¿Hay cristianismo sin contrastes?
P. Fernando Pascual
12-8-2013
Nunca ha sido fácil predicar el Evangelio. No lo fue para el mismo Cristo. No lo fue para los
primeros cristianos. No lo fue para tantos y tantos anunciadores del pasado. No lo es tampoco en
nuestro tiempo.
Existe, sin embargo, el peligro de una predicación apagada, tranquila, hecha más para tranquilizar a
los oyentes que para ayudar a un encuentro auténtico con Jesucristo.
Ese peligro se produce cuando permitimos que la mentalidad del mundo nos domine. Entonces
dejamos de sentir el fuego del Evangelio en nuestras almas y nos preocupamos en evitar críticas o
reacciones negativas, en no incomodar a los oyentes.
Así, resulta fácil encontrar homilías donde no se habla del pecado. O constatar que hay sacerdotes y
laicos que tienen miedo a denunciar la injusticia terrible que se comete en cada aborto. O leer textos
de grupos más o menos competentes en catequesis que han eliminado conceptos como los de
infierno, culpa, avaricia, tibieza, lujuria y parecidos.
Hay quienes piensan que de este modo atraerán a la gente a la Iglesia católica. Pero, ¿atrae la sal
cuando se vuelve sosa? ¿Estimula una luz que no alumbra? ¿Es seguidor de Cristo quien deja de
lado por completo la idea de la cruz y la necesidad de abnegarse cada día, quien olvida los deberes
de caridad hacia los pobres, los enfermos, los más necesitados?
Un cristianismo descafeinado, anonido, tibio, no es cristianismo. Será, quizá, un espejismo más o
menos engañoso, pero no la fe en todo lo que realizó y predicó el Hijo de Dios que vino al mundo
para rescatar al hombre del pecado.
No existe cristianismo sin contrastes porque no existe cristianismo sin cruz, sin sacrificio, sin
verdades que penetran más que una espada de doble filo (cf. Hb 4,12).
Sólo a través del mensaje auténtico, genuino, puro, que viene de Cristo, el cristianismo llega a ser lo
que quiso su Fundador: el encuentro con el Camino que lleva a la Verdad y a la Vida, que nos saca
de nosotros mismos para invitarnos a acoger el Amor y a amar a Dios y a los hermanos.