LA FAMILIA DE JESÚS.
EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA
emiliorodriguezascurra@gmail.com
“Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”, esto
responde Jesús ante el anuncio de sus discípulos de que detrás de la multitud su círculo
familiar mas cercano deseaba acercarse para verlo.
A simple vista pareciera como si Jesús despreciara a su familia, pero lejos está de ser
así, a cada momento de su vida su madre, signo del amor familiar, está junto a él y él a
su vez está junto a ella, desde la Cruz le dice: “Ahí tienes a tu hijo”, sealándole a Juan,
es decir, no la deja sola, en Juan estamos cada uno de nosotros: la Iglesia.
¿Qué quiere enseñarnos con éstas palabras? Que la unión con Dios, que nos hace
hermanos, uno todos en él, nos mueve a superar el pequeño entorno familiar para
comprendernos a todos como humanidad en un sentido pleno de hermandad, pues la
enseñanza de Jesús no se reducía en aquel entonces a los de su familia o a los de su
religión o su pueblo, sino que era para todos, y todos eran bienvenidos en ella.
Jesús bendice con éstas palabras la idea de familia que engloba a todo el género
humano, partiendo de la Iglesia, es decir, de aquellos que habiendo escuchado la Palabra
de Dios la practican. Ahora bien, es importante destacar que escuchar se diferencia
notablemente de oír, quien oye solo lo hace a nivel sensitivo, mientras que quien
escucha aprehende de manera tal lo oído hasta poder convertirlo en vivencia para su
propia vida.
Entonces esto lleva a cuestionarnos acerca del lugar que ocupa en nosotros la escucha
de la Palabra, la práctica frecuente de la vida sacramental, entre otras, que a veces
pareciera que solo se vive como un mero formalismo que no se traduce en actos
concretos de vida. Desde nuestra concepción como católicos (que quiere decir
universal) estamos llamados a hacer el bien al otro sin discriminar sus creencias, clase
socioeconómica, color, nacionalidad, etc, y a llevar la buena noticia a todos, no a modo
de imposicin: “Tenés que creer”, sino como propuesta de vida, y he aquí que la forma
mas eficaz de contagiar nuestra fe es a través del testimonio en la vida ordinaria.
No se quiere decir con esto que tenemos que hablar todo el tiempo de Dios a aquellos
que no creen o a quienes practican otra religión, sino que tenemos que tener la
capacidad de superar los límites de nuestra propia “familia de fe” para confraternizar
con los otros, empezando por la aceptación de las diferencias para poder entablar un
diálogo sincero con ellos y así fortalecer nuestra fe, pues lejos de ponerla en tela de
juicio cuando nos atrevemos a salir de nuestros esquemas para acercarnos al otro nos
fortalecemos, crecemos más de lo que teníamos calculado, pues en el amor nadie pierde
sino que en su dinamismo todos somos fecundados.
Atrevernos a ser seres cuya fe no se reduzca a una escucha racionalizada de la Palabra
es un desafío que nos lleva a abrir puertas, saltar barreras, y crear lazos de comunión
con los demás, ese es el espíritu católico: el de la universalidad.
Al encontrarla bañando y curando a un leproso una seora dijo a Madre Teresa: “Ni por
un millón de dlares haría yo eso”, a lo que la beata sabiamente respondi: “Yo
tampoco, pues esto se hace solo por amor”.-