¡PREOCUPACION, PREOCUPACION, PREOCUPACION!
Desperdicie muchos años de mi vida preocupándome de cosas que no podía resolver.
Me gustaría recuperar esos años y ser capaz de comportarme de otro modo. Sin embargo,
una vez cuando has malgastado el tiempo que Dios te ha dado, es imposible recuperarlo y
hacer las cosas de otra manera.
Muchas veces me sucedió a mí, recientemente conversando con una amiga me decía
que su esposo jamás se preocupaba. Me decía que hubo veces que se enojaba con él
porque no se preocupaba por ella... ni se le unía para conversar de todas las sombrías
posibilidades que los acecharían si Dios no ponía Su mano para proveer por sus
necesidades.
Me decía que varias veces se sentó en la cocina y desparramaba todas las facturas y la
libreta de cheque, alterándose más por momentos al darse cuenta que las facturas eran
más que el dinero. En tanto, su esposo estaba en el cuarto de al lado jugando con los
niños, mirando la televisión mientras los niños subían y bajaban de su espalda y mil otras
cosas.
Me decía que recordaba vivamente haberle dicho con voz desagradable. “¿Por que no
vienes y haces algo en vez de jugar mientras yo trato de resolvérsete el embrollo? “.
Cuando él respondía. “¿Que quieres que haga? “Nunca sabía que contestarle; solo que me
enojaba con él por atreverse a disfrutar mientras estaban enfrentando semejante situación
económica tan desesperada.
El me calmaba recordándome que Dios siempre nos había provisto todo lo necesario,
que nosotros estábamos haciendo todo lo necesario por nuestra parte (ofrendar, confiar,
orar) y que el Señor seguiría haciendo la Suya (no me daba cuenta que el confiaba
mientras yo me preocupaba.) Me había olvidado del refrán que Dios decía, cuídate que
Yo te cuidaré. Ella se iba a la habitación en que él estaba con los niños y poco después
los pensamientos volvían a su mente: “Pero ¿que haremos? ¿Cómo pagaremos esas
cuentas? ¿Y si no podemos?
Y entonces pasaban por su mente todas aquellas escenas de desastre: ejecución de
hipoteca, pérdida del carro recuperado por la compañía financiera, vergüenza ante
familiares y amigos, si teníamos que pedir ayuda económica, etcétera, etcétera, etcétera.
Ella me decía ¿si yo había visto esa película alguna vez? Que por la noche se
despertaba sobresaltada con esos pensamientos constantemente, le dije que sí, que debido
a ello estábamos hablando.
Decía que no podía seguir acostada, que se levantaba de la cana y se dirigía a la cocina
y comenzaba a revisar las facturas de nuevo y comenzaba el círculo vicioso que el diablo
le estaba poniendo en el cerebro, comenzando el calvario de nuevo, lo cual la alteraba
más y más. Mi reacción era gritarle a mi esposo y a los niños por estarlo pasando bien y
dejarme esa enorme responsabilidad a mí.
Ella me decía que en realidad lo que ella estaba sintiendo no era responsabilidad, sino
afán; algo que Dios me había dicho específicamente que le dejara a El.
Ella ahora me decía, que mirando hacia atrás se daba cuenta de cómo desperdicio todas
aquellas noches que Dios le había dado en sus primeros años de casada. Que el tiempo
que El nos da es un regalo precioso. Pero que ella se lo había dado al diablo. Que tu
tiempo es tuyo para que lo uses sabiamente; que no volverás a pasar por ese mismo río.
Dios cubrió todas nuestras necesidades y lo hizo de mil maneras diferentes. Que nunca
los abandonó ni una vez, que Dios es inmensamente fiel.
Después de esta confesión, si hubiéramos tenido más paciencia y mayor fe en Nuestro
Señor no tendríamos el número tan alto de divorcios que aquejan a nuestra nación y la
cantidad tan grande de niños tan pequeños que necesitan durante su crecimiento la
protección, amor, cariño y guía que ellos necesitan de ambos padres.
Mario A. Martinez-Malo