En el centro, el otro
P. Fernando Pascual
25-8-2012
Queremos ayudar, hacer algo por los familiares y los amigos, por los conocidos y los extraños.
Queremos sentirnos útiles, romper con ese cerco de egoísmo que ata nuestros corazones a los
propios intereses. Queremos empezar a vivir, en serio, con ideales buenos, con generosidad, con
alegría.
Sin embargo, no acabamos de despegar. Hacemos un acto concreto de servicio, pero buscamos que
implique poco esfuerzo. Llamamos por teléfono a un familiar abatido, pero sin dejar de mirar el
reloj para pasar a otro asunto. Nos decidimos a visitar a un amigo enfermo, pero con cierta desgana
porque no podremos terminar la lectura una novela apasionante.
Es cierto que al hacer un acto bueno rompemos parte de nuestro egoísmo. Pero también es cierto
que a veces luchamos, con no buena estrategia, contra el egoísmo... desde el egoísmo.
¿Cuándo ocurre lo anterior? Cuando nuestro esfuerzo por servir, por dar, por hacer, nace del deseo
de sentirnos tranquilos, o de quedar bien ante los demás, o de ver con autosatisfacción que todavía
tenemos un fondo bueno.
Vivir así no es vivir la auténtica caridad, sino un modo extraño de continuar con nuestro
egocentrismo en el que el servicio se convierte en una especie de esfuerzo para conseguir
condecoraciones que nos embriaguen con el humo de la vanidad.
El verdadero amor al hermano no nace del deseo de ser uno “mejor” y más realizado. El verdadero
amor nace cuando el otro es el centro.
Si me preocupo, según el auténtico Evangelio, por consolar al triste, por visitar al enfermo, por
ayudar al necesitado, por dar de comer (incluso a costa de lo que a mí me corresponde) a quien tiene
hambre, lo haré porque el otro vale en sí mismo, porque el otro lo necesita, porque el otro me
suplica un poco de amor, porque el otro refleja al mismo Cristo.
“En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo
hicisteis” ( Mt 25,40).
En el centro de la verdadera caridad no estoy yo, sino el otro. O, más en profundidad, está Cristo,
que se esconde en mi hermano necesitado. Hoy espera que le ofrezca un gesto de amor capaz de
consolarle y de ayudarle en el camino que juntos recorremos hacia la patria verdadera, hacia el
hogar donde el amor lo es todo en todos.