Dime que te cuento y te diré que aprendes
Padre Marcelo Rivas Sánchez
www.diosbendice.org
Ir a los más lejanos. Es acercarnos a los Caseríos.
Estoy tratando de adaptarme al nuevo signo de los tiempos: “La
Nueva Evangelización” que no es otra cosa, sino darme cuenta que Dios
alcanza a todos y de forma especial a lo que están más lejos, ya sea por vivir
indiferentemente o por la geografía donde habitan. Pero también porque hay
personas que, dentro de su humildad e ignorancia, están siendo
bombardeados y necesitan que les ayudemos a comprender la idea amorosa
de Dios, que no castiga, condena, sino que abraza y acoge.
Al comienzo, en obediencia al Señor Arzobispo, no entendía, pero si
sabía que Dios escribe recto en líneas torcidas, para que hoy pueda con
orgullo cristiano leer con esperanza a Marcos 16,15 “Vaya al mundo entero y
proclame el Evangelio a toda la creación” Palabras de aliento y que nos
hacen recordar que al subir el Señor a los cielos eso mismo le pide a su
Iglesia (Juan 20,21) Les hablo de algo esencial a todos que se concentra en
el ser misionero de cada uno en el compromiso evangélico.
No crean que sea fácil. Todo cuesta y más cuando uno ha pasado
tantos años en la gran ciudad y ya con 28 años de sacerdocio uno empieza a
esconder las fuerzas. Pero Dios es el que actúa y existimos para evangelizar,
lo demás es cuento. Desde esta óptica he visto a los habitantes de los
caseríos confundidos, atrapados en una sarta de mentiras que muchas
sectas practican para exprimirlos con el diezmo, la esclavitud de un mal
servicio de visitar hogares y de forma especial, lavando el cerebro para que
no puedan ver lo que está a su alrededor y sean serviciales a ellos y no
servidores del amor de Dios.
Esas sectas, que son expresiones de muchas divisiones y
enfrentamientos entre otras tantas y variadas, desfiguran a Cristo Jesús, ya
que lo hacen esclavo de sus pasiones materiales y tesis absurdas.
Aprovechan la soledad y proponen un grupo acogedor; luego se esconden
en la novedad saben my bien que a la gente le gusta lo mágico y por eso
ofrecen soluciones rápidas. Además, ofrecen una respuesta a la pérdida de
valores, perfección del ser humano como el dominio de la mente, del cuerpo,
incluso de la misma muerte. Creen en la reencarnación y la pronta llegada
del mundo feliz.
En los caseríos las sectas aprovechan de su humildad y sencillez para
engañarlos y al aceptar sus mensajes comienzan a cambiarlos. Quien entra
ya no es la misma persona que regresa a casa. Obligadas a separarse de sus
familias (despreciarlas), de su trabajo, de sus estudios, de sus amigos, de su
amor. Le cambian hasta el modo de hablar. Ya no son alegres, se encierran
en su mundo sectario. Dándole rienda suelta a las alucinaciones nocturnas y
toda clase de revelaciones. Todo esto para aprovecharse de ellos y hagan lo
que se les pida.
Esto es amparado por el estado que no regula, que deja actuar y hasta
le conviene porque en río revuelto ganancia de pescadores. De las sectas, la
más peligrosa son los Testigos de Jehová, secta que se dividió de los
adventistas del Séptimo Día, en los Estados Unidos. Su fundador, Russell,
montó un negocio editorial a base de vender libros. Ella es catalogada de
destructiva por la Organización Mundial de la Salud por ir en contra de la
caridad al negar las transfusiones de sangre a sus adeptos.
Necesitamos una Nueva Evangelización. Nueva en su ardor, en sus
métodos y en su expresión al mejor estilo de Juan Pablo II. Aquí no es hacer
algo diferente o llamativo. Se busca tener una nueva actitud de forma audaz,
decidida y en armonía. Por ello, volviendo al mandato universal del Señor,
nos corresponde llevar ese Evangelio a todos, pues Dios quiere “que quiere
que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1
Tim 2, 4)
Para ello: en visitas programadas y preparadas colocar en el centro
Cristo Jesús presentado en lenguaje sencillo y asequible. Recuperar la
celebración de los misterios de Cristo, especialmente la de los sacramentos
en humildad y solemnidad. Evangelizar las tradiciones en especial la piedad
popular. Crear la conciencia de que no estamos solos, que formamos parte
de la Iglesia. Cuidar la catequesis y desarrollarla. Preparar con ardor la
Catequesis a los adultos para despertar la fe y hacerles caer en la cuenta
que Dios nunca los ha abandonado. Acercarnos y dar testimonio del amor y
respeto para incorporarnos a ellos en sus anhelos y aspiraciones como
hombres y mujeres. Colaborar con la educación, el desarrollo social y la
caridad. La Iglesia, que somos todos y que siempre hace una invitación a la
santidad.
Ellos necesitan de nosotros y nosotros de ellos. La fe nos acerca a
Jesús y desde Jesús nos motivamos todos. La persona de Jesús, que sale a
nuestro encuentro, nos cambia y al hacerlo nos convierte para hacernos una
persona nueva (2 Corintios 5,17)
Dios les bendiga siempre.
mrivassnchez@gmail.cm @padrerivas
La Resurrección
Todos hemos pasado por la dolorosa amargura de ver partir a un ser
querido en ese momento duro de la muerte. La noticia, la morgue, la
funeraria, velación, la familia que viene de lejos, el hermano que no le
hablaba, el cementerio… Y todo esto trae la pregunta: ¿Qué hay más allá?
