Educar como somos educados, en nuestra comunidad y por Cristo
Por Luis Javier Moxó Soto, para autorescatolicos.org
Nos pasa a menudo que no reconocemos que estamos todos hechos bien y, más o
menos, por el mismo patrón. Es verdad que no somos iguales, e incluso que por ser mayores se
nos debe una honra un respeto, pero quizá no siempre estamos dispuestos a reconocer en los
fallos, defectos y errores de nuestros hijos los nuestros a su edad. Y que tanto nosotros como
ellos necesitamos ser corregidos con caridad y educados desde una aceptación incondicional de
confianza, de amor.
En medio de nuestras relaciones consideramos que hay personas y momentos de éstas
que nos hacen crecer, madurar, renovar, y cambiar a mejor. Procuramos estar cerca para que
estas situaciones y encuentros especiales se repitan, pues los esperamos y pedimos. Cuando
además tenemos la suerte de vivir esto en medio de una comunidad cristiana, podemos ver en
acto cómo la misericordia de Cristo educa nuestro corazón y razón según la voluntad de Dios, a
través también de mediaciones humanas, las de nuestros amigos y compañeros de camino.
Lo que nos parecía increíble, que el acontecimiento de Cristo suceda en nuestra pequeña
y frágil historia humana, que se despierten en nosotros preguntas acerca de la correspondencia
de nuestro corazón, de nuestros deseos más profundos y verdaderos, el gusto por la vida vivida
intensamente,… ocurre, sucede de forma tangible, verificable, y podemos confrontar lo que nos
sucede con la propia experiencia.
A poco que nos detengamos en el devenir de nuestra jornada, no solamente desde
nuestros pensamientos y sentimientos, esquemas y planes, sino sobre todo desde nuestro
corazón y sus deseos e inquietudes más naturales y espontáneas, veremos cómo no son tan
distintos de los de nuestros hijos y educandos. Nos unen más factores de los que pensamos de
un punto de vista meramente intelectual, abstracto o, menos aún habitualmente justificado de
una “necesaria” distancia y superioridad.
Todos somos educados por la presencia de Otro que es el mejor pedagogo, que nos lleva
al Padre; por el camino del conocimiento de nosotros mismos a la humildad y de ahí a la
Verdad; y por el del amor a la confianza plena y de ahí a la santidad. Que tardemos poco o
mucho depende de nuestra obediencia a los datos de la realidad, pero lo cierto es que se da para
todos sin exclusión.
Quizá nos pueda pasar que pensemos que eso de vivir la fe realmente sea para una élite
de personas que recibieron una vocación de especial consagración a Dios y a su servicio, cuando
esto del seguimiento real de Jesucristo es para todos. El camino cristiano de la salvación se
dirige a todos y es lo menos abstracto que hay. Es una cuestión de fe, sí, pero ¿qué es esto sino
confianza, reconocimiento, vida,… amor a una Presencia que me sostiene y educa hacia mi
plena madurez?
Entonces el vértigo, o miedo, que puede suponer trasladar estas lecciones de la vida que
recibimos en nuestro ambiente, comunidad, y desde Jesucristo, esta madurez necesaria que
proviene de Él, que nos educa desde la libertad, a los niños y adolescentes de los que somos
padres y educandos, ha de ser confrontada también a diario con su experiencia y la nuestra.
Eduquemos, sin temor, como somos educados. Siendo referencias vivas pero no agotando en
nosotros la mirada de otros, sino siguiendo y apuntando siempre al que es más grande que
nosotros.