A la defensa del embrión humano
P. Fernando Pascual
29-12-2012
Defendemos lo que es precioso, lo que es importante, lo que tiene valor, lo que necesita ayuda. Por
eso, precisamente por eso, estamos llamados a defender al embrión humano.
Para algunos, un embrión humano es material biológico, disponible para la investigación. Para
otros, es ciertamente una vida humana, pero supeditada en sus “derechos” al reconocimiento que
otorgue (o que no otorgue) su madre. Para otros, es, sobre todo, un hijo.
La situación en la que hoy se encuentran millones de embriones humanos es dramática. Unos
empiezan a existir en clínicas de la reproducción artificial, donde se evalúan según la calidad que
tengan, donde son seleccionados los mejores y marginados los peores, donde muchos son
congelados como “material” disponible según las necesidades.
Otros embriones inician su vida en el seno materno. Allí, en un lugar escondido e íntimo, corren el
peligro de ser eliminados por el aborto, con técnicas diferentes que tienen un objetivo idéntico:
aniquilarlos.
Otros embriones crecerán hasta llegar al día del parto, pero encontrarán a su alrededor un mundo
difícil, lleno de incomprensiones y de desprecios, o situaciones de injusticia como las que provocan
el hambre de millones de niños.
El embrión humano vive hoy situaciones de grave desamparo, lo cual exige una reacción sincera y
valiente de los amantes de la justicia. No podemos aceptar con indiferencia el uso o la eliminación
de millones de embriones simplemente porque unos, los más fuertes, los rechazan.
Por lo mismo, todo esfuerzo cultural y social orientado a reconocer y a defender la dignidad de los
más pequeños e indefensos miembros de nuestra especie será bienvenido. Su simple existencia
merece ayuda y protección: porque son hermanos nuestros y, sobre todo, porque están unidos a sus
respectivas madres por los vínculos maravillosos de la filiación humana.