LA COHERENCIA, ¿VALOR CENTRAL DE LA VIDA?
EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com
Uno de los valores que más se han visto azotados es el de la coherencia, es decir, esa
unidad entre lo que se piensa, se dice y se hace. El pragmatismo en el que se vive en la
actualidad nos conduce a propuestas más simplistas de vida, pues es mas sencillo
dejarse llevar por los vientos de época, pronunciando discursos acordes al momento
presente sin importar sus resultados históricos, menos sus consecuencias en la
credibilidad que los demás depositen en nosotros, que expresarse a favor de ideas no
sólo perdurables en el tiempo, sino también que tienden a la búsqueda del bien común y
al compromiso real y desinteresado.
En su rechazo a la tentación de Pedro de evitar el mal, no entendiendo el valor redentor
del sufrimiento, el proyecto que Dios tenía pensado para Él; Jesús no condena de
ninguna forma al apóstol, pese a la forma que puede sonar un poco fuerte: “Retírate, ve
detrás de mí, Satanás”, de hecho será la roca firme sobre la que estará cimentada nuestra
Iglesia, sino que da una lección sobre el compromiso ante la responsabilidad asumida.
Cuando se tiene un objetivo claro de vida, un horizonte hacia el que toda la existencia se
orienta, y se toman en cuenta los valores que llevan a ella, la vida va encarrilada y posee
un sentido; ahora bien, cuando no se está dispuesto a jugarse por ningún ideal mas que
el de la primacía del bien individual, del logro de caprichos personales en beneficio
propio, entonces la vida se torna oscura, incoherente, pues en función de lo que se
quiere se podrá adherir a una forma de pensar por un tiempo, luego a otra, pero en
ninguno de los casos se actuará de correcta forma, es decir coherentemente.
Esto no se aplica únicamente en casos de las grandes responsabilidades políticas,
económicas, éticas, etc., si bien en estos ejemplos cobran especial relevancia al estar en
juego la vida muchos, sino también en nuestra vida concreta, hablamos de necesidad de
reducir la pobreza pero sin comprometernos, de la necesidad de diálogo desde
estructuras cerradas en sí mismas y no abiertas a la realidad contextual, de la necesidad
de cambios desde estructuras que se proponen como un nueva forma de quietismo,
fomentamos la integración desde la disgregación no solo de áreas de nuestras vidas sino
desde nuestra relación con aquellos que tenemos más cerca.
Es materia común escuchar que se justifican acciones a partir del “yo lo siento así”, o
“hago esto porque lo siento”, la pregunta que cabe hacerse es si “estarás sintiendo bien”,
no para quedar encerrados en el círculo de lo meramente sentimental, sino para
comprender que como animales racionales, según la definición de Aristóteles, el
hombre descubre en la naturaleza los criterios necesarios para luego determinar si una
acción es correcta o incorrecta, buena o mala, de acuerdo se adapte a ella o no. Cuando
se sigue este camino se alcanza la virtud, que es la elevación de la vida afectivo-
sentimental a un plano racional, es decir, que las pasiones, deseos y sentimientos no nos
dominan, haciéndonos esclavos suyos, sino que podemos manejarlos y actuar de
acuerdo a parámetros más altos y certeros que los de la propia subjetividad.
La propuesta cristiana es la de una actitud de vida coherente en la que prime el proyecto
que Dios tiene para cada uno, y esto implica la renuncia a los propios intereses, no a
vivir en la indigencia de iniciativas en el sentido estricto de este término, sino al
abandono de la primacía de nuestros deseos por sobre los de los demás, es decir, por
sobre nuestro ideal de vida. Los valores no se corrompen, los ideales no pasan de moda,
las ideas no se esfuman, es la tentación relativista actual la que suscita el deseo de los
oportunistas equívocos de siempre.-