P. ÁNGEL PEÑA O.A.R .
SANTA TERESA DE JESÚS
VIDA Y OBRAS
LIMA – PERÚ
1
SANTA TERESA DE JESÚS, VIDA Y OBRAS
Nihil Obstat
P. Ricardo Rebolleda
Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur
Mons. José Carmelo Martínez
Obispo de Cajamarca (Perú)
LIMA – PERÚ
2
ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: SU VIDA Y MILAGROS
Ambiente social. El abuelo.
Los padres. Los hermanos.
Infancia de Teresa. Adolescencia.
Colegio Nuestra Señora de Gracia.
Grave enfermedad. Entrada al convento.
Nueva grave enfermedad. Becedas.
Queda en coma. Vuelta al convento.
Enfriamiento espiritual. Conversión.
Vida mística. La transverberación.
Sospechosa de fraude. San Pedro de Alcántara.
Ansias de Reforma. La Regla de San Alberto.
Preparando la Reforma. Grandes contradicciones.
Breves de Roma. San José de Ávila.
Viviendo la Reforma. Permiso de fundación.
Fundaciones. Medina del Campo.
Malagón. Valladolid.
Conventos de frailes. Toledo.
Pastrana. Retirada de Pastrana.
Salamanca. Priora de la Encarnación.
Nueva Casa en Salamanca. Alba de Tormes.
Segovia. Beas de Segura. Sevilla.
Calzados y Descalzos. Caravaca.
Villanueva de la Jara. Palencia.
Soria. Granada. Burgos. Viaje a Alba.
Su muerte. Sucesos extraordinarios.
Exhumaciones y traslados.
Apariciones de la Madre.
Milagros después de su muerte.
SEGUNDA PARTE: ENSEÑANZAS, VIRTUDES, DEVOCIONES Y
CARISMAS.
Algunas enseñanzas a) El demonio.
b) El infierno. c) El alma en gracia y en pecado.
d) El cielo. e) Desposorio y matrimonio espiritual.
Algunas virtudes. Algunas devociones:
1.- Santísima Trinidad. 2.- Jesús Eucaristía
2.1- Amor a Jesús. 2.2- Ansias de comulgar.
2.3- Humanidad de Jesús. 2.4- Veía a Jesús.
2.5- Sacramento para la salud.
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3.- La confesión. 4.- El Niño Jesús.
5.- La Virgen María. 6.- San José.
7.- Los santos. 8.- Las imágenes.
9.- Almas del purgatorio. 10.- Amor a la Iglesia.
11.- Las misiones.
Algunos carismas. a) Resplandores sobrenaturales.
b) Perfume sobrenatural. c) Bilocación.
d) Éxtasis y levitación. e) Ciencia infusa.
f) Profecía. g) Conocimiento sobrenatural.
h) Milagros en vida. i) Visiones de difuntos.
Su retrato y su carácter.
Santa Teresa sigue viva. Poesías místicas.
Resumen de su vida.
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
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INTRODUCCIÓN
La vida de santa Teresa de Jesús es una vida llena de luz, de alegría y de
amor. Es una vida hermosa, porque vemos en ella una vida llena de Dios, que se
desbordó en hacer el bien y alegrar la vida de los demás. Tenía un carácter muy
alegre y simpático, y todos se sentían bien a su lado. No era una santa triste, sino
todo lo contrario. La alegría y el buen humor estaban siempre en ella a flor de
piel. Era una santa que repartía alegría, que no permitía que hablaran mal de
nadie en su presencia, que siempre perdonaba las injurias.
El celo por la salvación de las almas la llevó a pedir al Señor que hiciera
algo para salvar tantas almas que se perdían. Y el Señor la escogió para Reformar
la Orden de Nuestra Señora del Carmen, aunque propiamente podemos decir que
es la fundadora de las religiosas y frailes carmelitas descalzos.
Dios la colmó de abundantes carismas. Por sus escritos, la Iglesia la ha
nombrado doctora de la Iglesia; y es maestra insigne de oración para todos.
A lo largo de estas páginas, iremos desgranando algunas de sus
características personales como el amor a Jesús Eucaristía, a la Virgen María y a
san José.
El Nuncio Sega, que no la quería mucho, dijo de ella en 1577 que era una
fémina inquieta y andariega. El padre Juan de Salinas, dominico, que la conoció
y fue su confesor en Toledo, dijo de ella al padre Domingo Báñez: Decías que
era mujer; a la fe no es sino hombre varón y de los muy barbados; dando a
entender en esto su gran constancia y discreción en el gobierno de su persona y
de sus monjas 1 .
Realmente la lectura de su vida refresca el alma, da ánimos para seguir a
Jesús por el camino de la cruz hacia la santidad. Vale la pena vivir solamente
para Él. Y en esto santa Teresa, al igual que otros santos, nos habla por
experiencia personal.
En vida y en muerte, Dios hizo muchos milagros por su intercesión y aún
sigue haciéndolos. Ella sigue viva entre nosotros y podemos invocarla con la
seguridad de que nos escucha y nos ama y nos obtendrá muchas bendiciones de
Dios.
1 Proceso I, p. 9.
5
ACLARACIONES
Al citar Proceso nos referimos a los tres tomos del Proceso de beatificación y
canonización, editados por el padre Silverio de Santa Teresa, Ed. El Monte
Carmelo, Burgos, 1934-1935. BMC significa Biblioteca Mística Carmelitana.
BN hace referencia a la Biblioteca Nacional de Madrid.
Al copiar el texto original, nos hemos permitido escribirlo con ortografía
actual y cambiar alguna palabra en ciertas ocasiones para que se entienda mejor
el texto.
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PRIMERA PARTE
SU VIDA Y MILAGROS
AMBIENTE SOCIAL
Santa Teresa de Jesús nació y vivió en el siglo XVI. En 1492 se había
terminado la Reconquista y España había quedado unida y cristiana. Ese mismo
año sucede el gran acontecimiento del descubrimiento de América, que abrió
ilimitados horizontes al imperio español.
En este siglo una pléyade de santos recorrió los caminos de España. Entre
ellos san Juan de la Cruz, san Juan de Dios, san Francisco de Borja, san Luis
Beltrán, san Pedro de Alcántara, san Juan de Ribera, santo Tomás de Villanueva,
san Pascual Bailón, san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier…
En América florecieron otros santos como santo Toribio de Mogrovejo,
san Francisco Solano, san Martín de Porres, santa Rosa de Lima, san Juan
Macías, santa Mariana de Jesús y otros.
España tenía entonces unos nueve millones de habitantes. Entre ellos
había quinientos mil moriscos (moros convertidos) y trescientos mil judíos
conversos, aunque muchos de estos moros y judíos lo eran sólo en apariencia.
Por eso, se daba mucha importancia a la limpieza de sangre, de no tener
antepasados moros, judíos o herejes, sino católicos viejos, de familia católicas
antiguas.
En este siglo, España tuvo que luchar denodadamente contra las nuevas
ideas protestantes que surgieron en Alemania con Martín Lutero y se extendieron
por toda Europa. Para evitar que estas ideas entraran en España se fundó la
Inquisición. La vieja Europa era un campo de luchas fratricidas mientras en el
Nuevo mundo había un campo inmenso de millones de personas por convertir.
Sin embargo, no todo era color de rosa, había millones de pobres, lo mejor
de la juventud se alistaba en los ejércitos para luchar contra los herejes o contra
los moros, que asolaban las costas desde África e, incluso, contra los piratas que
asaltaban los barcos que venían de América. España tuvo el desastre de la
Armada invencible y la gran victoria de Lepanto contra los musulmanes.
España era una sociedad eminentemente religiosa, en la que abundaba el
bien y la santidad, pero también la pobreza social y la maldad. Santos y
pecadores se entremezclaban. Y Dios escogió a nuestra santa, descendiente de
7
judíos conversos, judaizantes, para potenciar el bien y luchar contra la relajación
de costumbres que se había infiltrado en los conventos.
Este siglo es el siglo de las grandes Reformas de la Órdenes religiosas, y
no sólo de los carmelitas. Es el siglo en que mas brillaron las ciencias y centros
de cultura. Es el siglo, llamado de oro, de España.
EL ABUELO
El abuelo de santa Teresa era Juan Sánchez. Vivía en Toledo y era hijo de
un mercader judío de buena posición económica. Se casó con doña Inés de
Cepeda y tenía negocios de paños y sedas que le daban muy buenos beneficios.
Era judío convertido a la fe católica, pero cegado quizás por el ambiente
favorable a los judíos y, teniendo amistades entre personas importantes e
influyentes del reino, judaizó, es decir, siendo cristiano aparentemente,
practicaba la religión judía de sus antepasados. Algunos familiares de la esposa,
como Pedro de Cepeda, dieron testimonio contra él por este motivo.
En tiempos de los Reyes Católicos se anunció el perdón para los
arrepentidos que, siendo cristianos, practicaban la religión judía. Don Juan
Sánchez fue de los arrepentidos y acudió al tribunal de la Inquisición el 22 de
junio de 1485. Lo perdonaron y en penitencia le impusieron un sambenitillo con
sus cruces, e lo traía públicamente los viernes en la procesión de los
reconciliados que andaban de penitencia siete viernes de iglesia en iglesia, e
andaba públicamente con otros reconciliados 2 .
Junto con don Juan fueron reconciliados también sus hijos. Pero como este
suceso lo había desprestigiado y sus negocios en Toledo podían verse afectados,
se trasladó con sus hijos (al menos siete de ellos) a Ávila. En esta ciudad, tanto el
padre como los hijos, vivieron como ricos mercaderes e hijosdalgos. La madre,
Inés de Cepeda, murió en Ávila en 1504.
Uno de los hijos, Alonso Sánchez de Cepeda, nacido en Toledo entre 1478
y 1480, sería conocido en Ávila como el Toledano por haber nacido en esa
ciudad. Llegó a Ávila, cuando tenía unos catorce años.
2 Declaración de Juan González de las Piñuelas en el Pleito de Hidalguía que se le siguió en 1519.
8
LOS PADRES
Alonso Sánchez de Cepeda fue el padre de la santa Madre Teresa de Jesús,
que, como hemos visto, era descendiente directa de judíos reconciliados. Alonso
se casó en 1505 con Catalina del Peso con la que tuvo dos hijos: María y Juan.
En 1507 una fiebre maligna que asoló España se llevó a Catalina el 8 de
setiembre y también al abuelo Juan Sánchez. Alonso quiso rehacer su hogar y se
casó con 29 años en segundas nupcias con una joven huérfana de padre, de buena
familia y prima en tercer grado de su difunta esposa. Se llamaba Beatriz Dávila y
Ahumada, que tenía 14 años. Se casaron en setiembre de 1509. En 1512 Alonso
participó en la guerra de Navarra, que quedó definitivamente anexada a España.
La santa escribe sobre su padre: Era mi padre hombre de mucha caridad
con los pobres y piedad con los enfermos y aun con los criados; tanta que jamás
se pudo acabar con él tuviese esclavos, porque los había (les tenía) gran piedad,
y estando una vez en casa una esclava de su hermano, la regalaba como a sus
hijos: decía que de que no era libre, no lo podía sufrir de piedad. Era de gran
verdad. Jamás nadie lo vio jurar ni murmurar. Muy honesto en gran manera.
Mi madre también tenía muchas virtudes y pasó la vida con grandes
enfermedades. Grandísima honestidad. Con ser de harta hermosura jamás se
entendió que diese ocasión a que ella hacía caso de ella, porque con morir a los
treinta y tres años ya su traje era como de persona de mucha edad; muy apacible
y de harto entendimiento. Fueron grandes los trabajos que pasaron el tiempo
que vivió. Murió muy cristianamente 3 .
Éramos tres hermanas y nueve hermanos 4 . Todos se parecieron a sus
padres por la bondad de Dios, en ser virtuosos, si no fui yo, aunque era la más
querida de mi padre 5 .
Su padre murió el 24 de diciembre de 1543. Ella escribe: En este tiempo
dio a mi padre la enfermedad de que murió, que duró algunos días. Fuíle yo a
curar, estando más enferma en el alma que él en el cuerpo, en muchas
vanidades, aunque no de manera que estuviese en pecado mortal…, porque
entendiéndolo yo, en ninguna manera lo estuviera.
Pasé harto trabajo en su enfermedad; creo le serví algo de lo que él había
pasado en las mías. Con estar yo harto mala, me esforzaba, ya que en faltarme
3 Vida 1, 1-2.
4 Uno de los hijos parece que murió muy pronto, pues de él no se sabe nada.
5 Vida 1, 2.
9
él, me faltaba todo el bien y regalo, porque en un ser me le hacía (me agradaba
en todo). Tuve gran ánimo para no le mostrar pena y estar hasta que murió
como si ninguna cosa sintiera, pareciéndome se arrancaba mi alma cuando veía
acabar su vida, porque le quería mucho.
Fue cosa para alabar al Señor la muerte que murió y la gana que tenía de
morirse, los consejos que nos daba después de haber recibido la extremaunción,
el encargarnos le encomendásemos a Dios y le pidiésemos misericordia para él y
que siempre le sirviésemos, que mirásemos se acababa todo. Y con lágrimas nos
decía la pena grande que tenía de no haberle él servido, que quisiera ser un
fraile, digo, haber sido de los más estrechos que hubiera.
Tengo por muy cierto que quince días antes le dio el Señor a entender no
había de vivir; porque antes de éstos, aunque estaba malo, no lo pensaba;
después, con tener mucha mejoría y decirlo los médicos, ningún caso hacía de
ello, sino entendía en ordenar su alma.
Fue su principal mal de un dolor grandísimo de espaldas que jamás se le
quitaba; algunas veces le apretaba tanto que le acongojaba mucho. Díjele yo
que, pues era tan devoto de cuando el Señor llevaba la cruz a cuestas, que
pensase que Su Majestad le quería dar a sentir algo de lo que había pasado con
aquel dolor: consolóse tanto, que me parece nunca más le oí quejar.
Estuvo tres días muy falto el sentido. El día que murió se le tornó el
Señor… y le tuvo hasta que a la mitad del credo, diciéndolo él mismo, expiró.
Quedó como un ángel. Así me parecía a mí que lo era él a manera de decir
en alma y disposicin, que la tenía muy buena…
Decía su confesor (padre Vicente Barrón, dominico), muy gran letrado,
que no dudaba de que se iba derecho al cielo, porque hacía algunos años que lo
confesaba, y loaba su limpieza de conciencia 6 .
LOS HERMANOS
María , hija del primer matrimonio de don Alonso, se casó en 1531 con
Martín Guzmán Barrentos y se fue a vivir con su esposo al pueblo de Castellanos
de la Cañada. Al morir su esposo hacia 1562, Teresa le avisó que se preparara,
porque pronto la llamaría el Señor. Nos dice en el libro de su Vida: Ella estaba
en una aldea y como fui, sin decirle nada, le fui dando la luz que pude en todas
las cosas e hice se confesase muy a menudo y en todo trajese cuenta con su alma.
6 Vida 7, 14-16.
10
Ella era muy buena e hízolo así. Desde a cuatro o cinco años que tenía esta
costumbre y muy buena cuenta con su conciencia, se murió sin verla nadie ni
poderse confesar. Fue el bien que, como lo acostumbraba, no hacía poco más de
ocho días que estaba confesada. A mí me dio gran alegría cuando supe su
muerte. Estuvo muy poco en el purgatorio; serían aún no me parece ocho días
cuando, acabando de comulgar, me apareció el Señor y quiso la viese cómo la
llevaba a la gloria 7 .
Juan de Cepeda era el segundo hijo del primer matrimonio de don
Alonso. Llegó a ser capitán de los tercios en Italia y África. Unos dicen que
murió de un arcabuzazo peleando en África entre el año 1525 y 1528. Otros que
murió en alguna de las guerras entre Carlos V y Francisco I de Francia.
Hernando de Cepeda era el primero de los hijos de don Alonso y doña
Beatriz. Salió para las Indias hacia 1534. Algunos historiadores dicen que fue
muy valeroso y conquistador en el Perú y tuvo repartimientos 8 . No llevó una
conducta del todo intachable y fruto de sus amoríos tuvo dos hijos (Alonso y
Juana). En 1546 aparece en la batalla de Añaquito como alférez general, portando
el estandarte real. Murió el 28 de enero de 1547.
Rodrigo de Cepeda es de quien Teresa habla que en su niñez quiso irse
con él a tierra de moros y un tío suyo los regresó a la salida de Ávila. Su madre
los reprendió y Rodrigo le echó la culpa de la fuga a su hermana. Fue a América
en 1535 y murió el 10 de agosto de 1557, luchando contra los araucanos en
Chile.
Lorenzo de Cepeda partió para América en su juventud hacia 1540.
Estuvo luchando en el Perú en la batalla de Añaquito, donde quedó gravemente
herido. En 1556 contrajo matrimonio en Lima con Juana Fuertes. Se estableció
en Quito (Ecuador) y fue nombrado juez de Residencia del Adelantado Juan de
Salinas y visitador fiscal de Loja, Cuenca y Zamora. Ejerció también el cargo de
Justicia Mayor de Loja, Cuenca y Zamora y sus distritos. Como visitador de los
tribunales de la Real Hacienda, en 1565 prohibió tajantemente la servidumbre de
los indios. Económicamente consiguió mucho dinero, aunque siempre evitó
injusticias como otros españoles.
El 14 de noviembre de 1567 falleció su esposa, dejándole cuatro hijos
vivos, de los siete que habían tenido; entre ellos Teresita, a quien tanto quiso
santa Teresa y que fue carmelita descalza en España. Decidió regresar a España
7 Vida 34, 19.
8 Historia de las grandezas de Ávila parte I, párrafo 14.
11
con sus hijos. En la travesía murió su hijo Esteban. Al llegar a España estaba la
Madre Teresa en Sevilla y allí se encontraron después de 34 años de separación.
La Madre Teresa estaba encantada con su sobrinita Teresita de ocho o
nueve años y en una carta escribe al padre Gracián: Ya está acá con su hábito
que parece duende de casa y su padre que no cabe de placer y todas gustan
mucho de ella. Y tiene una condicioncita como un ángel y sabe entretener en las
recreaciones contando de los indios y de la mar, mejor que yo lo contara 9 .
Lorenzo, como había traído buen dinero de América, se compró por
14.000 ducados tierras de labor y un bosque de seis kilómetros al sudeste de
Ávila en el lugar llamado La Serna . Y allí se retiró a pasar sus últimos años de
vida.
La Madre Teresa escribió a su hijo sobre su muerte: Murió
encomendándose a Dios. Y como un santo…, porque aunque siempre fue siervo
de Dios, estábalo ahora de suerte que no quisiera tratar cosa de la tierra; y, si
no era con las personas que trataban de Su Majestad, todo lo demás le
cansaba… Porque, si yo pudiera escribir algunas cosas particulares de su alma,
entendiera vuestra merced la gran obligación que tiene a Dios de haberle dado
tan buen padre y de vivir de manera que parezca ser su hijo 10 .
Murió el 26 de junio de 1580. La santa estaba en Segovia y lo vio subir al
cielo sin apenas pasar por el purgatorio.
Antonio de Ahumada es el hermano que la acompañó al convento de la
Encarnación, cuando se escapó de casa en 1535. De allí fue a pedir el hábito a los
dominicos, pero no lo aceptaron contra la voluntad de su padre. Salió para las
Indias hacia 1544. Como otros de sus hermanos, luchó en 1546 en la batalla de
Añaquito y recibió un tiro mortal, entregando su alma a Dios.
Pedro de Ahumada , partió a América hacia 1548. Se casó en Pasto a los
40 años, pero al quedar viudo y sin hijos, se vino en 1575 con su hermano
Lorenzo de regreso a España. Parece que era neurasténico, impulsivo y de mal
carácter. Vivió hasta el final de la caridad de su hermano Lorenzo. Murió en
1589 sin pena ni gloria.
Jerónimo de Cepeda partió en 1540 para las Indias con su hermano
Lorenzo. Al querer regresarse en 1575 con Lorenzo, murió antes de embarcarse.
Santa Teresa dice de él en una carta a su hermana Juana: Sepa que en Nombre de
9 Carta del 27 de setiembre de 1575.
10 Carta del 27 de diciembre de 1580.
12
Dios (ciudad de Panamá) murió el buen Jerónimo de Cepeda como un santo…
No lloren por él, que está en el cielo, sino den gracias al Señor que ha traído
estótros 11 .
Agustín de Ahumada salió también para América en 1546 y el 8 de abril
de 1549 estuvo en el Perú en la batalla de Jaquijaguana. Según algunos
historiadores era el prototipo de aventurero. En 1570, en una carta que le escribía
Teresa a su hermano Lorenzo, le escribía: Estoy con harto cuidado de Agustín de
Ahumada por no saber cómo va en las cosas de Nuestro Señor. Harto se lo
ofrezco 12 .
Doña Orofrisia, sobrina política de la santa, en el Proceso de Madrid
declaró: Esta testigo oyó al gobernador Agustín de Ahumada, hermano de la
Madre Teresa, que, estando en Chile o en el Perú en un gobierno y hacienda que
le importaba más de diez o doce mil ducados cada año, le llegó una carta de la
Madre en que decía que se saliese de aquel lugar y dejase aquella hacienda,
porque, si no lo hacía, perdería la vida y pondría dolo (engaño) en el alma, y él
se partió luego que recibió esta carta y dejó la hacienda y gobierno y, dentro de
muy breves días, el que había entrado en su lugar, con todo el lugar fue muerto
por los enemigos; por donde se entiende que la Madre tuvo revelación de que
fuera lo mismo de él si no le avisara 13 .
Regresó a España en 1585 ó 1586. Volvió a América en 1589, pero apenas
llegado a Lima, le dio una fiebre alta y, al tercer día, murió. Era el año 1591.
Juana de Ahumada era la última de los hermanos. De ella dice santa
Teresa: Ha salido doña Juana mujer tan honrada y de tanto valor que es para
alabar a Dios y un alma de ángel 14 .
Cuando falleció su padre don Alonso en 1543, tenía 15 años y Teresa la
llevó a vivir a su convento de la Encarnación, donde estuvo con ella hasta
noviembre de 1553, en que se casó con Juan de Ovalle. Tuvieron cinco hijos:
Gonzalo, José, Leonor, Constanza y Beatriz.
Beatriz (sor Beatriz de Jesús) relata lo sucedido a su hermano Gonzalo por
haberlo oído decir muchas veces a doña Juana de Ahumada, madre de esta
testigo, que habiéndose caído muerto un hermano (Gonzalo) de esta testigo, que
sería de cuatro o cinco años, en un aposento de la casa de su madre sin haber
tenido ocasión ni haber estado enfermo, la Madre Teresa de Jesús se encerró
11 Carta del 12 de agosto de 1575.
12 Carta 24 del 17 de enero de 1570.
13 Proceso I, p. 400.
14 Carta del 23 de diciembre de 1561.
13
con él en un aposento donde estuvo un buen rato, diciendo que no dijesen nada a
la madre del niño y salió de allí a un rato la Madre Teresa con el niño de la
mano, bueno y sano, y nunca más volvió a tener aquel desmayo o lo que fue, y
esto tuvo por milagro la madre de esta testigo, y como tal se lo contaba muchas
veces 15 .
Según el testimonio de su prima sor Teresita: Siendo ya muy hombre el
dicho Gonzalo, no sabe cuántos años después que la santa Madre murió, le dio
en Alba el mal de la muerte (en julio de 1588) y, estando cercano a ella, mostró
gran regocijo y fervor de espíritu diciendo a los presentes, si no echaban de ver
que su tía estaba allí, dando muestras de cómo se le había aparecido y lo
acompañaba en aquella hora. Y, en expirando, quedó tan grandísima fragancia
de olor del cuerpo de la santa Madre como si estuviera en el mismo aposento; el
cual olor dice que duró en el aposento tres días patentes a cuantas personas
entraban y salían, con admiración del caso 16 .
Respecto a José, el segundo de los hijos de Juana de Ahumada, nació el 4
de setiembre de 1561. Santa Teresa le cobró un cariño especial. Según Beatriz
(sor Beatriz de Jesús), estando la Madre Teresa, por el tiempo en que se labraba
la casa de San José de Ávila, en casa de su hermana doña Juana de Ahumada,
ella tenía un niño que no había (tenía) un año cumplido, y estaba enfermo.
Teniéndolo la Madre Teresa de Jesús en brazos y, entendiendo que se moría, le
cubrió el rostro con su velo y de esta manera se le murió en los brazos,
quedándose la Madre Teresa por un buen rato en oración. La estaba mirando la
madre de esta testigo, su hermana, sin hablarle palabra, hasta que la Madre
Teresa de Jesús volvió en sí de su oración con un rostro muy encendido, y le dijo
a su señora y madre de esta testigo y del nio difunto: “Oh, válgame Dios,
hermana, qué (bello) es ver la multitud de ángeles que vienen por el alma de
estos niños inocentes; por donde se entiende que los había visto” 17 .
INFANCIA DE TERESA
Nuestra santa nació el 28 de marzo de 1515. Fue bautizada en la iglesia
parroquial de San Juan, de Ávila, aunque no se sabe el día exacto. Algunos dicen
que fue el 4 de abril, siguiendo la costumbre española de bautizar al octavo día,
pero no es totalmente seguro. Tampoco se sabe la fecha de su primera comunión
y confirmación, que podría ser alrededor de los 10 años.
15 Proceso I, p. 119.
16 Sor Teresita de Jesús en su declaración en el Proceso de Ávila de 1610; BMC, Relaciones espirituales,
tomo II, Ed. Monte Carmelo, 1915, p. 360.
17 Proceso I, p. 116.
14
Durante los inviernos, la familia iba a Gotarrendura, a cuatro leguas de
Ávila, donde se habían casado los papás. Allí, en medio del campo y con mejor
clima, pasaban bien los días fríos invernales. Por las noches se reunían a rezar el
rosario y leer vidas de santos, pero también a contar historias guerreras. Eran
preferidas las hazañas contra los moros y las aventuras de América. Los temas
referentes a judíos eran soslayados prudentemente por tener antepasados judíos y,
porque cuando se hablaba de enemigos de Cristo y de España, se entendía que
eran, sobre todo, los moros y los herejes.
En aquel ambiente cristiano la pequeña Teresita iba creciendo; y nos dice:
Hacía limosna como podía, y podía poco, procuraba soledad para rezar mis
devociones que eran hartas, en especial el rosario, de que mi madre era muy
devota, y así nos hacía serlo. Gustaba mucho, cuando jugaba con otras niñas,
hacer monasterios, como que éramos monjas, y yo me parece deseaba serlo,
aunque no tanto como las cosas que he dicho 18 .
Ya desde los seis o siete años sabía leer y leía el libro Flos sanctorum (flor
de los santos), que tenía la vida de Cristo y de muchos santos. Ella leía y su
hermano Rodrigo la escuchaba atentamente. Y ella lo animó un día a ir a tierra de
moros y morir mártires por Cristo. Ella lo escribe así: Como veía los martirios
que por Dios las santas pasaban, parecíame compraban muy barato el ir a gozar
de Dios y deseaba yo mucho morir así, no por amor que yo entendiese tenerle,
sino por gozar tan en breve de los grandes bienes que leía haber en el cielo, y
juntábame con este mi hermano (Rodrigo) a tratar qué medio habría para esto.
Concertábamos irnos a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios, para que
allá nos descabezasen; y paréceme que nos daba el Señor ánimo en tan tierna
edad, si viéramos algún medio, pero el tener padres nos parecía el mayor
embarazo 19 .
Al no poder realizar sus sueños, comenzaron a jugar a ser ermitaños y
pensaban: Pena y gloria para siempre… y gustábamos decir muchas veces:
¡para siempre, siempre, siempre!... En pronunciar esto mucho rato era el Señor
servido me quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad 20 .
La Madre María de San Francisco declaró en el Proceso que la Madre
Teresa, estando algunas veces en casa de sus padres hablando con un hermano
suyo que se llamaba Rodrigo, se ponía a solas con él a decir: “Rodrigo, que hay
vida para siempre”, repitiendo muchas veces esto, “para siempre”. Y que
Rodrigo le respondía diciendo: “Sí, Teresa, para siempre, para siempre, para
18 Vida 1, 6.
19 Vida 1, 4.
20 Ibídem.
15
siempre”. Y que la Madre Teresa le volvía a replicar: “Rodrigo, y que hay pena
para siempre, para siempre, para siempre”. De forma que estas palabras habían
incitado y encendido a la santa Madre Teresa y a su hermano Rodrigo, siendo
niños de muy tierna edad, a se querer ir a tierra de moros y ser martirizados 21 .
De hecho lo intentaron un día, pero al descubrir su fuga, salieron a
buscarlos habiendo salido ya de la casa de sus padres y de la puerta de la
ciudad, que comúnmente llaman la Puerta de Adaja. Comenzando su viaje por el
puente que estaba junto a la ciudad, les salió al encuentro un tío suyo y los
volvió a su casa 22 .
El suceso de la fuga sucedió cuando ella tenía unos siete años. A partir de
esa fecha, siguió su vida normal de familia, dedicada a sus estudios y a la vida de
oración.
ADOLESCENCIA
A los 13 años, estando en plena adolescencia, con una inteligencia muy
despierta, mucha afectividad y muchas ganas de saber, comenzó a leer libros
románticos. Ella dice: Mi madre… era aficionada a libros de caballería
(románticos) y no tan mal tomaba este pasatiempo como yo lo tomé para mí,
porque no perdía su labor; y por ventura lo hacía para no pensar en grandes
trabajos que tenía, y ocupar sus hijos, que no anduviesen en otras cosas
perdidos. De esto le pesaba tanto a mi padre, que se había de tener aviso a que
no lo viese. Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos; y aquella pequeña
falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos y comenzar a faltar en lo
demás; y parecíame no era malo con gastar muchas horas del día y de la noche
en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan en extremo lo que
en esto me embebía que, si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento 23 .
Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien con mucho
cuidado de manos y cabello y olores y todas las vanidades que en esto podía
tener, que eran hartas, por ser muy curiosa… Tenía primos hermanos algunos,
que en casa de mi padre no tenían otros cabida para entrar, que era muy
recatado y pluguiera (agradara) a Dios que lo fuera de éstos también, porque
ahora veo el peligro que es tratar en la edad que se han de comenzar a criar
virtudes con personas que no conocen la vanidad del mundo, sino que antes
despiertan para meterse en él. Eran casi de mi edad, poco mayores que yo.
21 Proceso III, p. 222.
22 Proceso III, p. XII.
23 Vida 2, 1.
16
Andábamos siempre juntos. Teníanme gran amor… y oía sucesos de sus
aficiones y niñerías no nada buenas; y lo que peor fue, mostrarse el alma a lo
que fue causa de todo su mal.
Si yo hubiera de aconsejar, dijera a los padres que en esta edad
(adolescencia) tuviesen gran cuenta con las personas que tratan sus hijos;
porque aquí está mucho mal, que se va nuestro natural antes a lo peor que a lo
mejor.
Así me acaeció a mí, que tenía una hermana de mucha más edad que yo,
de cuya honestidad y bondad, que tenía mucha, de ésta no tomaba nada; y tomé
todo el daño de una parienta que trataba mucho en casa. Era de tan livianos
tratos que mi madre la había mucho procurado desviar que tratase en casa;
parece adivinaba el mal que por ella me había de venir, y era tanta la ocasión
que había para entrar, que no había podido. A ésta que digo, me aficioné a
tratar. Con ella era mi conversación y pláticas, porque me ayudaba a todas las
cosas de pasatiempos que yo quería, y aun me ponía en ellas y me daba parte de
sus conversaciones y vanidades…
Mi padre y hermana sentían mucho esta amistad. Reprendíanmela muchas
veces. Como no podían quitar la ocasión de entrar ella en casa, no les
aprovechaban sus diligencias, porque mi sagacidad para cualquier cosa mala
era mucha. Espántame algunas veces el daño que hace una mala compañía y, si
no hubiera pasado por ello, no lo pudiera creer 24 .
Teresa de los 13 a los 15 años, por leer tantos libros de amores con una
pasión exagerada y a escondidas de su padre, se fue enfriando espiritualmente.
Las conversaciones con la parienta, que le contagiaba de las cosas del mundo,
también le hicieron daño y la alejaron de Dios. Por otra parte, parece que se hizo
muy amiga de un primo suyo; y de los juegos pasaron a confidencias y pensar en
futuros proyectos de matrimonio. Pero esto sólo duró tres meses, pues su padre se
enteró y cortó por lo sano. Ella anota: No pudo ser tan secreto que no hubiese
harta quiebra de mi honra y sospecha en mi padre… Me llevaron a un
monasterio que había en el lugar 25 .
24 Vida 2, 2-4.
25 Vida 2, 6.
17
COLEGIO NUESTRA SEÑORA DE GRACIA
Al enterarse su padre de los amoríos con el primo, la llevó interna al
Colegio que las Madres Agustinas tenían en el convento de Nuestra Señora de
Gracia de Ávila, donde estudiaban hijas de familias ricas. Era el año 1531 y ella
tenía 16 años. Al principio estaba contrariada, pero poco a poco se olvidó de los
libros románticos y de las galas del mundo, y comenzó a crecer espiritualmente;
sobre todo, con el trato con la hermana María Briceño, que le enseñó a hacer
oración.
Escribe: Dormía una monja (María Briceño) con las que estábamos
seglares, que por medio suyo parece quiso el Señor comenzar a darme luz 26 .
Comenzando a gustar de la buena y santa conversación de esta monja,
holgábame (me alegraba) de oírla cuán bien hablaba de Dios, porque era muy
discreta y santa. Comenzóme a contar cómo ella había venido a ser monja con
slo leer lo que dice el evangelio: “Muchos son los llamados y pocos los
escogidos” (Mt 20, 16). Decíame el premio que daba el Señor a los que todo lo
dejan por Él. Comenzóme esta buena compañía a desterrar las costumbres que
había hecho la mala (compañía) y a tornar a poner en mi pensamiento deseos de
las cosas eternas y a quitar algo la gran enemistad que tenía con ser monja…
Estuve año y medio en este monasterio harto mejorada. Comencé a rezar muchas
oraciones vocales… Al cabo de este tiempo que estuve aquí, ya tenía más
amistad de ser monja, aunque no en aquella casa 27 .
