¿Será que Dios es difícil?
P. Fernando Pascual
13-4-2013
Lo fácil es fácil. Lo difícil es difícil. Parece una tautología, aunque en parte no lo es. Simplemente
se trata de describir lo que nos pasa con frecuencia: hacemos muchas veces lo fácil precisamente
porque es fácil, y rehuimos muchas veces lo difícil porque es difícil.
Encontrar a Dios, ¿es fácil o difícil? Al ver el mundo que nos rodea parecería que Dios es difícil,
mientras que mil otras cosas resultan mucho más fáciles.
Tomo un teléfono móvil. Si es “fácil” (sencillo, bien programado), en seguida empiezo a usarlo,
incluso con gusto.
Voy a una iglesia para rezar. Miro a la derecha, a la izquierda, al centro. ¿Cómo actuar allí? ¿Qué
hacer para estar con Dios? Miramos el reloj una y otra vez: un hormigueo enciende nuestro deseo
de salir cuanto antes para acometer tareas más fáciles.
¿Será que Dios es difícil? Daremos una respuesta afirmativa si hemos encadenado nuestro corazón a
lo inmediato, a lo agradable, a lo que se deja controlar.
Dios, sin embargo, no es alguien sometido ni a nuestros gustos, ni a nuestros planes, ni a nuestros
deseos, ni a nuestro tiempo.
Ante Dios nos sentimos desarmados. ¿Qué puede pedirme? ¿Qué puede concederme? Muchas
oraciones parecen encontrar un muro de silencio. Otras veces ni siquiera sabemos exactamente qué
se puede pedir a Dios, algo que de verdad valga la pena.
Sin embargo, en otras ocasiones Dios se hace cercano, asequible, fácil. La oración brota desde lo
más íntimo del corazón. ¿Cuándo ocurre eso? Cuando hemos leído su Palabra en la Biblia y nos
llega a lo más íntimo del alma. O cuando una necesidad personal o familiar nos ha ayudado a
descubrir que en la tierra nada es seguro y necesitamos el auxilio de lo alto. O cuando un éxito
inesperado o conquistado tras meses de trabajo nos permite reconocer que más allá de la victoria
conseguida tenemos un Padre en los cielos que cuida a cada uno de sus hijos.
Incluso tras el pecado, Dios se hace más fácil, más asequible, más cercano. Descubrir que hemos
fallado al Amigo abre el corazón a la súplica sincera de quien espera el don más grande: la
misericordia.
Descubrimos, entonces, que Dios no es tan difícil como pensábamos o como otros nos hicieron
pensar. Dios, al contrario, es el Ser más cercano, más íntimo, más bueno. Tan cercano que vino al
mundo, que respiró nuestro aire, que comió como nosotros, que sintió cansancio y alegría. Tan
cercano que está vivo, como Jesús muerto y resucitado, en el don de la Eucaristía.
Allí me espera un día y otro día, asequible, sin límites de horas y sin requisitos oficiales. Basta con
abrir la puerta de una iglesia y verlo en un Sagrario, hambriento de mi hambre y dispuesto a curar
heridas y a alimentar mis anhelos de amor y de esperanza.