Los laicos y el anuncio del Evangelio
P. Fernando Pascual
6-4-2013
Se dice que con el Concilio Vaticano II llegó la hora de los laicos. En realidad, la hora de los laicos
ha sido algo constante en la historia de la Iglesia católica.
Ya desde el inicio, el anuncio de la Resurrección corrió a cargo de mujeres, como recordó el Papa
Francisco en la Audiencia general del 3 de abril de 2013. Luego, en Pentecostés, el Espíritu Santo
llegó no sólo a los apóstoles, sino a muchos otros creyentes en Cristo.
Con el pasar de siglos, el Evangelio se difundió por el mundo gracias a hombres y mujeres
convencidos y entusiastas de su fe. Desde luego, muchos misioneros eran obispos y sacerdotes.
Pero no faltaron miles y miles de laicos que comunicaban, en su vida familiar y en su vida
profesional, la gran noticia: Cristo murió y resucitó para redimirnos.
Ha existido en el pasado y pervive en el presente el peligro de dejar la tarea de llevar el Evangelio
sólo en manos de los sacerdotes y de los religiosos. Alguno dirá que con razón, pues no todos
pueden conocer la doctrina católica ni tienen tiempo para comunicarla a otros. Sin embargo, todos
los bautizados tienen muchas ocasiones, pequeñas o grandes, de testimoniar que Cristo vive y que
han recibido un mensaje que da sentido a sus propias vidas.
Las formas de comunicar a Cristo son muchas. La primera, la más urgente y quizá la más eficaz, es
el propio testimonio. De nada sirve ir por la calle repartiendo folletos católicos si luego uno se
emborracha o comete adulterio. Un católico coherente con su fe consigue más que mil palabras.
Existen, además, otras formas, como la participación en grupos de Acción católica, en asociaciones
de misioneros laicos, en voluntarios que ayudan en hospitales o en zonas más desprotegidas. En
concreto, resulta sumamente hermoso ver cómo en algunos periodos del año, miles de jóvenes o de
familias enteras van de misiones por las calles de pueblos o ciudades.
Por eso, en la vida de la Iglesia los laicos están llamados a ocupar un papel importantísimo para
llevar el Evangelio a lugares donde los sacerdotes no pueden llegar. Porque si Cristo es Dios y si
murió para salvar a todos los hombres, hacen falta bocas, pies y corazones que lleven el mensaje al
campo y a la fábrica, a la oficina y a la plaza, a los deportistas y a los escritores, a los ricos y a los
pobres.
Los laicos son, por lo tanto, una parte muy importante en la vida católica. Desde su testimonio y
desde su palabra, con una actitud profunda de respeto y de diálogo, pueden ofrecer a otros un
tesoro. De ese modo, la levadura fermentará la masa y miles de corazones podrán descubrir la gran
noticia: Cristo es el Hijo de Dios que vino al mundo para salvarnos del pecado y para hacernos hijos
del Padre de los cielos.