Dime que te cuento y te diré que aprendes
Padre Marcelo Rivas Sánchez
www.diosbendice.org
Una fe para tiempos difíciles
Si miramos al libro del Eclesiastés en el capítulo 3,3 nos encontramos
con un tiempo para cada cosa. “Hay un momento para todo y un tiempo para
cada cosa bajo el sol…” Y en ese tiempo estamos y nos movemos en la
gracia de Dios. Ahí nacemos y morimos; ahí demolemos y construimos; ahí
lloramos y reímos; ahí la guerra y la paz.
Son muchos los que ya dejaron de vivir a medias para empezar a vivir
en las realidades. Nos debemos bajar de esa nube inmaculada, alta e
inalcanzable donde no llega nada que nos haga daño. Por eso, el Año de la
Fe, viene a ser esa toma de conciencia “muy seria y urgente” que nos hace
bajar y tomar conciencia de esa necesidad de una fe para tiempos difíciles.
Desde aquella Primera Comunidad que perdió su rumbo ante la muerte
de Jesucristo, su rehabilitación en la Resurrección hasta nuestros días ha
habido una constante renovación de la fe. Pues la fe no puede quedarse con
simples creencias, sino que debe ser actualizada, alimentada y sustentada
en la fuerza del amor de Dios que está en medio de nosotros. Estoy
hablando de una Primera Comunidad, Iglesia, que nació de Pentecostés. En
la fuerza del Espíritu Santo que hizo de aquel miedo el valor para salir con
decisión a vivir al Dios de la vida y del encuentro. Aquellos Apóstoles, que
retomaron la fe perdida ante el luto mortal en la cruz, supieron, en Dios,
quemar las naves de la tristeza y elevar anclas de fe por los caminos
contaminados por el desánimo, la división y los falsos dioses.
Con esto no estoy ocultando los inmensos problemas que hacen de
estos tiempos una lucha por atraer a los más lejanos. Lejanos que pasan
indiferentes ante el culto al Dios de la vida en todos los días. Alejados que
han dejado sus oraciones, sus prácticas cristianas para aceptar un
movimiento supersticioso y de resultados milagreros. Difíciles porque, son
muchos, los que quieren una religión fácil de simple cumplimientos donde
no haya compromiso y mucho menos cambio de vida.
A esto se une la proliferación de sectas que sin ningún control pululan
dividiendo, engañando y falseando el concepto original de Dios, de pueblo,
de cristianismo y de todo lo que tenga que ver con lo religioso. Frente a este
desorden surgen muchas dudas y en medio de todo se levanta una juventud
sin ejemplos cristianos que repitiendo lo malo de los adultos se aleja más de
lo religioso.
Muchos estamos encerrados en el resentimiento por problemas que
los hemos dejado crecer como monstruos. Esos seres que asustan han
crecido tanto que más que atemorizarnos, nos tienen dominados: drogas,
alcoholismo, juegos, aborto, divorcio, disputas, enemistades… Odios que se
han quedado dentro y no les hemos dado tiempo para sanarlos.
Tiempos difíciles de una sociedad fracturada en dos porciones. Una
que reclama reivindicaciones alimentadas por gobiernos de enfrentamiento,
resentidos y muy poco incluyentes. Otra que se afana por volver al poder
dejando a un lado el perdón y buscando su propio bien.
Por eso hay un miedo, una soledad y de ahí, la angustia que nos hace
alejarnos del Dios de la Vida, de la Paz y de la Reconciliación. Tiempos de
mucha dificultad pues ya no nos miramos nos enfrentamos; ya no nos
agrazamos pasamos por la otra calle; ya no somos vecinos somos simples
conocidos que habitamos por accidente una cuadra, calle o vereda.
Entonces, para tiempos difíciles una fe que nos acerque para salvar
lejanías y buscar encuentros. No puede seguir esa postura de “a mí no me
importa” “Ese no es mi problema” Esa situación se da cuando dejamos de
saludarnos y tropezamos con la misma piedra del pasar factura. Es como si
no nos perdonamos ese pensar diferente en lo político, religioso, cultural e
incluso en lo comunitario. Si no estás conmigo, decimos, de seguro, estás
contra mí. Creo que así no debe ser. Y por eso, produce, trae tanta fractura.
¿Qué hacer? ¿Cómo vivir la fe? En este escenario tan roído por tantas
amenazas podemos caer, incluso la fe, en pesimismo. Claro estamos
olvidando, por completo, que la fe no es algo nuestro, de propiedad humana,
sino que la fe es un regalo de Dios. Aquí no estoy hablando de tontos útiles
que somos obligados aponer la otra mejilla y todo se arregló. Nada de eso.
Aquí me refiero a que la fe, por ser regalo de Dios, es una gracia que hay que
pedirla a Dios. Recuerdo a Tomás que no estaba cuando el Señor resucitado
visitó a sus discípulos desanimados. Y éste no aceptó la historia y pide ver
más allá del cuento. “¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: ¿Porque me has
visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto (Jn 20,19-31)
Esa fe para momentos difíciles debe ser pedida en una verdadera
oración de confianza para llegar a ser testigos alegres de la esperanza. Se
hace justo y necesario buscar la gracia de Dios en medio de estos
acontecimientos y mayor aún donde está la muerte en un desprecio por el
otro. Para ello volver a los sacramentos, pues abrazados a Dios es como
podemos abrazarnos y perdonarnos.
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@padrerivas