Enseñemos a amar a la Iglesia a niños y adolescentes
Por Luis Javier Moxó Soto, para autorescatolicos.org
Es realmente una ocasión muy oportuna la que vivimos ahora para mostrar la identidad,
humanidad y misión divina de la Iglesia católica a nuestros hijos, alumnos y catecúmenos.
Sobre todo en los más mayores, habría que tener en cuenta hasta qué punto el ambiente que les
rodea, y las informaciones que les llegan, han podido empañar o no la imagen que de la Iglesia
puedan tener. Muchas veces han sido noticias sesgadas o manipuladas, pero también en
ocasiones los adultos hemos sido causantes, cómplices mediante el silencio o la no intervención
serena y clara, que determinados prejuicios se hayan cultivado y crecido en ellos a peor.
Cuando esos niños y adolescentes nacen, crecen y maduran en familias y comunidades donde el
amor a la Iglesia es el pan nuestro de cada día todo se vuelve más sencillo, e incluso los
supuestos escándalos se viven con dolor pero también con la esperanza de la conversión. Pero
en el caso que haya una distancia afectiva y efectiva, como la de aquellos que dicen creer pero
no practicar, por mil y una excusas, todo descrédito o toda crítica cae en suelo abonado. Da
igual que sea un escándalo sexual o la renuncia de un Papa cansado o debilitado.
¿Se puede entender que alguien diga que es forofo, por ejemplo, de un equipo de fútbol, y sólo
comparta las victorias como propias, haciendo responsable de las derrotas a la plantilla? Nos
encanta ganar pero tenemos que aprender a perder. No se puede estar en el equipo sólo cuando
las cosas van bien. Al morir Jesús algunos dejaron de creer y ser de su comunidad. No confiaron
en verle entre los que le amaban ni en la resurrección. Pero Jesús está entre nosotros y volverá.
La Iglesia y la realidad entera, está en las manos de Dios. Somos humanos y por tanto
pecadores. Nos duelen más las faltas de los de nuestra casa, de los más cercanos que de los que
no conocemos. Pero no las vamos pregonando, aunque seamos los primeros interesados en que
nos vaya mucho mejor de los que nos va. Que seamos mejores, que nos queramos más, que no
discutamos tanto, que la convivencia sea para todos motivo de descanso y de paz.
Ya sabemos que no estamos aquí en el paraíso, pero podemos vivir mejor entre nosotros y con
los demás, en nuestra familia, en nuestra comunidad escolar y parroquial. ¿Qué hacemos en esos
ámbitos por la Iglesia? Concretamente, por ejemplo: ¿por qué en los centros educativos
católicos no se vive y se estimula más la fe, el amor y el compromiso con la Iglesia católica? Y
en los demás lugares, centros públicos y familias, incluso a nivel individual, cuando se ataca
más o menos directamente a la Iglesia, ¿cuál es nuestra reacción o respuesta?
Pienso que la cuestión clave es la conciencia de pertenencia a la Iglesia. No se puede decir creo
en Dios o en Jesucristo y no en la Iglesia. Fundador y fundación no sólo no son incompatibles,
sino que para encontrarle a Él hay que estar en ella, con sus consecuencias. Creer y no practicar
es un creer vano, desengañémonos. Ni siquiera es un creer vago, realmente es no creer. No se
puede ser médico y no ejercer cuando hace falta. Identificar creer con opinar, aceptar una serie
de normas vacías, ni me puede valer, ni interpela nada ni tiene el poder de mejorar mi vida.
Si para mí y para ti creer es el sentido de nuestro actuar cristiano, y así confesamos la
importancia que tiene lo que Él nos ha dicho, lo que vivo en Su Rostro, la Iglesia, todo cambia.
Porque, ¿nos gustaría que atacaran a nuestra madre, padre o cualquier familiar? Si es la Iglesia
de verdad nuestra familia, ¿seguiremos consintiendo que la ataquen o la defenderemos con todo
el amor, paciencia y medios que podamos? De nosotros depende que sea respetada y amada.