A vueltas con la espiritualidad humana
Fernando Pascual
A lo largo de los siglos los seres humanos se han preguntado por su identidad, por lo que los define
y caracteriza en el mundo de los vivos. Algunos han dicho que somos un animal un poco
sofisticado, con muchas limitaciones y un exceso de soberbia. Otros han pensado que somos un
espíritu puro que ha sido encadenado a un cuerpo y espera la liberación. Otros, simplemente, no
saben lo que somos, y prefieren no preguntar, para evitar sorpresas si encuentran respuestas que
implican exigencias no deseadas. Las religiones también ofrecen su punto de vista, y las opciones
son muy distintas entre sí.
La discusión se encendió hace años a raíz de un artículo de Francis Crick (1916-2004, premio
Nobel por sus investigaciones sobre el ADN) y de Christopher Koch en la revista “Nature
Neuroscience” (Febrero 2003). Crick defendía el carácter no espiritual del alma humana. Según el
famoso investigador, algún día los procesos mentales podrán ser conocidos a partir de un análisis
minucioso de las conexiones entre las neuronas que trabajan en el cerebro. La idea de espiritualidad
no tiene sentido, o, al máximo, podrá sobrevivir como el residuo de una mentalidad no científica
que se encuentra en agonía.
Por lo que se refiere al funcionamiento de las neuronas, toca a los neurólogos valorar los resultados
y la validez de los numerosos estudios que se hacen en este campo. La reflexión que queremos
hacer ahora se coloca simplemente en el campo de la filosofía, pues las afirmaciones de algunos
autores, como los antes citados, no se han limitado a la biología ni a la neurología, sino que entran
en el terreno filosófico.
Podríamos partir de esta observación inicial: hasta ahora no hemos encontrado piedras, conejos o
elefantes que se pregunten si son espirituales o materiales. Ciertamente, alguno pensará que no
tenemos los instrumentos necesarios para llegar a intuir lo que piensen los animales, ni para discutir
con ellos sobre filosofía. El día en el que un animal muestre algún tipo de actividad intelectual,
entonces buscaremos la manera de comunicarnos con él. Si logramos traducir su lenguaje, le
preguntaremos con toda franqueza: ¿crees que eres espiritual o no?
Lo que sí es claro es que hasta ahora sólo algunos seres humanos, como Crick y como otros,
piensan y afirman con firmeza ideas como las siguientes: “soy un simple resultado de la evolución,
un ser material, y la idea de espíritu no tiene sentido”. Estas afirmaciones implican comprender lo
que es la materia y comprender lo que no es materia, pues de lo contrario no reflejarían ningún
significado.
Aquí está el punto: ¿cómo es posible que un ser material diga que es “material”, y que sepa el
significado de las palabras “no material”? A la vez, ¿de dónde nace la idea de “espíritu” que
podemos entender con mayor o menor precisión, si algunos dicen que no somos espíritu?
Abrirse a los opuestos, pensar la materia y lo opuesto a la materia, el espíritu y lo contrario del
espíritu, es posible sólo si somos capaces de distanciarnos de nosotros mismos, si somos algo más
que materia. En otras palabras: la materia no puede ser materialista, simplemente porque no puede
pensar en sí misma ni en lo opuesto a sí. El pensamiento, en cambio, permite distanciarse de uno
mismo, hacerse objeto de la propia reflexión, y decir: “soy sólo material, no soy espiritual”.
Esta frase, sin quererlo, implica que somos espirituales. No se trata de un juego de palabras, pues
sólo un ser espiritual puede pensarse a sí mismo como si no fuese espiritual. El materialismo es
posible desde la espiritualidad humana...
El argumento puede ser criticado desde muchos puntos de vista. La crítica mayor consiste en decir
que distinguir entre materia y espíritu es algo confuso que no tiene mucho sentido. Más aún, sería
una distinción falsa, que expresa en términos equivocados la oposición entre ser algo y no serlo. Si
existe el hipopótamo, existe en cuanto material. Pensar el no hipopótamo no implica pensar en algo
espiritual, pues hay miles de cosas que no son hipopótamos y no son espirituales.
Esta crítica supone afirmar elementos que nos ponen otra vez ante el espíritu. En primer lugar,
porque el hipopótamo no dice “soy hipopótamo” ni tampoco dice la frase contraria: “no soy
hipopótamo”. El hombre, en cambio, si quiere, puede negar su propia humanidad. Somos nosotros
los que podemos pensar lo contrario de cada cosa, y podemos pensarlo sólo desde nuestra condición
espiritual. Lo mismo podemos decir a la crítica según la cual la distinción entre materia y espíritu
no vale: tal crítica implica pensar la diferencia entre “lo que vale” y “lo que no vale”, entre
“distinción” y “no distinción”, lo cual nos demuestra, nuevamente, nuestra condición de pensadores
espirituales...
La discusión podría extenderse al tema del bien y del mal, pero entrar en este punto sería alargarnos
demasiado. Baste con recordar que sólo podemos alegrarnos de la honestidad de una persona
porque, en su libertad, también pudo haber sido deshonesta. La libertad no puede explicarse desde
el materialismo. El materialista no puede considerar que alguien haya sido malo: si somos sólo
materiales, el hacer lo “malo” consistiría simplemente en seguir una necesidad que justificaría todo
lo que uno pudiese hacer...
Alguno dirá que son argumentos demasiado sencillos para ser verdaderos. Su duda prueba, una vez
más, que nadie nos obliga ni a aceptar ni a rechazar nada. Crick y tantos otros siguen sin convencer
a muchos de sus ideas antiespiritualistas, y los espiritualistas fracasan muchas veces cuando quieren
convencer a los materialistas. Los dos fenómenos no son sino una prueba más de ese misterio
profundo del hombre, que no puede ser encerrado en una fórmula química ni dejar de soñar en un
destino más allá de la muerte. Lo que sea la verdad completa lo sabremos plenamente (así lo creo,
con buena paz de Crick) después de la muerte...