Recuerdo, pecado y misericordia
P. Fernando Pascual
17-8-2013
No es fácil ni agradable recordar los propios pecados. En ocasiones, porque la lista se hace larga; o
simplemente porque sentimos vergüenza de haber caído una y otra vez en faltas que podríamos
haber evitado con un poco de voluntad y de vigilancia.
Por eso muchas veces deseamos no abrir la caja del recuerdo de esas acciones oscuras en las que
dominó el egoísmo, la pereza, la lujuria, la avaricia, la envidia, el rencor...
Existe, sin embargo, otro modo de mirar nuestros pecados: desde la acción de la misericordia de
Dios en la propia vida.
Porque recordar los pecados del pasado no es un ejercicio masoquista para humillarnos y destruir
nuestra soberbia. Por el contrario, si lo hacemos bien, recordar los pecados permite reconocer la
presencia insistente, amorosa, fiel, de ese Dios que es Padre de las misericordias, perdón infinito,
dulzura y cariño.
Dios no desea castigar al pecador, ni destruir a quien una y otra vez ha cedido ante las fuerzas del
mal. Su mayor deseo es levantar al caído, curar al enfermo, limpiar al sucio, perdonar al pecador.
Si nos colocamos en esa perspectiva, el recuerdo de los propios pecados conduce al recuerdo de la
misericordia. Sintonizamos, así, con el Corazón de Cristo, que desea encontrar a la oveja perdida
para ponerla sobre sus hombros, porque así se lo ha pedido Su Padre que también es Padre nuestro.
Empezamos así a vivir plenamente como cristianos.
Eso es lo que vivimos en el sacramento de la confesión. Eso es lo que celebramos en la Eucaristía,
memorial de la Pasión salvadora de Jesucristo. Eso es lo que cantamos en tantos salmos, que repiten
una y otra vez que Dios es bueno, que su misericordia es eterna...