Ramas y raíces
P. Fernando Pascual
11-5-2013
Con calma o con prisas, una tras otra llegan leyes contra la vida, contra la familia, contra la justicia,
contra la libertad de conciencia.
Muchos se organizan y protestan: no es correcto asistir pasivamente a la aprobación de leyes con las
que se llamará matrimonio a lo que no lo es, o se permitirá que los médicos maten a los hijos en el
seno materno.
Las protestas son legítimas, pero surge una pregunta: ¿no buscamos cortar malas ramas cuando las
raíces están enfermas? En otras palabras, ¿es posible evitar malas leyes y promover buenas leyes si
el Estado se construye desde principios equivocados?
Porque un Estado tiene malas raíces cuando considera que los votos tienen más valor que la justicia,
cuando piensa que una Constitución basta para garantizar los derechos básicos de la gente, cuando
supone que los jueces pueden cambiar con criterios arbitrarios buenas leyes, y cuando deja espacio
a propagandas manipuladoras con las que se impide conocer la verdad de los hechos y las injusticias
“protegidas” desde algunas leyes inicuas.
Por eso, la lucha contra las malas ramas no logrará resultados serios si no se va a la raíz de los
problemas.
Muchos Estados tienen sus raíces dañadas. Mientras los gobernantes, legisladores y jueces no
admitan que por encima de votos y de opiniones existen principios irrenunciables y derechos que
deben ser defendidos siempre, incluso contra la así llamada voluntad popular, los Estados no podrán
garantizar la justicia para todos.
En cambio, si un Estado acepta y reconoce que por encima de las leyes positivas y de los consensos
humanos hay principios irrenunciables y derechos que valen siempre, entonces estará preparado
para evitar daños como los que ahora son legalizados y para promover leyes que tutelen los
derechos de todos, especialmente de los más indefensos y desprotegidos.