CARTA A DIOS
Por: Claudio de Castro /
cv2decastro@hotmail.com
Querido Dios:
Hoy salí temprano a caminar. A cada paso pensaba: “A veces andamos al borde
del precipicio por ti, Señor y a menudo no sabemos qué hacer. Sólo caminamos y
caminamos, pensando en tu Amor, tu presencia. ¿Qué quieres de nosotros?
De pronto nos sumerges en un mundo en el que no deseamos estar. Es un lugar
oscuro, lleno de dificultades. Parece que no hay amor, ni esperanza a nuestro
alrededor. Son situaciones a las que no hayamos salidas. Cada vez que te lo digo,
siento que me respondes: “Sigue caminando”.
No imaginas la cantidad de personas que me cuentan sus problemas. Acuden a mí
tal vez por haber leído uno de mis libros. Viven rodeados de oscuridad. Suelo
impresionarme. Y me pregunto: “¿Por qué lo permites? ¿Por qué ese sufrimiento?”
Hace muchos años decidí dejar de cuestionarte y dedicarme a confiar. ¿Cómo
podríamos comprenderte nosotros que somos simples mortales? Pero la verdad es
que no siempre he podido quedarme tranquilo y confiar.
Hoy es uno de esos días en que me llené de inquietudes. Curiosamente mientras
caminaba me pareció encontrar las respuestas.
Todas estas personas, por estar sumergidas en sus problemas olvidaron algo
fundamental, lo que realmente son: “Hijos tuyos. Portadores de tu Amor.
Mensajeros de la Esperanza”. Es un sello que nunca perdermos.
Somos pequeñas luces que colocas en estos terrible lugares, para iluminarlos. No
nos damos cuenta, acongojados por las dificultades.
Deseas que te llevemos a los demás, que seamos tus brazos, tus pies, tu voz. Si
tuviesemos conciencia de lo que esperas de nosotros, todo sería más sencillo.
Podríamos perdonar y amar. Abrazar al necesitado. Tal vez necesitamos la certeza
de un propósito para acoger la esperanza y esparcirla por el mundo.
No sé para qué te cuento estas cosas. De pronto hallé en mi Biblia la respuesta y
terminé de comprender:
“Ustedes son la luz del mundo: ¿cómo se puede esconder una ciudad asentada
sobre un monte? Nadie enciende una lámpara para taparla con un cajón; la ponen
más bien sobre un candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Hagan,
pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello
den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos” (Mt 5. 13-16).
Siempre recuerdo aquella joven que una mañana se presentó a mi oficina para
entregarme su renuncia. “¿Alguien te ha tratado mal?”, le pregunté
sorprendido. “Al contrario”, respondi, “todos han sido muy buenos conmigo”.
“Entonces, ¿por qué te marchas?”, le pregunté sin entender.
Sonri con entusiasmo y dijo: “Es que voy tras un ideal. Quiero gastar mi vida en
algo grande, que realmente valga la pena”.
Aos después la encontré a la salida de Misa y le pregunté: “¿Vali la
pena?” Estaba radiante y respondi emocionada: “Lo haría mil veces más si
volviese a nacer. Siempre vale la pena vivir para Dios”.
La respuesta ahora es evidente. Debemos ser la luz que ilumine a los demás.
Mostrarles el camino para llevarlos a ti.
Pero, somos una vela débil, tenue, ¿cómo lograr que vuelva a brillar?
“Es muy fácil:
recupera la gracia
. Ten vida de oración. Haz buenas obras.
Vive en Mí... y Yo seré tu luz".