De nuevo, sobre el pecado
P. Fernando Pascual
8-9-2012
No resulta fácil hablar del pecado. Primero, porque personalmente a nadie le gusta encararse con
esta realidad. Segundo, porque provoca extrañeza tocar el argumento en ambientes donde el pecado
es visto como un residuo de culturas ya superadas.
Nos cuesta, sí, en lo personal, hablar del pecado. Si hemos fallado a una promesa, si el egoísmo nos
encerró en un capricho deshonesto, si dejamos abandonado al necesitado, con facilidad inventamos
excusas que “borren” nuestro pecado.
“Estaba cansado... No era para tanto... En el mundo en el que vivimos no podemos ser perfectos...
No siempre tengo que ser yo quien tienda una mano... Me encontraba en un momento muy tenso y
me permití aquello como desahogo...”
Pero las muchas excusas que pasan por la cabeza no son suficientes para eliminar esa voz interior
que nos susurra, respetuosamente, que hemos actuado mal, que hemos pecado.
Hace falta, en lo personal, tener valor para llamar las cosas por su nombre y para reconocer la
propia falta. Sólo desde una actitud de sinceridad y desde la grandeza de alma podremos decir, sin
excusas falsas: he pecado, he fallado ante Dios y ante mis hermanos.
Palpamos, además, que en muchos ambientes la gente ha cerrado los ojos y el corazón ante la idea
del pecado. Psicólogos y sociólogos, filósofos y pensadores, literatos y personas “de la calle”,
rechazan cualquier idea de pecado como obsoleta o incluso dañina.
Por eso explican las acciones ajenas (además de las propias) desde teorías más o menos articuladas.
Algunos explican todo lo que hacemos o dejamos de hacer con la educación recibida en casa, en la
escuela o en el grupo. Otros ven como origen de nuestros actos las fuerzas interiores de la propia
psicología. Otros simplemente niegan la libertad y consideran que cada comportamiento humano
está controlado por el destino, por las neuronas o por férreas “leyes de la naturaleza”.
En esas perspectivas, no es posible negar que existen actos que causan rechazo y que son
condenados. Pero incluso la condena queda explicada simplemente por el disgusto que esos actos
provocan en algunos, sin que haya que calificarlos con una palabra, “pecado”, que consideran fuera
de lugar en un mundo moderno y maduro.
Las negaciones de uno mismo o de otros no pueden suprimir la realidad profunda del pecado, de ese
acto que realizamos, con un conocimiento claro y con una aceptación plena, contra el amor. Porque
en el fondo del pecado hay, como ya explicaba san Agustín, un rechazo a Dios y una opción extraña
y egoísta por uno mismo. Es decir, el pecado nos aparta del núcleo más hermoso de toda existencia
humana, porque nos impide amar a Dios y entregarnos sanamente a los hermanos.
Hace falta tener valor para recordar lo que es el pecado. Sólo entonces comprenderemos por qué
Cristo vino al mundo y por qué murió en un Calvario. Manifestó, de esa manera, lo grave que es el
pecado, al mismo tiempo que reveló esa verdad que da sentido a toda la existencia humana: “Porque
tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino
que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino
para que el mundo se salve por él” ( Jn 3,16-17).
Cuando reconocemos, sencilla y honestamente, que hemos pecado, estamos listos para dar los
siguientes pasos: pedir perdón, acoger la misericordia en el sacramento de la confesión, reparar el
daño cometido, y empezar a vivir llenos de gratitud desde el abrazo que nos llega de un Dios
cercano y misericordioso.