado en el monasterio. O, si un día me hubiera
cansado de las Reglas, habría decidido salir con la misma libertad con la que entré.
-Sí, tienes razón, pero ahora es la comunidad la que en la práctica ha tomado una actitud más
madura y menos farisaica. Vivir las Reglas hasta los detalles más pequeños es algo que vale para un
novicio joven, pero no para un religioso ya maduro.
Fray Jacinto abrió los ojos sorprendido: no entendía aquel modo de hablar que le resultaba extraño.
Luego respondió:
-Es cierto que las Reglas no son el Evangelio: el Capítulo las aprobó porque pensaba que podían
ayudarnos. Y han dado muchos frutos durante años. ¿Para qué las iba a dejar ahora de lado?
-Pero, mira, ¿no es absurdo ir contra lo que todos hacen? Sería un detalle de humildad y caridad
dejar actitudes por las que te haces diferente de los demás. Es mejor saber caminar con los propios
compañeros, sin pretender títulos de superioridad, que enrocarse en una supuesta perfección que
sólo sirve para aumentar tu autoestima.
-No me considero superior a ninguno de vosotros. Simplemente quiero vivir como lo prometí a
Dios y a la Iglesia el día de mis votos. En ese momento le dije al Señor que me consagraba a Él y al
servicio de los hermanos según nuestras Constituciones y Reglas. ¿Por qué tengo que cambiar lo
que entonces prometí?
Luego prosiguió:
-Repito, no me considero superior a nadie. Dios sabe, y mi conciencia también, que soy un pobre
pecador. Pero si hoy toca guardar ayuno, si no he de ver películas en Cuaresma, si no he de buscar
la comida más agradable, si he de ayudar a quien lo necesita a costa de dejar mi descanso (son
indicaciones que están en nuestras Reglas), ¿es que causo daño a alguien?
Las palabras de fray Jacinto salían de unos labios humildes y de un corazón sincero. Alguno de los
oyentes sentía cierta pena en lo íntimo de su alma: ¿no tenía mucha razón aquel monje que buscaba
ser fiel a lo que todos y cada uno habían prometido al entrar en el monasterio?
-Bueno, fray Jacinto, el mundo tiene sus ritmos y lo que un joven busca vivir no vale para quienes
tienen más años y experiencias.
-Pues yo creo que lo que me pide Dios vale ayer, hoy y mañana. Si un día el padre abad me avisa
que han cambiado las Reglas, actuaré según las nuevas indicaciones. Mientras tanto, voy a intentar
servir a Dios como siempre lo he hecho: según ese camino que tengo escrito en nuestras
Constituciones.
Los demás monjes se alejaron. Alguno había recibido, en esos breves momentos, un ejemplo de
coherencia. Fray Jacinto, por su parte, se dirigió a la capilla y rezó.
Sus palabras no fueron las del fariseo que se consideraba superior a un pobre publicado (cf. Lc 18,9-
14). Más bien pidió a Dios fuerzas para seguir en ese camino de santidad que había escogido hacía
muchos años.
Así deseaba vivir y morir también ahora: para servir a la Iglesia y a tantos hombres y mujeres que
reciben, de modo invisible pero real, las gracias del cielo, con la ayuda de corazones fieles y
coherentes como el de fray Jacinto.