Desde que el mundo es mundo esta pregunta ronda nuestras vidas y
muchos pueblos lo despejan de diferentes maneras. Por ejemplo os egipcios
creían que el alma seguiría avanzando por un tiempo indefinido y regresa al
cuerpo y por lo cual había que conservar el cuerpo para ese momento.
(Embalsamiento, momificación) Los griegos pensaban que el alma encerrada
en el cuerpo y venía la muerte a darle libertad. En ese Hades bebían del agua
para olvidar lo terreno, pero el alma sin la paz volvía, se encarnaba. Hasta la
negación de lo sobrenatural que sería el materialismo.
Para nosotros, Católicos, es sabido que la resurrección de los cuerpos
tiene carácter de dogma, es decir artículo de fe en donde no hay duda. Para
ello nos apoyaremos en el Credo de los Apóstoles, el Concilio de Lyon, el de
Letrán y desde el Antiguo – Nuevo Testamento y sin dejar a un lado las
enseñanzas de las Tradición Cristiana.
En el Antiguo Testamento desde Daniel escuchamos: "Muchos de
aquellos que duermen en el polvo de la tierra despertarán, unos para una
vida eterna, otros para la ignominia, la infamia eterna" (12, 2) También
Ezequiel con aquellos huesos secos que fueron reordenados y revivificados
(37) Isaías nos recalca: "¡Que vuestros muertos revivan! ¡Que sus cadáveres
resuciten! ¡Que despierten y canten aquellos que yacen sepultados, porque
vuestro rocío es un rocío de luz y la tierra restituirá el día a las sombras" (26,
19) Y no olvidemos a Job quien desolado se levanta: "Yo lo sé: mi vengador
está vivo, y aparecerá, finalmente, sobre la tierra. Por detrás de mi piel, que
envolverá eso, en mi propia carne, veré a Dios. Yo mismo lo contemplaré,
mis ojos lo verán, y no los ojos de otro" (19, 25-27)
Ya en el Nuevo Testamento, después de la muerte de Lázaro, Marta
manifiesta su creencia: "Sé que [él] ha de resurgir en la resurrección en el
último día" (Jn 11, 24). Contundente, San Pablo no duda en poner la
resurrección final al mismo nivel de certeza de la resurrección de Cristo:
"Ahora, si se predica que Jesús resucitó de entre los muertos, ¿cómo dicen
algunos de vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay
resurrección de los muertos, Cristo no resucitó. Si Cristo no resucitó, es
vana nuestra predicación, y también es vana vuestra fe" (1Cor 15, 12-14).
Y por último, supremo testimonio, el propio Cristo Nuestro Señor no sólo
supone la resurrección de la carne como cosa bien sabida, sino también la
defiende contra los ataques de los saduceos: "En la resurrección de los
muertos, ni los hombres tomarán mujeres, ni las mujeres, maridos, sino
serán como los ángeles de Dios en el Cielo. Pero, en cuanto a la
resurrección de los muertos, no leísteis en el libro de Moisés cómo Dios le
habló de la zarza, diciendo: ‘¿Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y
el Dios de Jacob?' Él no es Dios de muertos, sino de vivos" (Mc 12, 25-27; Mt
22, 30-32). El Mesías todavía declararía esa verdad en otros pasajes (Jn 5, 28-
29; 6,39-40; 11, 25; Lc 14,14).
La doctrina de la resurrección en la Tradición cristiana
Los Padres, Doctores e insignes teólogos siguieron con firmeza el recto
camino trazado por el Divino Maestro. En el siglo II, San Policarpo dio el
apodo de primogénito de Satanás al que niegue la resurrección y el juicio1.
Arístides afirma que los cristianos guardan los mandamientos porque
esperan la resurrección de los muertos2. Atenágoras escribió un tratado
entero sobre la resurrección de los muertos, en el cual demuestra primero la
posibilidad de la resurrección, su conveniencia y necesidad; después prueba
que el hombre es inmortal, ya que es racional; y como, por otra parte, está
compuesto de alma y cuerpo, él no puede conseguir con perfección su fin y
su bienaventuranza si el cuerpo no vuelve a unirse con el alma.
Santo Irineo enseña que nuestros cuerpos, nutridos con el manjar
eucarístico, reciben la semilla de la resurrección3. En el siglo III quien con
más brillo defendió la resurrección futura fue Tertuliano. Esta carne que Dios
formó con sus manos y según su propia imagen, que animó con su soplo a
semejanza de su vida (...) ¿esta carne no resucitará? ¿Esta carne que es de
Dios a tantos títulos?4.
Un testimonio de San Agustín: Resucitará esta carne, la misma que es
sepultada, la misma que muere, esta misma que vemos, que palpamos, que
tiene necesidad de comer y de beber para conservar la vida; esta carne que
sufre enfermedades y dolores, esta misma tiene que resucitar, los malos
para siempre penar, y los buenos para que sean transformados5.
Aunque respaldada por tantos y tan serios testimonios, no deja de ser una
maravilla imaginar que, en un día conocido sólo por el Altísimo, al toque de
las trompetas angélicas, millones de cuerpos emergerán de las
profundidades de los océanos, surgir de las entrañas de la tierra, y juntos,
levantarán los ojos al Creador, que entonces separará a los suyos (cf. Mt 25,
31-33).
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