El secreto sobre las votaciones del cónclave
P. Fernando Pascual
3-3-2013
Ante un cónclave surge fácilmente el deseo de saber los resultados de las votaciones: ¿cuántos
votos recibieron los cardenales más “papables”?
Es posible, a nivel general, conocer más o menos cuál habrá sido el número de votaciones durante
el cónclave: si dura muchos varios días es porque ha habido muchas votaciones; si dura pocos días,
significa que hubo pocas votaciones.
En cambio, no resulta fácil conseguir datos precisos sobre los votos conseguidos por cada cardenal
en las distintas votaciones, porque existen normas estrictas que mandan guardar secreto sobre el
tema.
La constitución “Universi Dominici gregis”, que regula el modo de proceder para la elección de un
nuevo Papa, es muy clara respecto a este tema. En la parte I, capítulo II, n. 12, se pide a los
cardenales que participan en el cónclave que hagan juramento de guardar secreto con las siguientes
palabras:
“Nosotros, Cardenales de la Santa Iglesia Romana, del Orden de los Obispos, del de los Presbíteros
y del de los Diáconos, prometemos, nos obligamos y juramos, todos y cada uno, observar exacta y
fielmente todas las normas contenidas en la Constitución apostólica Universi Dominici gregis del
Sumo Pontífice Juan Pablo II, y mantener escrupulosamente el secreto sobre cualquier cosa que de
algún modo tenga que ver con la elección del Romano Pontífice, o que por su naturaleza, durante la
vacante de la Sede Apostólica, requiera el mismo secreto”.
Otra fórmula más completa de juramento que debe emitir cada uno de los cardenales se encuentra
en la parte II, capítulo III, n. 52. En la misma se insiste nuevamente en el tema de guardar secreto.
La obligación del secreto también abarca a todas las personas que, sin ser cardenales, participan de
algún modo en el cónclave, como se explicita en la parte II, capítulo II, nn. 46-48. Tales personas
deben realizar un juramento en el que se afirma, en la primera parte, lo siguiente:
“Yo N. N. prometo y juro observar el secreto absoluto con quien no forme parte del Colegio de los
Cardenales electores, y esto perpetuamente, a menos que reciba especiales facultades dadas
expresamente por el nuevo Pontífice elegido o por sus Sucesores, acerca de todo lo que atañe
directa o indirectamente a las votaciones y a los escrutinios para la elección del Sumo Pontífice” (n.
48).
Un poco más adelante, se subraya que las diversas actividades relativas a la elección se realicen en
la Capilla Sixtina, con las máximas garantías para que se guarde reserva sobre todo lo que allí
ocurra respecto de la elección papal (n. 51, cf. n. 55).
El capítulo IV de la parte II está totalmente dedicado al tema. Su título es bastante claro:
“Observancia del secreto sobre todo lo relativo a la elección”.
Dos de los números (55 y 58) indican la pena en la que incurre quien falte al secreto. El n. 55
(párrafo tercero), modificado por Benedicto XVI con un “Motu proprio” que lleva la fecha de 22 de
febrero de 2013, dice así:
“Si se cometiese y descubriese una infracción a esta norma, sepan los autores que estarán sujetos a
la pena de excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica”.
El n. 58 se expresa con estas palabras:
“Quienes, de algún modo, según lo previsto en el n. 46 de la presente Constitución, prestan su
servicio en lo referente a la elección, y que directa o indirectamente pudieran violar el secreto ya se
trate de palabras, escritos, señales, o cualquier otro medio- deben evitarlo absolutamente, porque de
otro modo incurrirían en la pena de excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica”.
El deber de guardar secreto afecta, como recuerda con insistencia el n. 60, a los mismos cardenales
electores, que tienen una grave obligación en conciencia de guardar secreto “sobre estas cosas
incluso después de la elección del nuevo Pontífice, recordando que no es lícito violarlo de ningún
modo, a no ser que el mismo Pontífice haya dado una especial y explícita facultad al respecto”.
Lo que acabamos de resumir crea obligaciones graves tanto para los cardenales como para las
diversas personas que de algún modo participan en el cónclave. Si todos y cada uno cumplen su
deber y respetan el juramento que han emitido, no debería pasar a la prensa ninguna información
sobre las votaciones.
Sin embargo, en algunos casos han circulado supuestos resúmenes de votaciones, algunos con
detalles bastante precisos: en la primera votación el cardenal X obtuvo tantos votos, el cardenal Y
tantos, etc.
Este tipo de resúmenes pueden surgir por diversas causas. Una, porque alguna de las personas que
ha participado en el cónclave ha faltado a su juramento de guardar secreto. Este tipo de faltas de
honradez son posibles por la debilidad humana, que puede llevar a un hombre a revelar
informaciones sobre las que debería callar.
Existe otra posibilidad bastante verosímil, y quizá la más acertada en no pocos casos: que alguien
invente estas informaciones. Ese alguien puede ser una persona que, con ingenio y habilidad, da a
entender, falsamente, que un cardenal le dijo esto y lo otro. Desde ese engaño, la “noticia” empieza
a circular, quizá al inicio en ambientes más o menos discretos (un blog, por ejemplo); luego, si un
periodista incauto cae en la trampa, en medios informativos de mayor importancia.
Ese alguien puede ser, no hay que olvidarlo, un periodista. Conocemos casos en nuestro tiempo de
“informadores” que con gran pericia han lanzado datos y “noticias” con las que miles (incluso
millones) de personas han supuesto como verdadero lo que es falso. No pensemos que esto ocurre
pocas veces: basta con leer, después de una manifestación masiva, las cifras que algunos periodistas
ofrecen sobre el número de personas que han participado en la misma...
Desde luego, existen periodistas sensatos y honestos que ni se dejan engañar ni publicarían
informaciones “confidenciales” ofrecidas por algún participante en el cónclave. Ciertamente, el
periodista no hace juramento de guardar secreto ni tiene compromisos asumidos sobre las
informaciones que puedan llegarle sobre el cónclave. Pero si tiene algo de sentido común y de
espíritu crítico, reconocerá que unos números sobre las votaciones en el cónclave o provienen de un
hombre desleal (y, por lo mismo, poco creíble por su falta de honradez), o de un engañador que no
merece ningún crédito.
Una última palabra sobre quienes encuentran aquí o allá informaciones “secretas” y revelaciones
“inéditas” sobre las votaciones “secretas” de un cónclave. Con un sano espíritu crítico sabrán
distanciarse de las mismas y no darles una credibilidad que no merecen.
Sólo cuando, con el pasar de los años, queden abiertos los archivos del Vaticano sobre el tema; o
cuando un Papa permita que se divulguen, desde documentos asequibles a los expertos, las
votaciones que se produjeron durante algún cónclave del pasado, podremos estar seguros de tener
acceso a buena información sobre los números de votos que eligieron a este o a aquel cardenal
como Sucesor de Pedro y obispo de Roma.
Más allá del secreto y de las votaciones, los católicos saben reconocer, en cada cónclave, la acción
de Dios que guía la historia humana, también desde las decisiones libres de quienes toman una
papeleta y escriben el nombre de quien en pocas horas será el nuevo Papa.