Invitados a la conversión
P. Fernando Pascual
23-2-2013
En Cuaresma, y no sólo en Cuaresma, Dios invita a sus hijos a la conversión. Puede surgir,
entonces, una pregunta en algunos corazones.
“¿Convertirme, yo?” Es la pregunta de quien está a gusto con su situación, de quien no percibe en
su vida pecados ni debilidades, de quien acusa a otros mientras declara su propia inocencia.
O es la pregunta de quien se siente tan lleno de pecados que la idea de un cambio parece un sueño
irrealizable. ¿Puede dejar hábitos de egoísmo, de pereza, de envidia, de lujuria, quien ha pactado
con el mal y se ha rendido una y otra vez a las tentaciones cuando estas llegan?
La invitación de Dios vuelve a resonar: “convertíos”. Unos la escuchan con indiferencia, otros con
un extraño temor, otros con esperanza: mientras hay vida es posible el cambio.
Llega el momento de hacer personal la invitación: también a mí Dios me invita a la conversión.
“Quiero que tú des el paso de la conversión”.
Dios desea que reconozca la miseria que llena mi alma. No puedo ir hacia la luz ni hacia la pureza
mientras no tenga el valor de mirar de frente ese mal que se llama pecado y que he cometido tantas
veces.
Reconocer el mal sólo es el primer paso. Lo más importante, lo más decisivo, lo más maravilloso,
es sentir cómo la mirada de Dios me da confianza, me ofrece misericordia, me ama.
No quiere que yo muera, sino que viva (cf. Ez 18,23). Por eso vino el Hijo al mundo. Por eso
anunció la llegada del Reino. Por eso invitó a los pecadores y a los débiles a acudir cerca de su
Corazón (cf. Mt 11,28).
Todos estamos invitados a la conversión. Basta poco para dejar que Dios realice el milagro. Hoy
puedo, simplemente, tomar el propósito de acudir al sacramento de la penitencia. Al confesarme
permitiré que la Sangre de Cristo lave mis pecados y cure mis egoísmos y miserias.
Recibiré, entonces, una vestidura blanca y una palma con la que podré gritar, lleno de
agradecimiento, con la inmensa multitud de los que han sido perdonados: “La salvación es de
nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero” ( Ap 7,10).