Dime que te cuento y te diré que aprendes
Desde el mismo momento en que decides, dentro de tu alma agitada
por el pecado, confesarte, Dios inicia un movimiento positivo que te permite
sentir la caricia más bella de su amor que impacta a todo tu ser. Esa es la
confesión. Sacramento de gracia, de bendición y de profunda fortaleza que
actúa de manera inmediata en el penitente.
En la soledad de esa presencia amorosa de Dios, se inicia un recuento
de la vida delante de la verdad.
Examen de conciencia.
Allí fluye un
arrepentimiento profundo que invita a moverse, es decir, a sentir ese
dolor
de los pecados y la contrición de corazón
. Dolor de haber ofendido a Dios en
pensamiento, palabra y obra. Dañando a Dios, al prójimo y a uno mismo. Por
eso hay un deseo de confesarlos. De darlos a conocer al mejor médico
Jesucristo, representado en el sacerdote. Es como una forma de desahogar,
comentar y poder definir el daño que han hecho. Para que de inmediato
nazca el fieme
propósito de la Enmienda
, la cual me indica el esfuerzo que
debo hacer para no volverá caer y es allí, donde el
cumplimiento de la
penitencia
tiene su mejor valor. Hago esto en sacrificio por el
arrepentimiento de todos mis pecados.
Apoyado bellamente en la Parábola del Hijo Pródigo (Lucas 15, 11-32)
podemos expresar que todos somos esos hijos pródigos que debemos
regresar. Que tenemos la necesidad de volver y al hacerlo hay que
examinarnos. Por eso nos arrepentimos, se hace el propósito de volver al
Padre, vuelve y pide perdón y paga con buenas obras sus pecados. Es decir,
reflexiona, se arrepiente, se corrige, se acusa y expía.
Este Sacramento de la vida y vida en abundancia hizo de la vida del
Santo Cura de Ars uno de los mejores servicios a su comunidad. Pudo decir
“que una buena confesión ha de ser humilde, sencilla, prudente y total. Hay
que «evitar todas esas acusaciones inútiles, todos esos escrúpulos que
hacen repetir cien veces lo mismo, que le hacen perder tiempo al confesor y
ponen nerviosos a los que están esperando para confesarse» Hay que
«confesar lo que es incierto como incierto, y lo que es cierto como cierto»
Para el Cura de Ars, la confesión es el don inimaginable que Dios saca por
sorpresa para salvar a sus hijos en peligro: «Hijos míos, no se puede
comprender la bondad que ha tenido Dios para instituir este gran
sacramento. Si hubiéramos tenido una gracia que pedir a Nuestro Señor,
nunca se nos habría ocurrido pedirle esta. Pero él ha previsto nuestra
fragilidad y nuestra inconstancia en el bien, y su amor le ha llevado a hacer
lo que nosotros no nos habríamos atrevido a pedirle nunca».
Este Sacramento demuestra que el perdón de Dios es total por eso no
desesperar, más bien ver en el sacramento el lugar del perdón auténtico de
un Dios que uiere amarnos y amarnos de verdad. Para Dios perdonar es un
gozo. Es como si Dios nos persiguiera para que noostros nos abracemos a
su amor que perdona.
Confesarse siempre es un regalo de Dios. El que lo hace se dispone a
tomar fuerzas para el camino. Es verdad que caemos y caemos y por eso es
necesaria la confesión frecuente. No hay que es perar cometer un pecado
grandote para salir corriendo a confesar. No. Dejemos que, sin escrúpulos,
Dios nos vaya sanando de poco a poco. Dios nos robustce la voluntad, no
sólo para no caer, sino también para lograr las virtudes.
Atención: hay que alejarse de toda ocasión de pecado. Debemos
apartarnos seriamente de las ocasiones de pecar, porque “quien ama el
peligro perecerá en él” (Eclesiástico 3, 27). Si te metes en malas ocasiones,
serás malo. Hay batallas que el modo de ganarlas es evitándolas. El combatir
las tentaciones es de valientes. Hay que tener muy en cuenta lo siguiente:
Quién, pudiendo, no quiere dejar una ocasión próxima de pecado grave, no
puede recibir la absolución. Y si la recibe, esta absolución es inválida. “Si tu
ojo es ocasión de pecado, arráncalo… si tu mano es ocasión de pecado,
córtala… más te vale entrar en el Reino de los cielos, manco o tuerto, que
ser arrojado con las dos manos, los dos ojos, en el fuego del infierno”
(Mateo 18, 8ss)
Ama la confesión como amas a la vida. Una vida en pecado es una
vida fea, maltratada, arrugada y llena de un mal carácter que arropa y daña a
los que están a nuestro alrededor. Confesarse debe ser una necesidad para
sentir esa caricia de Dios que sabe de perdón.
Valdría la pena preguntarse: ¿Desde cuándo no te confiesas? Dios te
ha regalado la vida y las herramientas para hacerla más feliz. Úsalas como
regalos de la misericordia divina. No hacerlo es desafiar el amor de Dios que
en los Sacramentos nos da su gracia o no la devuelve. Sin olvidar que los
sacramentos son instituidos por Cristo.
Observemos en los textos bíblicos su real valor: Mateo 3,5-6; Juan
20,21-23; Mateo 18,18; Santiago 5,16; Proverbios 28,13. Ahí la importancia de
confesar los pecados y del poder que Jesucristo da a su Iglesia para
perdonar.
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@padrerivas