Sin las madres no hay futuro
La fiesta de la Natividad de la Virgen (el pasado día 8 de septiembre) “nos permite,
decía en una homilía el cardenal de Madrid, comprender cuál es el motivo hondo de
nuestra devoción a la Virgen y de la historia de la devoción a la Virgen en diversas
advocaciones a lo largo de tantos siglos”. “María hoy aparece como aquella que va
a ser la Madre del Señor, por lo tanto la Madre de la Iglesia y la Madre nueva de la
humanidad. La maternidad con Ella a partir de este día adquiere un nuevo
significado”. Ciertamente, una maternidad que crea el gran don de los hijos y de la
vida y lo hace, además, por la estructura misma de la naturaleza humana,
recibiendo el impulso de la vida como un don, que termina convirtiéndose en vida.
“Con María, continuaba el cardenal, la maternidad se convierte primero en la
maternidad del Hijo de Dios, engendrado por la gracia y el don del Espíritu Santo, y
se hace abierta a la posibilidad de que todas las madres no sólo transmitan la vida
física de los hijos, sino que la transmitan desde ese amor profundo del que recibe
un don y así lo da, una muestra exquisita y profunda de amor que permite no sólo
nacer físicamente sino renacer espiritualmente a través del sacramento del
nacimiento para la vida nueva, que es el bautismo”. Encuentro que se trata de una
extraordinaria reflexión.
Así, se refirió a la actitud de padres y madres de familia que desde hace décadas en
Europa y en España no bautizan a sus hijos al nacer, sino que piensan que “ya le
bautizaremos cuando sea mayor”. Y se preguntó por qué si no habían preguntado a
su hijo si quería nacer, y le habían dado la vida, no se la daban en plenitud. “¿Por
qué no queréis ejercer la maternidad y la paternidad con la plenitud de la vida y
con la advocación plena de la vida?”.
No obstante, hay que reconocer que los tiempos que corren no son fáciles para los
padres, pero también hay que decir que sin las madres no hay futuro. No sólo
futuro físico del hombre, sino futuro moral, cultural y espiritual; no hay futuro,
sencillamente.
Jesús Domingo Martínez