Cuando llegamos a la cima
P. Fernando Pascual
28-7-2013
Cuesta llegar a una cima, pero produce una alegría inmensa.
La vida del montañero transcurre entre esperanzas y cansancios. Todo inicia con un deseo y un
proyecto. Luego, llega el momento de la decisión. Después, los preparativos. Por fin, a primeras
horas del día, inicia la marcha.
Hay que atravesar pueblos, hay que cruzar caminos, hay que intuir atajos, hay que medir las fuerzas,
hay que tener claro dónde reponer el agua.
Por fin, las laderas. El monte aparece ante los ojos con toda su grandeza y sus misterios. Numerosos
senderos invitan a rutas más fáciles, a veces engañosas. La meta no se deja conquistar tan
fácilmente.
Quedan atrás caminos difíciles o hermosos, espinas y arañas, sol y humedad, carretera y piedras. La
cumbre está cada vez más cerca.
La última subida, el último rellano. Una cruz indica dónde está la meta. Hemos llegado.
Ante los ojos, un panorama inmenso y magnífico. Los pueblos parecen pequeños. Algunas nubes
han quedado por debajo. Bosques de hayas o de abetos dan un toque sugestivo a la cima.
Un águila alza el vuelo, mientras se escucha el canto sereno y alegre de unos grillos. Sobre las
cabezas, un cielo limpio e intenso.
El corazón se ensancha en gratitud hacia Dios. En la mente y en los labios un Padrenuestro tiene,
desde la cumbre, un sabor fresco, filial, humilde, pleno.
Dios, desde arriba, sonríe. Sí, hay dolores y penas en este mundo tan lleno de misterios. Pero
también hay momentos en los que se toca, casi físicamente, la ternura y la bondad del Padre que
levantó montañas, que plantó hayedos y que invita a una cima mucho más alta y más hermosa a
cada uno de sus hijos.