GRAVE ENFERMEDAD
Estando en el Colegio le sobrevino una grave enfermedad que obligó a su
padre a sacarla para tratar de que recuperase la salud. Era a finales de 1532 o
comienzos de 1533. Ella manifiesta: Dióme una gran enfermedad, que hube de
tornar a casa de mi padre. En estando buena, lleváronme a casa de mi
hermana 28 para verla, que era extremo el amor que me tenía y, a su querer, no
saliera yo de con ella; y su marido también me amaba mucho, que aun esto debo
más al Señor, que en todas partes siempre le he tenido y todo se lo servía como
la que soy 29 .
26 Vida 2, 10.
27 Vida 3, 1-2.
28 Se refiere a su hermana mayor María, hija del primer matrimonio de don Alonso, que vivía en
Castellanos de la Cañada.
29 Vida 3,3.
18
Estaba en el camino un hermano de mi padre 30 muy avisado y de grandes
virtudes, viudo, a quien también andaba el Señor disponiendo para sí, que en su
mayor edad dejó todo lo que tenía y fue fraile y acabó de suerte que creo goza de
Dios. Quiso que me estuviese con él unos días. Su ejercicio era buenos libros de
romance (en español) y su hablar era lo más ordinario de Dios y de la vanidad
del mundo… Aunque fueron los días que estuve pocos…, vine a ir entendiendo la
verdad de cuando niña, de que no era todo nada (todo lo creado es nada)… Y,
aunque no acababa mi voluntad de inclinarse a ser monja, vi era el mejor y más
seguro estado. Y así poco a poco me determiné a forzarme para tomarle 31 .
Después de curarse de la enfermedad por la que había salido del Colegio
en otoño de 1533, volvió a Ávila haciendo de ama de casa, pues su padre le
confió el gobierno de la misma. Fueron dos años que estuvo al cuidado de los
suyos, madurando su decisión de abrazar la vida religiosa hasta que se decidió a
decírselo a su padre.
ENTRADA AL CONVENTO
Leía las epístolas (cartas) de san Jerónimo, que me animaban de suerte
que me determiné a decirlo (lo de la vocación) a mi padre, que casi era como a
tomar el hábito, porque era (yo) tan honrosa que me parece no tornara atrás por
ninguna manera, habiéndolo dicho una vez. Era tanto lo que me quería (mi
padre) que en ninguna manera lo pude acabar (conseguir) con él ni bastaron
ruegos de personas que procuré le hablasen. Lo que más se pudo acabar con él
fue que, después de sus días, haría (yo) lo que quisiese 32 .
Era a fines de 1535, cuando le comunicó a su padre su deseo de ser
religiosa. Al ver que no había solución y su padre no le daría permiso de entrada,
decidió escaparse con su hermano Antonio. Ella nos dice: Concertamos
entrambos (ambos) de irnos un día muy de mañana al monasterio adonde estaba
aquella mi amiga, que era al (convento) que yo tenía mucha aficin…, que más
miraba yo el remedio de mi alma, porque del descanso ningún caso hacía de él.
Acuérdaseme (me acuerdo) que cuando salí de casa de mi padre no creo
será más el sentimiento cuando me muera. Porque me parece cada hueso se me
apartaba por sí… Era todo haciéndome una fuerza tan grande que, si el Seor
no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio
ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra 33 .
30 Pedro Sánchez de Cepeda.
31 Vida 3, 4-5.
32 Vida 3, 7.
33 Vida 4, 1.
19
Era el 2 de noviembre de 1535. Acompañada de su hermano Antonio se
fugó de su casa y se fue al convento de las Madres carmelitas de la Encarnación
de Ávila. El monasterio era un edificio nuevo que albergaba unas 200 mujeres,
entre religiosas y seglares. Las religiosas provenían de familias pobres y algunas
de familias de la nobleza. Estas últimas, al igual que Teresa, podían disfrutar de
amplias habitaciones y vivir en compañía de parientes o amigas a quienes ellas
mismas pagaban los gastos de manutención, y que no eran religiosas, aunque
seguían en gran parte la vida de la comunidad.
Enterado don Alonso de lo sucedido, no reaccionó con enojo sino con
resignación. Acudió al convento a verla, pero no para discutir, sino para
tranquilizarla y darle su bendición. Y después de un año de postulantado, antes
de tomar el hábito, el 31 de octubre de 1536 formalizó con las religiosas de la
Encarnación la llamada Carta de Dote . En ella se comprometía a dar para su
alimento y sustentación 25 fanegas de pan de renta por mitad de trigo e cebada,
en heredad que lo rente en el lugar e término de Goterrendura... Y en defecto de
no les dar el dicho pan de renta, que les dé en lugar dello e por ello 200 ducados
de oro en que montan setenta y cinco mil marevedises 34 .
Pasaron rápidamente los dos años de postulantado y noviciado y llegó el
día de su profesión religiosa el 3 de noviembre de 1537. Al recordar 25 años
después las emociones de aquel gran día, en que se comprometió a ser esposa de
Jesús para siempre, dice: Me acuerdo la manera de mi profesión y la gran
determinación y contento con que la hice y el desposorio que hice con Vos. Esto
no lo puedo decir sin lágrimas y habían de ser de sangre y quebrárseme el
corazón 35 .
NUEVA GRAVE ENFERMEDAD
Al año de su profesión le vino otra vez una extraña enfermedad . La
mudanza de la vida y de los manjares me hizo daño a la salud que, aunque el
contento era mucho, no bastó. Comenzáronme a crecer los desmayos y dióme un
mal de corazón tan grandísimo que ponía espanto a quien le veía y otros muchos
males juntos, y así pasé el primer año con harta mala salud. Y como era el mal
tan grave que casi me privaba el sentido siempre y, algunas veces, del todo
quedaba sin él, era grande la diligencia que traía mi padre para buscar
remedio; y como no le dieron los médicos de aquí, procuró llevarme a un lugar
34 Salvador de la Virgen del Carmen, Teresa de Jesús , tomo I, Vitoria, 1964, Nota a p. 15.
35 Vida 4, 3.
20
adonde había mucha fama de que sanaban allí otras enfermedades, y así dijeron
harían la mía 36 .
Según parece, el origen de aquella enfermedad fue el haberse ofrecido a
Dios como víctima supletoria en lugar de una religiosa de la comunidad. Al
terminar su año de noviciado, le sobrevino a una religiosa una enfermedad de lo
más dolorosa y repugnante. Víctima de unas obstrucciones intestinales, echaba lo
que comía por unas bocas que se le habían hecho en el vientre. Sin hallar cómo
aliviarla y en una explosión de heroísmo, Teresa pidió al Señor que le pasara a
ella aquella enfermedad con tal que le diese la paciencia para sobrellevarla.
Ella lo expresa así: Estaba una monja enferma de grandísima enfermedad
y muy penosa, porque eran unas bocas en el vientre por donde echaba lo que
comía. Murió presto de ello. Yo veía a todas temer aquel mal; a mí hacíame gran
envidia su paciencia; pedía a Dios que, dándomela así a mí, me diese las
enfermedades que fuese servido. Ninguna me parece temía, porque estaba tan
puesta en ganar bienes eternos que por cualquier medio me determinaba a
ganarlos… Tan bien me oy en esto Su Majestad que, antes de dos aos, estaba
tal que, aunque no el mal de aquella suerte, creo no fue menos penoso y
trabajoso el que tres años tuve 37 .
En vista de que los tratamientos médicos de Ávila no surtían efecto y
estaba muy grave, su padre decidió sacarla del convento con el permiso
correspondiente y llevarla a curar a un pueblecito llamado Becedas, donde había
una famosa curandera.
De inmediato se pusieron en camino. Era en pleno invierno, a fines de
1538. Hicieron parada en la casa del tío Pedro Sánchez en Hortigosa. El tío le
regaló el libro Tercer Abecedario espiritual de Osuna, que tanto bien hizo a su
alma. Después la llevaron a Castellanos de la Cañada donde vivía su hermana
María y donde permaneció desde principios del invierno hasta el mes de abril, en
que había de comenzar su tratamiento con la famosa curandera de Becedas.
BECEDAS
Ella refiere: Estuve en aquel lugar tres meses con grandísimos trabajos,
porque la cura fue más recia que lo que pedía mi complexin. A los dos meses…
me tenía acabada la vida, y el rigor del mal de corazón de que me fui a curar era
mucho más recio, que algunas veces me parecía que con dientes agudos me
36 Vida 4, 5.
37 Vida 5, 2.
21
asían de él, tanto que se temió era rabia… Casi un mes me había dado una
purga cada día y estaba tan abrasada que se me comenzaron a encoger los
nervios con dolores tan incomportables (insoportables) que día y noche ningún
sosiego podía tener; y una tristeza muy profunda 38 .
Durante su tratamiento en el pueblo Becedas se comenzó a confesar con el
sacerdote del lugar. Y dice: Él se aficionó en extremo a mí, porque entonces
tenía poco que confesar… No fue la afición de éste mala, mas de demasiada
afición venía a no ser buena. Tenía entendido de mí que no me determinaría a
hacer cosa contra Dios que fuese grave por ninguna cosa, y él también me
aseguraba lo mismo, y así era mucha la conversación… Comenzó a declararme
su perdición. Y no era poca, porque hacía casi siete años que estaba en muy
peligroso estado con afición y trato con una mujer del mismo lugar y con esto
decía misa. Era cosa tan pública, que tenía perdida la honra y la fama, y nadie
le osaba hablar contra esto… Procuré saber e informarme más de personas de
su casa. Supe más la perdición y vi que el pobre no tenía tanta culpa, porque la
desventurada de la mujer le tenía puestos hechizos en un idolillo de cobre que le
había rogado le trajese por amor de ella al cuello. Y éste nadie había sido
poderoso de podérselo quitar…
Pues como supe esto, comencé a mostrarle más amor. Mi intención buena
era, la obra mala, pues por hacer bien, por grande que sea, no había de hacer
un pequeño mal. Tratábale muy ordinario de Dios. Esto decía aprovecharle,
aunque más creo le hizo al caso el quererme mucho; porque, por hacerme placer
(darme gusto) me vino a dar el idolillo, el cual hice echar luego en un río.
Quitado éste, comenzó como quien despierta de un gran sueño a irse acordando
de todo lo que había hecho aquellos años; y espantándose de sí, doliéndose de su
perdición, vino a comenzar a aborrecerla. Nuestra Señora le debía ayudar
mucho, pues era muy devoto de su Concepción y en aquel día hacía gran fiesta.
En fin, dejó del todo de verla y no se hartaba de dar gracias a Dios por haberle
dado luz. Al cabo de un año en punto desde el primer día que yo le vi, murió…
Murió muy bien y muy quitado de aquella ocasión. Parece quiso el Señor que
por estos medios se salvase 39 .
Después de su tratamiento con la curandera, y, viendo su padre que había
empeorado, decidió volver con ella a Ávila. Los médicos diagnosticaron, además
del mal de corazón, una afección pulmonar. Y Teresa seguía medio muerta,
sobreviviendo en la casa de su padre.
38 Vida 5, 7.
39 Vida 5, 4-6.
22
QUEDA EN COMA
La noche del 15 de agosto de 1539 le dio un terrible paroxismo que vino a
alarmar a todos. Pasaron cuatro días sin que Teresa volviera en sí. Todos la
dieron por muerta. En su convento de la Encarnación abrieron su sepultura. En
La Moraleja (un convento frailes) le hicieron las honras fúnebres, pensando que
ya había muerto. Se encendieron en torno a su lecho los cirios de costumbre,
cuando alguien moría. Sólo su padre evitó que fuera enterrada contra la opinión
de todos, aferrándose a la idea de que todavía vivía, aunque no daba señales de
vida. Él decía con insistencia: Esta hija no es para enterrar . A los cuatro días
volvió en sí.
Ella misma anota: En esto me dieron el sacramento de la unción y cada
hora o momento pensaban expiraba y no hacían sino decirme el Credo como si
alguna cosa entendiera. Teníanme a veces por tan muerta que hasta la cera me
hallé después en los ojos. La pena de mi padre era grande de no me haber
dejado confesar; clamores y oraciones a Dios, muchas. ¡Bendito sea Él que
quiso oírlas, que teniendo día y medio abierta la sepultura en mi monasterio,
esperando el cuerpo allá y hechas las honras en uno de nuestros frailes, quiso el
Seor tornase en mí. Luego me quise confesar. Comulgué con hartas lágrimas…
Los dolores eran incomportables (insoportables) 40 .
Quedé de estos cuatro días de paroxismo de manera que sólo el Señor
puede saber los incomportables tormentos que sentía en mí, la lengua hecha
pedazos de mordida; la garganta, de no haber pasado nada y de la gran flaqueza
que me ahogaba, que aun el agua no podía pasar; toda me parecía estaba
descoyuntada; con grandísimo desatino en la cabeza; toda encogida, hecha un
ovillo, porque en esto paró el tormento de aquellos días, sin poderme menear, ni
brazo ni pie ni mano ni cabeza, más que si estuviera muerta, si no me meneaban;
sólo un dedo me parece podía menear de la mano derecha. Pues llegar a mí no
había cómo, porque todo estaba tan lastimado que no lo podía sufrir. En una
sábana, una de un cabo y otra de otro, me meneaban 41 .
VUELTA AL CONVENTO
Ella escribe: Di luego tan gran prisa de irme al monasterio, que me hice
llevar así. A la que esperaban muerta, recibieron con alma; mas el cuerpo peor
que muerto, para dar pena verle. El extremo de flaqueza no se puede decir, que
solos los huesos tenía ya. Digo que estar así me duró más de ocho meses; el
40 Vida 5, 9-10.
41 Vida 6, 1.
23
estar tullida, aunque iba mejorando, casi tres años. Cuando comencé a andar a
gatas, alababa a Dios. Todos los pasé con gran conformidad y, si no fue estos
principios, con gran alegría; porque todo se me hacía nonada comparado con
los dolores y tormentos del principio. Estaba muy conforme con la voluntad de
Dios, aunque me dejase así siempre.
Paréceme era toda mi ansia de sanar por estar a solas en oración como
venía mostrada (acostumbrada), porque en la enfermería no había aparejo.
Confesábame muy a menudo. Trataba mucho de Dios, de manera que edificaba a
todas, y se espantaban de la paciencia que el Señor me daba; porque, a no venir
de mano de Su Majestad, parecía imposible poder sufrir tanto mal con tanto
contento 42 .
Como me vi tan tullida y en tan poca edad y cuál me habían parado los
médicos de la tierra, determiné acudir a los del cielo para que me sanasen; que
todavía deseaba la salud, aunque con mucha alegría lo llevaba, y p ensaba
algunas veces que, si estando buena me había de condenar, que mejor estaba
así; mas todavía pensaba que serviría mucho más a Dios con la salud. Este es
nuestro engaño, no nos dejar del todo a lo que el Señor hace, que sabe mejor lo
que nos conviene…
Tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendéme mucho a
él. Vi claro que así de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida
de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir 43 .
Hacia la Pascua de 1540 se inició una lenta y progresiva mejoría por
mediación de san José y, poco a poco, comenzó a hacer vida común con las
religiosas.
Pero, cuando ya estuvo curada (en 1542), el gran fervor que había
adquirido en tiempos de su enfermedad se empezó a entibiar, debido a las
interminables visitas al locutorio que la disipaban de la oración y le quitaban
mucho tiempo.
ENFRIAMIENTO ESPIRITUAL
Refiere: Comencé de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad,
de ocasión en ocasión, a meterme tanto en muy grandes ocasiones y andar tan
estragada (viciada) mi alma en muchas vanidades que ya yo tenía vergüenza de
42 Vida 6, 1-2.
43 Vida 6, 5-6.
24
en tan particular amistad como es tratar de oración, tornarme a llegar a Dios; y
ayudóme a esto que, como crecieron los pecados, comenzóme a faltar el gusto y
regalo en las cosas de virtud 44 .
Se sentía estancada espiritualmente debido a la disipación adquirida por el
tiempo perdido y las largas conversaciones en el locutorio con los que iban a
visitarla. Creía que eso era algo normal, pues todas lo hacían. Y anota:
Parecíame que cosa tan general como es este visitar en muchos monasterios que
no me haría a mí más mal que a las otras, que yo veía eran buenas… Estando
con una persona, bien al principio del conocerla, quiso el Señor darme a
entender que no me convenían aquellas amistades, y avisarme y darme luz en tan
gran ceguedad: representóseme Cristo delante con mucho rigor, dándome a
entender lo que de aquello le pesaba (desagradaba). Vile con los ojos del alma
más claramente que le pudiera ver con los del cuerpo y quedóme tan imprimido,
que ha esto más de veinte y seis años y me parece lo tengo presente. Yo quedé
muy espantada y turbada, y no quería ver más a con quien estaba…
Estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia nosotros (y
otras personas que estaban allí también lo vieron) una cosa a manera de sapo
grande con mucha más ligereza que ellos suelen andar. De la parte que él vino
no puedo entender pudiese haber semejante sabandija en mitad del día ni nunca
la ha habido, y la operación que hizo en mí me parece no era sin misterio; y
tampoco esto se me olvidó jamás…
Tenía allí una monja que era mi parienta, antigua y gran sierva de Dios…
Ésta también me avisaba algunas veces, y no sólo no la creía, mas disgustábame
con ella y parecíame se escandalizaba sin tener por qué 45 .
Estas visitas le hicieron olvidar la oración. Fue el más terrible engaño que
el demonio me podía hacer debajo de parecer humildad, y comencé a temer de
tener oración 46 .
El demonio le hizo creer que lo mejor era dejar la oración. Y la dejó
durante el año 1543. Dice: Estuve un año y más sin tener oración, pareciéndome
más humildad. Y ésta fue la mayor tentación que tuve, que por ella me iba a
acabar de perder 47 .
Pero aprendió la lección: nunca dejar la oración por ningún motivo. Y nos
enseña: Oración mental no es otra cosa a mi parecer, sino tratar de amistad,
44 Vida 7, 1.
45 Vida 7, 6-9.
46 Vida 7, 1.
47 Vida 7, 11.
25
estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama 48 . El
aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho 49 . No
está la cosa en pensar mucho sino en amar mucho 50 .
La oración es comunicación amorosa con Dios; cuanto más amor haya en
esta comunicación, mejor será la oración. De ahí que una buena oración podía ser
repetir constantemente frases de amor como Jesús yo te amo, yo confío en Ti ; o
demostrarle nuestro amor con sonrisas, besos, flores, miradas y palabras de
cariño.
Lo importante es no dejar la oración, tiempo necesario para estar a solas
con nuestro Dios (Padre, esposo, amigo). La misma santa nos dice: Sabe el
traidor (el demonio) que el alma que tenga con perseverancia oración, la tiene
perdida, y que todas las caídas que la hace dar, la ayudan, por la bondad de
Dios, a dar después mayor salto en lo que es su servicio 51 . Y cuando cayere,
mire, mire por amor del Señor, que no la engañe (el demonio) en que deje la
oración como a mí me hacía con humildad falsa 52 .
No fue fácil orar y luchar contra las distracciones de la imaginación (la
loca de la casa), pero valió la pena y el triunfo fue su premio.
CONVERSIÓN
El año 1554 con 29 años de edad comenzó su conversión definitiva y
entrega total a Dios. A partir de aquí avanza con pasos de gigante en la senda de
la santidad.
Ella relata: Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen
que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se
hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda
me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros 53 . Fue
tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón
me parece se me partía, y arrojéme cabe É l con grandísimo derramamiento de
lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.
48 Vida 8, 5.
49 Fundaciones 5, 2.
50 Moradas cuartas 1, 7.
51 Vida 19, 4.
52 Vida 19, 15.
53 Esta imagen, que no representa a Jesús atado a la columna, sino un muy lastimoso y tierno Eccehomo,
venérase todavía en el monasterio de la Encarnación de Ávila.
26
Era yo muy devota de la gloriosa Magdalena y muy muchas veces
pensaba en su conversión, en especial cuando comulgaba, que como sabía
estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame a sus pies, pareciéndome no
eran de desechar mis lágrimas. Y no sabía lo que decía (que harto hacía quien
por sí me las consentía derramar, pues tan presto se me olvidaba aquel
sentimiento) y encomendábame a aquesta gloriosa santa para que me alcanzase
perdón.
Mas esta postrera vez de esta imagen que digo, me parece me aprovechó
más, porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios.
Paréceme le dije entonces que no me había de levantar de allí hasta que hiciese
lo que le suplicaba. Creo cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho
desde entonces 54 .
En este tiempo me dieron las Confesiones de San Agustín, que parece el
Señor lo ordenó, porque yo no las procuré ni nunca las había visto. Yo soy muy
aficionada a san Agustín, porque el monasterio adonde estuve seglar era de su
Orden y también por haber sido pecador, que en los santos que después de serlo
el Señor tornó a Sí, hallaba yo mucho consuelo, pareciéndome que en ellos había
de hallar ayuda y que, como los había el Señor perdonado, podía hacerlo a mí;
salvo que una cosa me desconsolaba, como he dicho, que a ellos sola una vez los
había el Señor llamado y no tornaban a caer, y a mí eran ya tantas, que esto me
fatigaba. Mas considerando en el amor que me tenía, tornaba a animarme, que
de su misericordia jamás desconfié; de mí muchas veces…
En cuanto comencé a leer las Confesiones , paréceme me veía yo allí.
Comencé a encomendarme mucho a este glorioso santo. Cuando llegué a su
conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el
Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón. Estuve por gran rato que toda me
deshacía en lágrimas, y entre mí misma con gran aflicción y fatiga… Yo me
admiro ahora cómo podía vivir en tanto tormento. ¡Sea Dios alabado, que me
dio vida para salir de muerte tan mortal! 55 .
VIDA MÍSTICA
A partir de su conversión su carrera hacia Dios fue vertiginosa. Tenía muy
de ordinario oración de quietud y muchas veces de unión, que duraba mucho
rato 56 . También empezó a tener experiencias místicas que la turbaban, porque no
54 Vida 9, 1-3.
55 Vida 9, 7-8.
56 Vida 23, 2.
27
sabía si eran auténticas, especialmente visiones intelectuales, locuciones
interiores, arrobamientos, etc. Ella, para tener seguridad, buscaba siempre
confesores; si era posible, santos y letrados, para que la dirigieran por el camino
recto.
Durante los tres años (1555-1558) que vivió fuera de su convento de la
Encar+nación, en la casa de doña Guiomar de Ulloa, tuvo facilidad para buscar
confesores. El año 1556 recibió el don del Desposorio espiritual, probablemente
durante la Pascua de Pentecostés, recién cumplidos sus 41 años de edad.
Ella escribe: Como las visiones fueron creciendo, uno (de mis
confesores) … comenz a decir que claro era demonio. Mandándome que, ya que
no había remedio de resistir, que siempre me santiguase cuando alguna visión
viese, y diese higas (rechazara), porque tuviese por cierto era demonio y con esto
no vendría; y que no hubiese miedo, que Dios me guardaría y me lo quitaría. A
mí me era esto gran pena; porque, como yo no podía creer sino que era Dios,
era cosa terrible para mí; y tampoco podía desear se me quitase; mas, en fin,
hacía cuanto me mandaban. Suplicaba mucho al Señor que me librase de ser
engañada. Esto siempre lo hacía y con hartas lágrimas, y a san Pedro y a san
Pablo… muchas veces los veía al lado izquierdo muy claramente, aunque no con
visión imaginaria (sino intelectual) 57 .
LA TRANSVERBERACIÓN
Entre 1558 y 1560 tuvo muchos arrobamientos, ímpetus, raptos de amor y
también la experiencia de la transverberación. Nos dice: Quiso el Señor que viese
algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en
forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se
me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije. Esta
visión quiso el Señor la viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho,
el rostro encendido, que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos
se abrasan: deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los
dicen. Veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros
a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al
fin del hierro me parecía tener un poco de fuego; éste me parecía meter por el
corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía
las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan
grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad
que me pone este grandísimo dolor, que no hay que desear que se quite, ni se
contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual,
57 Vida 29, 5.
28
aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan
suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a
quien pensare que miento…
Los días que duraba esto andaba como embobada; no quisiera ver ni
hablar, sino abrazarme con mi pena, que para mí era mayor gloria que cuantas
hay en todo lo criado 58 .
La gracia de la transverberación se repitió varias veces. María Pinel,
cronista del convento de la Encarnación, dice que la merced del dardo fue en el
coro alto; no fue una vez sola, sino muchas las que el serafín hirió este amoroso
pecho 59 .
Ella, aludiendo a la transverberación, escribió esta poesía:
En las internas entrañas
sentí un golpe repentino
el blasón era divino,
porque obró grandes hazañas.
Con el golpe fui herida
y, aunque la herida es mortal,
Y es un dolor sin igual,
es muerte que causa vida.
Si mata, ¿cómo da vida?
Si da vida, ¿cómo muere?
¿Cómo sana cuando hiere
y se ve con Él unida?
Tiene tan divinas mañas,
que en un tan acerbo trance,
sale triunfal del lance,
obrando grandes hazañas.
SOSPECHOSA DE FRAUDE
Algunos de sus confesores no creían en visiones ni misticismos y la hacían
dudar y desanimar de ir por ese camino por donde la llevaba el Señor. Hacía
poco que había sido descubierto el gran fraude de sor Magdalena de la Cruz, que
58 Vida 29, 13-14.
59 Noticias: BMC, tomo 2, p. 106.
29
durante 40 años había tenido gran fama de santidad y había engañado a todo el
mundo. Al final, fue enjuiciada por la Inquisición y ella se arrepintió. Declaró en
su abjuración pública que a los 12 años había hecho un pacto con el demonio y
que toda la vida había aparentado ser santa sin serlo. Esto había creado pánico en
toda España sobre cosas místicas, pues no fue el único caso. Muchos confesores
no creían en revelaciones ni cosas extraordinarias. Por su parte, la Inquisición
descubrió nuevos casos de iluminados en Sevilla, Valladolid y otras ciudades.
El año 1559 se celebró una junta de teólogos para estudiar el caso de la
Madre Teresa. En esta reunión hubo consenso. Según su parecer, lo que le pasaba
a la Madre Teresa era obra del demonio. Ella lo refiere así: En especial me
acaeció una vez que se habían juntado muchos a quienes yo daba gran crédito…,
que me tenían mucho amor y temían no fuese engaada… Creo eran cinco o seis,
todos muy siervos de Dios; y díjome mi confesor que todos se determinaban en
que era (cosa) del demonio, que no comulgase tan a menudo y que procurase
distraerme de suerte que no tuviese soledad. Yo era temerosa en extremo;
ayudábame el mal de corazón que, aun en una pieza, sola, no osaba estar de día
muchas veces. Yo, como vi que tantos lo afirmaban y yo no lo podía creer, dióme
grandísimo escrúpulo, pareciendo poca humildad; porque todos eran más de
buena vida sin comparación que yo, y letrados, que por qué no los había de
creer…
Fuíme de la iglesia con esta aflicción y entréme en un oratorio,
habiéndome quitado muchos días de comulgar, quitada la soledad, que era todo
mi consuelo, sin tener persona con quien tratar, porque todos eran contra mí:
unos me parecía (se) burlaban de mí cuando de ello trataba; otros avisaban al
confesor que se guardase de mí; otros decían que era claro (del) demonio; sólo
el confesor… siempre me consolaba y me decía que, aunque fuese (del) demonio,
no ofendiendo yo a Dios, no me podía hacer nada… Y esto me duró no sé si dos
años 60 .
El padre Álvarez la obligó a hacer una confesión general y le prohibió la
comunión durante veinte días. Otro sacerdote le ordenó que, cuando se le
apareciese el Señor le diese higas , es decir, que lo rechazase, porque, según su
opinión, era algo diabólico.
Estando preocupada por si acaso los fenómenos extraordinarios que tenía
eran cosa del diablo, el Señor la tranquilizó y le dijo: No hayas miedo, hija, que
Yo soy y no te desampararé, no temas 61 . Y en cuanto a los libros en romance
60 Vida 25, 14-15.
61 Vida 25, 18.
30
(español) que la Inquisición había prohibido y entre los cuales había algunos de
sus favoritos, le dijo: No tengas pena, que yo te daré libro vivo 62 .
Felizmente, en estas angustias del alma tuvo la gracia de poder consultar a
varones realmente santos como san Francisco de Borja, san Luis Beltrán y san
Pedro de Alcántara que la alentaron. Con san Pedro de Alcántara se reunió en
agosto de 1560 y le aseguró que todo era de Dios. A fines de este mismo mes de
agosto, el Señor le hizo ver el infierno y, con esta visión, quedó con la decisión
de darlo todo por salvar una sola de esas almas que se condenaban. Por supuesto,
hacía tiempo que estaba determinada a ser santa y evitar todo pecado aun venial,
aunque la mataran, de obedecer siempre al confesor y de llevar una pobreza
evangélica estricta. Al poco tiempo, hizo el voto heroico de hacer siempre lo más
perfecto.
SAN PEDRO DE ALCÁNTARA
Con este gran santo franciscano tuvo la Madre Teresa mucha amistad y se
encontró varias veces. Él le recomendó fundar conventos sin renta y le aseguró
que iba por buen camino. De él nos habla en el libro de su Vida.
Este santo hombre de este tiempo era: estaba grueso (en) el espíritu…
Díjome a mí y a otra persona… paréceme fueron cuarenta años los que me dijo
había dormido sola hora y media entre noche y día, y que éste era el mayor
trabajo de penitencia que había tenido en los principios, de vencer el sueño, y
para esto estaba siempre o de rodillas o en pie; lo que dormía era sentado, y la
cabeza arrimada a un maderillo que tenía hincado en la pared; echado, aunque
quisiera, no podía, porque su celda como se sabe no era más larga de
cuatro pies y medio. En todos estos años jamás se puso la capilla, por grandes
soles y aguas que hiciese, ni cosa en los pies ni vestido; sino un hábito de sayal,
sin ninguna otra cosa sobre las carnes, y éste tan angosto como se podía sufrir, y
un mantillo de lo mismo encima. Decíame que en los grandes fríos se lo quitaba,
y dejaba la puerta y ventanilla abierta de la celda, para que con ponerse después
el manto y cerrar la puerta, contentaba al cuerpo, para que sosegase con más
abrigo. Comer a tercer día, era muy ordinario; y díjome que de qué me
espantaba, que muy posible era a quien se acostumbraba a ello. Un su
compañero me dijo que le acaecía estar ocho días sin comer. Debía ser estando
en oración, porque tenía grandes arrobamientos e ímpetus de amor de Dios, de
que una vez yo fui testigo.
62 Vida 26, 5.
31
Su pobreza era extrema y mortificación en la mocedad, que me dijo que le
había acaecido estar tres años en una casa de su Orden y no conocer fraile, si no
era por el habla; porque no alzaba los ojos jamás, y así a las partes que de
necesidad había de ir no sabía, sino íbase tras los frailes. Esto le acaecía por los
caminos. A mujeres jamás miraba; esto muchos años; decíame que ya no se le
daba más ver que no ver; mas era muy viejo cuando le vine a conocer, y tan
extrema su flaqueza, que no parecía sino hecho de raíces de árboles.
Con toda esta santidad era muy afable, aunque de pocas palabras, si no
era con preguntarle. En éstas era muy sabroso, porque tenía muy lindo
entendimiento… Fue su fin como la vida, predicando y amonestando a sus
frailes. Como vio ya se acababa, dijo el salmo “Laetatus sum in his quae dicta
sunt mihi” (Me he alegrado en lo que se me ha dicho: Sal 121, 1) e, hincado de
rodillas, murió…
Hele (lo he) visto muchas veces con grandísima gloria. Díjome la primera
que (se) me apareció, que bienaventurada penitencia que tanto premio había
merecido y otras muchas cosas. Un año antes que muriese, (se) me apareció
estando ausente (en bilocación en otoño de 1561) y supe se había de morir, y se
lo avisé, estando a algunas leguas de aquí. Cuando expiró, se me apareció y dijo
cómo se iba a descansar. Yo no lo creí, y díjelo a algunas personas, y desde a
ocho días vino la nueva cómo era muerto, o comenzado a vivir para siempre 63 .
ANSIAS DE REFORMA
La Madre Teresa de Jesús estaba determinada a ser santa y para ello quería
llevar una vida religiosa más estricta de lo que se llevaba en su convento de la
Encarnación. Ella tenía como ejemplo a las descalzas franciscanas, que llevaban
una vida austera y de pobreza auténtica. En cambio, en su monasterio veía mucha
relajación. Había demasiadas mujeres seglares y no todas eran ejemplares. Había
demasiada libertad para recibir visitas y pasar el tiempo con ellas en el locutorio,
al igual que podían fácilmente visitar a familiares y amigos en sus casas. Algunas
religiosas vivían como ricas con empleadas y buena comida, mientras otras
debían buscarse los alimentos casi de limosna, pues cada una debía buscarse la
comida, dada la pobreza real del monasterio. Por otra parte, había mucha
relajación en cuanto al silencio y a la vida de oración.
A esto se añadió el fuerte deseo que Dios le inculcó de hacer algo para
remediar tanto mal que hacían los protestantes en Europa. Y para ello determinó
llevar una vida religiosa más perfecta. Ella misma nos lo dice así: En este tiempo
63 Vida 27, 16-19.
32
vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho estos
luteranos y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta. Dióme gran
fatiga, y como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le
suplicaba remediase tanto mal. Parecíame que mil vidas pusiera yo para
remedio de un alma de las muchas que allí se perdían… y determiné a hacer eso
poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la
perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen
lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a
quien por él se determina a dejarlo todo… y que todas ocupadas en oración por
los que son defensores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden,
ayudásemos en lo que pudiésemos a este Señor mío, que tan apretado lo traen
aquellos a los que ha hecho tanto bien, que parece le querrían tornar ahora a la
cruz 64 .
Para ponerlo en práctica decidió vivir de acuerdo a la Regla antigua de
san Alberto y no según la Regla de san Alberto mitigada, que era la que se vivía.
LA REGLA DE SAN ALBERTO
Hagamos un poco de historia. Según una antigua tradición, existian
ermitaños que vivían desde tiempos del profeta Elías en el Monte Carmelo de
Palestina. Por eso, al profeta Elías, aunque no sea propiamente fundador, se le
considera como un gran santo de la Orden. Cuando los cruzados conquistaron
Jerusalén en 1099, tuvieron conocimiento de los ermitaños que habitaban en el
Monte Carmelo. Algunos de estos cruzados europeos abrazaron su vida y
organizaron monasterios al estilo de las Órdenes de vivían en Europa, como los
benedictinos y otros. Ya en el siglo XII, bajo el mando del primer General latino,
llamado Bertoldo de Malafaida, se organizaron algunos monasterios con vida
común.
