La soledad de Cristo y nuestra propia soledad
EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA
emiliorodriguezascurra@gmail.com
Con la celebración del Domingo de Ramos nos disponemos a iniciar la semana mas
importante del año litúrgico y de la vida de todo cristiano, a tal punto que la llamamos
Santa. En ella se revela el Hijo del Padre, pues hasta entonces era uno más del pueblo, si
bien sus prodigios y milagros eran signos de su condición divina, es en el misterio de la
Cruz y en la gloriosa Resurrección donde se nos revela como el Cristo que debía venir
para dar su vida por todos.
En el domingo de Ramos en el que conmemoramos la entrada triunfal de Jesús en
Jesusalén comenzamos a caminar junto a él, el camino de la Salvación, los hechos de la
Semana Santa nos conducen a ella. Nos encontramos con un Jesús que montado en un
asno es vitoreado por un importante grupo de personas que sale a recibirlo, al grito de
“¡Hosanna al Hijo de David!” (Mateo 21, 1-11), sin embargo la multitud que lo
ovaciona será la que pedirá a gritos su crucifixión y muerte en cruz.
Junto al misterio de dolor al que es conducido aparece una de las características tal vez
mas propias del mismo: la soledad. Nunca sufrimos los sufrimientos de los demás, en
tal caso sentimos por ellos, ni otros pueden sufrir nuestro dolor, sino que somos cada
uno quienes sufrimos por nosotros.
A medida que avanza la semana Jesús va quedando cada vez mas en soledad, de la
multitud pasa a la casa de María, Marta y Lázaro, luego a la reducida comunidad de los
discípulos en la que siente que será traicionado por uno de ellos, por lo que el dolor de
la traición hace aún más dura de llevar la pesada carga, para encontrarse con la difícil
realidad de tener que hacer su mayor acto de entrega, pues toda su vida fue una
auténtica entrega a la misión del Padre. Es en soledad como debe soportar los fuertes
azotes, la represión no solo física sino también verbal, la burla y el desprecio, en esas
condiciones debe cargar su propia Cruz a conciencia de que camina hacia su propia y
dolorosa muerte. “En Jesús, la compasión de Dios alcanza su máxima expresión. Él es
la compasión divina hecha hombre” 1 .
La heroica paciencia con la que Cristo afronta su Pasión y muerte por nosotros, en
espera de su Resurrección, nos invita a reflexionar sobre nuestra propia soledad.
Aparece como algo que nos asusta, pues su valoración en nuestra sociedad actual,
acostumbrada a lo masificado y ruidoso, es negativa, pero a identificación de Aquel que
supo llevarla con fortaleza se nos presenta como una oportunidad, cuando no un medio,
para encontrarnos con nuestra propia cruz, con nuestras debilidades, flaquezas,
impurezas de nuestra condición humana, a sabiendas que nuestros sufrimientos,
enfermedades tanto físicas como espirituales, dolores y fatigas de la vida cotidiana o de
1
Comentario de la Biblia de nuestro pueblo a Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9
hechos concretos de nuestra historia, debemos sobrellevarlos en la mas profunda
soledad, sólo cada uno de nosotros sabe con qué cruz carga, no la que exhibimos sino la
que verdaderamente llevamos.
Es en nuestra sana soledad, desentendiéndola de la solitud permanente y/o de la auto
marginación, donde nos encontramos con el Cristo que quiere redimirnos, que es aquel
capaz de sanarnos de nuestras heridas, a quien debemos ofrecerlas en este tiempo en el
que la Iglesia nos propone para ello, seguros de que no somos sanados ni liberados por
nuestra propia virtud sino por la Cruz de Cristo. No quedamos sanados únicamente por
mirar hacia adentro sino por trascender de nosotros mismos hacia lo alto del monte, para
contemplar el misterio de la Cruz, como Moisés y su comunidad que debían mirar la
serpiente de bronce colocada sobre el mástil para quedar purificados (Números 21, 4-9).
Mirando hacia afuera, y hacia lo alto, somos redimidos.
Habiéndonos perdido somos encontrados por Aquel que nos ama, nos busca y nos
perdona. La soledad en la que caminamos con nuestras luces y sombras, y que nadie
puede cargar por nosotros, es colmada de la luz de la Salvación que las purifica. Que en
esta Santa Semana, tiempo providencial, aprendamos a cargar con nuestra propia
soledad, como lo hizo Jesús, para que podamos ser renovados por el amor que el Padre
nos tiene y revela.-
PARROQUIA MADRE ADMIRABLE. RECOLETA – BS AS