Consolar a quien me consuela
P. Fernando Pascual
10-11-2012
Casi puedo acostumbrarme: tras el pecado, Dios se volcó nuevamente sobre mi alma. Me invitó a la
confianza, me alentó al arrepentimiento, me acercó al sacramento de la confesión, me abrazó con su
misericordia. ¡Es tanto lo que Dios ha hecho y hace tantas veces por mí!
Sí: puedo acostumbrarme, hasta el punto de ver casi como algo seguro el hecho de que mi Padre
volverá mañana a buscarme para limpiar pecados, para encender la esperanza, para resucitar el amor
que se apagaba. Pero si tan sólo recordase qué precio fue pagado por mi rescate, si tuviese ante mis
ojos los esfuerzos tan grandes que pasó el Hijo para redimirme...
Necesito, por eso, tener un alma abierta, profunda, agradecida. El amor que recibo sólo puede
pagarse con amor. Por eso, al que mucho se le perdona mucho ama (cf. Lc 7,47).
Pero no me basta simplemente con la gratitud. Hay momentos en los que siento que también Él
necesita algún consuelo. Su grito en el Calvario, escuchado por la Madre Teresa de Calcuta y por
miles y miles de católicos de todos los tiempos, llega a mi corazón: “Tengo sed” (cf. Jn 19,28).
Es cierto: mis heridas son mayores que las suyas, pues el pecado pone en peligro el sentido bueno
de mi vida, mientras que los clavos del madero no enturbiaron el amor de Cristo hacia su Padre y
hacia los hombres. Pero no por ello el Señor deja de anhelar consoladores para su sed de amor, para
sus sueños de encender un fuego en el mundo, para que la oveja perdida vuelva pronto al hogar
donde será amada.
Jesús quiere ser consolado. Precisamente por aquellos que tantas veces hemos recibido su consuelo.
Esa será la mejor manera de decirle, desde lo más íntimo de mi alma, ¡gracias! por tantas ocasiones
en las que me ha susurrado, con la voz humilde de un sacerdote, “yo te absuelvo de tus pecados...”.