Bertoldo le pidió a su pariente Aymerico de Malafaida, patriarca de
Antioquía, que le ayudase a reunir a los ermitaños dispersos del Monte Carmelo
en cenobios donde tuvieran algunos actos de vida común. Accedió el Patriarca y,
entre los años 1153 y 1159, que estuvo en Jerusalén, les dio una Regla común.
Y ordenó que todos los ermitaños se pusieran bajo la obediencia de un
Superior con autoridad para disponer lo que considerase oportuno para ordenar
mejor la vida religiosa. San Brocardo, santo General de la Orden del siglo XIII,
pidió a san Alberto, patriarca de Jerusalén, que le diera una Regla en la que se
dieran normas concretas para la vida común en algunos tiempos y lugares
64 Camino 1, 2.
33
determinados, aunque muchos vivieran solos la mayor parte del tiempo, en
silencio, oración y penitencia.
Esta Regla San Alberto se la entregó a los carmelitas entre 1205 y
1214. Entre otras cosas se dice que todo será común entre ellos. Debía haber, en
el punto céntrico del eremitorio, un oratorio o capilla donde diariamente
asistirían a misa. Los domingos y otros días establecidos se reunirían en capítulo
de hermanos para corregirse faltas o excesos. La abstinencia de carnes sería
perpetua a no ser por remedio de enfermedad. Se recomendaba el trabajo manual
para evitar la ociosidad y también el silencio, sobre todo en ciertas horas.
Al ser perseguidos los cristianos por los musulmanes en el siglo XIII,
muchos monjes carmelitas huyeron y se establecieron en los países de Europa. A
partir de 1235 fundaron monasterios de acuerdo a su carisma. Pero, al
establecerlos en lugares habitados, no podían cumplir algunas normas.
En el capítulo general, celebrado en Aylesford (Inglaterra), probablemente
en 1247, en el cual fue elegido General san Simón Stock, se determinó enviar dos
religiosos a Roma para modificar algunos puntos de la Regla que no podían
practicarse en Europa, según la vida mendicante que habían abrazado. El Papa
accedió y cambió algunos puntos. En lugar de que cada uno comiera en su propia
celda, con las dificultades de tomar la comida fría y en malas condiciones, se
estableció que comiesen todos en un refectorio o comedor. Se cambiaron algunas
disposiciones sobre el rezo del Oficio divino. Se aceptó que pudieran tener
jumentos o mulos para llevar leña o alimentos al convento y, ya que no podían
comer carne, pudieran tener aves y otros animales para leche y huevos. También
se aceptó que en los viajes pudieran comer carne o alimentos cocinados con
carne, aunque en el convento continuaran con la prohibición de comer carne.
En cuanto al silencio absoluto desde Vísperas hasta tercia del día
siguiente, tampoco lo podían cumplir los encargados del ministerio de almas y
los que asistían a las aulas universitarias. Y quedó que, en principio, el silencio se
guardara en los conventos desde Completas hasta Prima del día siguiente. Esta
Regla, modificada de la original de San Alberto, fue confirmada solemnemente
por Bula del Papa Inocencio IV el 1 de octubre de 1247.
Esta Regla, con las modificaciones correspondientes es la que santa Teresa
quiso establecer en sus comunidades, rechazando las mitigaciones que hizo más
tarde a esta Regla el Papa Eugenio IV.
Las mitigaciones introducidas por este Papa tuvieron origen en varias
circunstancias negativas. Una de ellas fue la gran peste que asoló a Europa en
1348, que dejó vacíos muchos monasterios y relajó la disciplina regular. También
34
hubo muchas exenciones a los maestros y profesores de universidades, además
de otros privilegios que se concedieron a algunos religiosos, debido a presiones
de príncipes o personas importantes de la sociedad, como dar facilidades para
salir de los conventos y viajar.
El concilio de Trento trató de corregir estos abusos. El capítulo general de
la Orden carmelitana, visto que muchos abusos eran difíciles de corregir, pidió al
Papa algunas mitigaciones a la Regla: disminuir los días de ayuno, salir de las
celdas y estar por los claustros en horas que no estuvieran ocupados por actos de
comunidad, recibir visitas y hacer viajes al exterior. Y, en cuanto a comer carne,
que sólo se prohibiera hacerlo tres veces por semana.
El Papa Eugenio IV aprobó las propuestas del capítulo general de Nantes
por la Bula Romani Pontifices del 15 de febrero de 1432. Esta Regla mitigada por
el Papa Eugenio IV es la que se vivía y la que no quería seguir la Madre Teresa.
PREPARANDO LA REFORMA
A fines de setiembre del año 1560, en la celda de Teresa 65 del convento
de la Encarnación, tuvieron lugar unas reuniones que fueron el comienzo de la
Reforma teresiana. Estaban presentes algunas religiosas amigas suyas, sus
sobrinas Teresa, María Isabel y Beatriz; Inés y Ana Tapia, hijas de un tío de
Teresa; las sobrinas de éstas: María de Ocampo y Leonor de Cepeda; y Jerónima
de Cepeda, también pariente suya , además de alguna seglar como d oña Guiomar
de Ulloa, su gran amiga.
María de Ocampo ofreció en una reunión para el nuevo monasterio, como
aporte, mil ducados que ella podía disponer de la legítima de su difunta ma dre
doña Beatriz. Las cosas se iban aclara ndo, aunque del dicho al hecho hay mucho
trecho. Todas empezaron a soñar con el nuevo convento, deseando ser santas y
viviendo la primitiva Regla . Y comenzaron a encomendar el asunto al Señor en
la oración.
La Madre declara: Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su
Majestad lo procurase (hacer este monasterio) con todas mis fuerzas,
haciéndome promesas de que no se dejaría de hacer y que se serviría mucho en
él y que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él, y nuestra
Señora a la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que
diese de sí gran resplandor… Fueron muchas veces las que el Seor me torn a
hablar de ello, poniéndome delante tantas causas y razones que yo veía ser
65 Normalmente era llamada entonces doña Teresa de Ahumada.
35
claras y que era su voluntad, que ya no osé hacer otra cosa sino decirlo a mi
confesor, y dile por escrito todo lo que pasaba 66 .
Uno de sus confesores era el padre Pedro Ibáñez, dominico riojano, varón
austero y gran teólogo, quien después de pensarlo bien, aprobó el proyecto.
Comenta la santa: Nos respondió que nos diésemos prisa a concluirlo, y…,
aunque la hacienda era poca, que algo se había de fiar de Dios; que quien lo
contradijese (el proyecto) fuese a él, que él respondería, y así siempre nos
ayudó 67 .
GRANDES CONTRADICCIONES
La Madre se expresa así: No se hubo comenzado a saber por el lugar (lo
del nuevo convento) , cuando no se podrá escribir en breve la gran persecución
que vino sobre nosotras, los dichos, las risas, el decir que era disparate; a mí
que bien me estaba en mi monasterio; a la mi compañera tanta persecución, que
la traían fatigada. Yo no sabía qué me hacer; en parte me parecía que tenían
razón. Estando así muy fatigada, encomendándome a Dios, comenzó Su majestad
a consolarme y a animarme. Díjome que aquí vería lo que habían pasado los
santos que habían fundado las Religiones (Órdenes) que mucha más persecución
tenía por pasar de las que yo podía pensar; que no se nos diese nada. Decíame
algunas cosas que dijese a mi compañera y lo que más me espantaba es que
luego quedábamos consoladas de lo pasado y con ánimo para resistir a todos. Y
es así que de gente de oración y de todo el lugar, no había casi persona que
entonces no fuese contra nosotras y le pareciese grandísimo disparate.
Fueron tantos los dichos y el alboroto de mi mismo monasterio, que al
provincial le pareció recio ponerse contra todos y así mudó el parecer y no la
quiso admitir. Dijo que la renta no era segura y que era poco y que era mucha la
contradicción; y en todo parece tenía razón y, en fin, lo dejó y no lo quiso
admitir. Nosotras, que ya parecía teníamos recibidos los primeros golpes, diónos
muy gran pena; en especial me la dio a mí de ver al provincial contrario, que,
con quererlo él, tenía yo disculpa con todos. A la mi compañera ya no la querían
absolver si no lo dejaba, porque decían era obligada a quitar el escándalo 68 .
Estaba muy malquista (mal querida) en todo mi monasterio, porque quería
hacer monasterio más encerrado. Decían que las afrentaba, que allí podía
también servir a Dios, pues había otras mejores que yo; que no tenía amor a la
66 Vida 32, 11-12.
67 Vida 32, 17.
68 Vida 32, 14-15.
36
casa, que mejor era procurar renta para ella que para otra parte. Unas decían
que me echasen en la cárcel; otras, bien pocas, tornaban algo de mí. Yo bien
veía que en muchas cosas tenían razón, y algunas veces dábales descuento
(descargos) ; aunque, como no había de decir lo principal, que era mandármelo
el Señor, no sabía qué hacer, y así callaba 69 .
Sigue diciendo la santa: Mucho me fatigó que mi confesor (padre Baltasar
Álvarez) … me escribió que ya vería que era todo sueño en lo que había
sucedido, que me enmendase de allí adelante en no querer salir con nada ni
hablar más de ello, pues veía el escándalo que había sucedido y otras cosas,
todas para dar pena… Mas el Seor… me consolaba y esforzaba. Me dijo
entonces que no me fatigase que yo había mucho servido a Dios y no ofendídole
en aquel negocio; que hiciese lo que me mandaba el confesor en callar por
entonces, hasta que fuese tiempo de tornar a ello. Quedé tan consolada y
contenta que me parecía todo nada la persecución que había sobre mí… El santo
varón dominico (padre Pedro Ibáñez) no dejaba de tener por tan cierto como yo
que se había de hacer; y como yo no quería entender en ello (preocuparme de
ello) por no ir contra la obediencia de mi confesor, negociábalo (el padre Pedro
Ibáñez) con mi compañera y escribían a Roma y daban trazas (hacían
trámites) 70 .
Adelantando las cosas, se procuró comprar una casa pequeña en secreto.
Dice la santa: Procuré que una hermana mía (Juana de Ahumada, que residía en
Alba con su esposo Juan de Ovalle) comprase la casa (en Ávila) y la labrase
(arreglase) como que era para sí, con dineros que el Señor dio por algunas vías
para comprarla, que sería largo de contar cmo el Seor lo fue proveyendo… En
tener los dineros, en procurarlo, en concertarlo y hacerlo labrar, pasé muchos
trabajos y algunos bien a solas… Algunas veces, afligida, decía: “Señor mío,
¿cómo me mandáis cosas que parecen imposibles? que, aunque fuera mujer, ¡si
tuviera libertad...!; mas atada por tantas partes, sin dineros ni de dónde los
tener, ni para Breve, ni para nada, qué puedo yo hacer, Seor?”…
Hacíaseme la casa muy chica, porque lo era tanto, que no parece llevaba
camino de ser monasterio y quería comprar otra, que estaba junto a ella,
también harto pequeña, para hacer la iglesia; y acabando un día de comulgar,
díjome el Señor: “Ya te he dicho que entres como pudieres”… Yo quedé muy
espantada y vi que tenía razón; y voy a la casita y tracéla y hallé, aunque bien
pequeño, monasterio cabal, y no curé (me preocupé) de comprar más sitio, sino
que procuré se labrase en ella de manera que se pueda vivir 71 .
69 Vida 33, 2.
70 Vida 33, 3-4.
71 Vida 33, 11-12.
37
Su sobrina Teresa de Jesús declaró que un día la Madre fue con su
hermana Juana de Ahumada al sermón de la iglesia parroquial de santo Tomás de
Ávila. Un religioso comenzó a reprender públicamente a la Madre Teresa como
si se tratara de un gran pecado público, diciendo que las monjas que salían de sus
monasterios a fundar nuevas Órdenes eran para sus libertades y otras palabras
tan pesadas que doña Juana estaba afrentada, haciendo propósitos de irse a
Alba o a su casa y hacer a nuestra santa Madre que se volviese a la suya y
dejase las obras. Con este propósito volvió a mirarla y vio que con gran paz se
estaba riendo. Dióle esto más enojo y díjole algunas razones sobre ello; pero
luego la mudó Dios, y dejando los propósitos dichos, se quedó aquí en Ávila y
tuvo a nuestra santa Madre en su casa, prosiguiendo en la obra comenzada 72 .
BREVES DE ROMA
Mientras estaban en estos arreglos de la casa llegó el Breve (documento
papal) de Roma, autorizando la fundación del monasterio según la Regla, no
mitigada, de San Alberto. Pero este Breve no servía, porque se decía en el
documento que el convento fundado debía estar sujeto a los Superiores de la
Orden y éstos no querían aceptarlo por ningún motivo.
En esos momentos la animaron desde el cielo. El 12 de agosto de 1561,
fiesta de santa Clara de Asís, se le apareció esta santa.
Escribe: Yendo a comulgar, se me apareció con mucha hermosura; díjome
que me esforzase y fuese adelante en lo comenzado, que ella me ayudaría. Yo le
tomé gran devoción, y ha salido tan verdad, que un monasterio de monjas de su
Orden que está cerca de éste, nos ayuda a sustentar; y lo que ha sido más, que
poco a poco trajo este deseo mío a tanta perfección que en la pobreza que la
bienaventurada santa tenía en su casa, se tiene en ésta, y vivimos de limosna;
que no me ha costado poco trabajo que sea con toda firmeza y autoridad del
Padre Santo (el Papa) que no se pueda hacer otra cosa, ni jamás haya renta. Y
más hace el Señor, y debe por ventura ser por ruegos de esta bendita santa, que
sin demanda ninguna nos provee Su Majestad muy cumplidamente lo necesario.
Estando en estos mismos días, el de Nuestra Señora de la Asunción, en un
monasterio de la Orden del glorioso santo Domingo, estaba considerando los
muchos pecados que en tiempos pasados había en aquella casa confesado y
cosas de mi ruin vida; vínome un arrobamiento tan grande, que casi me sacó de
mí; sentéme y, aun paréceme que no pude ver alzar ni oír misa, que después
72 Declaración de la sobrina Teresa de Jesús en el Proceso de Ávila de 1610 N° 68.
38
quedé con escrúpulo de esto. Parecióme, estando así, que me veía vestir una
ropa de mucha blancura y claridad, y al principio no veía quién me la vestía;
después vi a Nuestra Señora hacia el lado derecho y a mi padre san José al
izquierdo, que me vestían aquella ropa; dióseme a entender que estaba ya limpia
de mis pecados. Acabada de vestir, y yo con grandísimo deleite y gloria, luego
me pareció asirme de las manos Nuestra Señora. Díjome que la daba mucho
contento en servir al glorioso san José, que creyese que lo que pretendía del
monasterio se haría y en él se serviría mucho el Señor y ellos dos; que no
temiese habría quiebra en esto jamás, aunque la obediencia que daba no fuese
a mi gusto, porque ellos nos guardarían, y que ya su Hijo nos había prometido
andar con nosotras, que para señal que sería esto verdad me daba aquella joya.
Parecíame haberme echado al cuello un collar de oro muy hermoso, asida
una cruz a él de mucho valor. Este oro y piedras es tan diferente de lo de acá,
que no tiene comparación; porque es su hermosura muy diferente de lo que
podemos acá imaginar, que no alcanza el entendimiento a entender de qué era la
ropa ni cómo imaginar el blanco que el Señor quiere que se represente, que
parece todo lo de acá como un dibujo de tizne, a manera de decir.
Era grandísima la hermosura que vi en Nuestra Señora, aunque por
figuras no determiné ninguna particular, sino toda junta la hechura del rostro,
vestida de blanco con grandísimo resplandor, no que deslumbra, sino suave. Al
glorioso san José no vi tan claro, aunque bien vi que estaba allí, como las
visiones que he dicho que no se ven. Parecíame Nuestra Señora muy niña.
Estando así conmigo un poco, y yo con grandísima gloria y contento, más a mi
parecer que nunca le había tenido y nunca quisiera quitarme de él, parecióme
que los veía subir al cielo con mucha multitud de ángeles. Yo quedé con mucha
soledad, aunque tan consolada y elevada y recogida en oración y enternecida,
que estuve algún espacio que menearme ni hablar no podía, sino casi fuera de
mí. Quedé con un ímpetu grande de deshacerme por Dios y con tales efectos, que
todo pasó de suerte que nunca pude dudar, aunque mucho lo procurase, no ser
cosa de Dios. Dejóme consoladísima y con mucha paz 73 .
A fines de 1561, le ordenó el provincial ir a Toledo a acompañar y
consolar a la señora Luisa de la Cerda, que estaba muy triste y deprimida por la
muerte de su esposo, y se temía que fuera a perder la razón. Con esto quizás
pensaba el provincial cortar los principios de la nueva fundación.
La Madre quedó consternada, pensando que se desbarataban todos los
planes, pero el Señor le dio ánimo. En la noche de Navidad, 24 de diciembre de
1561, rezando maitines, le dio un arrobamiento. Ella refiere: Díjome el Señor que
73 Vida 33, 13-15.
39
no dejase de ir y que no escuchase pareceres, porque pocos me aconsejarían sin
temeridad… y que para este negocio del monasterio, convenía ausentarme hasta
ser venido el Breve… y que no temiese de nada, que Él me ayudaría allá 74 .
A fines de junio o principios de julio de 1562 le dio el provincial permiso
para regresar a su convento de la Encarnación. El mismo día que llegaba a Ávila,
llegó también el Breve de Papa Pío IV, fechado el 7 de febrero de ese año 1562,
en el que daba permiso para fundar el convento bajo la obediencia del obispo.
Una gran coincidencia o disposición del Señor fue que, al llegar a Ávila, se
encontraba enfermo su cuñado Juan de Ovalle. Como no estaba su esposa allí, le
dieron permiso para ir a cuidarlo y, de esa manera, podía hacer los trámites para
convencer al obispo de que aceptara el convento bajo su obediencia.
Ella manifiesta: Fue cosa de espantar que no estuvo más malo de lo que
fue menester para el negocio y, en siendo menester, tuviese salud para que yo me
desocupase y él dejase desembarazada la casa. Pasé harto trabajo en procurar
con unos y con otros… para que se acabase (de acomodar) la casa para que
tuviese forma de monasterio, que faltaba mucho de acabarse 75 .
SAN JOSÉ DE ÁVILA
Una vez terminados los arreglos necesarios y con el permiso del Papa y
del obispo, decidió fundar el monasterio el día de san Bartolomé, 24 de agosto de
1562. Ese día, tomaron hábito algunas (cuatro) y se puso el Santísimo
Sacramento; y con toda autoridad y fuerza quedó hecho nuestro monasterio del
gloriosísimo padre nuestro San José. Estuve yo a darles el hábito y otras dos
monjas de nuestra casa misma, que acertaron a estar fuera 76 .
Ese día comenzó el convento con las cuatro aspirantes que hacía tiempo
estaban a su disposición para comenzar aquella arriesgada aventura. Antes del
amanecer, habían repicado la pequeña campanilla 77 para anunciar a los vecinos la
buena nueva de la fundación. La sencilla ceremonia fue presidida por el pa dre
74 Vida 34, 2.
75 Vida 36, 3-4.
76 Vida 36, 5.
77 Al fundar el convento de San José de Ávila, en una de las paredes pendía una campanilla muy
pequeña. Apenas pesaba tres libras y había salido con un agujero grande de la fundición y no se había
reparado. No se sabe quién se la regaló a la Madre, pues esta campanilla se hizo famosa; y todavía se
conserva. Un General de la Orden la llevó a Pastrana. Expulsados los religiosos de Pastrana tras la
exclaustración de Mendizábal, la conservaron algunas personas piadosas del pueblo. El caballero José
López, que la tenía en su poder, la regaló al cardenal de Tole do en 1868 y hoy se encuentra en el
claustro interno del convento de San José de Ávila.
40
Gaspar Daza, como delegado del obispo. Para la Madre Teresa fue un día de
intensa alegría, pero poco le duró esta felicidad.
En la misma tarde de ese glorioso día su pariente María Cimbrón, Priora
de la Encarnación, alarmada por el alboroto que se había armado en la ciudad
ante la noticia, la llamó urgentemente que fuera al convento.
Ella, obediente, tuvo que dejar a sus cuatro aspirantes solas al cuidado del
obispo para ir a dar cuenta de sus actividades ante el provincial y la comunidad
de la Encarnación. Escribe: Como llegué y di mi descuento (descargo) a la
prelada, aplacse algo…, y venido (el provincial) fui a juicio con harto gran
contento de ver que padecía algo por el Señor, porque contra Su Majestad ni la
Orden no hallaba haber ofendido nada en este caso; antes procuraba
aumentarla con todas mis fuerzas y muriera de buena gana por ello, que todo mi
deseo era que se cumpliese con toda perfección… Después de haberme hecho
una gran reprensión, aunque no con tanto rigor como merecía el delito y lo que
muchos decían al provincial, yo no quisiera disculparme, porque iba
determinada a ello, antes pedí me perdonase y castigase y no estuviese desabrido
conmigo 78 .
El padre Julián de Ávila declara: Yo vi por vista de ojos que el día de san
Bartolomé del año 1562, que salió hecho el monasterio (de San José de Ávila) y
puesto el Santísimo Sacramento, todos aclamaban y alababan a Dios,
pareciéndoles cosa del cielo. Y esto no duró más de hasta el mediodía, porque
desde el mediodía adelante, como entre la gente principal del pueblo se empezó
a vituperar del monasterio y de quien en él había andado, trajo esta opinión a
todos los demás tan rendidos, que ninguno decía ya bien de él, sino que cada
cual decía lo que se le antojaba; y esto no sólo los seglares, sino religiosos y
hombres de letras trataban tan mal del negocio como si se hubieran hecho
algunas cosas infames. Y con esta voz de todos, dieron (decidieron) los regidores
y el corregidor y toda la comunidad (del pueblo de Ávila) en que luego se
deshiciese el monasterio y echasen fuera a las cuatro monjas a que se había
dado el hábito, y con esta determinación fue el corregidor al nuevo monasterio a
requerir a las monjas que saliesen luego, si no, que quebraría las puertas. Y
entonces ya no estaba allí la santa Madre, porque sus prelados la habían
mandado tornar a la Encarnación; pero las novicias respondieron que ellas no
saldrían sino por la mano de quien allí las había metido; que si quisiese quebrar
las puertas, que las quebrase, que él miraría lo que hacía; pero como estaba
puesto el Santísimo Sacramento por mandado del obispo don Álvaro de
Mendoza, que era entonces obispo de Ávila, y hombre de gran valor y amicísimo
de la gente virtuosa, y así favorecía las partes del monasterio, no osó pasar
78 Vida 36, 12.
41
adelante el corregidor con el intento que traía, pensando llevarlo por otro
camino, para poderlo hacer sin peligro, y con parecer de letrados.
Se mandó hacer una junta la más solemne y de mayor autoridad que se ha
hecho ni se podrá hacer en Ávila en toda la vida por grave negocio que se
ofrezca, porque en esta consulta se juntaron en el Consistorio de Ávila todo el
regimiento y las cabezas del común del pueblo, para que hablasen en nombre de
toda la comunidad. Juntáronse también de parte del Cabildo de la iglesia mayor,
y de cada Orden de los monasterios de frailes de Ávila fueron dos de cada casa.
Y juntos todos y ventilado el negocio, todos “una voce dicentes”
(unánimemente), dijeron, que era bien que el monasterio se deshiciese. De
manera que regidores y caballeros, común del pueblo, y el Cabildo, y todos los
monasterios, que los más letrados de ellos se hallaron en junta, todos vinieron en
un parecer, y era que no convenía otra cosa sino que se deshiciese luego. Sólo
hubo de parte del obispo de Ávila, el maestro Daza, hombre de muchas letras y
muy ejemplar, que diese algunas razones y muy buenas en favor del monasterio;
pero no se hizo caudal de ellas, sino de las que decían la mayor parte de la
junta; y así se acabó de concluir de todos que se deshiciese el monasterio; bien
es verdad que los que se hallaron de parte del Cabildo, por no ir contra su
obispo, callaron no diciendo bien ni mal 79 .
Las principales razones que todos aducían para deshacer el monasterio
eran: el daño que con las limosnas que recogiesen pudieran hacer a otras
comunidades pobres que vivían también de limosnas, y no había para todas.
También se hablaba del perjuicio que, con unas ermitas que se estaban
construyendo dentro del convento, se hacía a un edificio colindante en el que se
recogía el agua de algunas fuentes públicas de la ciudad. Por otra parte, como
había ya muchos conventos de religiosos en la ciudad, no querían uno más.
En la reunión general que se tuvo con representantes de todas las Órdenes,
el único que quiso apoyarlas fue el padre Domingo Báñez, dominico, que les hizo
ver que el asunto debía estudiarse detenidamente, dado que había un Breve de
Roma y la aprobación del obispo. Al final de la reunión, aunque todos querían
que se deshiciese el convento, determinaron que se tratase el asunto primero con
el obispo.
El 30 de agosto de ese año 1562 los comisionados fueron a hablar con el
obispo. Pocos días después, hubo otra reunión general con el obispo en la que el
obispo don Álvaro trató de calmar la situación y, después de verse los pros y los
contras, el obispo consiguió que aceptaran que pasara adelante la fundación,
aunque podían acudir, como querían algunos, al Consejo Real.
79 Proceso I, p. 206.
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El Concejo municipal nombró a Alonso de Robledo como representante
ante el Consejo Real de Madrid. Le dieron permiso a la Madre para seguir el
pleito ante el Consejo Real, a pesar de que no tenía dinero para pagar a ningún
comisionado, pero Dios velaba por ella.
El sacerdote Julián de Ávila la ayudó en lo que pudo en unión con el
maestro Daza, el llamado caballero santo y Gonzalo de Aranda. Pero la Priora de
su convento de la Encarnación, molesta por tantas veces que iban a visitar a la
Madre Teresa para informarle de cómo iban las cosas, le prohibió estas visitas y
le mandó que no tratase en nada . Esto equivalía a dejar el asunto que siguiera su
curso sin su intervención. Y sus amigos, sin sus consejos, no podían hacer nada,
perdiéndose así la causa. Fueron momentos tristes para ella, porque veía que todo
lo hecho se perdía.
En ese momento, como siempre hacía, acudió a Jesús sacramentado y Él
le dijo: ¿No sabes que soy poderoso? ¿De qué temes? 80 . Otro día, al ver que las
cosas no mejoraban, ella le dijo a Jesús: Señor, esta casa (de San José) no es mía,
por Vos se ha hecho; ahora que no hay nadie que negocie, hágalo Vuestra
Majestad 81 . Y las cosas se arreglaron.
Al día siguiente, el provincial le levantó la prohibición de la Priora para
seguir negociando el caso. En esos momentos, como el Concejo municipal
parecía que estaba dispuesto a aceptar el convento, si tenía rentas propias, para
no tener que vivir de limosna, la Madre Teresa estuvo a punto de aceptar que el
nuevo convento fuera con renta para acabar de una vez con el pleito, pero en ese
momento el mismo Jesús le habló. Ella asegura: Ya se había comenzado a tratar
el concierto (acuerdo para hacer el convento con renta) y díjome el Señor que no
hiciese tal que, si comenzásemos a tener renta, que no nos dejarían después, que
lo dejásemos y otras algunas cosas 82 .
Esa misma noche se me apareció el santo fray Pedro de Alcántara, que
era ya muerto, y antes que muriese me escribi… que en ninguna manera viniese
en tener renta; y aun dos o tres veces me persuadió en la carta 83 .
Para esas fechas, ya había venido un Rescripto de la Sagrada Penitenciaría
de Roma en que autorizaba a las descalzas a vivir con absoluta pobreza. Con esto
y el apoyo del Consejo Real, todo se solucionó a su favor; y el Concejo
80 Vida 36, 16,
81 Vida 36, 17,
82 Vida 36, 20.
83 Ibídem.
43
municipal de Ávila tuvo que ceder. La furia y persecución había durado desde
agosto de 1562 a febrero de 1563.
La Madre había estado retenida en la Encarnación unos cuatro meses,
hasta diciembre de 1562. Y regresó a su convento de San José de Ávila con el
permiso de palabra del provincial, padre Ángel de Salazar. Al llegar a su
convento de San José llegaba con una esterilla de pajas, un cilicio de cadenilla,
una disciplina y un hábito viejo y remendado . De esto dejó constancia en la
Encarnación para devolverlo en su debido momento. Al llegar a casa, según
refiere el padre Julián de Ávila: Abriendo la reja del coro de acá fuera, postróse
delante del Santísimo Sacramento antes que en el monasterio entrase e, puesta
en arrobamiento, vio a Jesucristo que la recibía con grandísimo amor e púsola
en la cabeza una corona, agradeciéndola lo que había hecho por su Santísima
Madre 84 .
Ella lo dice así: Estando haciendo oración en la iglesia, antes que entrase
en el monasterio, estando casi en arrobamiento, vi a Cristo que con grande amor
me pareció me recibía y ponía una corona, agradeciéndome lo que había hecho
por su Madre 85 .
Al entrar en San José venía acompañada de cuatro compañeras de la
Encarnación, que querían vivir su misma vida. La quisieron nombrar Priora, pero
ella, por humildad, no aceptó. El obispo no tuvo más remedio que aceptar su
propuesta de nombrar a sor Ana de los Ángeles como Priora. Sin embargo, a los
tres meses, renunció y se volvió a su primer convento de la Encarnación.
Entonces la Madre Teresa asumió el cargo de Priora con el consentimiento y
alegría de todas.
VIVIENDO LA REFORMA
Al quedarse la Madre Teresa Priora de San José comenzó a poner en
práctica su ideal de perfección de acuerdo a la Regla antigua de San Alberto y
escribió unas Constituciones para regirse. En estas Constituciones establece que
hagan trabajo de manos para ganarse el pan, pero que no sea trabajo fino de oro y
plata, sino coser, hilar y otras cosas semejantes, aunque no se excluyen labores
de Iglesia como primorosos encajes o bordados para la gloria de Dios.
Para alentarlas en el trabajo y evitar la ociosidad, colocó en la sala de
recreación un cuadro de ochenta y tres centímetros de alto por cincuenta y cuatro
84 Julián de Ávila, Vida de Santa Teresa de Jesús , Madrid, 1881, parte II, cap. VIII, p. 220.
85 Vida 36, 24.
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de ancho, que representa a la Virgen tejiendo y al niño Jesús sentado a sus pies y
ayudando a su madre devanando un copo.
Otra norma: Al hablar con personas de afuera, deben tener el velo echado
sobre el rostro, a no ser que se trate de sus padres, hermanos o personas que
pareciere justo . Sólo se admiten jovencitas de, al menos, 17 años; y pueden ser
recibidas sin dote, con tal que tengan verdadera vocación. Todas, comenzando
por la Priora, deben hacer todos los oficios, incluido el de cocinar, barrer, etc.
Las enfermas deben ser tratadas con especial cuidado, con buena cama,
colchones mullidos y mucha limpieza hasta que se sanen. Después de la comida
del mediodía o de la cena, debe haber unos momentos de recreación comunitaria.
Hay que evitar a toda costa que entre unas y otras haya manifestaciones
especiales de cariño, que puedan ser manifestación de sentimentalismo o de
amistades particulares enfermizas. Por eso, establece que ninguna hermana
abrace a otra ni le toque el rostro, ni las manos, ni haya amistades particulares,
sino que todas se amen en general.
En la celda no deben tener cosas ni para comer, ni para vestir, ni arca, ni
alacena. Y cuando la Priora ve a una hermana aficionada a alguna cosa, sea libro,
celda o cualquier otra cosa, se la quite. Las camas deben estar sin ningún
colchón, sino con un jergón de paja, sábanas y almohadas de estameña y el
cobertor de jerga. Ni en vestido ni en cama puede haber cosa de color, aunque
sea tan poco como una faja. En invierno abríguense con capa y ropón de tela de
hábito, pero sin usar abrigos o cosas elegantes.
Las túnicas deben ser de estameña. En los pies usen alpargatas y calzas de
sayal o estopa. Si tienen estampas religiosas, deben ser de papel ordinario con tal
que muevan a devoción.
El número de monjas quiso que fuese pequeño para que hubiese entre ellas
más unidad y caridad, y menos confusión; no quiso que pasase de trece o catorce,
contando entre estas tres freilas (hermanas legas, no de coro). Después que le
ordenaron que se hiciesen casas que tuvieran renta, mandó que no pudiesen pasar
de veinte, contando también en éstas a tres freilas. Actualmente el número es de
veintiuno.
Por otra parte, debían todas llevar el pelo cortado para no gastar tiempo en
peinarse . No toleraba desaliños en el vestir ni cosa que denunciase dejadez o
abandono. Refiérese que a una religiosa que era algo torpe en arreglarse la toca y
el velo como debía, se los cosió la misma santa para que siempre los llevase
45
debidamente. Al entregárselos le dijo que las monjas mal tocadas, parecen
mujeres mal casadas 86 .
Debían tener dos horas diarias de oración y cumplir los ayunos
establecidos, y guardar el silencio en los momentos determinados… Y Dios
bendijo la primera casa de San José.
Ella manifiesta: Estando todas en el coro en oración después de
Completas, vi a Nuestra Señora con grandísima gloria, con manto blanco, y
debajo de él parecía ampararnos a todas; entendí cuán alto grado de gloria
daría el Señor a las de esta casa.
Comenzado a hacer el oficio, era mucha la devoción que el pueblo
comenzó a tener con esta casa. Tomáronse más monjas, y comenzó el Señor a
mover a los que más nos habían perseguido para que mucho nos favoreciesen e
hiciesen limosna; y así aprobaban lo que tanto habían reprobado, y poco a poco
se dejaron del pleito y decían que ya entendían ser obra de Dios, pues con tanta
contradicción Su Majestad había querido fuese adelante. Y no hay al presente
nadie que le parezca fuera acertado dejarse de hacer, y así tienen tanta cuenta
con proveernos de limosna, que sin haber demanda ni pedir a nadie, los
despierta el Señor para que nos la envíen, y pasamos sin que nos falte lo
necesario, y espero en el Señor será así siempre; que, como son pocas, si hacen
lo que deben como Su Majestad ahora les da gracia para hacerlo, segura estoy
que no les faltará ni habrán menester ser cansosas, ni importunar a nadie, que el
Señor se tendrá cuidado como hasta aquí; que es para mí grandísimo consuelo
de verme aquí metida con almas tan desasidas 87 .
