¿Hay que responder a cada mentira?
P. Fernando Pascual
15-9-2012
Si Sócrates viviera hoy se quedaría afónico. O destrozaría sus dedos en el teclado de una
computadora. O, quizá, renunciaría a ver y a oír mentiras divulgadas por mil pantallas y altavoces
para aislarse con un grupo de amigos deseosos de encontrar algo de luz en medio de nubes de
tinieblas.
Porque Sócrates, según lo presenta Platón, no tenía permitido “ser indulgente con lo falso ni
obscurecer lo verdadero” (“Teeteto” 151d).
Por lo mismo, ante tantos sofismas baratos, citas manipuladas, artículos donde se mezclan gimnasia
y magnesia, afirmaciones rimbombantes vacías de fundamento, mentiras gratuitas y frases
descontextualizadas, Sócrates acabaría desesperado si intentase responder a cada falsedad, si
quisiera denunciar las manipulaciones que salen de tantas bocas o de tantos teclados.
No sabemos, desde luego, cómo se comportaría Sócrates ante una situación tan peculiar como la
nuestra. La pregunta, entonces, se dirige a uno mismo: ¿hay que responder a cada mentira? ¿Hay
que denunciar cada foto manipulada, cada mensaje lleno de falsedades sobre Marte o sobre un
cantante famoso, cada calumnia lanzada contra unos o contra otros?
Vivimos en un mundo donde la libertad de expresión es entendida por algunos como pretexto para
arrojar al viento cualquier mentira perfectamente calculada para engañar a los incautos, o cualquier
ocurrencia divulgada desde la imprudencia de quienes hablan sobre lo que no saben.
Además, la frase según la cual la primera víctima de una guerra es la verdad vale también para el
mundo de las finanzas, para los discursos de algunos políticos, para los escritos de importantes
literatos, para los estudios de representantes de la ciencia que hablan de filosofía sin tener ideas
claras sobre el tema...
Vivimos en un mundo donde millones de falsedades, medias verdades, mentiras avaladas por
prestigiosos personajes, y afirmaciones confusas que no se sabe exactamente qué desean expresar,
conviven con pocas verdades escondidas en hogares, libros o páginas de Internet; verdades que no
acaban de brillar porque son pronunciadas desde voces discretas que se pierden en la marejada de
oscuridad que nos rodea.
De nuevo, la pregunta: ¿hay que desenmascarar cada mentira? La respuesta no sería fácil ni para
Sócrates ni para nosotros. Pero lo que sí podemos hacer es suscitar en nuestra mente y en nuestro
corazón un sano espíritu crítico. A través del mismo seremos capaces de descubrir engaños,
evidenciar errores, descorrer retazos de falsedad que giran por aquí y por allá, no dar por verdadero
lo primero que leemos en una brillante página de Internet o en un famoso periódico.
Luego, en positivo, abriremos los ojos del alma hacia la verdad, venga de donde venga y la diga
quien la diga. Así lo verdadero no quedará oscurecido, sino que se hará más luminoso; primero en
nosotros mismos, y luego en quienes se acerquen a nuestro lado y escuchen palabras ponderadas,
serenas y sazonadas con un maduro y valiente amor a la verdad y a la justicia.