¿Estamos seguros de que seremos buenos?
P. Fernando Pascual
15-7-2013
Hay un pecado del que se habla poco: el pecado de presunción. ¿En qué consiste?
Se trata de uno de los pecados contra la esperanza. El “Catecismo de la Iglesia Católica” habla de la
presunción de la siguiente manera:
“Hay dos clases de presunción. O bien el hombre presume de sus capacidades (esperando poder
salvarse sin la ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia o de la misericordia divinas
(esperando obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito)” ( Catecismo de la Iglesia
Católica , n. 2092).
Esas dos clases de presunción se refieren a la meta para la que fuimos creados, es decir, a ese deseo
de ser un día plenamente felices en el cielo, con Dios y con los santos.
Podríamos también aplicarlas a una creencia que a veces surge en los corazones: estar seguros de
que se puede llegar a ser buenos.
Si esa creencia se basa en la idea de que por mí mismo, de modo “pelagiano”, puedo superar las
tentaciones y trabajar hacia la perfección, habría incurrido en una forma de presunción. Como
también sería presunción suponer que no tengo que esforzarme en ninguna virtud porque Dios me la
dará, independientemente de lo que haga.
En realidad, un cristiano sabe que el mal ronda a nuestro alrededor continuamente. Por un lado, el
mundo nos propone antimodelos y nos arrastra hacia la avaricia, la pereza, la soberbia, la rebeldía,
el rencor, el desenfreno, la superficialidad. Por otro, nuestra misma carne nos invita a lo fácil, lo
cómodo, lo placentero. Por último, existe un demonio que ronda, “como león rugiente, buscando a
quién devorar” (cf. 1Pe 5,8).
Ante tantos peligros, el creyente sabe que él mismo, o quienes están a su lado, o las instituciones y
los grupos, pueden caer en cualquier momento en la pendiente resbaladiza que conduce a la maldad.
Al reconocer que existen tantos peligros, que surgen desde dentro del alma y desde fuera,
aprendemos a ser menos presuntuosos, a desconfiar de nuestra flaqueza, a reconocer que ninguna
persona ni ningún grupo humano tienen garantizados la perfección en esta vida terrena.
A la vez, descubrimos que todo don perfecto viene de lo alto (cf. St 1,17), y que necesitamos vigilar
y orar para superar las tentaciones. Sólo cuando confiamos en el Señor, que es el único que salva y
que guía hacia el bien los esfuerzos humanos, superaremos presunciones engañosas y viviremos en
esa actitud humilde y confiada que conduce hacia la verdadera santidad cristiana.