Tiempo de cosechas
P. Fernando Pascual
20-7-2013
Un campo y fuerza entre las manos. Abrir surcos, lanzar semillas, regar y anhelar lluvias nuevas.
Luego, quitar abrojos, luchar contra parásitos incansables.
Pasan las semanas y los meses. Quedan atrás fríos y tormentas, jornadas de sol y días inciertos. Por
fin, llega el tiempo para la cosecha.
La semilla dio fruto. Crecieron plantas vigorosas. Las espigas ondean bajo el viento. Un campo
fecundo ofrece una cosecha como pocas.
El tiempo de cosechas tiene un sabor especial para quien ha estado tantos días sobre el surco. No es
lo mismo masticar pan tierno sin haberlo trabajado que tomar entre las manos una hogaza cuando en
el corazón se guarda el recuerdo de sudores y esperanzas.
Si la cosecha ha sido buena, surge de lo más íntimo del alma un canto de gratitud a Dios. Desde su
mirada paterna, con su cariño incansable, nos permite nuevamente tener en la mesa los frutos de los
campos, recogidos gracias a hombres y mujeres que, cerca o lejos, emprendieron ese difícil trabajo
de la siembra.
La gratitud, si es completa, se convierte en fiesta compartida. Los frutos no son para unos pocos.
Cientos de hombres y mujeres esperan, necesitan, manos amigas que compartan ese don inmenso de
una nueva cosecha. La caridad es parte de ese inmenso río de bendiciones que viene de los cielos.
Es tiempo de cosechas y de acción de gracias, de bendiciones y de repartos. Si hay justicia y
amplitud de miras, si hay generosidad y atención a los más pobres, este tiempo será una nueva
ocasión para imitar la bondad del Dios que hace llover sobre buenos y malos (cf. Mt 5,44-48), que
ofrece amor y alegría sin medida.