Heridas que no acaban de cerrar
P. Fernando Pascual
24-11-2012
Las piedras chocan. Producen heridas. Los hombres viven y actúan. A un lado y a otro dejan
cicatrices.
Ayer fue un compañero de trabajo. Había prometido dar una mano y nos dejó desamparados. Hoy
es el vecino de arriba. Tira una maceta y rompe un cristal, y ni se disculpa. Mañana será un familiar
a quien prestamos dinero e inventará mil excusas para no devolverlo.
La herida queda. Es parte de la vida. Quien la provocó a veces ni se dio cuenta. Otras, por
desgracia, supo lo que hacía pero le dio igual. No faltan quienes hieren a ciencia y a conciencia,
para humillar, para dañar, para mostrar su “superioridad” y su desprecio hacia nosotros.
Entonces el corazón sufre. Sufre porque no soportamos las injusticias. Sufre porque nos duele la
indiferencia ajena. Sufre porque exige reparaciones. Sufre incluso porque empieza a sentir deseos
de venganza.
Duele tener heridas abiertas. Es cierto: son parte de la vida. No vivimos en un mundo angélico. Pero
recordar esto no quita el dolor del alma. Quisiéramos al menos un gesto de honestidad por parte del
otro, una petición de perdón acompañada de una reparación de los daños producidos.
En medio de la pena, incluso entre lágrimas, podemos superar en parte el daño recibido con un
gesto valiente, magnánimo, casi heroico: no dejarme aplastar por el daño recibido, no sucumbir ante
sentimientos de odio, no permitir que el otro me robe la paz del alma.
Sólo si tengo un corazón grande, estaré dispuesto a perdonar. Pensaré entonces en tantos otros que
sufren lo mismo que yo o incluso mucho más. Saldré de mí mismo para consolar a quienes lloran
por tanta injusticia recibida.
Seré entonces, en la medida humana, un poco semejante a Dios que no sólo ama a los buenos, sino
también a los malos, porque desea que un día se conviertan y reparen tanto daño realizado sobre sus
hermanos más pequeños.