Dime que te cuento y te diré que aprendes
Se dijeron los impíos: acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se
opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados…
(Sabiduría 2,12)
Todos, sin excepción, por la paz
Mamá solía decir el peor esfuerzo es el que no se hace. Y esta
Venezuela tuya y mía necesita nuestro mejor esfuerzo. Un esfuerzo, en
primer lugar, porque Venezuela requiere de sanación y paz frente a tanta
angustia. En segundo lugar, todos los problemas que nos agobian son
provocados por la enorme crisis de valores. En tercer lugar, hoy se hace
necesario, dentro de un hambre de paz, una reconciliación general.
Esto lo ha expuesto claramente el Episcopado Venezolano invitando a
que el 2012 sea el ao de la “Reconciliacin Nacional” afirmando que hay
necesidades: seguridad, el empleo, la vivienda, la salud, la orientación y la
calidad de la educación, los servicios viales y la capacidad alimentaria… y
con un gran anhelo: la reconciliación de los venezolanos.
Me hago eco de esa aspiración, en medio de una difícil campaña
electoral. Digo difícil porque hay irrespeto y aprovechamiento. Y por eso hay
que encender una luz antes que maldecir la oscuridad. Pues lo más común
es maldecir, culpar a los otros y acariciar las armas como soluciones.
Me veo involucrado y a la vez llamado a ser activo a favor de la paz. No
porque soy sacerdote y vivo dentro de una oración celestial. Nada de eso. Es
que no me hace falta que me atraquen, maten a un familiar… para hacerme
consciente de esa necesidad de la paz. Es que sin la paz no se puede vivir.
Por tanto, hay que hacer esfuerzos por construir la paz.
Para ello superar las divisiones, fomentemos la amistad recíproca, el
respeto, la tolerancia, y algo, que creo que es clave: reconocimiento del otro.
Es decir, existen otras personas que piensan diferente y no puedo obligarlos
a que sean como el otro. Al constatar lo anterior y saber que es la verdad, lo
menos que puedo hacer es que inicie un caminar en unidad hacia esa
verdad. Es una verdad que me hace reconocer la dignidad de todos.
Si pensamos diferentes y estamos llamados a saber escoger dentro de
una sana libertad no deben existir enfrentamientos y por tanto, nada de
despreciar al otro por lo que piensa. Eso es lo que ha permanecido hasta
ahora. De ahí, que debemos estimular al encuentro fraterno y al diálogo
constructivo. De ser así, estaremos delante de la unidad en la diversidad en
el respeto y la caridad.
Esa paz, lucha de todos los días, debe ser motivo de nuestra oración.
Una oración que nos hace encontrarnos con Dios (Efesios, 2,14) revelado en
Jesucristo quien es nuestra Paz. Dios se involucra en las angustias. Dios
está atento a nuestras necesidades y actúa. Es, pues, en la oración donde
descubrimos que hay un Dios que quiere y desea la paz. Dios siempre será
nuestra paz. Ya los ángeles lo habían gritado en su nacimiento y declarado
como esencial para toda civilización. Además, Jesucristo en sus
bendiciones lo dijo: “felices a aquellos que trabajan por la paz” (Mt. 5,9)
Todos por la paz no debe ser una simple consigna, más bien un modo
de vivir. Una forma natural de colocar el acento en la justicia y que su
camino sea tranquilamente el sendero de la paz. Esa paz vendrá si sanamos
viejas heridas de la guerra del enfrentamiento; si cerramos el chorro de
insultos que desde arriba nos inducen a separarnos; si damos rienda suelta
a la tolerancia y respetamos el pensar distinto de los demás.
Roguemos a Dios que sabe sostener nuestras vidas, Salmo 53, y
permitámosle que salga por nosotros con su poder, pues hay muchos que
atentan contra nosotros y sabiendo que el mal se vence con el bien es la paz
el mejor sendero, porque los que procuran la paz están sembrando paz, y su
fruto es la justicia (Santiago 3,16-4,3)