En agosto de 1563 el padre provincial le da permiso escrito por un año
para vivir en San José. Todavía estaba sujeta a sus Superiores carmelitas
calzados, aunque el convento lo estuviera bajo la autoridad del obispo. Al año, el
21 de agosto de 1564, el Nuncio de Su Santidad Alejandro Cribelo dejó
constancia que, con el consentimiento del provincial, eximía a la Madre de la
residencia en la Encarnación y le facultaba para continuar sin limitaciones en el
convento de San José.
Allí estuvo cuatro años, llevando una vida tranquila, formando a las
aspirantes en el nuevo género de vida.
86 Memorias historiales, R. 415.
87 Vida 36, 24-26.
46
PERMISO DE FUNDACIÓN
En abril de 1567 llegó a Ávila el General de la Orden, Juan Bautista
Rubeo, que quería poner en vigor las reformas ordenadas por el concilio de
Trento sobre las Órdenes religiosas. La Madre Teresa le expuso su plan de vida y
el General quedó encantado. De momento, le autorizó a permanecer en San José
y le aprobó las Constituciones que había escrito para sus monjas.
Ella lo expresa así: Cuando vino el General a España temí dos cosas: la
una, que se había de enojar conmigo y, no sabiendo las cosas cómo pasaban,
tenía razón; la otra, si me había de mandar tornar al monasterio de la
Encarnación, que es de la Regla mitigada, que para mí fuera desconsuelo, por
muchas causas que no hay para qué decir. Una bastaba, que era no poder yo
allá guardar el rigor de la Regla primera y ser de más de ciento y cincuenta el
número, y todavía adonde hay pocas, hay más conformidad y quietud. Mejor lo
hizo Nuestro Señor que yo pensaba; porque el General es tan siervo suyo y tan
discreto y letrado, que miró ser buena la obra, y por lo demás ningún
desabrimiento me mostró...
Pues, llegado a Ávila, yo procuré fuese a San José, y el obispo tuvo por
bien se le hiciese toda la cabida que a su misma persona. Yo le di cuenta con
toda verdad y llaneza, porque es mi inclinación tratar así con los prelados,
suceda lo que sucediere, pues están en lugar de Dios, y con los confesores lo
mismo; y si esto no hiciese, no me parecería tenía seguridad mi alma; y así le di
cuenta de ella y casi de toda mi vida, aunque es harto ruin. Él me consoló mucho
y aseguró que no me mandaría salir de allí.
Alegróse de ver la manera de vivir y un retrato, aunque imperfecto, del
principio de nuestra Orden, y cómo la Regla primera se guardaba en todo rigor,
porque en toda la Orden no se guardaba en ningún monasterio, sino la mitigada.
Y con la voluntad que tenía de que fuese muy adelante este principio, dióme muy
cumplidas patentes para que se hiciesen más monasterios, con censuras para
que ningún provincial me pudiese ir a la mano 88 .
Al preguntarle la Madre cuántos monasterios podría fundar, le contestó
que tantos monasterios como pelos tenía en su cabeza 89 .
Por entonces no le dio permiso para fundar descalzos, en vista de la
oposición de los calzados, que ya habían protestado por el intento. Pero la Madre
insistió en este propósito y el General, con fecha 10 de agosto de 1567, desde
88 Fundaciones 2, 1-3.
89 Declaración del padre Báñez en el Proceso de Salamanca; Proceso I, p. 8.
47
Barcelona, le envió patente para que pudiera fundar dos conventos de carmelitas
contemplativos, en Castilla la Vieja o en la Nueva. En su trato, el General le tenía
confianza y la llamaba mia figlia (mi hija)
FUNDACIONES
Con fecha 27 de abril de 1567 el General había firmado la primera patente
para que la Madre Teresa pudiera fundar nuevos conventos como el de San José
en cualquier lugar del reino de Castilla , con tal que fuese bajo su obediencia
directa, sin que ningún provincial o vicario o Prior mandase sobre ella ni sus
monjas. Para cada fundación podía sacar dos monjas del convento de la
Encarnación, que fueran voluntarias, para vivir ese género de vida, sin que nadie
lo pudiese estorbar.
Normalmente viajaba en carromatos con toldo para evitar el sol y la lluvia.
Los días de partida comulgaba con todas sus compañeras y ponía grandísimo
cuidado en que los sacerdotes que iban con ella, por ningún caso no dejasen de
decir misa ningún día 90 .
Durante el camino, aquellos carros se transformaban por encanto en coro,
casa y sala de recreación. El entrar o salir de los carros era con dignidad: con la
capa blanca y el velo echado, cubriendo el rostro. Sor Juana de Jesús afirma que
llevaba agua bendita y también ha oído decir que llevaba un Niño Jesús y un
reloj de arena y su campanilla pequeña. Tañíala a tiempos de oración y,
entonces, decía fuesen un poco desviados los que allí iban y hasta los que iban a
pie guardaban silencio; y era tan grande su regocijo cuando tornaba a tañer
para que pudiesen hablar, que era para alabar a Dios 91 .
Siempre solía llevar algún sacerdote carmelita, a quien daban obediencia.
En caso de que fueran clérigos seculares, en comenzando a caminar decía en
achaque de gracia: Elijamos por votos públicos y secretos uno de los que van
aquí, a quien todos vayamos sujetos (obedientes). En señalándole, le guardaba
tanta obediencia y hacía se la tuviésemos como si fuera mayor de veras 92 .
En los caminos, hasta a los mozos de mulas carreteros, que iban en su
compañía, obligaba a que no hiciesen agravio a nadie, a que no dijesen palabras
malas y a que no jurasen de ninguna suerte 93 .
90 Declaración de sor Ana de Jesús Lobera; Proceso I, p. 465.
91 Proceso I, p. 58.
92 Declaración de sor Ana de Jesús Lobera; Proceso I, p. 470.
93 Declaración de sor Isabel de Santo Domingo; Proceso II, p. 484.
48
Mientras la salud se lo permitía, guisaba ella misma la comida a las
demás, como también lo hacía en los monasterios, y de esto se preciaba más que
de fundadora, porque, con serlo de tantos monasterios, no le gustaba que se lo
llamasen.
Durante los viajes tuvo mucho que sufrir por no encontrar comida, tener
que alojarse en malas posadas y otras causas. Ella misma dice: No pongo en estas
fundaciones los grandes trabajos de los caminos, con fríos, con soles, con nieves,
que venía vez no cesarnos en todo el día de nevar, otras perder el camino, otras
con hartos males y calenturas, porque, gloria a Dios, de ordinario es tener yo
poca salud, sino que veía claro que Nuestro Señor me daba esfuerzo. Porque me
acaecía algunas veces, hallarme con tantos males y dolores, que yo me
acongojaba mucho, porque me parecía que, aun para estar en la celda sin
acostarme, no estaba; y tornarme a Nuestro Señor, quejándome a Su Majestad y
diciéndole que cómo quería hiciese lo que no podía, y después, aunque con
trabajo, Su Majestad me daba fuerzas, y con el hervor que me ponía y el
cuidado, parece que me olvidaba de mí.
A lo que ahora me acuerdo, nunca dejé fundación por miedo del trabajo,
aunque de los caminos, en especial largos, sentía gran contradicción; mas en
comenzándolos a andar me parecía poco, viendo en servicio de quién se hacía y
considerando que en aquella casa se había de alabar al Señor y haber Santísimo
Sacramento. Es particular consuelo para mí, ver una iglesia más, cuando me
acuerdo de las muchas que quitan los luteranos: no sé qué trabajos, por grandes
que fuesen, se habían de temer a trueco (cambio) de tan gran bien para la
cristiandad 94 .
Y Dios bendijo aquellos conventos más de lo que podía imaginar.
Comenzando a poblarse estos “palomarcitos” de la Virgen Nuestra Seora,
comenzó la divina Majestad a mostrar sus grandezas en estas mujercitas flacas,
aunque fuertes en los deseos y en el desasirse de todo lo criado, que debe ser lo
que más junta el alma con su Criador, yendo con limpia conciencia 95 .
Son tantas las mercedes que el Señor hace en estas casas que, si hay una
o dos (religiosas) en cada una que la lleve Dios ahora por meditación, todas las
demás llegan a contemplación perfecta; algunas van tan adelante que llegan a
arrobamiento. A otras hace el Señor merced por otra suerte, junto con esto de
darles revelaciones y visiones, que claramente se entiende ser de Dios: no hay
ahora casa que no haya una o dos o tres de éstas 96 .
94 Fundaciones 18, 4-5.
95 Fundaciones 4, 5.
96 Fundaciones 4, 8.
49
MEDINA DEL CAMPO
Era el año 1567. La Madre Teresa tenía ya 52 años, cuando comenzaron
sus andanzas de fundadora por diferentes pueblos y lugares de Castilla y
Andalucía. Después del convento de San José de Ávila, fundó el de San José de
Medina del Campo (Valladolid) el 15 de agosto de 1567. Escribe: Tenía la
licencia y no tenía casa ni blanca (dinero) para comprarla. Pues crédito para
fiarme en nada, si el Señor no le diera, ¿cómo le había de tener una romera
(peregrina) como yo? Proveyó el Señor que una doncella virtuosa, para quien no
había habido lugar en San José que entrase, sabiendo se hacía otra casa, me
vino a rogar la tomase en ella. Esta tenía unas blanquillas, harto poco, que no
era para comprar casa, sino para alquilarla y para ayuda del camino. Sin más
arrimo (apoyo) que éste, salimos de Ávila dos monjas de San José y yo, y cuatro
de la Encarnación con nuestro padre capellán, Julián de Ávila.
Cuando en la ciudad (Ávila) se supo, hubo mucha murmuración: unos
decían que yo estaba loca; otros esperaban el fin de aquel desatino… Ya cuando
salimos de Ávila, había yo escrito a un padre de nuestra Orden, llamado fray
Antonio de Heredia, que era entonces Prior del monasterio de frailes que allí
hay de nuestra Orden, llamado Santa Ana, para que me comprase una casa. Él
lo trató con una señora que le tenía devoción, que tenía una que se le había
caído toda, salvo un cuarto, y era muy buen puesto.
Fue tan buena, que prometió de vendérsela, y así la concertaron sin
pedirle fianzas, ni más fuerza que su palabra; porque, a pedirlas, no tuviéramos
remedio. Todo lo iba disponiendo el Señor. Esta casa estaba tan si paredes, que
a esta causa alquilamos estotra (esta otra), mientras que aquélla se aderezaba,
que había harto que hacer.
Pues llegando la primera jornada, noche y cansadas por el mal aparejo
que llevábamos, yendo a entrar por Arévalo, salió un clérigo, nuestro amigo, que
nos tenía una posada en casa de unas devotas mujeres, y díjome en secreto cómo
no teníamos casa; porque estaba cerca de un monasterio de agustinos, y que
ellos resistían que no entrásemos ahí, y que forzado había de haber pleito. ¡Oh,
válgame Dios! Cuando Vos, Señor, queréis dar ánimo, ¡qué poco hacen todas las
contradicciones! Antes parece me animó, pareciéndome, pues ya se comenzaba a
alborotar el demonio, que se había de servir el Señor de aquel monasterio. Con
todo, le dije que callase, por no alborotar a las compañeras, en especial a las
dos de la Encarnación, que las demás por cualquier trabajo pasaran por mí…
50
Llegando a la posada, supe que estaba en el lugar un fraile dominico, muy
gran siervo de Dios, con quien yo me había confesado el tiempo que había
estado en San José. Porque en aquella fundación traté mucho de su virtud, aquí
no diré más del nombre, que es el maestro fray Domingo Báez…
Dióme gran consuelo cuando le vi; porque, con su parecer, todo me
parecía iría acertado. Pues, venido allí, díjele muy en secreto lo que pasaba. A él
le pareció que presto podríamos concluir el negocio de los agustinos; mas a mí
hacíaseme recia cosa cualquier tardanza, por no saber qué hacer de tantas
monjas; y así pasamos todas con cuidado aquella noche.
Luego, de mañana, llegó allí el Prior de nuestra Orden fray Antonio, y
dijo que la casa que tenía concertado de comprar era bastante y tenía un portal
adonde se podía hacer una iglesia pequeña, aderezándole con algunos paños. En
esto nos determinamos; al menos a mí parecióme muy bien, porque la más
brevedad era lo que mejor nos convenía, por estar fuera de nuestros
monasterios, y también porque temía alguna contradicción, como estaba
escarmentada de la fundación primera. Y así quería que, antes que se entendiese,
estuviese ya tomada la posesión, y así nos determinamos a que luego se hiciese 97 .
El padre Julián de Ávila aclara muchos detalles de esta fundación y dice:
Antes que saliésemos de Arévalo le pareció a la Madre, que era por quien todos
nos guiábamos y ella se guiaba por Dios, que no fuésemos con tanto ruido de
carros y gente, y así como un buen capitán que viéndose en peligro procura
repartir su gente, acomodándose y apercibiéndose para el peligro que podía
venir, lo primero que hizo fue despedir la gente que venía de acompañamiento
para dar autoridad, y lo segundo envió a la mitad de las monjas a casa de un
cura que estaba cerca de Arévalo, y era pariente de las más monjas, que las
enviaba para que se estuviesen allí hasta ver en qué paraba el negocio, y con las
demás y con poca gente, sin carros y sin ruido, nos fuimos a Olmedo a donde al
presente residía el obispo don Álvaro de Mendoza, que era quien más la
ayudaba y favorecía en estas fundaciones, porque le tenía mucha devoción y
daba mucho crédito.
Llegamos a Olmedo al anochecer, y como al otro día era la fiesta de
Nuestra Señora de la Asunción y la Madre quería que en su día se fundase la
casa, con esta prisa no se paró allí más que mientras se aderezó un coche en que
fuese la santa Madre y otras dos o tres monjas que iban con ella, y yo me
adelanté a la posta para prevenir a los frailes carmelitas que nos prestasen
ornamentos y otras cosas necesarias para la fundación. Llegué a Medina a la
media noche, y dábame harta prisa a llamar en el monasterio, que fue harto
97 Fundaciones 3, 2-6.
51
oírme y quererme abrir, porque ellos no sabían que entonces y a tal hora había
de venir la Madre; al fin, cuando llegó el coche, ya me habían abierto y dicho yo
a los padres a lo que veníamos; y así en apeándose las monjas, sin más
detenimiento, tomamos de la sacristía todo lo que era menester para adorno del
altar y para decir misa, y entre yo y un capellán del obispo de Ávila, que le había
mandado acompañase a las monjas hasta allí, y dos o tres frailes y las monjas,
todos nos cargamos de los aderezos que eran menester, y nos fuimos por de
fuera del lugar a la casa de la señora, sin saber el mayordomo y una ama suya
cosa alguna.
A puros golpes y aldabadas nos hubieron de abrir, no entendiendo la
persecución que venía también sobre ellos, porque con la carta de la señora y la
prisa que nosotros les dimos, en aquella hora, que debían de ser entre la una y
las dos de la noche, hubieron de salir de la casa y nos la dejaron
desembarazada, y en lo que faltaba de ahí a la mañana se hizo en aquel corral
caído un altar, y se rodeó de unos paños de pared que hallamos en la casa de la
señora. Y así, al amanecer, puesto el altar y puesta la campana y lo demás que
era menester, fui yo a llamar a un escribano o notario, y a aquella hora le traje
para que hiciese cierto acto jurídico, para que nadie nos estorbase ni impidiese
lo que allí se hacía, que era harto de temer.
Hecho esto, al punto del alba se dijo misa y se puso el Santísimo
Sacramento y se tañía la campana, que parecía se deshacía tañendo, y la Madre
y sus compañeras se metieron tras una puerta que estaba a la subida de una
escalera que iba al cuarto que estaba en pie; y tenían delante la puerta el altar, y
no podían ver la misa sino por entre los agujeritos de la puerta, y esta puerta
servía de clausura y de locutorio, y de torno y de harto trabajo que la buena
Madre sintió cuando se iba descubriendo el día y juntamente con la luz se iba
descubriendo la humildad del lugar a donde teníamos puesto al Santísimo
Sacramento. Y no era esto lo peor, porque ni estaba en lugar decente ni adonde
se pudiese guardar con puertas ni llaves, sino como en la calle, lo cual dio
mucha pena a la santa Madre, cuando se vio ya encerrada ella y sus
compañeras, y vio cuán desencerrado quedaba todo lo principal, sin poder por
entonces poner remedio ni reparo en cosa. Y aunque es verdad que la santa
Madre veía hecho lo que quería, aguósele tanto el contento, que creo yo ninguna
fundación le fue de tanto trabajo como ésta; y he pensado que como la Madre
quiso entrar con tanta autoridad, y para eso me hizo tomar casa de cincuenta mil
maravedís de alquiler, que la quiso el Señor mortificar y humillar…
Pero el Señor, que permitió lo uno, ordenó también que llegándose toda
Medina a ver aquel espectáculo nuevo, que así como era nueva la fundación, así
era muy más nuevo el modo y manera de ella, y con todo eso no se halló persona
de los grandes ni de los chicos, de los sabios y no sabios, que pusiesen la menor
52
mácula del mundo en ello, antes les daba tanta devoción que parecía mover Dios
los corazones a que adorasen y alabasen y reverenciasen a Dios, como lo hizo
cuando el Señor entró en Jerusalén el día de Ramos sentado sobre la asna y el
pollino, que no menos humilde estaba el Señor a donde le pusimos. Y así como
aquél fue milagro maravilloso, podríamos decir lo fue éste; pues viendo al
Santísimo Sacramento en parte tan humilde, todos le adoraban y honraban, y
ninguno murmuraba ni reprendía a quien tal atrevimiento había tenido de
ponerle en tan bajo lugar.
Paréceme también que la gente de Medina adoraba a Jesucristo casi en la
forma que le adoraron los tres reyes Magos, en lo cual así como es loada y
estimada la fe que tuvieron estos santos, así lo puede ser la que tuvieron los
medineses, pues la bajeza del lugar no les estorbó la adoración y devoción que
debían tener al Señor que allí estaba. Mostró Dios aquí bien al revés lo que
había pasado en Ávila en la primera fundación, para que en esto se vea claro
que andaba la mano poderosa de Dios en ello. Y creo que por las razones que he
dicho y las que se podrían decir, le dijo Dios en una revelación a la santa Madre
que la fundación de Medina fue milagrosa. Y parece claro, porque entre tanta
gente como había en Medina y veían cosa semejante, no haber uno ni ninguno
que murmurase ni le pareciese mal, ¿a qué se puede atribuir sino a que Dios les
detenía la lengua y movía el corazón a que dijesen bien de ello y no mal, como
podían decir, no del hecho, que al fin era bueno, sino del modo en que se hizo?...
Me daba a mí gran prisa a que le buscase una casa a que pasarse
mientras se acomodaba a donde poner el Santísimo Sacramento. Yo anduve
como ocho días deshecho en buscar casa; pero como Medina estaba entonces en
su prosperidad, no había casa ni rincón desembarazado; y si Dios no moviera a
un mercader, que habiéndolas compasión de verlas en tan extrema necesidad,
acordó de recogerse en su misma casa, y dejándoles desembarazada la media
(casa) dióles lugar a que se pasasen a ella mientras se daba traza y manera
como acomodarse. Y así la Madre admitió de buena gana este medio, y
pasáronse luego las monjas y el Santísimo Sacramento a la media casa del
mercader. Y así se dio lugar y tiempo para que mercasen (comprasen) aquel sitio
de la señora que se le había prestado, y luego les dio Dios con qué mercarle y
con qué labrar una muy buena casa en que ahora viven; y han gastado en aquel
sitio muchos millares de ducados, y tienen muy buena casa y buen puesto, que
claramente se vio haber permitido el Señor todos aquellos acaecimientos para
que se manifestase era aquella obra del Señor, pues con tan humildes principios
ha ensalzado allí su Santísimo Nombre y héchose casa a donde se sirve al Señor
con mucha perfección. Y sé yo estar en ella almas muy aprovechadas y de mucho
ejemplo y santidad 98 .
98 Proceso I, pp. 210-212.
53
MALAGÓN
El tercer monasterio fundado por la Madre Teresa fue el de San José de
Malagón (Ciudad Real). Fue el año 1568 y la Madre lo cuenta así: Una señora
(Luisa de Cerda) entendió que yo tenía licencia para fundar monasterios y
comenzóme mucho a importunar hiciese uno en una villa suya llamada Malagón.
Yo no le quería admitir en ninguna manera, por ser lugar tan pequeño que
forzado había de tener renta para poderse mantener, de lo que yo estaba muy
enemiga.
Tratado con letrados y confesor mío me dijeron que hacía mal, que pues
el santo concilio daba licencia de tenerla, que no se había de dejar de hacer un
monasterio adonde se podía tanto el Señor servir, por mi opinión. Con esto se
juntaron las muchas importunaciones de esta señora, por donde no pude hacer
menos de admitirle. Dio bastante renta; porque siempre soy amiga de que sean
los monasterios, o del todo pobres, o que tengan de manera que no hayan
menester las monjas importunar a nadie para todo lo que fuere menester.
Pusiéronme todas las fuerzas que pude para que ninguna poseyese nada,
sino que guardasen las Constituciones en todo, como en estotros monasterios de
pobreza. Hechas todas las escrituras, envié por algunas hermanas para fundarle,
y fuimos con aquella señora a Malagón, adonde aún no estaba la casa
acomodada para entrar en ella; y nos detuvimos más de ocho días en un
aposento de la fortaleza.
El día de Ramos (15 de abril de 1568), yendo la procesión del lugar por
nosotras, con los velos delante del rostro y capas blancas, fuimos a la iglesia del
lugar, adonde se predicó, y desde ahí se llevó el Santísimo Sacramento a nuestro
monasterio. Hizo mucha devoción a todos. Allí me detuve algunos días. Estando
uno, después de haber comulgado, en oración, entendí de nuestro Señor que se
había de servir en aquella casa. Paréceme que estaría allí aún unos dos meses,
porque mi espíritu daba prisa para que fuese a fundar la casa de Valladolid 99 .
En 1579 se pasaron a la casa nueva y escribe la Madre desde Malagón al
padre Gracián: El día de la Concepción pasaron estas hermanas a la casa nueva.
Yo estaba acá ocho días hacía, que no fueron de menos trabajo que los del
camino, porque había mucho que hacer y porque se pudieran cambiar en día tan
señalado; me cansé harto… Fue la pasada (a la nueva casa) con mucho regocijo,
porque vinieron en procesión y con el Santísimo Sacramento que se trasladó de
99 Fundaciones 9, 2-5.
54
la otra. Hanse holgado (se han alegrado) mucho, que no parecían sino lagartijas
que salen al sol en verano. Cierto han padecido harto allí y, aunque aquí no hay
cosa acabada del todo, sino once celdas, está muy para vivir hartos años,
aunque no se haga más 100 .
VALLADOLID
Éste fue el cuarto monasterio. A los tres primeros les puso el nombre de
San José. A éste lo llamó monasterio de la Concepción de Nuestra Señora del
Carmen. Lo fundó el 15 de agosto de 1568. Escribe: Antes que se fundase el
monasterio de San José en Malagón, cuatro o cinco meses, tratando conmigo un
caballero principal, mancebo, me dijo que, si quería hacer monasterio en
Valladolid, que él daría una casa que tenía, con una huerta muy buena y grande,
que tenía dentro una gran viña, de muy buena gana, y quiso dar luego la
posesión; tenía harto valor. Yo la tomé, aunque no estaba muy determinada a
fundarle allí, porque estaba casi un cuarto de legua del lugar; mas parecióme
que se podría pasar a él, como allí se tomase la posesión; y como él lo hacía tan
de gana, no quise dejar de admitir su buena obra, ni estorbar su devoción.
Desde a dos meses, poco más o menos, le dio un mal tan acelerado que le
quitó el habla, y no se pudo bien confesar, aunque tuvo muchas señales de pedir
al Señor perdón. Murió muy en breve, harto lejos de donde yo estaba. Díjome el
Señor que había estado su salvación en harta aventura, y que había habido
(tenido) misericordia de él por aquel servicio que había hecho a su Madre en
aquella casa que había dado para hacer monasterio de su Orden, y que no
saldría del purgatorio hasta la primera misa que allí se dijese, que entonces
saldría. Yo traía tan presente las graves penas de esta alma, que aunque en
Toledo deseaba fundar, lo dejé por entonces y me di toda la prisa que pude para
fundar como pudiese en Valladolid.
No pudo ser tan presto como yo deseaba, porque forzado me hube de
detener en San José de Ávila, que estaba a mi cargo, hartos días, y después en
San José de Medina del Campo, que fui por allí, adonde estando un día en
oración, me dijo el Señor que me diese prisa, que padecía mucho aquel alma;
que, aunque no tenía mucho aparejo, lo puse por obra y entré en Valladolid el
día de San Lorenzo. Y como vi la casa, dióme harta congoja, porque entendí era
desatino estar allí monjas sin muy mucha costa; y aunque era de gran
recreación, por ser la huerta tan deleitosa, no podía dejar de ser enfermo, que
estaba cabe el río.
100 Carta del 12 de diciembre de 1579.
55
Con ir cansada, hube de ir a misa a un monasterio de nuestra Orden, que
vi que estaba a la entrada del lugar, y era tan lejos, que me dobló más la pena.
Con todo, no lo decía a mis compañeras por no las desanimar. Aunque flaca,
tenía alguna fe que el Señor, que me había dicho lo pasado, lo remediaría. Hice
muy secretamente venir oficiales y comenzar a hacer tapias para lo que tocaba
al recogimiento, y lo que era menester. Estaba con nosotras el clérigo Julián de
Ávila, y uno de los dos frailes que quería ser descalzo (San Juan de la Cruz), que
se informaba de nuestra manera de proceder en estas casas. Julián de Ávila
entendía en sacar la licencia del Ordinario, que ya había dado buena esperanza
antes que yo fuese. No se pudo hacer tan presto…, pero diéronnosla para decir
misa adonde teníamos para iglesia, y así nos la dijeron.
Yo estaba bien descuidada de que entonces se había de cumplir lo que se
me había dicho de aquel alma; porque, aunque se me dijo “a la primera misa”,
pensé que había de ser a la que se pusiese el Santísimo Sacramento. Viniendo el
sacerdote adonde habíamos de comulgar, con el Santísimo Sacramento en las
manos, llegando yo a recibirle, junto al sacerdote se me representó el caballero
que he dicho, con rostro resplandeciente y alegre; puestas las manos (con las
manos juntas), me agradeció lo que había puesto por él para que saliese del
purgatorio y fuese aquel alma al cielo. Y cierto que la primera vez que entendí
estaba en carrera de salvación, que yo estaba bien fuera de ello y con harta
pena, pareciéndome que era menester otra muerte para su manera de vida; que
aunque tenía buenas cosas, estaba metido en las del mundo. Verdad es que había
dicho a mis compañeras que traía muy delante la muerte. Gran cosa es lo que
agrada a Nuestro Señor cualquier servicio que se haga a su Madre, y grande es
su misericordia.
Pues llegado el día de Nuestra Señora de la Asunción, que es a quince de
agosto, año de 1568, se tomó la posesión de este monasterio. Estuvimos allí
poco, porque caímos casi todas muy malas. Viendo esto una señora de aquel
lugar, llamada doña María de Mendoza, mujer del comendador Cobos, madre
del marqués de Camarasa, muy cristiana y de grandísima caridad (sus limosnas
en gran abundancia lo daban bien a entender), hacíame mucha caridad de antes
que yo la había tratado, porque es hermana del obispo de Ávila, que en el primer
monasterio nos favoreció mucho y en todo lo que toca a la Orden. Como tiene
tanta caridad y vio que allí no se podrían pasar sin gran trabajo, así por ser
lejos para las limosnas como por ser enfermo, díjonos que le dejásemos aquella
casa y nos compraría otra. Y así lo hizo, que valía mucho más la que nos dio con
dar todo lo que era menester hasta ahora, y lo hará mientras viviere 101 .
101 Fundaciones 10, 1-6.
56
CONVENTOS DE FRAILES
El 10 de agosto de 1567 el padre General le había dado licencia para
fundar dos conventos de frailes carmelitas contemplativos , siguiendo su mismo
estilo de vida.
Los dos primeros frailes que se animan a vivir de acuerdo a la Reforma
teresiana fueron el padre Antonio de Heredia, Prior de la casa de Medina del
Campo, y el padre Juan de la Cruz (san Juan de la Cruz), que tenía entonces 25
años y que se convertirá en cofundador de los frailes carmelitas descalzos.
Según refiere sor María Evangelista, cuando la santa Madre Teresa de
Jesús tuvo seguridad de que tenía ya los dos primeros frailes para comenzar la
Reforma con ellos, vino muy contenta donde estaban sus religiosas en el
convento de Medina y en la recreacin les dijo: “Sepan, hijas, que tengo ya
fraile y medio para dar principio a esta nueva Reformación y estoy muy
contenta”. Y la santa Madre tuvo por fraile entero al fray Juan de la Cruz,
porque se pagó de él más y por tenerle por más a propósito para su intento 102 .
Sin embargo, el padre Jerónimo Gracián dice que la santa aludía a la
estatura física y daba este calificativo de medio fraile al santo en contraste con
fray Antonio, que era de gran presencia 103 .
Pero lo consideraba un santo y escribe de él: Mi padre fray Juan de la
Cruz es un hombre celestial y divino… Después que se fue allá no he hallado en
toda Castilla otro como él ni que tanto fervore (enfervorice) en el camino del
cielo… Miren que es un gran tesoro el que tienen allá en ese santo y todas las de
de esa casa traten y comuniquen con él sus almas y verán qué aprovechadas
están y se hallarán muy adelante en todo lo que es espíritu y perfección, porque
le ha dado Nuestro Señor para esto particular gracia 104 .
La primera fundación de frailes fue en Duruelo el 28 de noviembre de
1568. La Madre Teresa relata cómo sucedió: Un caballero de Ávila, llamado
Don Rafael, con quien yo jamás había tratado, no sé cómo vino a entender que
se quería hacer un monasterio de descalzos; y vínome a ofrecer que me daría
una casa que tenía en un lugarcillo (Duruelo) de hartos pocos vecinos, que me
parece no serían veinte, que la tenía allí para un rentero que recogía el pan de
renta que tenía allí. Yo, aunque vi cuál debía ser, alabé a Nuestro Señor y
agradecíselo mucho. Díjome que era camino de Medina del Campo, que iba yo
102 PO II, p. 156.
103 Scholias y addiciones a la Vida del padre Ribera, Roma, 1982, p. 389.
104 Carta a la Madre Ana de Jesús de mediados de noviembre de 1578.
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por allí para ir a la fundación de Valladolid, que es camino derecho y que la
vería. Yo dije que lo haría, y aun así lo hice, que partí de Ávila por junio con una
compañera y con el padre Julián de Ávila, capellán de San José de Ávila.
Aunque partimos de mañana, como no sabíamos el camino, errámosle, y
como el lugar es poco nombrado, no se hallaba mucha relación de él. Así
anduvimos aquel día con harto trabajo, porque hacía muy recio sol. Cuando
pensábamos que estábamos cerca, había otro tanto que andar. Siempre se me
acuerda del cansancio y desvarío que traíamos en aquel camino; así llegamos
poco antes de la noche.
Cuando entramos en la casa, estaba de tal suerte, que no nos atrevimos a
quedar allí aquella noche por causa de la demasiada poca limpieza que tenía y
mucha gente del agosto (parásitos). Tenía un portal razonable y una cámara
doblada con su desván, y una cocinilla. Yo consideré que en el portal se podía
hacer iglesia y en el desván coro, que venía bien, y dormir en la cámara…
Fuimos a tener la noche en la iglesia, que para el cansancio grande que
llevábamos no quisiéramos tenerla en vela. Llegados a Medina, hablé luego con
el padre fray Antonio, y díjele lo que pasaba y que si tendría corazón para estar
allí algún tiempo, que tuviese cierto que Dios lo remediaría presto, que todo era
comenzar… A él le había puesto Dios más ánimo que a mí; y así dijo que no sólo
allí, más que estaría en una pocilga. Fray Juan de la Cruz estaba en lo mismo.
Ahora nos quedaba alcanzar la voluntad de los dos padres (provinciales),
porque con esa condición había dado la licencia nuestro padre General. Yo
esperaba en Nuestro Señor de alcanzarla, y así dejé al padre fray Antonio que
tuviese cuidado de hacer todo lo que pudiese en allegar (conseguir) algo para la
casa; yo me fui con fray Juan de la Cruz a la fundación de Valladolid. Y como
estuvimos algunos días con oficiales para recoger la casa, sin clausura, había
lugar para informar al padre fray Juan de la Cruz de toda nuestra manera de
proceder, para que llevase bien entendidas todas las cosas, así de mortificación
como del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas, que todo es con
tanta moderación, que sólo sirve de entender allí las faltas de las hermanas y
tomar un poco de alivio para llevar el rigor de la Regla. Él era tan bueno, que al
menos yo podía mucho más deprender (aprender) de él que él de mí…
Fue Dios servido que estaba allí el provincial de nuestra Orden, de quien
yo había de tomar el beneplácito, llamado fray Alonso González. Era viejo y
harto buena cosa y sin malicia. Yo le dije tantas cosas y de la cuenta que daría a
Dios si tan buena obra estorbaba, cuando se la pedí, y Su Majestad le dispuso,
como quería que se hiciese, que se ablandó mucho. Venida la señora doña María
de Mendoza y el obispo de Ávila, su hermano, que es quien siempre nos ha
58
favorecido y amparado, lo acabaron con él y con el padre fray Ángel de Salazar,
que era el provincial pasado, de quien yo temía toda la dificultad…
Cuando yo tuve estas dos voluntades (de los dos provinciales) , ya me
parecía no me faltaba nada. Ordenamos que el padre fray Juan de la Cruz fuese
a la casa, y la acomodase de manera que comoquiera pudiesen entrar en ella;
que toda mi prisa era hasta que comenzasen, porque tenía gran temor no nos
viniese algún estorbo; y así se hizo. El padre fray Antonio ya tenía algo allegado
(conseguido) de lo que era menester; ayudábamosle lo que podíamos, aunque
era poco. Vino allí a Valladolid a hablarme con gran contento y díjome lo que
tenía allegado, que era harto poco; sólo de relojes iba proveído, que llevaba
cinco, que me cayó en harta gracia. Díjome que para tener las horas
concertadas, que no quería ir desapercibido; creo aún no tenía en qué dormir.
Tardóse poco en aderezar la casa, porque no había dinero, aunque
quisieran hacer mucho. Acabado, el padre fray Antonio renunció a su priorazgo
con harta voluntad y prometió la primera Regla; que aunque le decían lo
probase primero, no quiso. Íbase a su casita con el mayor contento del mundo.
