¿Sirve predicar el Evangelio?
P. Fernando Pascual
18-5-2013
Es duro predicar en el desierto. No en el desierto físico, con sol y dunas, sino en el desierto de la
indiferencia, de la soberbia, de la autocomplacencia, de la avaricia, de las vidas lejos de Dios.
Es duro predicar en el desierto... Pero el mensajero ha sido enviado para eso: para dar una señal de
alerta, para remover conciencias, para compartir un regalo que permita al menos que alguno
escuche, recapacite y se convierta.
En el Antiguo Testamento leemos estas palabras de aviso al profeta Jeremías: “Les dirás, pues,
todas estas palabras, mas no te escucharán. Les llamarás y no te responderán. Entonces les dirás:
Esta es la nación que no ha escuchado la voz de Yahveh su Dios, ni ha querido aprender. Ha
perecido la lealtad, ha desaparecido de su boca” ( Jr 7,27-28).
El mismo Cristo quedó sorprendido ante la dureza de corazón y la falta de fe en muchos de sus
oyentes. “Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de
prestigio». Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes
curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno
enseñando” ( Mc 6,4-6).
A pesar de todo, el mensajero sabe que debe cumplir su misión. Como Pedro, como Pablo, como los
primeros apóstoles, como los miles y miles obispos, sacerdotes y misioneros de todos los tiempos,
la voz ha sonado en ambientes duros, ante corazones asfixiados por la autosuficiencia, en medio de
sociedades esclavas de la idolatría o cegadas por filosofías falsas.
Sin embargo, algunos ven inútil todo esfuerzo, o tienen miedo, y prefieren callar. Para ellos
conservan todo su valor las palabras de san Gregorio Magno: “Porque, con frecuencia, acontece que
hay algunos prelados poco prudentes, que no se atreven a hablar con libertad por miedo de perder la
estima de sus súbditos; con ello, como lo dice la Verdad, no cuidan a su grey con el interés de un
verdadero pastor, sino a la manera de un mercenario, pues callar y disimular los defectos es lo
mismo que huir cuando se acerca el lobo. Por eso, el Señor reprende a estos prelados, llamándoles,
por boca del profeta: Perros mudos, incapaces de ladrar” ( Regla Pastoral , 2,4).
Ningún enviado puede dejarse llevar por el miedo, ni detenerse ante la pregunta: ¿para qué voy a
hablar si nadie hará caso? Al contrario, nuestros corazones están llamados a un amor más grande y
generoso, que nos lance a predicar en todo momento.
Es cierto que san Pablo advertía de los peligros de la indiferencia y del cierre de los corazones, pero
no por ello dejaba de invitar al anuncio: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo,
reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los
hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con
un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se
volverán a las fábulas” ( 2Tm 4,2-4).
Son tiempos duros (¿ha habido algún tiempo fácil en el pasado?), pero Cristo envía y da fuerzas.
Nos toca, llenos de confianza en la gracia de Dios, lanzar la semilla de la Palabra.
Cada corazón que recibe el Evangelio y reconoce con la fe que Cristo es el único Salvador, llena de
alegría a quien puso sus labios, su mente y su vida entera al servicio del anuncio más importante: ya
llega el Reino de Dios (cf. Mc 1,15; Mt 12,28; Lc 10,9-11; Lc 17,21).