Si es tan fácil no pecar...
P. Fernando Pascual
12-1-2013
Aquel joven estaba desanimado. Intentaba una y otra vez evitar el pecado. Luego, a la primera
tentación, caía derrotado.
Fue a buscar al padre abad y a pedirle un consejo. Tras abrirle el corazón, escuchó de aquel
sacerdote anciano las siguientes palabras:
“¿Me preguntas cómo vencer las tentaciones? Quizá pienses que si fuera fácil la respuesta, muchos
ya la habrían encontrado, y por eso se trataría de algo difícil. En realidad, la respuesta es muy
sencilla, asequible a todos, pero exigente en su realización.
Sí, no abras así los ojos. Superar las tentaciones es muy fácil. Basta con seguir dos consejos que nos
dejó Cristo: vigilar y orar.
Vigilar: eso significa estar alerta para descubrir por dónde nos vienen las tentaciones y cuáles son
las que más nos llevan al pecado.
Para muchos se trata de tentaciones de la castidad. Vivimos en un mundo obsesionado por el sexo.
Las malas imágenes están por todos lados. Por eso, un católico que vigila sabe, con mucha energía y
firmeza interior, apartarse de cualquier lugar donde pueda ser dañado en este campo.
Para otros, las tentaciones son muy variadas: desde la pereza hasta la avaricia, pasando por la
soberbia, la envidia o la gula. Miles de posibilidades aparecen ante nuestros ojos y nuestro corazón.
Un hombre o una mujer que vigilan dirán un no firme a cualquier situación de peligro, aunque haya
que dar un rodeo: mejor no pasar delante de ciertas tiendas cuando uno sabe que a veces basta con
ver un cartel de ofertas para sucumbir a ese deseo malsano de poseer cosas inútiles.
Por lo tanto, lo primero es vigilar. Si sé que soy débil, he de apartarme de cualquier ocasión de
pecado, por más pequeña que ésta sea. No debo confiar en mis fuerzas, pues la experiencia me
enseña que basta muy poco para sucumbir a ciertos estímulos que me invitan al mal.
El segundo consejo: orar. La oración se puede vivir en muchos niveles y en todas las situaciones.
A veces será una oración rápida, ante una tentación más fuerte. Aparece ante mí la ocasión de
vengarme de quien me ha hecho daño. Parece todo tan fácil... Entonces, simplemente, mirar al cielo
o a una imagen de Cristo crucificado, y pedir ayuda para no dejarme arrastrar por esa sed de hacer
daño a un familiar o a un conocido (aunque siga pensando que se lo merece...).
Otras veces, y ojalá fuera algo habitual, se trata de esa oración constante de gratitud que todo
bautizado debería tener en su corazón. En palabras de san Pablo, ‘Estad siempre alegres. Orad
constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros’
( 1Ts 5,16-18).
La oración constante permite que el alma quede arraigada en Dios. Si Él se convierte en el centro de
nuestros proyectos, de nuestros planes, de nuestras ilusiones, tendremos una energía interior que nos
hará mucho más fuertes a la hora de resistir ante los ataques del mundo, del demonio o de la carne.
Entonces, ¿cómo vencer las tentaciones? Vigila, reza, confía en Dios, y ponte a trabajar. Si Dios
está a tu lado, y si pones a trabajar esa voluntad tan maravillosa que Él nos ha dado a todos,
descubrirás un día que es mucho más sencillo y fácil no sólo resistir ante los ataques del mal, sino
vivir cada día con un espíritu constructivo, alegre, lleno de amor y de esperanza”.