Ya fray Juan estaba allá.
Dicho me ha (me ha dicho) el padre fray Antonio que, cuando llegó a
vista del lugarcillo, le dio un gozo interior muy grande y le pareció que había ya
acabado con el mundo en dejarlo todo y meterse en aquella soledad; adonde al
uno y al otro no se les hizo la casa mala, sino que les parecía estaban en grandes
deleites…
El primero o segundo domingo de adviento de este año de 1568, se dijo la
primera misa en aquel portalito de Belén, que no me parece era mejor. La
cuaresma adelante, viniendo a la fundación de Toledo, me vine por allí. Llegué
una mañana. Estaba el padre fray Antonio de Jesús barriendo la puerta de la
iglesia, con un rostro de alegría que tiene él siempre. Yo le dije: “¿qué es esto,
mi padre?, qué se ha hecho la honra?”. Díjome estas palabras, diciéndome el
gran contento que tenía: “Yo maldigo el tiempo que la tuve”.
Cuando entré en la iglesia, quedéme espantada de ver el espíritu que el
Señor había puesto allí. Y no era yo sola, que dos mercaderes que habían venido
de Medina hasta allí conmigo, que eran mis amigos, no hacían otra cosa sino
llorar. ¡Tenía tantas cruces, tantas calaveras! Nunca se me olvida una cruz
pequeña de palo que tenía para el agua bendita, que tenía en ella pegada una
imagen de papel con un Cristo que parecía ponía más devoción que si fuera de
cosa muy bien labrada.
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El coro era el desván, que por mitad estaba alto, que podían decir las
horas; mas habíanse de abajar mucho para entrar y para oír misa. Tenían a los
dos rincones, hacia la iglesia, dos ermitillas, adonde no podían estar sino
echados o sentados, llenas de heno (porque el lugar era muy frío y el tejado casi
les daba sobre las cabezas) con dos ventanillas hacia el altar y dos piedras por
cabeceras, y allí sus cruces y calaveras. Supe que después que acababan
maitines hasta prima no se tornaban a ir, sino allí se quedaban en oración, que
la tenían tan grande, que les acaecía ir con harta nieve los hábitos cuando iban
a prima y no lo haber sentido. Decían sus horas (rezos) con otro padre de los del
paño (carmelita calzado), que se fue con ellos a estar, aunque no mudó hábito,
porque era muy enfermo, y otro fraile mancebo, que no era ordenado, que
también estaba allí.
Iban a predicar a muchos lugares que están por allí comarcanos sin
ninguna doctrina, que por esto también me holgué (alegré) se hiciese allí la
casa; que me dijeron, que ni había cerca monasterio ni de dónde lo tener, que
era gran lástima. En tan poco tiempo era tanto el crédito que tenían, que a mí
me hizo grandísimo consuelo cuando lo supe. Iban como digo a predicar
legua y media, dos leguas, descalzos (que entonces no traían alpargatas, que
después se las mandaron poner), y con harta nieve y frío; y después que habían
predicado y confesado, se tornaban bien tarde a comer a su casa. Con el
contento, todo se les hacía poco.
De esto de comer tenían muy bastante, porque de los lugares comarcanos
los proveían más de lo que habían menester; y venían allí a confesar algunos
caballeros que estaban en aquellos lugares, adonde les ofrecían ya mejores
casas y sitios. Entre éstos fue uno don Luis, señor de las Cinco Villas. Este
caballero había hecho una iglesia para una imagen de Nuestra Señora, cierto
bien digna de poner en veneración. Su padre la envió desde Flandes a su abuela
o madre con un mercader. Él se aficionó tanto a ella, que la tuvo muchos años y,
después, a la hora de la muerte, mandó se la llevasen. Es un retablo grande, que
yo no he visto en mi vida cosa mejor. El padre fray Antonio de Jesús, como fue a
aquel lugar a petición de este caballero y vio la imagen, aficionóse tanto a ella, y
con mucha razón, que aceptó de pasar allí el monasterio 105 . Llámase este lugar
Mancera. Aunque no tenía ningún agua de pozo, ni de ninguna manera parecía
la podían tener allí, labróles este caballero un monasterio conforme a su
profesión, pequeño, y dio ornamentos. Hízolo muy bien.
No quiero dejar de decir cómo el señor les dio agua, que se tuvo por cosa
de milagro. Estando un día después de cenar el padre fray Antonio, que era
Prior, en el claustro con sus frailes , hablando de la necesidad de agua que
105 El traslado a Mancera de abajo se hizo el 11 de junio de 1570.
60
tenían, levantóse el Prior y tomó un bordón que traía en las manos e hizo en una
parte de él la señal de la cruz, a lo que me parece, aunque no me acuerdo bien si
hizo cruz; mas, en fin, seal con el palo y dijo: “ahora, cavad aquí”. A muy
poco que cavaron, salió tanta agua, que aun para limpiarle es dificultoso de
agotar; y agua de beber muy buena… y nunca se agota…
Pues como yo vi aquella casita, que poco antes no se podía estar en ella…
no me hartaba de dar gracias a Nuestro Señor, con un gozo interior grandísimo,
por parecerme que veía comenzado un principio para gran aprovechamiento de
nuestra Orden y servicio de nuestro Señor…
Después que tratamos aquellos padres y yo algunas cosas… les rogué
mucho no fuesen en las cosas de penitencia con tanto rigor, que lo llevaban muy
grande; y como me había costado tanto de deseo y oración que me diese el Señor
quien lo comenzase y veía tan buen principio, temía no buscase el demonio cómo
los acabar antes que se efectuase lo que yo esperaba. Como imperfecta y de poca
fe, no miraba que era obra de Dios y Su Majestad la había de llevar adelante.
Ellos, como tenían estas cosas que a mí me faltaban, hicieron poco caso de mis
palabras para dejar sus obras; y así me fui con harto grandísimo consuelo,
aunque no daba a Dios las alabanzas que merecía tan gran merced 106 .
Santa Teresa habla algunas veces en sus escritos de que quiere que los
frailes sean ermitaños contemplativos 107 . Les insiste que hagan trabajos
manuales. Al padre Jerónimo Gracián le escribe: Ponga mucho en los ejercicios
de manos que importa infinitísimo 108 . Al padre Mariano le dice también que
trabajen, aunque fuese en hacer cestas o cualquier cosa y sea la hora de
recreación, cuando no hubiere otro tiempo, porque adonde no hay estudio es
cosa importantísima 109 .
Otra cosa en que insistió mucho fue en que los frailes no se dejaran llevar
de extremos en su afán por hacer penitencia. Resulta que una famosa ermitaña,
Catalina de Cardona tuvo muchos imitadores en hacer penitencias exageradas. La
Madre Teresa escribía al padre Mariano: Yo soy amiga de apretar mucho en las
virtudes, mas no en el rigor 110 . Un día en que ella estaba pensando si sería mejor
hacer más penitencia de la que hacía, imitando precisamente a Catalina de
Cardona, le dijo el Señor: Eso no, hija, buen camino llevas y seguro. ¿Ves toda la
penitencia que hace? En más tengo tu obediencia 111 .
106 Fundaciones 13, 2-6 y 14, 1-12.
107 Carta del 21 de octubre de 1576 al padre Mariano.
108 Carta del 20 de setiembre de 1576, Nº 10.
109 Carta del 12 de diciembre de 1576, Nº 9.
110 Carta del 12 de diciembre de 1576, Nº 10.
111 Cuenta de conciencia 20; de julio de 1571.
61
El padre Julián de Ávila declaró en el Proceso: En muy poco tiempo
entraron en la Orden gente muy religiosa y docta, de suerte que hubo muy
buenos predicadores, que con su doctrina y ejemplo empezaron a hacer gran
provecho en la Iglesia de Dios. Y convidaba tanto a devoción esta primera casita
(de Duruelo), que empezaron a tomar el hábito, y a mí y a un clérigo muy
religioso, que se llamaba Gonzalo de Aranda, nos dio devoción de ir desde Ávila
a pie en romería allá; y nos estuvimos no sé qué días, que parecía estábamos en
el paraíso; y así creo les parecía a todos cuantos allá iban. Pero como Dios
quería extender esta santa Religión por todo el mundo, acordaron de mudarse
de allí a Mancera de Abajo, adonde estaba y está una imagen de Nuestra
Señora, que, a dicho de cuantos la ven, es la más devota y más hermosa que hay
en el mundo, que bien parecía se quería la Madre de Dios señalar en esta santa
Orden, pues en donde estaba su santa imagen tan señalada como hoy día se ve,
quiso se hiciese principio de lo que había de ser tan para gloria y honra de su
bendito Hijo y de su Iglesia católica 112 .
TOLEDO
La fundación del convento de San José de Toledo fue el 14 de mayo de
1569. La Madre lo relata así: Estaba en la ciudad de Toledo un hombre honrado
y siervo de Dios, mercader, el cual nunca se quiso casar, sino hacía una vida
como muy católico, hombre de gran verdad y honestidad. Con trato lícito
allegaba su hacienda con intento de hacer de ella una obra que fuese muy
agradable al Señor. Dióle el mal de la muerte. Llamábase Martín Ramírez… Él
estaba ya tan malo, que para concertar esto vio no había tiempo, y dejólo todo
en las manos de un hermano que tenía, llamado Alonso Álvarez Ramírez, y con
esto le llevó Dios. Acertó bien; porque es este Alonso Álvarez hombre harto
discreto y temeroso de Dios y de mucha verdad y limosnero…
Cuando murió Martín Ramírez, aún me estaba yo en la fundación de
Valladolid, adonde me escribió el padre Pablo Hernández, de la Compañía, y el
mismo Alonso Álvarez, dándome cuenta de lo que pasaba y que si quería aceptar
esta fundación me diese prisa a venir; y así me partí poco después que se acabó
de acomodar la casa. Llegué a Toledo la víspera de Nuestra Señora de la
Encarnación, y fuíme a casa de la señora doña Luisa, que es adonde había
estado otras veces. Fui recibida con gran alegría, porque es mucho lo que me
quiere. Llevaba dos compañeras de San José de Ávila, harto siervas de Dios.
Diéronnos luego un aposento, como solían, adonde estábamos con el
recogimiento que en un monasterio.
112 Proceso I, p. 229.
62
Comencé luego a tratar de los negocios con Alonso Álvarez y un yerno
suyo, llamado Diego Ortiz… No nos acabábamos de concertar Alonso Álvarez y
yo, a causa de su yerno, a quien él daba mucha mano. En fin, vinimos a
desconcertarnos del todo.
Yo no sabía qué me hacer, porque no había venido a otra cosa y veía que
había de ser mucha nota irme sin fundar. Con todo, tenía más pena de no me dar
la licencia que de lo demás; porque entendía que, tomada la posesión, Nuestro
Señor lo proveería, como había hecho en otras partes. Y así me determiné de
hablar al Gobernador, y fuíme a una iglesia que está junto a su casa y enviéle a
suplicar que tuviese por bien de hablarme. Hacía ya más de dos meses que se
andaba en procurarlo y cada día era peor. Como me vi con él, díjele que era
recia cosa que hubiese mujeres que querían vivir en tanto rigor y perfección y
encerramiento, y que los que no pasaban nada de esto, sino que se estaban en
regalos, quisiesen estorbar obras de tanto servicio de Nuestro Señor. Estas y
otras hartas cosas le dije con una determinación grande que me daba el Señor.
De (tal) manera le movió el corazón, que antes que me quitase de con él, me dio
la licencia.
Yo me fui muy contenta, que me parecía ya lo tenía todo, sin tener nada;
porque debían ser hasta tres o cuatro ducados lo que tenía, con que compré dos
lienzos (porque ninguna cosa tenía de imagen para poner en el altar) y dos
jergones y una manta. De casa no había memoria. Con Alonso Álvarez ya estaba
desconcertada. Un mercader, amigo mío, del mismo lugar, que nunca se ha
querido casar, ni entiende sino en hacer buenas obras con los presos de la
cárcel, y otras muchas obras buenas que hace, y me había dicho que no tuviese
pena, que él me buscaría casa (llámase Alonso de Ávila), cayóme malo. Algunos
días antes había venido a aquel lugar un fraile franciscano, llamado fray Martín
de la Cruz, muy santo. Estuvo algunos días y cuando se fue, envióme un mancebo
que él confesaba, llamado Andrada, nonada rico, sino harto pobre, a quien él
rogó hiciese todo lo que yo le dijese…
Pues como yo me vi con la licencia y sin ninguna persona que me
ayudase, no sabía qué hacer ni a quién encomendar que me buscase una casa
alquilada. Acordóseme del mancebo que me había enviado fray Martín de la
Cruz y díjelo a mis compañeras. Ellas se rieron mucho de mí y dijeron que no
hiciese tal… Yo no las quise oír, que, por ser enviado de aquel siervo de Dios,
confiaba había de hacer algo y que no había sido sin misterio. Y así le envié a
llamar y le conté con todo el secreto que yo le pude encargar, lo que pasaba, y
que para este fin le rogaba me buscase una casa, que yo daría fiador para el
alquiler. Este era el buen Alonso de Ávila, que he dicho que me cayó malo. A él
se le hizo muy fácil y me dijo que la buscaría. Luego, otro día de mañana,
63
estando en misa en la Compañía de Jesús, me vino a hablar y dijo que ya tenía la
casa, que allí traía las llaves, que cerca estaba, que la fuésemos a ver, y así lo
hicimos; y era tan buena, que estuvimos en ella un año casi.
Muchas veces, cuando considero esta fundación, me espantan las trazas
de Dios; que hacía casi tres meses al menos más de dos , que habían andado
dando vuelta a Toledo para buscarla personas tan ricas y, como si no hubiera
casas en él, nunca la pudieron hallar, y vino luego este mancebo, que no lo era,
sino harto pobre, y quiere el Señor que luego la halla; y que pudiéndose fundar
sin trabajo, estando concertada con Alonso Álvarez, que no lo estuviese, sino
bien fuera de serlo, para que fuese la fundación con pobreza y trabajo.
Pues como nos contentó la casa, luego di orden para que se tomase la
posesión antes que en ella se hiciese ninguna cosa, porque no hubiese algún
estorbo; y bien en breve me vino a decir el dicho Andrada que aquel día se
desembarazaba la casa, que llevásemos nuestro ajuar. Yo le dije que poco había
que hacer, que ninguna cosa teníamos sino dos jergones y una manta. Él se
debía espantar. A mis compañeras les pesó de que se lo dije, y me dijeron que
cómo lo había dicho, que de que nos viese tan pobres no nos querría ayudar. Yo
no advertí en eso y a él le hizo poco al caso; porque quien le daba aquella
voluntad, había de llevarla adelante hasta hacer su obra; y es así que con la que
él anduvo en acomodar la casa y traer oficiales, no me parece le hacíamos
ventaja. Buscamos prestado aderezo para decir misa, y con un oficial nos
fuimos, a boca de noche (al anochecer) , a tomar posesión con una campanilla de
las que se tañen para alzar, que no teníamos otra; y con harto miedo mío
anduvimos toda la noche aliñándolo, y no hubo adónde hacer la iglesia, sino en
una pieza, que la entrada era por otra casilla, que estaba junto, que tenían unas
mujeres, y su dueño también nos la había alquilado.
Ya que lo tuvimos todo a punto que quería amanecer y no habíamos osado
decir nada a las mujeres porque no nos descubriesen, comenzamos a abrir la
puerta, que era de un tabique, y salía a un patiecillo bien pequeño. Como ellas
oyeron golpes, que estaban en la cama, levantáronse despavoridas. Harto
tuvimos que hacer en aplacarlas, mas ya era a hora que luego se dijo la misa y,
aunque estuvieran recias, no nos hicieran daño; y como vieron para lo que era,
el Señor las aplacó…
Desde a no sé cuántos días, nos enviaron una descomunión para que no
se dijese misa hasta que mostrase los recaudos (poderes) con que se había
hecho. Yo les respondí muy mansamente que haría lo que mandaban, aunque no
estaba obligada a obedecer en aquello; y pedí a don Pedro Manrique, que los
fuese a hablar y a mostrar los recaudos. Él los allanó, como ya estaba hecho;
que si no, tuviéramos trabajo.
64
Estuvimos algunos días con los jergones y la manta, sin más ropa, y aun
aquel día ni una seroja (hoja seca) de leña no teníamos para asar una sardina, y
no sé a quién movió el Señor que nos pusieron en la iglesia un hacecito de leña,
con que nos remediamos. A las noches se pasaba algún frío, que le hacía;
aunque con la manta y las capas de sayal que traemos encima nos abrigábamos,
que muchas veces nos aprovechan. Parecerá imposible, estando en casa de
aquella señora que me quería tanto, entrar con tanta pobreza. No sé la causa,
sino que quiso Dios que experimentásemos el bien de esta virtud. Yo no se lo
pedí, que soy enemiga de dar pesadumbre…
Ello fue harto bien para nosotras, porque era tanto el consuelo interior
que traíamos y la alegría, que muchas veces se me acuerda lo que el Señor tiene
encerrada en las virtudes: como una contemplación suave me parece causaba
esta falta que teníamos, aunque duró poco, que luego nos fueron proveyendo
más de lo que quisiéramos el mismo Alonso Álvarez y otros… Con su ayuda
compramos (la casa) en la que ahora están, que es de las buenas de Toledo, que
costó doce mil ducados 113 .
La fundación fue el 14 de mayo de 1569. Algunos días después, el 28 de
mayo de 1569, cesados todos los problemas y disfrutando en paz de la compañía
de sus hijas en Toledo, dice la Madre: Sentándonos en el refectorio a comer, me
dio tan gran consuelo de ver que ya no tenía qué hacer y que aquella Pascua
podía gozarme con Nuestro Señor algún rato, que casi no podía comer, según se
sentía mi alma regalada. No merecí mucho este consuelo, porque, estando en
esto, me vienen a decir que está allí un criado de la princesa de Éboli, mujer de
Ruy Gómez de Silva. Yo fui allá, y era que enviaba por mí, porque hacía mucho
que estaba tratado entre ella y mí de fundar un monasterio en Pastrana 114 .
La Madre no quería ir tan pronto, pues quería dejar el monasterio de
Toledo bien establecido y acababan de llegar las monjas que iban a vivir en él.
Pensando en escribir una carta al príncipe Ruy Gómez, esposo de la princesa de
Éboli, fue ante el Santísimo Sacramento. Y atestigua: Estando en esto, fuéme
dicho de parte de Nuestro Señor que no dejase de ir, que a más iba que a aquella
fundación, y que llevase la Regla y Constituciones 115 .
113 Fundaciones 15, 1-17.
114 Fundaciones 17, 1-2.
115 Fundaciones 17, 3.
65
PASTRANA
El lunes 30 de mayo de 1569 salió la Madre Teresa de Toledo en el coche
que la princesa le había enviado. Refiere: Salí de Toledo el segundo día de
Pascua del Espíritu Santo. Era el camino por Madrid, y fuímonos a posar mis
compañeras y yo a un monasterio de franciscanas con una señora que le hizo y
estaba en él, llamada doña Leonor Mascareñas, aya que fue del rey, muy sierva
de Nuestro Señor, adonde yo había posado otras veces por algunas ocasiones
que se había ofrecido pasar por allí, y siempre me hacía mucha merced.
Esta señora me dijo que se holgaba viniese a tal tiempo, porque estaba
allí un ermitaño que me deseaba mucho conocer, y que le parecía que la vida
que hacían él y sus compañeros conformaba mucho con nuestra Regla. Yo, como
tenía solos dos frailes, vínome el pensamiento, que si pudiese que éste lo fuese,
que sería gran cosa; y así la supliqué procurase que nos hablásemos. Él posaba
en un aposento que esta señora le tenía dado, con otro hermano mancebo,
llamado fray Juan de la Miseria, gran siervo de Dios y muy simple en las cosas
del mundo. Pues comunicándonos entrambos, me vino a decir que quería ir a
Roma 116 .
Yo le mostré nuestra Regla primitiva… Me dijo que pensaría en ello
aquella noche… Al otro día me llam ya muy determinado (a ser carmelita
descalzo) … Díjome cmo Ruy Gmez en Pastrana, que es el mismo lugar adonde
yo iba, le había dado una buena ermita para hacer allí asiento de ermitaños y
que él quería hacerla de esta Orden y tomar el hábito… Hallé allá a la princesa
(de Éboli) y al príncipe Ruy Gmez, que me hicieron muy buen acogimiento…
Estaría allí tres meses, adonde se pasaron hartos trabajos por pedirme
algunas cosas la princesa que no convenían a nuestra Religión, y así me
determiné a venir de allí sin fundar, antes que hacerlo. El príncipe Ruy Gómez,
con su cordura, que lo era mucho y llegado a razón, hizo a su mujer que se
allanase; y yo llevaba algunas cosas, porque tenía más deseo de que se hiciese el
monasterio de los frailes que el de las monjas, por entender lo mucho que
importaba, como después se ha visto.
En este tiempo vino Mariano (Azzaro) y su compañero (Juan Narduch), y
traída la licencia, aquellos señores tuvieron por bien que se hiciese la ermita que
le había dado para ermitaños de frailes descalzos, enviando yo a llamar al padre
fray Antonio de Jesús, que fue el primero, que estaba en Mancera, para que
comenzase a fundar el monasterio. Yo les aderecé hábitos y capas, y hacía todo
lo que podía para que ellos tomasen luego el hábito.
116 Fundaciones 17, 5-6.
66
En esta sazón había yo enviado por más monjas al monasterio de Medina
del Campo, que no llevaba más de dos conmigo; y estaba allí un padre, ya de
días, que aunque no era muy viejo, no era mozo, muy buen predicador, llamado
fray Baltasar de Jesús; como supo que se hacía aquel monasterio, vínose con las
monjas con intento de tornarse descalzo; y así lo hizo cuando vino, que, como
me lo dijo, yo alabé a Dios. Él dio el hábito al padre Mariano y a su compañero,
para legos entrambos, que tampoco el padre Mariano quiso ser de misa, sino
entrar para ser el menor de todos, ni yo lo pude acabar con él. Después, por
mandato de nuestro Reverendísimo padre General, se ordenó de misa. Pues
fundados entrambos monasterios y venido el padre fray Antonio de Jesús,
comenzaron a entrar novicios…
Estuvo el monasterio 117 allí de ellas en mucha gracia de estos señores y
con gran cuidado de la princesa en regalarlas y tratarlas bien, hasta que murió
el príncipe Ruy Gómez, que el demonio, o por vent ura porque el Señor lo
permitió con la acelerada pasión de su muerte, entró la princesa allí monja. Con
la pena que tenía, no le podían caer en mucho gusto las cosas a que no estaba
usada de encerramien to, y por el santo concilio la P riora no le podía dar las
libertades que quería.
Vínose a disgustar con ella y con todas de tal manera, que aun después
que dejó el hábito, estando ya en su casa, le daban enojo, y las pobres monjas
andaban con tanta inquietud, que yo procuré con cuantas vías pude,
suplicándolo a los prelados, que quitasen de allí el m onasterio, fundándose uno
en Segovia, como adelante se dirá, adonde se pasaron, dejando cuanto les había
dado la princesa, y llevando consigo algunas monjas q ue ella había mandado
tomar sin ninguna cosa. Las camas y cosillas que las mismas monjas habían
traído llevaron consigo, dejando bien lastimados a los del lugar. Yo con el
mayor contento del mundo de verlas en quietud, porque estaba muy bien
informada que ellas ninguna culpa habían tenido en el disgusto de la princesa 118 .
117 La fundación del convento de monjas fue el 23 de junio de 1569.
118 Fundaciones 17, 13-17.
67
RETIRADA DE PASTRANA
Las descalzas de Pastrana no podían soportar las vejaciones de la princesa
de Éboli. El 29 de julio de 1573 había fallecido su esposo Ruy Gómez y, en un
arranque de exasperación, había decidido ser monja descalza, haciéndose llamar
sor Ana de la Madre de Dios. El padre Mariano tuvo que quitarse el hábito para
dárselo a la princesa, que quiso ponérselo delante del cadáver de su esposo. La
comitiva funeraria, con la princesa vestida de monja y con hábito de fraile, llegó
al convento de Pastrana a las ocho de la mañana del 31 de julio. En el convento
le cambiaron el hábito que llevaba de fray Mariano por otro de monja. También
su madre tomó el hábito y pidió que les dieran el hábito a dos doncellas que
llevaba consigo.
Además exigió tener dos empleadas seglares que la atendieran. Y para
colmo, ella misma tenía cinco meses de embarazo. Mandaba a las monjas como
si fuera la Priora y quería que las religiosas le hablasen de rodillas. Todo parecía
un teatro dramático de una persona desequilibrada. Estas actitudes de la princesa
llegaron a oídos del rey y dio orden de que saliese del convento y viviese en su
palacio. Esto ocurría a principios de 1574. El 1 de abril de ese año 1574 salieron
las religiosas de Pastrana por orden de la Madre Teresa para que fueran al
convento de Segovia, donde llegaron el 7 de abril.
Las peripecias de esta retirada de Pastrana las cuenta el padre Julián de
Ávila en su libro Vida de santa Teresa y en el Proceso de canonización. Refiere:
Desde Segovia me envió a mí y a otro hidalgo que se llamaba Antonio Gaitán,
para que trajésemos a todas aquellas monjas, que debían de ser quince o
dieciséis, y que muy secretamente se consumiese el Santísimo Sacramento y
sacásemos las monjas con la entrecasa que ellas habían llevado; y lo demás, que
se quedase, dejando el monasterio del todo deshecho 119 .
Así llegamos a Pastrana lo más secreto que pudimos, y hablamos a la
Priora, que era Isabel de Santo Domingo; y ella, que no estaba descuidada ni
poco deseosa de verse salida de allí, concertó con quien nos diese cinco carros
en que viniesen las monjas y algunas alhajas que ellas debían haber llevado. Y
puesto todo recaudo, se consumió el día antes el Santísimo Sacramento; y
concertamos de salir a media noche, sin que la princesa lo sintiese 120 . Y así lo
hicimos, tomando cinco carros que entraron de noche en Pastrana. Y como ya
teníamos prevenido, a la media noche sacamos las monjas en procesión con el
mayor silencio que pudimos.
119 Proceso I, p. 216.
120 Julián de Ávila, Vida de Santa Teresa de Jesús. El padre Julián fue el primer capellán de San José de
Ávila. Escribió el libro en tres etapas en 1587, 1596 y 1604. Esta última redacción fue publicada en
Madrid en 1881. A esta edición nos referimos en el texto, p. 275.
68
Pero no fue tanto que se pudiese del todo encubrir a la princesa, y envió a
su mayordomo a impedir la salida. Pero como ya lo teníamos en tan buen
término, concluyóse con algunas voces y quejas del mayordomo 121 .
Marchamos aquella noche hasta llegar a un lugar que no fuese de su
jurisdicción 122 .
Y porque no nos faltase peligro de la mar y de la tierra, al segundo o
tercer día de camino, habíamos de pasar un río, que entiendo que es el que pasa
por Alcalá de Henares. Pásase con un barco. Y los carreteros, que sabían bien
aquella tierra, dijeron que no querían ir al barco, que estaba un rato de allí, que
bien podían pasar por el vado, e fuese toda la gente a pasar por el barco. Yo,
con miedo de que había de haber alguna dificultad, quedé solo con los
carreteros, y entré en el río con mi cabalgadura. Y al parecer no iba muy hondo.
Empiezan a entrar los cinco carros a la hila (en fila), cuando el que iba delante
llegó a la mitad del río, que iba por allí muy ancho. Había una randa honda y
angosta, y empezaron las mulas a rehusar la entrada, y el carretero a apretar las
mulas y ellas a retirarse. Cuanto más las apretaban, ellas más se detenían, y si
andaban algo más adelante se hundían y arrodillaban e parecía iban al fondo.
Yo, dando voces que se volvieran a salir. Pero, aunque quisieran, no se podían
ya revolver atrás. Yo me vi harto afligido y a solas, que si no eran los carreteros
e las monjas, no había quedado nadie. Las pobres monjas, alguna de ellas
parecía empezar a desmayar; los carreteros, gritar a las mulas; y las monjas
debían gritar también a Dios.
Quiso el Señor que, a pura grita e fuerza, pasó un solo carro. Ya como
éste estaba en salvo, que era el más esforzado, pasó a la ribera e desuñó
(desunió) las mulas e púsolas a cada carro por sí, de manera que cada carro
pudo pasar con cuatro mulas. Y salimos de este peligro, y yo con propósito de
nunca, en cosa que tanto va, creer a carreteros, que por no andar uñendo y
desuñendo (uniendo y desuniendo) no quisieron ir al barco e se pusieron en
harto peligro 123 .
Vinimos a Segovia un miércoles de Semana Santa y la Madre se holgó
(alegró) mucho con sus monjas, entendiendo que las había sacado de un
cautiverio, y las monjas vinieron muy contentas, porque entendían en ninguna
manera convenir quedarse aquel monasterio en poder de aquella señora 124 .
121 Proceso I, p. 216.
122 Ibídem.
123 Julián de Ávila, Vida de Santa Teresa de Jesús , o.c., p. 276.
124 Proceso I, p. 216.
69
SALAMANCA
El convento de San José de Salamanca fue fundado en 1570. Informa la
Madre: Me escribió un Rector de la Compañía de Jesús de Salamanca,
diciéndome que estaría allí muy bien un monasterio de éstos, dándome de ello
razones… Me determiné a hacerlo. Y yéndome desde Toledo a Ávila, procuré
desde allí la licencia del obispo que era entonces, el cual lo hizo tan bien, que
como el Padre Rector le informó de esta Orden y que sería servicio de Dios, la
dio luego.
Parecíame a mí que, en teniendo la licencia del Ordinario, tenía hecho el
monasterio, según se me hacía fácil. Y así luego procuré alquilar una casa que
me hizo haber una señora que yo conocía, y era dificultoso por no ser tiempo en
que se alquilan y tenerla unos estudiantes, con los cuales acabaron (acordaron)
de darla, cuando estuviese allí quien había de entrar en ella…
Me partí para allá, llevando sola una compañera, por ir más secreta, que
hallaba por mejor esto y no llevar las monjas hasta tomar la posesión 125 .
El padre Julián relata sobre las peripecias del camino: Como hacía calor, y
a nuestra santa Madre le hacía mal el sol, salimos casi al anochecer de Ávila, y
para el principio de la jornada, antes de llegar a Martín, dio una gran caída de
la cabalgadura el padre Antonio de Jesús, que al presente iba con nosotros.
Quiso Dios que no se hizo mal en éstas, ni en otras muchas que en caminos, que
tocaban a la Orden, andando ha dado. Iba con nosotros una doncella de una
señora. Yo la vi caer un poco más adelante de una mula, y dio de cabeza en el
suelo, que pensé se había muerto; y guardóla Dios, que cosa no se hizo. Y
andando ya muy oscuro, porque se había entrado mucho la noche, se perdió el
jumento en que iba el dinero, que se llevaba a Salamanca, y otros recaudos de
camino, y no apareció en toda aquella noche; de suerte que, con las caídas, y el
buscar el jumento, y con la grande oscuridad, me parece a mí que, cuando
llegamos a la posada, pasaría de media noche. Yo no quise cenar, aunque creo
lo había menester, pero por no dejar de decir misa a la mañana, tuve por bien
quedarme en ayunas. A la mañana fue un mozo a buscar el jumento perdido, y
hallóle echado un poco apartado del camino, que nadie había tocado a él, ni
faltaba cosa de lo que llevaba. Con esto tuvimos gana a la mañana de ir a decir
la misa a una ermita que se llama Nuestra Señora del Parral. Llegamos allá a
buena hora, y para decir la misa no había recaudo (cosas para la misa) en la
ermita. Hube yo de ir al lugar, que esta algo apartado de la ermita, por recaudo,
y no hallé al cura en el lugar: no hubo quien nos diese recaudo.
125 Fundaciones 18, 1-3.
70
Al fin, en idas y venidas se nos pasó toda la mañana, y yo me quedé, harto
contra mi voluntad, sin decir misa y sin cenar y sin almorzar, y harto de
caminar. Y, aunque la santa Madre se quedó sin comulgar, que para esto no
estorbaba el camino, no sentí yo tanto eso, como a mí tocaba; porque aún no
bastó mi trabajo en esto, sino que se iban riendo de mí, y con razón 126 .
Continúa la Madre: La víspera de Todos Santos, el año 1570, a mediodía,
llegamos a la ciudad de Salamanca. Desde una posada procuré saber de un buen
hombre de allí, a quien tenía encomendado me tuviese desembarazada la casa,
llamado Nicolás Gutiérrez, harto siervo de Dios. Había ganado de Su Majestad
con su buena vida una paz y contento en los trabajos grande, que había tenido
muchos y vístose en gran prosperidad y había quedado muy pobre, y llevábalo
con tanta alegría como la riqueza. Este trabajó mucho en aquella fundación, con
harta devoción y voluntad. Como vino, díjome que la casa no estaba
desembarazada, que no había podido acabar con los estudiantes que saliesen de
ella. Yo le dije lo que importaba que luego nos la diesen, antes que se entendiese
que yo estaba en el lugar; que siempre andaba con miedo no hubiese algún
estorbo, como tengo dicho. Él fue a cuya era la casa, y tanto trabajó, que se la
desembarazaron aquella tarde. Ya casi de noche, entramos en ella 127 .
Fue la primera que fundé sin poner el Santísimo Sacramento… Estaba de
suerte toda la casa que no se trabajó poco aquella noche 128 .
El carpintero Pedro Hernández declaró sobre aquella noche: La Madre
dijo a este testigo lo que se había de hacer, que era cerrar puertas y abrir
otras…, y unos religiosos de la Compañía de Jesús con un chirrión iban llevando
con un macho la madera y materiales necesarios, y dos tarimas en que las
dichas religiosas se recogiesen. Y este testigo estuvo trabajando solo con los
religiosos en la obra aquella noche hasta las cuatro de la mañana; en el cual
tiempo, al parecer de este testigo, se hizo obra de tanto trabajo, que en cuatro
días no se pudiera hacer. Y lo que más le admiró a este testigo que, cuando
acabó, no le pareció tenía cansancio ninguno, y que estaba y quedó tan entero
como de antes que hubiese empezado a hacer la dicha obra, siendo cosa natural
que cuando un oficial sale de trabajar, y particularmente en el oficio de este
testigo, por ser oficio de puro trabajo del cuerpo, queda cansado y con gana de
descansar. Este testigo no tuvo necesidad de ello. Adonde acabada la obra de
tapar y cerrar ventanas y puertas y abrir otras, que fue lo necesario para la
clausura del monasterio, se dijo en él misa, la cual éste testigo oyó decir se
126 Julián de Ávila, Vida de santa Teresa de Jesús , o.c., pp. 268-269.
127 La fundación fue el 1 de noviembre de 1570.
128 Fundaciones 19, 2-3.
71
había dicho por padres religiosos de la Compañía de Jesús, donde por entonces
quedó fundado el monasterio de San José de las carmelitas descalzas de esta
ciudad de Salamanca 129 .
