Dolor de atrición, dolor de contrición
P. Fernando Pascual
20-4-2013
El perdón de los pecados es un don gratuito de Dios. Ese perdón supone que uno reconoce su propio
pecado y que se duele sinceramente por haber actuado contra Dios.
El dolor ante los pecados que uno ha cometido puede ser de dos tipos: imperfecto o perfecto. El
dolor imperfecto se llama dolor de atrición. El dolor perfecto se llama dolor de contrición.
La explicación de los mismos fue elaborada a lo largo de los siglos y madurada de modo especial
durante el Concilio de Trento.
¿En qué consiste el dolor imperfecto o atrición? Veamos cómo viene explicado en el “Catecismo de
la Iglesia Católica”:
“La contrición llamada ‘imperfecta’ (o ‘atrición’) es [...] un don de Dios, un impulso del Espíritu
Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de
las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el
comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución
sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los
pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia (cf. Concilio de Trento:
DS 1678, 1705)” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1453).
El texto recoge elementos esenciales de la atrición. Primero, recuerda que la atrición es don de
Dios: descubrir que uno ha pecado es un resultado de la acción de la gracia en el corazón de un
hombre. Segundo, describe aspectos de este dolor imperfecto: la pena ante el propio pecado surge al
ver la fealdad del mismo y al considerar sus efectos (especialmente la posibilidad de una
condenación eterna, es decir, del infierno). Tercero, subraya que la atrición no basta para perdonar
los pecados graves, aunque prepara el corazón para acudir al encuentro con la misericordia en el
sacramento de la confesión.
El otro dolor es perfecto y se llama contrición. Veamos nuevamente cómo es presentado por el
“Catecismo de la Iglesia Católica”:
“Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es ‘un dolor del alma y una
detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar’ (Concilio de Trento: DS
1676).
Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama ‘contrición
perfecta’ (contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también
el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea
posible a la confesión sacramental (cf. Cc. de Trento: DS 1677)” (Catecismo de la Iglesia Católica,
nn. 1451-1452).
Los dos números del Catecismo que acabamos de transcribir nos presentan elementos
fundamentales del dolor de contrición (o dolor perfecto). En primer lugar, tal dolor surge desde el
amor a Dios, al que el pecador ama “sobre todas las cosas”. En segundo lugar, este dolor implica
detestar el pecado y un deseo sincero por no volver a cometerlo.
Además, se indican dos efectos importantes de la contrición: perdona los pecados veniales; y
perdona también los pecados mortales, a condición de que haya un propósito firme de acudir cuanto
antes al sacramento de la penitencia.
Estas son, en sus líneas básicas, las diferencias entre el dolor de atrición y el dolor de contrición.
Los dos surgen desde la acción de Dios en el alma del pecador. Los dos llevan a la búsqueda de su
misericordia. Los dos nos introducen en la gran fiesta de los cielos que inicia cuando un pecador se
convierte (cf. Lc 15).
Entre los dos dolores, sin embargo, hay una diferencia importante. Uno, la atrición, es imperfecto e
insuficiente para lograr inmediatamente el perdón de Dios, si bien dispone al mismo al acercarnos al
sacramento de la Penitencia. Otro, la contrición, ya implica ser perdonados, con el propósito de
acudir cuanto antes a la confesión.
Esa diferencia no impide al pecador avanzar desde la atrición a la contrición: un dolor imperfecto
puede ser el inicio de un dolor más maduro y más sincero. De este modo, el alma aprenderá a amar
cada día más al Padre de la misericordia que nos ha rescatado del pecado con la muerte de su Hijo
hecho Hombre para salvarnos.