Y sigue la Madre: Quedamos la noche de Todos Santos mi compañera y
yo solas. Yo os digo, hermanas, que cuando se me acuerda el miedo de mi
compañera, que era María del Sacramento, una monja de más edad que yo, y
harto sierva de Dios, que me da gana de reír .
La casa era muy grande y desbaratada y con muchos desvanes, y mi
compañera no había quitársele del pensamiento los estudiantes, pareciéndole
que, como se habían enojado tanto de que salieron de la casa, que alguno se
había escondido en ella; ellos lo pudieran muy bien hacer, según había adónde.
Encerrámonos en una pieza adonde había paja, que era lo primero que yo
proveía para fundar la casa, porque teniéndola no nos faltaba cama; en ello
dormimos esa noche con unas dos mantas que nos prestaron. Otro día, unas
monjas que estaban junto, nos prestaron ropa para las compañeras que habían
de venir y nos enviaron limosna. Llamábase (el convento) Santa Isabel, y todo el
tiempo que estuvimos en aquélla nos hicieron harto buenas obras y limosnas.
Como mi compañera se vio cerrada en aquella pieza, parece se sosegó
algo en cuanto a lo de los estudiantes, aunque no hacía sino mirar a una parte y
a otra, todavía con temores, y el demonio que la debía ayudar con representarla
pensamientos de peligro para turbarme a mí, que con la flaqueza de corazón que
tengo, poco me solía bastar. Yo le dije que qué miraba, que allí no podía entrar
nadie. Díjome: “Madre, estoy pensando, si ahora me muriese yo aquí, ¿qué
haríais vos sola?”. Aquello, si fuera, me parecía recia cosa; y comencé a pensar
un poco en ello, y aun haber miedo; porque siempre los cuerpos muertos, aunque
yo no le he, me enflaquecen el corazón, aunque no esté sola. Y como el doblar de
las campanas ayudaba, que era noche de las Ánimas, buen principio llevaba el
demonio para hacernos perder el pensamiento con niñerías; cuando entiende
que de él no se ha (tiene) miedo, busca otros rodeos. Yo le dije: “Hermana, de
que eso sea, pensaré lo que he de hacer; ahora déjeme dormir”. Como habíamos
tenido dos noches malas, presto quitó el sueño los miedos. Otro día vinieron más
monjas, con que se nos quitaron 130 .
Ella recuerda con cariño un suceso ocurrido en Salamanca al regresar de la
fundación de Alba. Era el 8 de abril de 1571 y escribe: Había estado harto
fatigada, vi que era tarde para hacer colación (comer ) y no podía; a causa de
los vómitos, háceme mucha flaqueza no la hacer un rato antes, y así con harta
129 Proceso III, p. 29.
130 Fundaciones 19, 3-5.
72
fuerza puse el pan delante para hacérmela para comerlo, y luego se me
representó allí Cristo y parecíame que me partía del pan y me lo iba a poner en
la boca; y díjome: “Come, hija, y pasa como pudieres; pésame de lo que
padeces, mas esto te conviene ahora”. Quedé quitada aquella pena y consolada,
porque verdaderamente me pareció (que Él) estaba conmigo 131 .
A los pocos días, estando con todas, dijeron un cantarcillo de cómo era
recio de sufrir vivir sin Dios. Como estaba con pena, fue tanta la operación que
me hizo, que se me comenzaron a entumecer las manos, y no bastó resistencia,
sino que como salgo de mí por los arrobamientos de contento, de la misma
manera se suspende el alma con la grandísima pena, que queda enajenada 132 .
El cantarcillo a que se refiere fue cantado por la novicia Isabel de Jesús y
decía: Véante mis ojos, dulce Jesús, bueno. Veánte mis ojos. Muérame yo luego.
Y dice la novicia: Se quedó de tal manera arrobada que, al cabo de muy gran
rato, la vio llevar esta testigo a algunas monjas, asida de entrambas partes, casi
como en peso, a su celda… Otro día, después de mediodía, la vio salir, que aún
parecía no estaba vuelta del todo en sí 133 .
La Madre anota que estuvo el monasterio en esa casa cerca de tres años,
porque me mandaron ir a la Encarnación de Ávila (de Priora) 134 .
PRIORA DE LA ENCARNACIÓN
A mediados de junio de 1571 el visitador apostólico, padre Pedro
Fernández, fue a visitar a la Madre que estaba en ese momento en San José de
Ávila y le dijo que en aquella casa no era ella menester y que era bien acudiese
adonde había más necesidad . Parece que el padre provincial quería persuadir al
visitador que la Madre era necesaria en la Encarnación para reformarlo
espiritualmente. El visitador no se dio cuenta que lo que deseaba el provincial era
que la Madre Teresa no fundase nuevos conventos de descalzas.
La Madre hace alusión a los que no querían que fundase más conventos, y
dice a primeros de julio de ese año 1571: Pensando si tenían razón los que les
parecía mal que yo saliese a fundar y que estaría yo mejor empleándome
siempre en oracin, entendí: “Mientras se vive, no está la ganancia en procurar
gozarme más, sino en hacer mi voluntad”. Parecíame a mí que, pues san Pablo
dice del encerramiento de las mujeres, que me han dicho poco ha y aun antes lo
131 Cuenta de conciencia 12, N° 3.
132 Cuenta de conciencia 13, N° 1.
133 Proceso III, p. 120.
134 Fundaciones 19, 6.
73
había oído, que ésta sería la voluntad de Dios. Díjome: “Diles que no se sigan
por sola una parte de la Escritura, que miren otras, y que si podrán por ventura
atarme las manos 135 .
De hecho la mandaron de Priora a Medina. Las religiosas de Medina la
recibieron con mucha alegría, pero en octubre el visitador fue al convento de
Medina y, reunidas en capítulo, les anunció que la Madre Teresa cesaba en su
cargo de Priora y quedaba nombrada Priora de la Encarnación de Ávila.
La hermana María de San Francisco declaró: La santa se afligió mucho y
se salió de dicho capítulo con las novicias… Y como la viese llorosa y afligida,
me quedé con ella y luego se arrojó a mis brazos, haciendo una exclamación a
Dios Nuestro Seor, en esta manera: “Seor Dios de mis entraas y de mi alma.
Me veis aquí, vuestra soy. La carne, como flaca, siente; mas mi alma está pronta.
“Fiat, voluntas tua”. Y con esto se quedó arrobada en mis brazos, poniéndose su
rostro encendido y hermosísimo… Y cuando volvía dijo: “Oh hija, y qué flaqueza
de corazn tengo: Traígame unos tragos de agua” 136 .
El nombramiento de la Madre como Priora de la Encarnación fue
interpretado por las monjas de ese convento como un atropello más del
provincial, padre Ángel de Salazar, acostumbrado a inmiscuirse en el gobierno de
la comunidad. Por ello, muchas se pusieron de acuerdo en no aceptarla de Priora,
pensando que venía para hacerles llevar una vida de estricta observancia, que no
estaban dispuestas a aceptar.
La Madre Teresa, antes de ir a la Encarnación, pasó unos días en su
convento de San José de Ávila. Mandó aviso que echasen luego a todas las
señoras seglares que tenían, que eran muchas, y obedecieron al punto, porque, si
no las echaban, no había de venir 137 .
El día que quiso entrar en el convento (6 de octubre de 1571) había un
ambiente muy tenso. Había caballeros y gente de la ciudad de parte de las
monjas; y otros de parte de la Madre Teresa. Parecía amenazar una batalla
campal. Tuvieron que ir los representantes de la justicia para calmar los ánimos.
El visitador quiso que fuera el padre provincial y algunos religiosos para leer
delante de la comunidad el decreto que la nombraba Priora.
La Madre traía en brazos una imagen de san José que solía llevar a las
fundaciones. Llegaron algunos frailes, el corregidor de la ciudad y un regidor. El
135 Cuenta de conciencia 16.
136 Proceso de Medina de 1595, BNM ms. 12.763, p. 105.
137 María Pinel, Noticias del santo convento de la Encarnación ms. Adiciones, fol 7A.
74
provincial también estaba. Según Lázaro Suárez, testigo de vista: Vio a la santa
Madre Teresa de Jesús que estaba sentada en una piedra a la puerta de la
iglesia de la Encarnación con su manto, y le vio el rostro… Estaban procurando
abrir una puerta que estaba junto al comulgatorio de las monjas para meter por
allí a la santa Madre, como la metieron, porque este testigo entendió que por las
porterías del convento había contradicciones y fuerzas para no admitir a la
santa Madre por Priora del convento 138 .
El padre Francisco de Ribera dice: Los frailes, haciendo gran fuerza la
introdujeron; las de la parte contraria daban gritos y lloraban 139 .
El provincial convocó a capítulo y les leyó las patentes, pero no querían
obedecer y decían palabras harto pesadas y descomedidas 140 . La señora
Pretonila Dávila afirma: Fue grande el alboroto que hubo y muchas de las
injurias que a la santa le dijeron, resistiendo con excesiva violencia a que no se
la metiesen en casa, porque les parecía que les había de apretar tanto y con
tanta indiscreción que no lo pudiesen sufrir 141 .
Al final se calmaron, porque la animosidad era, sobre todo, por imposición
sin haberles consultado ni haber podido votar. Entonces, se levantó doña Catalina
de Castro y Pinel y dijo: La queremos y la amamos... Y siguieron las más 142 .
Algunas seguían gritando, cada vez menos de aquellas 150 religiosas.
Algunas se habían desmayado. Y la Madre fue a ayudarlas. Refiere sor Ana de
Jesús Lobera: Tocándolas se sosegaban y se le sujetaban. Ella decía: Hácelo una
gran reliquia que traigo conmigo del “lignum crucis” (leño de la cruz). El caso
es que, como la vieron con tanta paz, quedaron sosegadas y comenzáronla a
querer 143 .
Pero todavía había un grupito de valerosas que no la aceptaban por nada.
Al día siguiente de su entrada, tenían el capítulo para la toma de posesión. La
silla prioral estaba ocupada por una imagen de bulto de Nuestra Señora de la
Clemencia, que la Madre había colocado el día anterior. La silla de la subpriora
estaba ocupada por una imagen de san José. Esto las impactó a todas.
138 Proceso II, p.320.
139 Francisco de Ribera, La vida de la Madre Teresa de Jesús , Salamanca, 1590. Reeditada por Ed.
Edibesa, Madrid, 2004, libro III, cap. 1, p. 312.
140 Diego de Yepes, Vida de Santa Teresa de Jesú s, publicada en Madrid en 1599 y en Zaragoza en 1606.
Reeditada por Emecé editores, Buenos Aires, 1946, libro II, cap. 24, p. 316.
141 Proceso II, p. 299.
142 María Pinel, Noticias del santo convento de la Encarnación, Adiciones fol 7B.
143 Proceso I, p. 468.
75
Según escribe sor María de San José en su libro de Recreaciones,
aconteció una cosa muy graciosa que nuestra Madre me contó, riéndose de su
poca memoria. Y fue que, habiendo entrado en el monasterio con la fuerza que
hemos dicho, llevándola el mismo Visitador y ayudando la justicia para aquietar
las grandes voces que daban y resistencia que se hacía, y unas deshonrándola y
otras maldiciéndola, al fin la llevaron al coro, y entrando por él, olvidósele a lo
que iba, y fuese a su silla, adonde se solía sentar cuando era monja de allí, sin se
acordar que iba por Priora 144 .
La Madre les aclaró que la Virgen María sería la nueva Priora y ella sólo
su Vicaria. Y todos los días, al anochecer, le llevaba las llaves del convento para
que las guardara como verdadera Priora.
Las cosas comenzaron a mejorar en todo sentido y todas llegaron a
quererla de verdad. Buscó limosnas de sus amigos para que ninguna padeciera
necesidad y tuvieran los alimentos necesarios. La duquesa de Alba le envió cien
ducados. También su hermano Lorenzo, que estaba en América y tenía buena
posición, le envió algún dinero. De esta manera, pudieron comer todas en
comunidad, pues antes muchas se iban a comer a casa de sus familiares y,
mientras unas tenían suficiente, otras padecían necesidad, dada la pobreza del
monasterio.
Otros puntos importantes fueron tratar con cariño y suma atención a las
enfermas; y procurar que no fuesen las religiosas a hablar sin necesidad al
locutorio. Dice el padre Gracián: Cuando iban a ella a pedir licencia y llaves
para ir a la reja a hablar con don Fulano y don Citano y dar recaudo a la monja
a quien buscaban, despedía las visitas sin que las monjas supiesen que las
llamaban. Acaeció en este tiempo que un caballero principal tenía allí una
conversación muy escandalosa con que andaba muy ciego y apasionado. Y como
tantas veces le respondían de parte de la Madre Teresa que estaba impedida,
quién él buscaba, hizo llamar a la Madre a la reja y descomidiósele (se
descontroló), con muchas palabras, las cuales ella oyó con mucha humildad y
paciencia. Y, acabándolas de oír, con un brío, señorío, y gravedad, como si él
fuera un pícaro y ella una reina, le dio una tal mano, amenazándole que si
asomaba los umbrales de la Encarnación había de hacer con el rey que le
cortasen la cabeza, y diciéndole palabras tan graves y pesadas, que no vio la
hora de irse de allí, temblando como un azogado. Y comenzó a echar voz entre
todos los que solían ir al monasterio, diciendo que buscasen ya otros
entretenimientos que los de la Encarnación ya eran acabados, por estar allí
Teresa de Jesús. Con esto y con que entendieron que ella había escrito al rey
144 Recreaciones, octava.
76
sobre este caso y otros, y no sé qué muestras que dio de ello el corregidor, se
apartaron todos de todo punto de aquellas conversaciones 145 .
El convento, al mes, parecía otra cosa. En lo temporal no faltaba la ración
de cada día, y en lo espiritual había un cambio decisivo. El 19 de enero de 1572,
cuando las monjas cantaban la Salve en el coro, ocurrió algo insólito.
Ella dice así: Vi en la silla prioral, adonde está puesta Nuestra Señora,
bajar con gran multitud de ángeles la Madre de Dios y ponerse allí. A mi
parecer, no vi la imagen entonces, sino esta Señora que digo. Parecióme se
parecía algo a la imagen que me dio la condesa… Parecíame encima de las
camas de las sillas y sobre los antepechos ángeles, aunque no con forma
corporal, que era visin intelectual. Estuvo así toda la Salve, y díjome: “Bien
acertaste en ponerme aquí. Yo estaré presente a las alabanzas que hicieren a mi
Hijo, y se las presentaré” 146 .
Otro punto decisivo para la mejora espiritual era el cambio de confesores,
pues había algunos que ponían a las religiosas en guardia contra todo lo que
hacía o decía la Madre. Lo que ella hacía, ellos lo deshacían. Entonces procuró
ganarse al visitador apostólico, enviando como mensajero al padre Julián de
Ávila, confesor de San José, y consiguió que los confesores fueran frailes
descalzos que respaldaban su autoridad. Como un triunfo especial, consiguió que
el visitador, previa consulta con el Nuncio Ormaneto, nombrara a san Juan de la
Cruz como confesor, dejando el Colegio de estudiantes de Alcalá, donde era
Prior. La llegada de fray Juan de la Cruz fue hacia mediados de setiembre de
1572. Todas quedaron impresionadas con el nuevo confesor. Algunas decían que
su rostro resplandecía como un ángel 147 .
Sobre él decía la Madre: Es un hombre celestial y divino… No he hallado
en toda Castilla otro como él ni que tanto fervore en el camino al cielo 148 . Todas
las cosas que me dicen los letrados, hallo juntas en mi Senequita 149 .
Tenía un poder especial contra los demonios. La Madre lo envió en mayo
de 1573 a curar una enferma del convento de Medina y le escribía a la Priora: Ahí
les envió al padre fray Juan de la Cruz para que la cure, que le ha hecho Dios
merced de darle gracia para echar los demonios de las personas que los tienen.
145 Scholias y addiciones al libro de la Vida de la Madre Teresa de Jesús; El Monte Carmelo 68 (1960),
pp. 118-119.
146 Cuentas de conciencia 22, 1-2.
147 Beatriz de Cepeda, BNM ms 12.738, fol 985.
148 Carta a Ana de Jesús de mediados de noviembre de 1578.
149 Memorias historiales, vol 1, BNM ms. 13.428D, N º 196.
77
Ahora acaba de sacar aquí en Ávila tres legiones de demonios, y les mandó en
virtud de Dios le dijesen su nombre, y al punto obedecieron 150 .
Estando en la Encarnación de Priora se obtuvo permiso de la Santa Sede
para que pudiera ir a Alba de Tormes para aconsejar a la duquesa de Alba, María
Enríquez. Y en el camino de Ávila a Alba, refiere doña Quiteria: Yendo ambas a
dos juntas en un coche, siendo de noche oscura, el cochero había perdido el
camino de suerte que el coche iba a dar a un barranco abajo. Cerca del
barranco vino una luz del cielo a manera de relámpago, que pudieron ver con la
luz el peligro donde iba a dar el coche, con lo cual se venció el peligro y
buscaron camino para no peligrar 151 .
Un suceso que pasó entre la Madre y Juan de la Cruz ha pasado a la
historia. Sucedió el 17 de mayo de 1573. Estaban los dos en el locutorio y la
sobrina de la Madre, Beatriz de Cepeda, los vio arrobados. Ella dijo al padre José
de Jesús María: Le dio un ímpetu de oración (al padre Juan de la Cruz) que se
levantó de la silla en pie. Preguntándole nuestra santa Madre, si era oración,
respondi con llaneza: “Creo que sí” 152 . El padre José Quiroga la interrogó a
Beatriz y respondió que los halló entrambos arrobados 153 .
NUEVA CASA EN SALAMANCA
La primera casa de Salamanca era húmeda y muy fría. Con permiso del
visitador apostólico, padre Pedro Fernández, fue a Salamanca a fines de julio del
año 1573, para ultimar detalles sobre una casa alquilada a Pedro de Banda. En el
camino tuvieron algún percance y vino de nuevo una luz como la vez anterior.
Certifica doña Quiteria Dávila: Caminando con una noche muy áspera, oscura y
tenebrosa, junto a un arroyo que se había de pasar, y yendo con mucho miedo
esta declarante y esforzándola la Madre Teresa que no le tuviese, vio un
resplandor delante de ella como causado de un hacha (antorcha) que viniese
detrás, que siempre las fue alumbrando hasta entrarlas en un lugar de
población. Y preguntando esta declarante a la Madre Teresa de Jesús que qué se
había hecho de la luz que las alumbraba, le dijo: “Pregúntaselo a Dios”; de
donde entendió ser obra milagrosa que Nuestro Señor por su sierva obraba 154 .
Llegadas a Salamanca, anota la Madre: Pasamos (a la nueva casa) la
víspera de San Miguel (28 de setiembre de 1573), un poco antes que amaneciese.
150 Carta a la Madre Inés de Jesús de principios de mayo de 1573.
151 Declaración de Lázaro Suárez, Proceso II, p. 321.
152 BNM ms. 12.738, f. 985.
153 Historia de la vida y virtudes del venerable padre fray Juan de Cruz, Bruselas , 1628, cap. 23, p. 182.
154 Proceso I, p. 237.
78
Ya estaba publicado que había de ser el día de San Miguel el que se pusiese el
Santísimo Sacramento, y el sermón que había de haber. Fue nuestro Señor
servido que el día que nos pasamos, por la tarde, hizo un agua tan recia, que
para traer las cosas que eran menester se hacía con dificultad. La capilla
habíase hecho nueva, y estaba tan mal tejada, que lo más de ella se llovía.
Yo os digo, hijas, que me vi harto imperfecta aquel día. Por estar ya
divulgado, yo no sabía qué hacer, sino que me estaba deshaciendo, y dije a
Nuestro Señor, casi quejándome, que o no me mandase entender en estas obras,
o remediase aquella necesidad. El buen hombre Nicolás Gutiérrez, como si no
hubiera nada, me decía muy mansamente que no tuviese pena, que Dios lo
remediaría. Y así fue, que el día de San Miguel, al tiempo de venir la gente,
comenzó a hacer sol, que me hizo harta devoción y vi cuán mejor había hecho
aquel bendito en confiar de Nuestro Señor que no yo con mi pena.
Hubo mucha gente, y música, y púsose el Santísimo Sacramento con gran
solemnidad; y como esta casa está en buen puesto, comenzaron a conocerla y
tener devoción; en especial nos favorecía mucho la condesa de Monterrey, doña
María Pimentel, y una señora, cuyo marido era el corregidor de allí, llamada
doña Mariana. Luego otro día, porque se nos templase el contento de tener el
Santísimo Sacramento, viene el caballero cuya era la casa tan bravo, que yo no
sabía qué hacer con él, y el demonio hacía que no se llegase a razón, porque
todo lo que estaba concertado con él cumplíamos. Hacía poco al caso querérselo
decir. Hablándole algunas personas se aplacó un poco; mas después tornaba a
mudar de parecer. Yo ya me determinaba a dejarle la casa; tampoco quería esto,
porque él quería que se le diese luego el dinero 155 .
Felizmente todo se arregló y pudieron vivir en paz en aquella casa.
Estando en Salamanca a principios de 1574 murió sor Isabel de los Ángeles. Sor
Isabel de la Encarnación manifestó en el Proceso: Se juntaron las religiosas en su
celda y entre ellas nuestra santa Madre; y vio a Cristo Nuestro Señor en la
cabecera de la enferma, que le tenía la cabeza. La santa se recogió a lo interior
y, suplicando a Cristo Nuestro Señor se sirviese de hacer aquel favor y merced
de hallarse presente como entonces estaba a la hora de la muerte de sus hijas,
Cristo Nuestro Señor se lo había ofrecido mientras ellas guardasen su Regla y
Constituciones 156 .
155 Fundaciones 19, 2-10.
156 BNM ms. 12.763, N °7.
79
ALBA DE TORMES
La Madre Teresa escribe: No hacía dos meses que se había tomado la
posesión, el día de Todos Santos, de la casa de Salamanca, cuando de parte del
contador del duque de Alba y de su mujer fui importunada que en aquella villa
hiciese una fundación y monasterio. Yo no lo había (no tenía) mucha gana a
causa que, por ser lugar pequeño, era menester que tuviese renta, que mi
inclinación era a que ninguna tuviese. El padre maestro fray Domingo Báñez me
riñó y dijo que, pues el concilio daba licencia para tener renta, que no sería bien
dejase de hacer un monasterio por eso 157 .
Decidió ir y el 3 de diciembre de 1570 estaba ya en Alba, firmando los
acuerdos de la nueva fundación, ofrecida por el contador mayor de los duques de
Alba, Francisco Velázquez y su esposa Teresa de Laíz. Ellos se obligaban a dar
cien mil maravedises anuales para la manutención de las monjas, mientras ellos
viviesen, y después 150.000, además de 150 fanegas de trigo. Lo que más le
conmovió a la Madre fue que los fundadores dejaron su propia casa para dársela
y se fueron a otra harto ruin. Púsose el Santísimo Sacramento el día de la
conversión de San Pablo (25 de enero de 1571), fecha oficial de la fundación del
convento de Nuestra Señora de la Asunción de Alba.
SEGOVIA
El convento de San José de Segovia fue fundado el 19 de marzo de 1574.
La Madre dice: Desde Salamanca procuré me alquilasen una casa, porque,
después de la de Toledo y Valladolid, había entendido era mejor buscársela
propia después de haber tomado la posesión, por muchas causas: la principal,
porque yo no tenía blanca (dinero) para comprarlas, y, estando ya hecho el
monasterio, luego lo proveía el Señor 158 .
El padre Julián de Ávila afirma lo siguiente: Llegando cerca de Segovia
dije yo a la santa Madre que me diese la licencia que llevaba del Ordinario,
porque sería menester. Díjome que no la traía, pero que bien sabía la había
dado el obispo de palabra. Yo respondí que llevábamos mal negocio, porque el
obispo de Segovia no estaba en la ciudad y, si no mostrábamos al Provisor la
licencia escrita, que nos había de revolver el negocio. La santa dijo: Yo os digo
que mañana, que es (la fiesta) de San José ha de salir fundado el monasterio. Y
fue así, que en llegando que llegamos aquella noche, se aderezó en el portal de
una casa que estaba alquilada para ello un altar muy bien adornado, y se
157 Fundaciones 20, 1.
158 Fundaciones 21, 2.
80
entapizaron muy bien las paredes, y se puso la campana en una ventana de la
casa, y al amanecer dije misa y puse el Santísimo Sacramento. Y como a la
Madre le pareció que no se dijese nada al Provisor hasta estar tomada la
posesión, fuéronle los del pueblo a decir que había un monasterio nuevo de
monjas; y como él estaba ignorante de la licencia que el obispo había dado de
palabra, parecióle que se había hecho sin licencia. Y sale de su casa con la
mayor furia que se puede decir, y entró en la iglesia, y estaba cuando entró
diciendo un canónigo misa, que le dio devoción de decirla como vio tan bien
puesto el altar y tan devoto, que cierto lo estaba, y díjole el Provisor con voz alta
y furiosa: “Eso estuviera mejor por hacer”.
Harto le debió de turbar al canónigo esta palabra; pero él acabó su misa
lo mejor que pudo. En el ínterin el Provisor andaba inquiriendo quién era el que
había puesto aquello y había puesto el Santísimo Sacramento; yo que lo estaba
oyendo y con la furia que andaba buscando al que lo había hecho, tuve por bien
recogerme de suerte que no me viese. Como no topó con el autor, y las monjas
ya estaban encerradas, puso allí un alguacil que no dejase entrar allí a nadie so
pena de excomunión, y fue a la iglesia mayor y trajo quien dijese misa y
consumiese el Santísimo Sacramento; y luego hace descomponer el altar y
desentapizar la iglesia, y púsolo todo por el suelo con descomunión que no se
hiciese allí oficio de monasterio; y todo este destrozo se lo estaba la Madre
mirando.
Yo le dije que mientras yo iba a dar parte de lo que pasaba al Rector de la
Compañía, que hablase al Provisor; y así lo llamó y habló tan varonilmente y
con tanta osadía como si fuera negocio que a ella no le tocaba. Las palabras que
le dijo, que las oí yo, quisiera harto tener en la memoria, porque eran de mucha
sustancia y de un pecho más que de varón. La sustancia de ellas era decirle que
este negocio no pensase que era de mujeres, sino negocio de Dios, y que se hacía
para su servicio; y que ella hacía lo que era obligada; y que pues se había hecho
con licencia del obispo, que no importaba no haberla dado “in scriptis” (por
escrito) , y que bien se podía hacer probanza cómo aquello era verdad, y con
otras razones que la santa Madre tenía muy buenas y con mucho espíritu y
gracia natural que tenía en todo.
Debió de ir el Provisor algo más aplacado, porque con la diligencia que
yo hice, le fue a hablar el Rector de la Compañía, dándole noticia de quién la
Madre Teresa de Jesús era, y de cómo se había hecho con licencia del obispo, y
que se probaría con testigos que se hallaron presentes al dar la licencia… Y yo
me di harta prisa a tomar los testigos y, hecha la probanza bastante, se la
llevamos, y dio licencia para que se hiciese el Oficio divino y se dijese misa con
tal que no se pusiese el Santísimo Sacramento hasta que hubiese casa propia y
no alquilada, en que se pusiese, y así se hizo. Y muy presto se mercó (compró)
81
casa y di yo el hábito a doncellas principales del pueblo que entraron con
buenas dotes y hubo quien ayudase con lo necesario que era menester para que
las casa quedase muy bien fundada 159 .
El padre Diego de Yanguas añade que el día de San Alberto, que la santa
Madre estuvo en la fundación de la casa de Segovia, habiéndola confesado y
comulgado este testigo, le llamó a una rejuela (reja) del coro, y le dijo cómo al
recibir el Santísimo Sacramento estuvieron con ella (Jesús y San Alberto) y
diciéndole Nuestro Seor Jesucristo: “Huélgate con él”, desapareció. Y la dicha
Madre se quedó con san Alberto. Y encomendándole los negocios de sus
conventos y descalzas, le respondió san Alberto ciertas palabras, que por buenos
respetos no las declara, en que le dio a entender conforme a la declaración, que
los descalzos y descalzas tuviesen prelados propios y distintos de los mitigados, y
esto se ha visto por obra y experiencia.
El día de San Jerónimo, partiéndose la Madre Teresa de Jesús de Segovia
para Ávila, vino a la capilla de Santo Domingo, que está en el convento de Santa
Cruz de Segovia, acompañándola este testigo con el Prior y otros padres; y
habiéndose despedido de ellos, se quedó en la capilla en compañía de este
testigo, dos monjas, sus compañeras, y le dijo a este testigo a solas, que en
entrando y poniéndose de rodillas, se le apareció santo Domingo con mucho
resplandor, y entre otras palabras regaladas que le dijo, le prometió de
favorecerla mucho en las cosas que tocaban a sus conventos de descalzos y
descalzas. Y este testigo la vio postrada delante del altar de la capilla, y
levantándose con muchas lágrimas, que entendió ser del contento que tuvo con
la dicha revelación, y que de allí a una hora, poco más o menos, estándola
confesando este testigo para comulgarla en la misa, la oyó decir que santo
Domingo la estaba allí acompañando a su mano izquierda, y que, estando
comulgando a la misa de este testigo y por su mano, supo de ella que la había
acompañado Cristo Nuestro Señor a la mano derecha y santo Domingo a la
izquierda, y que volviéndose la Madre a hacer reverencia a Cristo Nuestro
Señor, él le dijo: “Huélgate con mi amigo, y así se desapareci”.
Después de acabada la misa, diciéndole este testigo, que si quería gozar
de aquella capilla que se fuese a tener oración a la capillita más pequeña donde
está un santo Domingo de bulto, la santa Madre lo hizo, y después de haber
estado allí postrada como un cuarto de hora, se levantó y llamando a este testigo
le dijo y declaró cómo santo Domingo estuvo con ella grande rato, y le dijo:
“Gran gozo ha sido para mí venir tú a esta capilla, y tú no has perdido nada; y
luego le comunicó los grandes trabajos que allí había pasado con los demonios y
las grandes mercedes que Dios allí le había hecho en la oración. Y
159 Proceso I, pp. 214-216.
82
preguntándole la Madre, por qué siempre que se le había aparecido se le
aparecía a la mano izquierda, le respondió el santo diciendo: “Porque la mano
derecha es de mi Señor”. Y allí le dijo a este testigo que aquella imagen de bulto
que está en la capillita es el verdadero retrato de nuestro padre santo
Domingo 160 .
Desde Segovia tuvo la Madre que regresar a Ávila, porque el 6 de octubre
de 1574 terminaba su mandato de Priora en el convento de la Encarnación.
Muchas monjas del mismo querían que continuara de Priora, pero el comisario
apostólico había puesto veto y le había consignado de antemano ser conventual
del monasterio de San José de Ávila, donde las descalzas la recibieron jubilosas.
La Madre Priora, Madre María de San Jerónimo, renunció a su cargo para que
pudieran elegirla a la Madre Teresa. Allí encontró a una freila (religiosa no de de
coro) excepcional: Ana de San Bartolomé, a quien tomó para que fuera su
enfermera particular y la acompañara en sus correrías. Fue su compañera de
caminos durante cinco años.
BEAS DE SEGURA
El padre Julián de Ávila declaró en el Proceso que había dos señoras
hermanas que vivían en el lugar de Beas, cerca de la sierra de Granada, que le
daban mucha prisa para que fuese a hacerles monasterio, prometiéndole sus
legítimas para ello. A la santa Madre le parecía dificultoso ir tan lejos y llevar
monjas, y así se detuvo algún tiempo; pero estas dos hermanas le dieron tal prisa
con cartas y mensajeros propios, que se determinó de ir allá desde Ávila y llevar
monjas, y yo fui con ella y vi que le hicieron un solemne recibimiento, así de la
gente seglar del lugar como de los clérigos que salieron en procesión con
sobrepellices, cantando el “Te Deum laudamus”, con grandísima devocin y
afecto espiritual de todo el pueblo; y así se plantó allí una casa muy devota y de
gente muy espiritual, que yo conocí y traté en ella al pie de tres meses 161 .
Algo muy interesante en la vida de la Madre Teresa es su hermandad
espiritual con el padre Jerónimo Gracián . Ella misma declara: El año 1575 en el
mes de abril, estando yo en la fundación de Beas, acertó a venir allí el maestro
fray Jerónimo de la Madre de Dios Gracián, y habiéndome yo confesado con él
algunas veces…, estando un día comiendo sin ningún recogimiento interior, se
comenzó mi alma a suspender y recoger de suerte que pensé me quería venir
algún arrobamiento, y representóseme esta visión con la brevedad ordinaria,
que es como un relámpago. Parecióme que estaba junto a mí Nuestro Señor
160 Proceso I, pp. 240-241.
161 Proceso I, p. 217.
83
Jesucristo, de la forma que Su Majestad se me suele representar, y hacia el lado
derecho estaba el mismo maestro Gracián y yo al izquierdo. Tomónos el Señor
las manos derechas y juntólas, y díjome que a éste quería tomase en su lugar
mientras viviese, y que entrambos nos conformásemos en todo, porque convenía
así 162 .
En otra oportunidad, este mismo año, estando en Écija, se comprometió a
obedecerle en todo. Escribe: El segundo día de Pascua del Espíritu Santo,
viniendo yo a Sevilla, oímos misa en una ermita en Écija y en ella nos quedamos
la siesta. Estando mis compañeras en la ermita y yo sola en una sacristía que allí
había, comencé a pensar en la gran merced que me había hecho el Espíritu
Santo una víspera de esta Pascua y diéronme grandes deseos de hacerle un
sealado servicio… Me hinqué de rodillas y prometí de hacer todo cuanto me
dijese (el padre Gracián) por toda mi vida como no fuese contra Dios ni los
prelados a quienes tenía obligación. Advertí que no fuese sino en cosas graves
por quitar escrúpulos, como si importunándole una cosa me dijese no le hablase
en ello más… y que de todas mis faltas y pecados no le encubriría cosa a
sabiendas, que también es esto más que lo que se hace con los prelados; en fin,
tenerle en lugar de Dios, interior y exteriormente 163 .
En las cartas que se escribían, solían cambiar los nombres de las personas.
Él era Elías o Eliseo y ella era Ángela. Esto para evitar habladurías y malas
interpretaciones, pues algunos ya habían comenzado a hablar de que había mucha
confianza entre los dos.
Fundóse este monasterio del bienaventurado San José de la villa de Beas,
el día de San Matías (24 de febrero) , año de 1575. Fue su principio de la manera
que se sigue para honra y gloria de Dios: Había en esta villa un caballero que se
llamaba Sancho Rodríguez de Sandoval, de noble linaje con hartos bienes
temporales. Fue casado con una señora llamada doña Catalina Godínez. Entre
otros hijos que Nuestro Señor les dio, fueron dos hijas, que son las que han
fundado el dicho monasterio, llamadas la mayor doña Catalina Godínez, y la
menor doña María de Sandoval. Habría (tendría) la mayor catorce años, cuando
Nuestro Señor la llamó para sí. Hasta esta edad estaba muy fuera de dejar el
mundo; antes tenía una estima de sí de manera que le parecía todo era poco lo
que su padre pretendía en casamientos que la traían 164 .
Vinieron las monjas al principio de cuaresma del año de 1575. Recibiólas
el pueblo con gran solemnidad y alegría y procesión. En lo general fue grande el
162 Cuentas de conciencia 29.
163 Cuentas de conciencia 30.
164 Fundaciones 22, 4.
84
contento; hasta los niños mostraban ser obra de que se servía Nuestro Señor.
Fundóse el monasterio, llamado San José del Salvador, esta misma cuaresma,
día de san Matías.
En el mismo tomaron hábito las dos hermanas con gran contento. Iba
adelante la salud de doña Catalina. Su humildad y obediencia y deseo de que la
despreciasen da bien a entender haber sido sus deseos verdaderos, para servicio
de Nuestro Señor. ¡Sea glorificado por siempre jamás! 165 .
SEVILLA
El padre Jerónimo Gracián había sido nombrado visitador apostólico y
pensó que sería bueno fundar un convento de descalzas en Sevilla, pues era una
ciudad rica, donde tendrían muchas limosnas y el arzobispo parecía favorecer a la
Orden. Y así le habló a la Madre para que fuera a fundar a Sevilla. Las peripecias
del viaje nos las cuenta el padre Julián de Ávila en el Proceso: No dejaba Dios de
mortificar a la santa Madre por los caminos, de muchas maneras,
principalmente en el de Sevilla. Llegamos a una venta a donde estaban unos
hombres, los más perversos que yo he visto en mi vida, e iba allí el padre fray
Gregorio Nacianceno, que le habían acabado de dar el hábito en Beas, e iba a
Sevilla a tener su noviciado. Fueron tantas las bellaquerías que dijeron aquellos
hombres al recién tomado el hábito, que ni por bien ni mal bastaba hacerlos
callar, antes las reprensiones les encendían en mayor cólera para decir cuanto
se les venía a la boca, hasta que el Señor permitió que entre ellos se levantase
cierta cuestión, con que echando mano a las espadas unos contra otros, se
salieron todos de la venta y nos dejaron en paz. A todo esto se estuvo la Madre y
sus monjas en los carros, cubiertas, que no las vieron, que si las vieran, como
trataron de palabra al padre, trataran a la santa Madre. Pero ninguna cosa de
éstas la desasosegaba ni descomponía de su oración y recogimiento, que
siempre traía.
En esta venta se padeció bastante sed, porque el calor era muy excesivo, y
cada jarrito de agua muy pequeño costaba dos maravedís, y había menester
cada monja muchos jarritos, de suerte que era muy más barato el vino que el
agua. Y aunque esto fue gran mortificación, conforme a la honestidad y santidad
la acaeció otra, que sintió muy mucho, en Córdoba. Procuramos llegar al punto
del amanecer día de Pascua de Espíritu Santo, y como la santa Madre
procuraba siempre no ser vista de nadie, si posible fuera, informámonos a dónde
podíamos decir misa sin gente, antes que la gente de Córdoba nos viese, y
dijéronnos que estaba una ermita fuera de la ciudad a donde nos darían recado,
165 Fundaciones 22, 19-20.
85
y al tiempo que íbamos a entrar por el puente, estorbáronnos, diciendo que
ningún carro podía pasar por él, sino con licencia del Corregidor o del Alcalde
mayor. De suerte que tuve yo que ir al Corregidor, y Antonio Gaytán al Alcalde
mayor a pedir licencia; y como era tan de mañana, de aquí a que nos
despacharon pasaron más de dos horas, y ya que trajimos licencia, los carros
no cabían por el puente. Y todo esto era tan contrario a lo que la Madre
pretendía, que no pudo ser más, porque, aunque las monjas se estaban recogidas
en sus carros, era tanta la gente que se rodeó de ellos, barruntando lo que en
ellos venía, que no nos pudimos valer.
Con todo eso, guardaba la Madre tanta serenidad y sosiego, que nada la
perturbaba. Al fin, con cortar los pezones a los carros y meterlos de lado a costa
de brazos y mucha gente que fue menester, pasaron sin apearse ni descubrirse
ninguna de las monjas. Pero después hubo otra cosa en que la santa Madre se
mortificó mucho, y fue que la ermita a donde nos endilgaron (encaminaron) era
a donde se hacía la fiesta del Espíritu Santo con danzas y gran procesión; y
como era ya entrado el día, no se podía ya volver a la ciudad ni había otro cabo
a donde poder decir misa sino en la ermita, que estaba ya llena de gente. Y sintió
esto la Madre en tanta manera, que si yo le dijera que no fuera pecado dejar la
misa, la dejara sin escrúpulo, pareciéndole grandísima la dificultad haber de ir
tantas monjas entre tanta gente. Pero como yo le dije que no convenía dejar la
misa, aunque más inconvenientes hubiese, pudiéndola oír, se rindió, y pusimos
las monjas en modo de procesión, muy cubiertas con sus velos, yendo la santa
Madre la postrera, como quien iba por retaguardia de un ejército; y así
rompimos por entre la gente que, como escuadrones de enemigos, nos iban
cercando de una parte y otra, no con poca admiración de todos.
Yo me adelanté un poco, y movido de la necesidad que llevaba de decirles
presto misa y sacarlas de aquel conflicto, entré en la sacristía con mucha
liberalidad y vístome de presto, y tomé aparejo para comulgarlas a todas. Y si no
me diera tanta prisa para ponerme en el altar, yo tuviera dificultad grande,
porque vino el clérigo que tenía cargo de la ermita y riñó al sacristán porque me
había dado el recado. Y debía de ser tan escrupuloso, que si me pudiera quitar
del altar, lo hiciera. Y como supo que llevaba recado para comulgar a las
monjas, debióle de parecer que yo no lo podía hacer, y púsose sobrepelliz y una
estola, y púsose a mi lado.
Yo luego barrunté lo que podía ser y no le di lugar a que me dijese nada,
porque volví a su tiempo a que dijesen la confesión, y le embaracé, que como
estaba allí tanta gente, no se atrevió a litigar conmigo; pero aguardóme e
hízome una reprensión grande; pero como ya estaba hecho lo que queríamos,
dióme Dios paciencia y respondíle pocas palabras porque no veía la hora de
verme ya salido de aquel tumulto. Pusimos las monjas en sus carros, y fuimos
86
con grandísimo sol a buscar en el camino a donde pudiésemos hallar alguna
sombra para desayunarnos, y vimos un arco de puente, y debajo de él hubimos
de tener la siesta, aunque no estaba tan decente como merecía la gente que allí
llevábamos.
Todo esto llevaba la santa Madre con tanto desenfado y tan sin pena, que
a todos nos la quitaba, aunque la tuviéramos muy grande. Y es que así como a
los enojosos y melancólicos todo les causa desabrimiento y disgusto, así, por el
contrario, a los devotos y humildes todo les causa devoción y procuran de todo
sacar mérito, y así ahorran trabajo y ganan gran premio. De esto nos era la
santa Madre grandísimo ejemplo en lo que se le ofrecía. Y era la santa Madre
tan agradable y de tanta caridad, que como nos vio a todos con necesidad de
alguna recreación santa que nos alentase, compuso unas coplas muy graciosas
al tiempo que habíamos de pasar el Guadalquivir en una barca, porque en esto
de componer a lo divino tenía también notable gracia; y así nos íbamos
entreteniendo y olvidando, en parte, del trabajo del camino con las coplas.
Y fue bien menester, porque nos engañó un barquero, diciendo que en su
barca podíamos pasar todos y no era su barca para pasar carros, sino sólo la
gente y algunas cabalgaduras; y él por ganar se atrevió a lo que nos pudiera
costar bien caro. Al fin pasamos las monjas y la gente bien, pero como se
desunieron los carros al pasar que pasaron, como no estaba la maroma atada de
la otra parte del río, empieza el carro a irse río abajo, que no bastaba el remo
para llevarle derecho a donde debía ir; de suerte que a la mira de todos el barco
con las mulas y carros se iba río abajo. Fue menester que todos asiéramos de la
maroma que estaba suelta y atada al barco; y como quien ve la tormenta al ojo,
parte de las monjas estaban de rodillas clamando a Dios, y parte de ellas
ayudaban a tirar de la maroma, porque los hombres que allí nos hallábamos
eran pocos para detener el barco, aunque vino uno que desde una torrecilla que
estaba cerca nos estaba mirando y nos ayudó; y la ayuda de Dios fue la que nos
libró de aquel peligro más que no la de los hombres, porque el barco se detuvo
en un bajío.
Bien se entenderá en estos trabajos y peligros cuánto padecía la santa
Madre, pues iba todo a su cuenta, y con cuánta prudencia y paciencia lo llevaba,
pues ningún desasosiego ni distracción le causaban todas estas cosas, fiándolo
todo de Dios, y en lo que se podía poner diligencia la ponía y hacía poner muy
bastante, y en lo que no bastaba diligencia humana, poníalo en las manos de
Dios, y Su Majestad la sacaba de todo con mucha prosperidad, como a persona
que la guiaba Dios en todo lo que hacía.
De de tal suerte midió el gasto que se podía hacer desde Beas a Sevilla,
que debían de ser cincuenta leguas, que pagada la costa y los carreteros, cuando
87
estábamos a la mira de Sevilla no le sobraba ni faltaba blanca, antes, como ella
dijo, le sobró una blanca con que entramos en Sevilla. Y era tanta la confianza
de que no la había Dios de faltar, que ningún hombre de los que en el mundo son
ricos pudo tener tanta en su dinero que llevase consigo, como ella tenía en su
Dios, sin llevar blanca ni tenerla de renta; y desde a muy pocos días tenía no
sólo para comer sino para mercar (comprar) casa de mucho dinero 166 .
La Madre María de San José anota: El postrero día fue llegar a una venta
a mediodía, donde sólo hallamos para comer unas sardinas muy saladas, sin
haber remedio de querernos dar agua para beber; fue tanto el aprieto en que nos
vimos de la sed que causaron las sardinas, que viendo esto y que no había agua,
dejamos de comer. Hacía excesivo calor y nuestra Madre se estaba en el carro,
el cual estaba en un muladar donde el sol era tan recio que parecía
abrasarnos…
El 26 de mayo de 1575, habiendo gastado en el camino nueve días,
teníanos el padre Mariano alquilada una casa bien pequeña y húmeda en la
calle de Las Armas, donde nos recibieron dos señoras amigas suyas, las cuales
aquel día nos acompañaron allí y se fueron, y en gran tiempo nunca más las
vimos, ni ellas ni nadie nos enviaron un jarro de agua; sólo el padre Mariano
nos proveía de lo que podía y harto hacía en darnos pan y buscar dineros para
acomodar la casa, porque el día que allí entramos fue con una sola blanca y el
buen padre no hallaba tanta ayuda para aquella obra como le habían prometido
sus esperanzas, y fue permisión del Señor, porque quiso que se fundase esta casa
con suma pobreza, para quitarnos las (esperanzas) humanas que en esta ciudad
más que en otras se podía tener por su riqueza y grandes limosnas que en ella se
hacen, como después hemos experimentado. Yo doy a la divina Majestad
infinitas gracias porque tales principios dio a esta fundación, que me hacen
ciertos y prósperos los fines.
Contemos por menudo los ajuares que aquí hallamos. Lo primero fue
media docena de cañizos viejos que el padre Mariano había mandado traer de su
casa de los Remedios y estaban puestos en el suelo por camas; había dos o tres
colchoncillos no muy cabales, como de frailes descalzos, acompañados de
mucha “gente” (piojos) de los que a ellos los acompaña; no había sábana,
manta ni almohada, más que dos que nosotras traíamos; hallamos una estera de
palma y una mesa pequeña, una sartén, un candil o dos, un almirez y un caldero
o acetre para sacar agua; y pareciéndonos que esto, con algunos jarros y platos
y cosas así que hallamos, por lo menos ya era principio de casa, comenzaron los
vecinos, a quien se había pedido prestado para aquel día, a enviar uno por la
sartén, otro por el candil, otro por el caldero y mesa, de suerte que ninguna cosa
166 Proceso I, pp. 201-203.
88
nos quedó, ni sartén, ni almirez, ni aún la soga del pozo; y no es, hermanas,
encarecimiento, sino que fue así como algunas de las que allí estabais lo visteis...
Cuando nuestra Madre entendió que estaba llana la licencia, salió el
arzobispo con que no había pretendido que viniésemos a fundar, sino que
nuestra Madre con sus monjas reformase los monasterios a él sujetos, fue mucho
lo que la santa Madre lo sintió y estuvo casi determinada de volverse. Al fin, el
padre Mariano lo aplacó (al arzobispo) y alcanzó que nos diese licencia para
decir misa el domingo siguiente de la Santísima Trinidad; en aquellos tres días
se había dispuesto y concedió con condición que no tañésemos campana ni se
hiciese forma de monasterio. Estaba nuestra Madre afligida y el buen padre
Mariano lo estaba mucho, y nuestro padre Gracián estaba en Madrid, que desde
Beas se había partido para allá llamado por el Nuncio. Al fin, el padre Mariano
fue aplacando al arzobispo e hizo que nos diese licencia y al cabo de veinte días,
poco más o menos, la dio y se acabó el convento, aunque por no parecer la
iglesia tan decente, no se puso el Santísimo Sacramento y estuvimos aquel año
sin Él. No fue poco desconsuelo; para las que este año estuvimos y, a no haber
tenido la compañía de nuestra Madre, no sé cómo se pudiera pasar tanta
pobreza y soledad y persecuciones.
La pobreza fue tanta como he dicho; todo aquel verano (dormir) sobre los
cañizos sin tener con qué cubrirnos, aunque el calor era tan grande que de esto
nos excusaba, y la casa bien aparejada para con él afligirnos; la comida era
muchos días sólo manzanas y pan, a veces guisadas y a veces en ensalada, y día
hubo que no hubo pan sino uno solo, y con gran gusto repartido entre todas, el
cual bastó aunque era bien pequeño. Como no conocían en esta ciudad a nuestra
Madre como en las de Castilla donde habíamos fundado, no hallábamos quien
nos prestase nada; aunque el padre Mariano trabajaba harto, todo era menester
para hacer torno y redes y lo demás que para tener clausura era necesario, y
para esto envió un mercader de Medina del Campo dineros con que los pagara
después. Tenían ya los padres concertado que tomase el hábito una doncella,
hija de honrados padres, y por haberle dado los nuestros la palabra, la recibió
nuestra Madre, y fue el día de la Santísima Trinidad, en el cual se había dicho la
primera misa 167 ; y aunque fue con la poca confianza de que nos darían licencia
para fundar, como hemos dicho, nuestra Madre la deb ía de tener tan grande que
recibió la primera monja, y , llamando a capítulo, me mandó tuviese cuidado de
las hermanas por el poder que de los prelados tenía para poner preladas en las
nuevas fundaciones 168 .
167 Era el día 29 de mayo de 1575, considerado el día de la fundación.
168 Recreaciones novena.
89
La santa Madre escribió sobre esta fundación: A mí una cosa me sosegaba
para no tener mucho escrúpulo (a pesar de no tener licencia del arzobispo), y era
haberse dicho misa con licencia , y siempre decíamos en el coro el Oficio divino.
En este tiempo vinieron también los padres calzados a saber por dónde se había
fundado. Yo les mostré las patentes que tenía de nuestro Reverendísimo padre
General. Ya con esto sosegaron, que si supieran lo que hacía el arzobispo, no
creo bastara; mas esto no se entendía, sino todos creían que era muy a su gusto
y contento. Ya fue Dios servido que nos fue a ver. Yo le dije el agravio que nos
hacía. En fin, me dijo (el obispo) que fuese lo que (yo) quisiese y como lo
quisiese, y desde ahí adelante, siempre nos hacía merced en todo lo que se nos
ofrecía, y favor 169 .
Fue Dios servido que viniese entonces de l as Indias un hermano mío que
hacía más de treinta y cuatro años que estaba allá, l lamado Lorenzo de Cepeda,
que aún tomaba peor que yo el que las monjas quedasen sin casa propi a. Él nos
ayudó mucho, en especial en procurar qu e se tomase en la que ahora están. Ya
yo entonces ponía mucho con N uestro Señor, suplicándole que no me fuese sin
dejarles casa; y hacía a las hermanas se lo pidiesen al glorioso s an José, y
hacíamos muchas procesiones y oración a Nuestra Señora. Y con esto, y con ver
a mi hermano determinado a ayudarnos, comencé a tratar de comprar algunas
casas.
Estando un día en oración, pidiendo a Dios, pues eran sus esposas y le
tenían tanto deseo de contentar, les diese casa, me dijo: Ya os he oído; déjame a
Mí. Yo quedé muy contenta, pareciéndome la tenía ya, y así fue, y librónos Su
Majestad de comprar una que contentaba a todos por estar en buen puesto, y era
tan vieja y malo lo que tenía, que se compraba sólo el sitio en poco menos que la
que ahora tienen; y estando ya concertada, que no faltaba sino hacer las
escrituras, yo no estaba nada contenta. Parecíame que no venía esto con la
postrera palabra que había entendido en la oración; porque era aquella
palabra, a lo que me pareció, señal de darnos buena casa; y así fue servido que
el mismo que la vendía, con ganar mucho en ello, puso inconveniente para hacer
las escrituras cuando había quedado; y pudimos, sin hacer ninguna falta,
salirnos del concierto…
Mucha parte fue un siervo de Dios, que casi desde luego que fuimos allí,
como supo que no teníamos misa, cada día nos la iba a decir, con tener harto
lejos su casa y hacer grandísimos soles. Llámase Garciálvarez, persona muy de
bien y tenida en la ciudad por sus buenas obras, que siempre no entiende en otra
cosa; y a tener él mucho, no nos faltara nada. Él, como sabía (conocía) bien la
casa, parecíale gran desatino dar tanto por ella, y así cada día nos lo decía, y
169 Fundaciones 24, 19-20.
90
procuró no se hablase de ella más; y fueron él y mi hermano a ver en la que
ahora están. Vinieron tan aficionados, y con razón, y Nuestro Señor que la
quería, que en dos o tres días se hicieron las escrituras.
No se pasó poco en pasarnos a ella, porque quien la tenía no la quería
dejar, y los frailes franciscos, como estaban junto, vinieron luego a requerirnos
que en ninguna manera nos pasásemos a ella; que a no estar hechas con tanta
firmeza las escrituras, alabara yo a Dios que se pudieran deshacer; porque nos
vimos a peligro de pagar seis mil ducados que costaba la casa, sin poder entrar
en ella…
Ya fue Dios servido que nos pasamos la Priora y yo y otras dos monjas
una noche, porque no lo entendiesen los frailes hasta tomar la posesión, con
harto miedo. Decían los que iban con nosotras, que cuantas sombras veían les
parecían frailes. En amaneciendo, dijo el buen Garciálvarez la primera misa en
ella, y así quedamos sin temor…
Estábamos encerradas en unos cuartos bajos, y él estaba allí todo el día
con los oficiales y nos daba de comer… Había poca limosna, si no era de un
santo viejo Prior, de las Cuevas, que es de los cartujos, grandísimo siervo de
Dios…
Después de acabado (el trabajo de arreglo de la casa) , yo quisiera no
hacer ruido en poner el Santísimo Sacramento, porque soy muy enemiga de dar
pesadumbre en lo que se puede excusar, y así lo dije al padre Garciálvarez y él
lo trató con el padre Prior de las Cuevas, que si fueran cosas propias suyas, no
lo miraran más que las nuestras. Y parecióles que para que fuese conocido el
monasterio en Sevilla, no se sufría sino ponerse con solemnidad, y fuéronse al
arzobispo. Entre todos concertaron que se trajese de una parroquia el Santísimo
Sacramento con mucha solemnidad, y mandó el arzobispo se juntasen los
clérigos y algunas cofradías, y se aderezasen las calles.
El buen Garciálvarez aderezó nuestra claustra, que servía entonces de
calle, y la iglesia extremadísimamente y con muy buenos altares e invenciones.
Entre ellas tenía una fuente, que el agua era de azahar, sin procurarlo nosotras
ni aun quererlo, aunque después mucha devoción nos hizo. Y nos consolamos
ordenasen nuestra fiesta con tanta solemnidad y las calles tan aderezadas y con
tanta música y ministriles, que me dijo el santo Prior de las Cuevas que nunca
tal había visto en Sevilla, que conocidamente se vio ser obra de Dios. Fue él en
91
la procesión, que no lo acostumbraba; el arzobispo puso el Santísimo
Sacramento 170 .
Ese mismo día de la colocación del Santísimo Sacramento acaeció una
cosa de notar. Como hubo tantos tiros de artillería y cohetes después de acabada
la procesión que era casi de noche, antojóseles de tirar más, y no sé cómo se
prende un poco de pólvora, que tienen a gran maravilla no matar al que la tenía.
Subió gran llama hasta lo alto de la claustra, que tenían los arcos cubiertos con
unos tafetanes que pensaron se habían hecho polvo, y no les hizo daño poco ni
mucho, con ser amarillos y de carmesí. Y lo que digo que es de espantar, es que
la piedra que estaba en los arcos, debajo del tafetán, quedó negra del humo, y el
tafetán, que estaba encima, sin ninguna cosa más que si no hubiera llegado allí
el fuego. Todos se espantaron cuando lo vieron; las monjas alabaron al Señor
por no tener que pagar otros tafetanes. El demonio debía estar enojado de la
solemnidad que se había hecho y ver ya otra casa de Dios 171 .
Pero no faltaron problemas. El confesor, un clérigo ignorante y sin
experiencia, comenzó a meterse en la vida de las religiosas, especialmente con
dos. Al querer la Madre María de San José, Priora, corregir estos excesos,
aconsejada por el padre Pedro Fernández y el padre Nicolás Doria, despidió al
confesor.
El confesor se quejó al provincial de los padres calzados, que se creía con
autoridad sobre el convento, y le dio al confesor poderes para hacer y deshacer.
Resultó que el confesor hizo memoriales a la Inquisición.
El padre Gracián refiere que las acusaron de que se confesaban unas con
otras, tomando ocasión de la Regla, en que dice la Madre que las monjas den
cuenta a las Prioras de su espíritu. Y así acaeció que, viniendo los inquisidores a
examinar el caso, preguntaron a la Madre Isabel de San Jerónimo, si declaraban
las monjas descalzas su corazón a las Superioras y respondió que sí.
Preguntarónle más: Si algunas veces les decían pecados. Respondió: Sí, mas la
Priora no nos absuelve; de lo cual el inquisidor se rió mucho y, entendida la
calumnia, reprendieron al clérigo y tuvieron en mucha estima a la Madre Teresa
y a sus monjas, habiendo examinado muy despacio su vida y costumbres y
manera de proceder. Lo mismo hizo el arzobispo y el Prior de la Cartuja y otros
170 Era el 3 de junio de 1576. Terminada la procesión, arrodillóse la santa ante el prelado, quien le dio su
bendición; pero cuál no sería la confusión de la fundadora cuando vio que el arzobispo se arrodillaba a
su vez y le pedía lo bendijese ante el inmenso gentío de sevillanos; pocos días después (15 de junio)
escribía a la Madre Ana de Jesús: “Mire qué sentiría cuando viese un tan gran prelado arrodillado
delante de esta pobre mujercilla, sin quererse levantar hasta que le echase la bendición en presencia de
todas las Religiones y cofradías de Sevilla”. Proceso I, p. 469.
171 Fundaciones 25, 3-14.
92
principales de la ciudad, que les comenzaron a dar limosnas... También acaeció
que pintaba dentro del claustro fray Juan de la Miseria y un día le mandé que la
retratase y, a ella, que estuviese (quieta) y se dejase retratar. Esto sintió ella
mucho, porque era muy humilde y no sintió tanto la descomodidad y grosería
con que fray Juan la retrataba, que la hacía estar sin menearse la cabeza ni
alzar los ojos mucho tiempo, cuanto que hubiese de quedar memoria y figura de
ella en el mundo. Y al cabo la retrató mal, porque, aunque era pintor, no era
muy primo (bueno). Y así decía la Madre Teresa con mucha gracia: “Dios te lo
perdone, fray Juan, que ya que me pintaste, me has pintado fea y legañosa”. Y
este es el retrato que ahora tenemos de la Madre, que hubiéramos holgado
(alegrado) hubiera sido más al vivo, porque tenía un rostro de mucha gracia y
que movía a devocin” 172 .
CALZADOS Y DESCALZOS
Por la época de la fundación de Sevilla, en 1575, la situación entre
calzados y descalzos estaba muy difícil. Había tensión entre ellos. Los calzados
se consideraban con autoridad sobre los descalzos. Quitaron de Priora de Sevilla
a la Madre María de San José. Hablaban mal de la Madre Teresa. Y un tiempo
después recluirían en monasterios a los principales descalzos: padre Gracián,
padre Antonio de Jesús, padre Mariano y padre Juan de la Cruz. Parecía que la
Reforma teresiana llegaba a su fin.
La cosa llegó al extremo de que en el capítulo general celebrado en
Plasencia (Italia), declararon a todos los descalzos como apóstatas y
excomulgados y ordenaron que se deshicieran las casas que, según ellos, se
habían fundado sin licencia del General. Se referían a las de Sevilla, Granada,
Almodóvar y La Peñuela. Sólo aceptaron las tres primeras que decían tenían
licencia. También ordenaron que se quitase a la Madre Teresa todas las patentes
y comisiones que tenía para fundar y que estuviese recluida en un monasterio
para no salir de él y que todos los frailes y monjas descalzos, se calzasen, es
decir, que volvieran al seno de la Orden.
En esos momentos dramáticos, la Madre escribió al rey Felipe II y le
decía: Si no se hace provincial aparte de descalzos y con brevedad ya que se
hace mucho daño, tengo por imposible que puedan ir adelante 173 .
172 Padre Gracián, Peregrinación de Anastasio , Obras del padre Jerónimo Gracián, editadas por el padre
Silverio, Ed. Monte Carmelo, tomo III, Burgos, 1993, pp. 201-202.
173 Carta al rey del 19 de julio de 1575.
93
El rey tomó cartas en el asunto para apoyar a los descalzos. El 12 de
agosto la Madre escribía a su hermana Juana de Ahumada: Sepa que al padre
Gracián han dado poder sobre todos los descalzos y descalzas de acá y de allá,
que no nos podía venir cosa mejor 174 .
Al padre Gracián lo liberaron y lo nombraron visitador apostólico de
descalzos y calzados de Andalucía. Al querer hacer la visita a los calzados de
Sevilla, éstos se rebelaron e hicieron gran tumulto, hasta el punto que a la Madre
María de San José, Priora de las descalzas de Sevilla, le llegó la noticia que lo
habían matado, lo que felizmente no era cierto. Pero las cosas estaban muy
graves.
El padre Gracián iba a hablar con la Madre para consolarse y contarle la
persecución y las cosas que decían de ella. Él escribe: Cuando le decía los males
que de ella decían, era grande su contento, que fregaba una palma con otra en
seal de alegría, como a quien le ha acontecido un sabrosísimo suceso: “Calle,
mi padre, que no haya miedo que la santa Inquisición, a quien tiene puesta Dios
para guardar su fe, dé disgusto a quien tanta fe tiene como yo” 175 .
La guerra entre calzados y descalzos no cejó. El Nuncio Ormaneto, que
apoyaba a los descalzos, murió y fue nombrado el Nuncio Sega, que era
favorable a los calzados. Le quitó los poderes al padre Gracián y lo mandó
arrestado al convento de Pastrana. El 20 de diciembre de 1578 juzgaron al padre
Gracián y lo privaron de todo cargo provisionalmente. No podría ausentarse sin
licencia del Nuncio y no escribiría ni recibiría cartas, y menos de monjas, bajo
pena de excomunión. Aquellas Navidades de 1578 fueron muy tristes para la
Madre, que veía una vez más que toda la Reforma parecía desaparecer. De ella
hablaban calumnias graves como que los mesones estaban llenos de hijos
sacrílegos dejados por ella y sus monjas. Al rey le llegaron graves denuncias
contra la Madre y los descalzos; éstos decidieron enviar a dos frailes de incógnito
a Roma para tramitar la separación. El Breve papal de erección de los descalzos
en provincia fue dado el 22 de junio de 1580.
En el momento de la separación había 22 conventos con 300 frailes y 200
monjas. Su vida austera les había merecido el respeto del pueblo. Vestían de
sayal, dormían sobre tablas, trabajaban con sus manos y hacían mucha oración
mental. En la bula, en forma de Breve Pia consideratione , se dice: Aprobamos el
Instituto y Forma de vivir, guardado por los dichos frailes y monjes descalzos y
desmembramos del todo y para siempre jamás a los dichos frailes y monjas… de
174 Carta del 12 de agosto de 1575.
175 Scholias y addiciones al libro Vida de la Madre Teresa de Jesús ; en El Monte Carmelo 68 (1960), pp.
130-131.
94
las provincias de los frailes y monjas de la misma Orden de Nuestra Señora del
Monte Carmelo que siguen la Regla mitigada… y erigimos una provincia de por
sí, que se llama descalzos. El General, sólo por sí, o por otro idóneo de los
dichos descalzos, podrá visitarlos; mas con ningún pretexto podrá quitar,
asignar, mudar o transferir a otras provincias o dejar en ellas a dichos
descalzos… Ni Ángel de Salazar, ni el prior General o los provinciales y
comisarios pueden en adelante molestar, vejar e inquietar a los descalzos.
La Madre pudo así dar por cumplida su misión. Por eso, escribió a María
de San José: Ahora, mi hija, puedo decir lo que el santo Simeón, pues he visto en
la Orden de la Virgen Nuestra Señora lo que deseaba. Y así les pido y les ruego
no rueguen ni pidan mi vida, sino que me vaya a descansar, pues ya no les soy de
provecho 176 .
El capítulo provincial de los descalzos se reunió el 3 de marzo de 1581 y
en él fue elegido provincial el padre Gracián. A partir de ese momento, tanto la
Madre como el padre Gracián reconocieron que los frailes debían obtener títulos
académicos universitarios y poblar la Orden de religiosos letrados, pues antes se
decía en las Constituciones que ningún fraile se pueda graduar . Por ello, se
aceptó fundar una casa de frailes en Salamanca, que se inauguró el 1 de junio de
1581. De esta manera se acababa el pleito entre calzados y descalzos y la
Reforma teresiana podía volar con sus propias alas, creciendo sin cesar en
España, Europa y ultramar.
Antes de morir la Madre Teresa, tuvo la alegría de ver partir como
misioneros al Congo a sus hijos, los frailes. Pero pronto viajaron a otras tierras de
ultramar (México), pues su afán misionero no conocía fronteras. Al igual que las
religiosas descalzas, después de la muerte de la Madre, llegaron a Francia y
Flandes.
El Señor bendijo tan abundantemente la Reforma teresiana que la Madre
Teresa fundó 17 monasterios, quince por sí misma y a otros dos por medio de
otras. Con su consejo y solicitud se fundaron otros quince de religiosos
carmelitas descalzos. Los de las monjas los gobernaba y regía con la autoridad de
sus Superiores, como si ella fuera provincial. Y los de los frailes los dirigía con
su aviso y prudencia como Madre verdadera de todos ellos.
En 1596 los frailes y monjas descalzos ya tenían General propio y eran
totalmente independientes. El padre Julián de Ávila, en su declaración del
Proceso de Ávila en 1596 afirmó: Ahora hay cuatro o cinco provinciales (de
176 Carta de fin de marzo de 1581.
95
frailes) para poder visitar las provincias y hay un Generalísimo…, de suerte que
no tienen que ver los descalzos con el General de los calzados 177 .
CARAVACA
Estando en San José de Ávila para partirme a la fundación de Beas, que
no faltaba sino aderezar (preparar) en lo que habíamos de ir, llega un mensajero
propio (correo privado), que enviaba una señora de allí, llamada doña Catalina,
porque se habían ido a su casa tres doncellas con determinación de no salir
hasta que se fundase un monasterio en el mismo lugar (Caravaca)… Yo, como vi
el deseo y hervor de aquellas almas y que de tan lejos iban a buscar la Orden de
Nuestra Señora, hízome devoción y púsome deseo de ayudar a su buen intento.
Informada que era cerca de Beas, llevé más compañía de monjas de la que
llevaba, con intento de, en acabando la fundacin de Beas, ir allá… Llegadas
allá fueron recibidas con gran contento del pueblo, en especial de las que
estaban encerradas. Fundaron el monasterio, poniendo el Santísimo Sacramento
el día del Nombre de Jesús, 1 de enero de 1576 178 . Fue fundado por sor Ana de
San Alberto.
El padre Julián de Ávila declaró sobre esta fundación de San José de
Caravaca: Cuatro doncellas vecinas de Caravaca, oyendo decir que la Madre
Teresa de Jesús andaba haciendo y edificando monasterios de monjas, las tocó
Dios de tal suerte con deseo de ser religiosas de la Orden que ella hacía los
monasterios, que viendo la dificultad que había para traer a la Madre a que las
hiciese religiosas, viendo también que no bastaban cartas para hacerla venir tan
largo camino, se confederaron y convinieron entre sí estas cuatro señoras de no
volver a casa de sus padres hasta que la Madre viniese y les hiciese monasterio.
Y así se fueron juntas desde la iglesia, habiendo acabado de oír un sermón, a
casa de una señora viuda que tenía una casa grande y le rogaron les diese en
ella un cuarto para encerrarse en él, porque ellas estaban determinadas de no
volver a casa de sus padres hasta que les trajesen a la madre Teresa de Jesús
que les hiciese monasterio, a donde ellas pudiesen vivir en religión y guardar el
voto de la castidad, y obediencia y pobreza. La señora viuda, viendo sus santos y
tan determinados deseos, les dio un cuarto en que en él guardasen su
encerramiento, y para no salir de allí a oír misa a la iglesia, procuraron del
obispo de Cartagena les diesen licencia para que les dijesen misa allí, y así se la
dio y la oían por una reja de palo que hicieron para mejor guardar su
encerramiento, de lo cual soy testigo de vista…
177 Proceso I, p. 229.
178 Fundaciones 27, 1-2.9.
96
Las doncellas clamaban y no cesaban de dar gran prisa con cartas y
mensajeros a que las fuese a socorrer, porque ellas habían de perseverar hasta
ver cumplidos sus deseos. A tanto llegó su porfía, que como la Madre Teresa de
Jesús no pudo ir por ser el camino muy fragoso, me envió a mí, Julián de Ávila, y
a otro hidalgo que se llamaba Antonio Gaitán, que fue conmigo, para que
viésemos a estas doncellas y tentásemos si era cosa hacedera el hacerse el
monasterio. Y así fuimos y vimos el encerramiento y honestidad con que vivían
clamando por ser religiosas, e hicimos una suma de lo que tenían de sus dotes,
que serían entre todas como cuatro mil ducados, y la señora viuda, que era muy
rica, les aplicó otros dos mil ducados, e hízose una escritura por orden de
letrado para la seguridad de esto, y volvimos a Beas con hartos trabajos que se
nos ofrecieron en la ida y en la vuelta del camino.
Anduvimos toda una noche perdidos en el camino yo y mi compañero,
porque nos perdió el mismo que nos guiaba; pero dábamoslo por muy bien
empleado viendo la obra tan santa como se hacía. También se puso mucho
trabajo en sacar licencia del Rey, porque como eran lugares de encomiendas, no
se podían hacer los monasterios sin licencia; pero había Dios dado tanto crédito
a la santa Madre, que con sus cartas se acababa luego lo que con grandes
diligencias que se habían hecho para sacar la licencia de estos dos monasterios
no se había podido acabar. Y en esto se veía claro cuán favorecida era la santa
Madre, de Dios, pues la ayudaba el Rey del cielo y el rey de la tierra 179 .
VILLANUEVA DE LA JARA
El convento de Villanueva lo dedicó a santa Ana y lo fundó en 1580. Ya
desde el año 1576 le habían pedido a la Madre que fundase allí un convento para
recibir en él a nueve mujeres que estaban encerradas en una ermita y querían ser
religiosas de su Orden. La Madre fue dando largas al asunto por no parecerle
apropiado fundar el convento por el momento. Pero, a principios de 1580,
cambiaron las cosas. Ella escribe: Acabando un día de comulgar y estándolo
encomendando a Dios…, me hizo Su Majestad una gran reprensin, diciéndome
que con qué tesoros se había hecho lo que estaba hecho hasta aquí; que no
dudase de admitir esta casa, que sería para mucho servicio suyo y
aprovechamiento de las almas…
Determinada en admitir esta fundación, me pareció sería necesario ir yo
con las monjas que en ella habían de quedar, por muchas cosas que se me
representaron, aunque el natural sentía mucho por haber venido bien mala hasta
Malagón y andarlo siempre. Mas pareciéndome se serviría Nuestro Señor, lo
179 Proceso I, pp. 217-218.
97
escribí al prelado para que me mandase lo que mejor le pareciese, el cual envió
la licencia para la fundación y precepto de que me hallase presente y llevase las
monjas que me pareciese, que me puso en harto cuidado, por haber de estar con
las que allá estaban. Encomendándolo mucho a Nuestro Señor, saqué dos del
monasterio de San José de Toledo, la una para Priora; y dos del de Malagón, y
la una para subpriora. Y como tanto se había pedido a Su Majestad, acertóse
muy bien, que no lo tuve en poco; porque en las fundaciones que solas nosotras
comienzan, todas se acomodan bien.
Vinieron por nosotras el padre fray Antonio de Jesús y el padre fray
Gabriel de la Asunción. Partimos de Malagón, sábado antes de cuaresma, a
trece días de febrero, año de 1580. Fue Dios servido de hacer tan buen tiempo y
darme tanta salud, que parecía nunca había tenido mal; que yo me espantaba y
consideraba lo mucho que importa no mirar nuestra flaca disposición cuando
entendemos se sirve el Señor por contradicción que se nos ponga delante, pues
es poderoso de hacer de los flacos fuertes y de los enfermos sanos. Y cuando esto
no hiciere, será lo mejor padecer para nuestra alma, y puestos los ojos en su
honra y gloria olvidarnos a nosotros. ¿Para qué es la vida y la salud, sino para
perderla por tan gran Rey y Señor? 180 .
Sor Ana de San Agustín refiere que en el camino, yendo esta testigo en
compañía de la santa Madre Teresa de Jesús, de la villa de Malagón a la villa de
Villanueva de la Jara a la fundación del convento que allí se fundó, y estando
una noche en una posada de un pueblo… juntas esta testigo y otra compañera
suya, que se llamaba Ana de San Bartolomé, en un aposento con la dicha santa
Madre, porque de ordinario andaban en su compañía, oyeron una música que
parecía del cielo, y no podía ser menos, así por su gran suavidad, como porque
el lugar en que estaban era pequeño, y que no se podía atribuir haber en él
música semejante, fuera de que lo que se entendía de la música era en
agradecimiento que a la Madre se hacía de ir a hacer la dicha fundación, y con
palabras y con término que se conocía no ser cosa de la tierra. Como Ana de
San Bartolomé y esta testigo dormían juntas en una cama, la susodicha,
entendiendo que esta testigo dormía, comenzó como a despertarla llamándola
para que oyese la música, la cual esta testigo oyó muy bien entonces, y con que
volvió en sí, le pareció que no dormía, sino que estaba en éxtasis suspendida de
una cosa tan extraña como aquella, así por estar como estaba oyendo lo que Ana
de San Bartolomé le dijo que oyese, como por la serenidad con que despertó, y
le respondió, y ambas a dos tuvieron por cierto que lo que habían oído era cosa
del cielo…
180 Fundaciones 28, 15-18.
98
Ninguna de las otras cuatro compañeras que con las que ha declarado
iban a la dicha fundación, ni otra persona de las de la posada, dijeron jamás
habían oído la música; y si fuera música de la tierra, no parece posible que
alguna de ellas dejara de oírla, así porque sonaba mucho, como porque duró
rato 181 .
Otro suceso relata sor Constanza de la Cruz: Viniendo a la fundación de
esta casa (Villanueva de la Jara) y queriendo pasar cierto río, donde a todos los
que venían les pareció peligroso pasar, nadie se atrevía a pasar. Estando en este
conflicto le dijeron las demás monjas que allí venían: la Madre nos ha dicho que
ella pasará primero y que, si ella se ahogaba, que nadie pasase y que, si no se
ahogaba, que en nombre del Señor la siguiesen; y así esta testigo la vio pasar
primero y después pasaron todas sin ningún peligro, lo cual todos tuvieron por
milagro 182 .
Y sigue la Madre: Llegamos el domingo primero de la cuaresma, que era
víspera de la Cátedra de San Pedro (21 de febrero) del año de 1580. Este mismo
día se puso el Santísimo Sacramento en la iglesia de la gloriosa Santa Ana, a la
hora de misa mayor. Saliéronnos a recibir todo el ayuntamiento y otros algunos
con el doctor Ervías, y fuímonos a apear a la iglesia del pueblo, que estaba bien
lejos de la de Santa Ana. Era tanta la alegría de todo el pueblo, que me hizo
harta consolación ver el contento con que recibían la Orden de la sacratísima
Virgen Señora nuestra. Desde lejos oíamos el repicar de las campanas. Entradas
en la iglesia, comenzaron el “Te Deum”, un verso la capilla de canto de órgano,
y otro el órgano. Acabado, tenían puesto el Santísimo Sacramento en unas andas
y a Nuestra Señora en otras, con cruces y pendones. Iba la procesión con harta
autoridad. Nosotras, con nuestras capas blancas y velos delante del rostro,
íbamos en mitad, cabe el Santísimo Sacramento, y junto a nosotras nuestros
frailes descalzos, que fueron hartos del monasterio, y los franciscos (que hay
monasterio en el lugar, de San Francisco) iban allí, y un fraile dominico, que se
halló en el lugar, que aunque era solo, me dio contento ver allí aquel hábito.
Como era lejos, había muchos altares. Deteníanse algunas veces diciendo letras
de nuestra Orden, que nos hacía harta devoción y ver que todos iban alabando
al gran Dios que llevábamos presente, y que por Él se hacía tanto caso de siete
pobrecillas descalzas que íbamos allí. Con todo esto que yo consideraba, me
hacía harta confusión, acordándome iba yo entre ellas, y cómo, si se hubiera de
hacer como yo merecía, fuera volverse todos contra mí 183 .
181 Proceso III, pp. 437-438.
182 Proceso I, p. 521.
183 Fundaciones 28, 37.
99
Cuando entramos en la casa, estaban todas a la puerta de adentro cada
una de su librea; porque nunca habían querido tomar traje de beatas, esperando
esto, aunque el que tenían era harto honesto; que bien parecía en él tener poco
cuidado de sí, según estaban mal aliñadas, y casi todas tan flacas, que se
mostraba haber tenido vida de harta penitencia…
A mí me hizo alabar a Nuestro Señor y, mientras más las trataba, más
contento me daba haber venido. Paréceme que por muchos trabajos que hubiera
de pasar, no quisiera haber dejado de consolar estas almas. Y las que quedan de
mis compañeras me decían que luego a los primeros días les hizo alguna
contradicción, mas que como las fueron conociendo y entendiendo su virtud,
estaban alegrísimas de quedar con ellas y las tenían mucho amor. Gran cosa
puede la santidad y virtud. Verdad es que eran tales que, aunque hallaran
muchas dificultades y trabajos, lo llevaran bien con el favor del Señor, porque
desean padecer en su servicio; y la hermana que no sintiere en sí este deseo, no
se tenga por verdadera descalza, pues no han de ser nuestros deseos descansar,
sino padecer por imitar en algo a nuestro verdadero Esposo 184 .
Sor María de San Jerónimo dio testimonio de que la Madre andaba en
oficios como las demás; y aunque no se podía aprovechar de más de una mano,
barría y servía en refectorio y andaba lo que podía en la cocina. Quedándose un
día fuera del refectorio con un oficial que hacía un torno para un pozo, que era
bien grande, cayósele al oficial (el torno) y dio sobre la santa Madre y derribóla
en el suelo. Quedóse él como pasmado, que no tuvo ánimo para levantarla; ella
se levantó con un aliento y ánimo como si no se hubiera hecho nada. Decían
había sido milagro no la haber muerto, y la parte del cuerpo que la cogió el
torno se le paró negro. Era víspera de San José, y así echamos al santo el
haberla guardado 185 .
Sor Ana de San Agustín recuerda: El primer año que fundaron el convento
de Villanueva fue muy estéril y no hubo en todo el pueblo persona alguna que
les diese limosna; y que se sustentaron quince personas milagrosamente por
espacio de siete meses hasta que se cogió trigo nuevo con muy poca cantidad de
trigo… Esta testigo y las demás religiosas se admiraron mucho de ver que la
harina durase tanto porque, aunque no sabe la cantidad que era, sabe cierto que
con siete meses más, si no fuera por milagro como lo fue, no era posible
sustentarse las quince personas que se sustentaron, aparte de otras y muchas
limosnas de pan que se daban a los pobres de la villa. Todo lo cual pasaba por
mano de esta testigo como provisora y portera que entonces era del convento. Y
que a todas las religiosas y criados del convento se les daba y dio
184 Fundaciones 28, 40-43.
185 Revelaciones espirituales, o.c., p. 301.
100
abundantemente todo lo que habían menester según se acostumbra, sin quitarles
de ello cosa alguna, como si el año fuera muy abundante; en lo cual se
gastarían, en cada uno de los dichos siete meses, diez fanegas de harina antes
más que menos, que era el gasto común y ordinario del monasterio…
Dijo a esta testigo la santa Madre que, cuando la casa tuviese alguna
necesidad, acudiese al Niño Jesús que le había dado el padre Prior y frailes del
convento del Socorro, que él se la remediaría. Y habiéndose ido la Madre del
convento de Villanueva de la Jara a fundar otros, dejó nombrada por portera de
él a esta testigo, del cual oficio usó ocho o nueve años poco más o menos. Y
luego que le comenzó a usar puso al Niño Jesús en la portería del convento, y de
allí adelante le llamaron el fundador, que era el mismo que le habían dado en el
monasterio del Socorro, y a quien la santa Madre le dijo a esta testigo acudiese
cuando tuviere alguna necesidad para que se la remediase. Y así cuando se
ofreció en el convento, acordándose esta testigo de las palabras y consejo que la
santa Madre le había dado; acudía al Niño Jesús a pedir la remediase, y nunca
jamás acudió a pedirle que dejase de darle todo lo que era menester, hallándole
unas veces a los pies del mismo Niño en una caja donde le tenían puesto, y otras
en otras partes donde interiormente era movida para que lo fuese a buscar, en
las cuales era imposible que persona humana lo hubiese puesto; y así esta
testigo lo tuvo y tiene por un gran milagro.
Y que en particular se acuerda, que una vez, estando con mucha falta de
dineros y teniendo necesidad de mudar el torno de un lugar a otro, y hacer otras
obras, y para el sustento de la comunidad, acudió a pedir al Niño Jesús la
remediase. Y habiéndose apartado de él y vuelto, donde a poco halló en una
cestica que esta testigo le tenía puesto en el brazo, cantidad de dineros en plata y
oro, de más de trescientos reales, o hasta treinta ducados, que en particular
cuál de estas dos sumas ciertas fuese no se acuerda al presente; de los cuales fue
gastando y supliendo las necesidades dichas que el convento tenía como
provisora que también era en él, y a cuyo cargo era el gastar lo necesario.
Y asimismo se acuerda que otra vez teniendo mucha necesidad de dineros
para el sustento de las religiosas del convento, porque en él no había blanca,
acudió al Niño Jesús como de ordinario lo solía hacer, y le pidió remedio, y al
punto que fue movida de ir a buscar a un corral del convento, y escarbando en
un agujero de una tapia de él, halló sesenta reales en plata, los cuales se echó en
la faldriquera, y fue gastando de ellos todo lo que fue necesario para cuanto se
ofrecía de gasto ordinario y extraordinario del convento, sin que en mucho
tiempo se le acabasen; y esta testigo tuvo por muy gran milagro el hallar los
dichos sesenta reales en la parte y de la manera que los halló, y por mucho
mejor que le durasen tanto tiempo como le duraron. Y que asimismo algunas
veces esta testigo llegaba al Niño, y con la confianza y certeza que tenía de que
101
siempre que le pedía dineros, se los daba, a sus pies le ponía unas veces cuatro
reales y otras veces ocho, del mismo dinero que el Niño le había dado; otras
veces le decía: “Tomad, Señor, eso, y pues véis la necesidad que tengo,
guardádmelo y dadme más, cuando venga por ello”; y que siempre que volvía
hallaba enteramente lo que había menester, como arriba tiene dicho, lo cual
sucedió a esta testigo en todos los ocho o nueve años, que fue portera, así
viviendo la santa madre Teresa de Jesús como después de muerta, hasta que
cumplió con el dicho oficio…
En las partes y lugares donde esta testigo halló el dinero siempre que lo
pedía al Niño Jesús, era imposible que persona humana lo hubiese puesto, así
porque los halló siempre dentro de la clausura del monasterio, donde ni entraba
ni podía entrar nadie, como porque las más veces lo hallaba en pidiéndolo, en
partes que poco antes había visto y no había nada en ellas; y algunas se le
aparecía allí al mismo punto que lo pedía, y también porque jamás daba cuenta
a nadie de las necesidades que tenía, sino solamente al Niño, de quien la santa
Madre le había asegurado se las remediaría 186 .
Por su parte sor María de los Mártires añade: En setiembre de ese mismo
año (1579) sucedió lo del catarro general, y que… por no hallar una blanca de
limosna en todo el lugar ni poder despedir labor que las religiosas hacían, que
era hilo, por ser lo que allí más se despedía; estaban en extrema necesidad y con
muchas enfermas, y no sabiendo que le quedase otro medio por hacer, sino pedir
limosna a cierta persona eclesiástica rica de aquella tierra, le escribió
significándole la suma necesidad, y jamás le respondió; por donde vinieron a
quedar destituidas del remedio humano. Pero Nuestro Señor que tenía cuidado
de las hijas de su sierva, proveyó en esta tan grande necesidad de tantas peras
en un árbol solo, ni muy grande, que en la casa había, que cogían de ellas; y
cocidas y asadas podían comer y comían todas.
Y fueron madurando luego tantas, que esta testigo hacía coger cada día
las necesarias para la comunidad y cargas para vender en la plaza del dicho
lugar, y con el dinero que se hacía de ellas, compraban lo necesario y lo que
convenía para curar las enfermas, que por ser el año del catarro, como tiene
referido, hubo muchas, y algunos religiosos que las venían a confesar, y para
todos había, porque le duró el hacer esto más de dos meses, y cada día parecía
que no se tocaba el peral, con que también daban muchísimas para enfermos del
lugar que venían a pedir. Y lo mismo sucedió de unos siete manzanitos enanos
que también había en la casa, porque por espacio de más de tres meses les duró
el vender cada día una arroba, poco más o menos, y las que dejaban para las
religiosas y para dar a los enfermos del lugar; y en un camuesico (especie de
186 Proceso III, pp. 447-450.
102
manzano) que jamás había llevado fruto, produjo tantas camuesas, que
admiraba; con las cuales proveyeron todas las que fueron menester para regalar
a las enfermas de la casa y a los que pedían de fuera todo el tiempo que duró el
catarro, que parecía que nunca los tocaban.
Al año siguiente, estando con la misma necesidad que tiene referida, y tan
falta de ollas la casa y el lugar, que no sabían adónde acudir a comprarlas,
aunque tuviera con qué, y sólo tenían una olla hecha cuatro pedazos. Viendo la
cocinera que esta testigo no le daba remedio, fregó los cascos y juntólos, y puso
lo que había de guisar para la comida y lo guisó como si estuviera sana, y
después de comer, hecha los mismos cuatro pedazos, la vio esta testigo fregar, y
continuó en hacer esto lo mismo cada día hasta que le proveyó Nuestro Señor de
ollas, que sería como un mes… Y como se acercase el tiempo de dar la profesin
a aquellas novicias que se habían recibido, y esta testigo se hallase afligidisíma
sin saber cómo remediar tanta necesidad, y serlo también la que las novicias
tenían, porque eran pobrísimas, escribió a la Madre Teresa de Jesús
significándole el estado de las cosas de aquella casa, y pidiéndole ordenase lo
que se había de hacer, porque no hallaba modo cómo remediar aquella
necesidad ni para dar la profesión a las novicias. La Madre Teresa dice, le
respondió mandándole que diese luego la profesión a las novicias y que no
dudase sino que tuviesen mucha confianza en Nuestro Señor, en cuyo nombre y
por quien les aseguraba y daba palabra que, si eran las que debían, que jamás
les faltaría. Leyó la carta en comunidad y quedaron todas tan contentas como si
no les faltara cosa, y aderezaron luego para la profesión y la hicieron; y desde
aquel día en adelante Nuestro Señor las proveyó de manera que jamás les faltó,
antes tuvo esta testigo con qué labrar dos cuartos muy buenos de casa y fueron
entrando monjas 187 .
PALENCIA
Declara la Madre: Estando yo un día, acabando de comulgar, puesta en
dudas y no determinada a hacer ninguna fundación, había suplicado a Nuestro
Señor me diese luz para que en todo hiciese yo su voluntad; que la tibieza no era
de suerte que jamás un punto me faltaba este deseo. Díjome Nuestro Señor con
una manera de reprensión: ¿Qué temes? ¿Cuándo te he yo faltado? El mismo
que he sido, soy ahora; no dejes de hacer estas dos fundaciones (Palencia y
Soria) . ¡Oh gran Dios! ¡Y cómo son diferentes vuestras palabras de las de los
hombres! Así quedé determinada y animada, que todo el mundo no bastara a
ponerme contradicción, y comencé luego a tratar de ello y comenzó Nuestro
Señor a darme medios…
187 Proceso II, pp. 131-132.
103
Partí de Valladolid el día de los Inocentes, en el año que he dicho (1580),
que por aquel año que entraba, hasta San Juan, un caballero de allí nos había
dado una casa que él tenía alquilada, que se había ido a vivir de allí.
Yo escribí a un canónigo de la misma ciudad, aunque no le conocía; mas
un amigo suyo me dijo que era siervo de Dios, y a mí se me asentó nos había de
ayudar mucho, porque el mismo Señor, como se ha visto en las demás
fundaciones, toma en cada parte quien le ayude, que ya ve Su Majestad lo poco
que yo puedo hacer. Yo le envié a suplicar que lo más secretamente que pudiese
me desembarazase la casa, porque estaba allí un morador, y que no le dijese
para lo que era; porque, aunque habían mostrado algunas personas principales
voluntad y el obispo la tenía tan grande, yo veía era lo más seguro que no se
supiese.
El canónigo Reinoso (que así se llamaba a quien escribí) lo hizo tan bien,
que no sólo la desembarazó, mas teníamos camas y muchos regalos harto
cumplidamente; y habíamoslo menester, porque el frío era mucho y el día de
antes había sido trabajoso, con una gran niebla, que casi no nos veíamos. A la
verdad, poco descansamos hasta tener acomodado adonde decir otro día misa;
porque antes que nadie supiese estábamos allí…, que luego de mañana, casi en
amaneciendo, dijo misa un clérigo que iba con nosotras, llamado Porras, harto
siervo de Dios, y otro amigo de las monjas de Valladolid, llamado Agustín de
Victoria, que me había prestado dineros para acomodar la casa, y regalado
harto por el camino.
Íbamos, conmigo, cinco monjas y una compañera que ha días que anda
conmigo, freila, mas tan gran sierva de Dios y discreta, que me puede ayudar
más que otras que son del coro. Aquella noche poco dormimos, aunque como
digo había sido trabajoso el camino, por las aguas que había habido.
Yo gusté mucho se fundase aquel día, por ser el rezado (Oficio) del rey
David (29 de diciembre de 1580), de quien yo soy devota. Luego esa mañana lo
envié a decir al ilustrísimo obispo. Él fue luego allá con una caridad grande, que
siempre la ha tenido con nosotras. Dijo nos daría todo el pan que fuese
menester, y mandó al Provisor nos proveyese de muchas cosas. Es tanto lo que
esta Orden le debe, que quien leyere estas fundaciones, está obligado a
encomendarle a Nuestro Señor, vivo o muerto, y así se lo pido por caridad. Fue
tanto el contento que mostró el pueblo y tan general, que fue cosa muy
particular, porque ninguna persona hubo que le pareciese mal. Mucho ayudó
saber lo quería el obispo, por ser allí muy amado; mas toda la gente es de la
mejor masa y nobleza que yo he visto, y así cada día me alegro más de haber
fundado allí.
104
Como la casa no era nuestra, luego comenzamos a tratar de comprar
otra… y con la ayuda que yo llevaba de las monjas que habían de ir, parece
podíamos hablar con algo, que, aunque era poco, para allí era mucho; aunque,
si Dios no diera los buenos amigos que nos dio, todo no era nada; que el buen
canónigo Reinoso trajo otro amigo suyo, llamado el canónigo Salinas, de gran
caridad y entendimiento, y entre ambos tomaron el cuidado (de comprar casa)
como si fuera para ellos propios…
Un día fui a recibir el Santísimo Sacramento, y luego en tomándole
entendí estas palabras, de tal manera que me hizo determinar del todo a no
tomar la que pensaba, sino la de Nuestra Señora: Esta te conviene (dijo el
Señor) … Pasóme por pensamiento no fuese engaño, aunque no para creerlo, que
bien conocía en la operación que hizo en mí, que era espíritu de Dios. Díjome
luego: Yo soy 188 .
Acabada de aderezar (acomodar) la casa para el tiempo de pasar allí las
monjas, quiso el obispo fuese con gran solemnidad; y así fue un día de la octava
del Santísimo Sacramento (26 de mayo de 1581), que él mismo vino de
Valladolid, y se juntó al Cabildo con las Órdenes, y casi todo el lugar con mucha
música. Fuimos, desde la casa adonde estábamos todas, en procesión, con
nuestras capas blancas y velos delante del rostro, a una parroquia que estaba
cerca de la casa de Nuestra Señora, que la misma imagen vino también por
nosotras, y de allí tomamos el Santísimo Sacramento y se puso en la iglesia con
mucha solemnidad y concierto. Hizo harta devoción. Iban más monjas, que
habían venido allí para la fundación de Soria, y con candelas en las manos. Yo
creo fue el Señor harto alabado aquel día en aquel lugar 189 .
SORIA
Estando yo en Palencia en la fundación, me trajeron una carta del obispo
de Osma, llamado el doctor Velázquez, a quien, siendo él canónigo y catedrático
en la iglesia mayor de Toledo… le importuné mucho tomase cuenta con mi alma,
y me confesase. Con ser muy ocupado lo hizo de tan buena gana que yo me
espanté y me confesó y trató todo el tiempo que yo estuve en Toledo, que fue
harto…
Esta carta me la escribía desde Soria, adonde estaba al presente.
Decíame cómo una señora que allí confesaba le había tratado de una fundación
188 Fundaciones 29, 6-18.
189 Fundaciones 29, 29.
105
de monasterio de monjas nuestras que le parecía bien; que él había dicho
acabaría (arreglaría) conmigo que fuese allá a fundarla; que no le echase en
falta, y que, como me pareciese era cosa que convenía, se lo hiciese saber, que él
enviaría por mí. Yo me holgué harto, porque, dejado ser buena la fundación,
tenía deseo de comunicar con él algunas cosas de mi alma, y de verle…
Llámase la señora fundadora doa Beatriz de Beamonte y Navarra…
Tenía en Soria una casa buena, fuerte, en harto buen puesto; y dijo que nos
daría aquélla con todo lo que fuese menester para fundar, y ésta dio con
quinientos ducados de juro (de seguro) de a 25 el millar. El obispo se ofreció a
dar una iglesia harto buena, toda de bóveda, que era de una parroquia que
estaba cerca, que con un pasadizo nos ha podido aprovechar; y púdolo hacer
bien, porque era pobre, y allí hay muchas iglesias, y así la pasó a otra parte. De
todo esto me dio relación en su carta. Yo lo traté con el padre provincial, que fue
entonces allí; y a él y a todos los amigos les pareció escribiese con un propio
(correo privado) viniesen por mí; porque ya estaba la fundación de Palencia
acabada.
Yo comencé a traer las monjas que había de llevar allá conmigo, que
fueron siete, porque aquella señora antes quisiera más que menos, y una freila, y
mi compañera y yo. Vino una persona por nosotras bien para el propósito, en
diligencia, porque yo le dije había de llevar dos padres conmigo, descalzos; y así
llevé al padre Nicolás de Jesús María, hombre de mucha perfección y discreción,
natural de Génova…
Llegamos a Burgo (de Osma ) el miércoles antes del día octavo del
Santísimo Sacramento. Comulgamos allí el jueves, que era la octava… Llegamos
a Soria como a las cinco de la tarde. Estaba el santo obispo en una ventana de
su casa, que pasamos por allí, de donde nos echó su bendición, que no me
consoló poco, porque de prelado y santo, tiénese en mucho.
Estaba aquella señora, nuestra fundadora, esperándonos a la puerta de su
casa, que era adonde se había de fundar el monasterio. No vimos la hora de
entrar en ella, porque era mucha la gente. Esto no era cosa nueva, que en cada
parte que vamos, como el mundo es tan amigo de novedades, hay tanto, que a no
llevar velos delante del rostro, sería trabajo grande; con esto se puede sufrir.
Tenía aquella señora aderezada una sala muy grande y muy bien, adonde se
había de decir la misa, porque se había de hacer pasadizo para la (iglesia ) que
nos daba el obispo, y luego otro día, que era de nuestro Padre San Eliseo, se
dijo.
Todo lo que habíamos menester tenía muy cumplido aquella señora, y
dejónos en aquel cuarto, adonde estuvimos recogidas, hasta que se hizo el
106
pasadizo, que duró hasta la Transfiguración. Aquel día se dijo la primera misa
en la iglesia con harta solemnidad y gente. Predicó un padre de la Compañía,
que el obispo era ya ido a Burgo, porque no pierde día ni hora sin trabajar 190 .
Era el 14 de junio de 1581, fecha de la fundación de este convento de la
Santísima Trinidad de Soria. Después de la fundación de Soria, el padre Gracián
consideró que debía volver a ser Priora del convento de San José de Ávila, pues
había problemas. Anota el padre Gracián: Ella, con la mayor gracia del mundo,
nos estaba riñendo a todos, porque no la dejábamos descansar. Y queriendo dar
razones para que se eligiese a otra Priora, yo la mandé poner la boca en el suelo
y, postrada, comenzamos a entonar con mucho reposo y alegría un “Te Deum”.
Cuando levantó la cabeza fue con un rostro alegre y apacible; y desde entonces
comenzamos a tratar de las fundaciones de Burgos y Granada. Y porque decía
ella que cómo podía tener a su cargo el monasterio de Ávila y acudir a
fundaciones, dije que no le daba otro cargo más de que sustentase el monasterio
y acudiese a los negocios graves; y todo lo demás lo hiciese la Madre María de
San Jerónimo, a quien elegí subpriora, mandándole que presidiese en todo como
si fuera Priora 191 .
La Madre aceptó el cargo por obediencia y decía con ironía: En esta casa
de San José de Ávila me han hecho Priora por pura hambre 192 .
GRANADA
La fundación de Granada no fue hecha directamente por la santa Madre,
sino por sor Ana de Jesús Lobera a quien llamaba la capitana de las Prioras . Ya
en carta al padre Gracián del 26 de octubre de 1581 le habla de la posibilidad de
fundar en Granada.
A finales de noviembre de ese año ya estaba fray Juan de la Cruz en Ávila,
pensando llevarla a la fundación de Granada. Traía una patente del vicario
provincial de Andalucía, Diego de la Trinidad, con fecha 13 de noviembre, en la
que decía: Mando debajo de precepto al padre fray Juan de la Cruz, Rector del
Colegio de San Basilio de Baeza, que vaya a Ávila y traiga a nuestra muy
reverenda y muy religiosa Madre Teresa de Jesús, fundadora y Priora de San
José de Ávila, a la fundación, con el regalo y cuidado que a su persona y edad
conviene 193 .
190 Fundaciones 30, 1-9.
191 Scholias y addiciones f. 53r en El Monte Carmelo 68 (1960), p. 141.
192 Carta a Madre María de San José del 8 de noviembre de 1581.
193 Antonio de San José, Cartas de santa Teresa III 31 Nº 7, p. 232.
107
Pero la Madre no pudo aceptar, porque ya se había comprometido con el
padre Gracián, que era el provincial, para ir con él a la fundación de Burgos. Y
por ello determinó quiénes debían ir. En carta al padre Gracián le dice el 29 de
noviembre: Las que señalé (para la fundación) fueron las tres de acá y otras tres
de Beas con Ana de Jesús (Lobera), que va de Priora, y otras dos de Sevilla y dos
freilas de Villanueva, que son harto buenas.
El padre Diego de Yepes nos dice de esta fundación: Detuviéronse las
religiosas en Beas hasta que en Granada el padre vicario provincial tuviese
licencia del arzobispo y alquilada casa para la fundacin… Acord el padre
vicario provincial, juntamente con la Madre Ana de Jesús, que era la que iba
nombrada de Priora, que sería bien alquilar una casa y venirse en secreto a ella
y desde allí pedir la licencia del arzobispo, creyendo se movería a darla al ver
las monjas dentro de la ciudad…
Salieron las monjas de Beas y a la primera jornada llegaron a
Daifuentes… Aquella misma noche que estaban las monjas en Daifuentes,
oyeron un trueno tan espantoso y terrible que, como después se supo, despidió de
sí un rayo que cayó en Granada en la propia casa del arzobispo cerca de donde
dormía. Hizo mucho estrago en su palacio, porque le quemó parte de su librería
y mató algunas bestias de su caballería y le atemorizó tanto que, con la
turbación, cayó enfermo y con el temor se ablandó para dar luego la licencia,
que antes con tantos ruegos no se había alcanzado…
Las monjas prosiguieron su camino ignorantes del suceso, y antes de
llegar a Granada supieron cómo el dueño de la casa que habían concertado, se
había salido del concierto, porque como entendió que era monasterio, jamás
quiso consentir en que allí se fundase convento… Luego que amaneci, envi la
Madre Ana de Jesús a suplicar al arzobispo les viniese a dar su bendición y
decir la primera misa… El arzobispo viniera según estaba ya trocado y gustoso
con el nuevo monasterio y así lo envió a decir, pero por estar todavía en cama
del asombro que le había causado el rayo, envió en su lugar al provisor para
que dijese la primera misa y pusiese el Santísimo Sacramento. Y él lo hizo como
el arzobispo se lo mand. Acudi mucha gente de la ciudad… Andaban con
mucho cuidado buscando alguna casa donde se pudieran pasar. Hallaron una
alquilada donde se mudaron al cabo de siete meses, que habían estado en casa
de una señora. Luego comenzaron a dar el hábito a algunas novicias y
recibieron de una vez seis doncellas de las más nobles y principales de aquella
ciudad… Pasados algunos días, con las dotes de estas personas y de otras que se
fueron recibiendo, compraron unas casas del duque de Sesa que estaban en muy
108
buen sitio de la ciudad… y, desde el principio de aquella fundación, hubo en
aquella casa mucho espíritu de oración, mucho recogimiento y religión 194 .
El 20 de enero de 1582 fue fundado oficialmente el convento de Granada
por la Priora Ana de Jesús Lobera. En este convento tenían el apoyo de san Juan
de la Cruz, que estaba de Prior del convento de frailes de esa ciudad.
BURGOS
Dice la santa Madre: Estando muy determinada a no ir (a Burgos), díceme
el Señor estas palabras, por donde vi que era ya dada la licencia: “No hagas
caso de esos fríos, que Yo soy la verdadera calor. El demonio pone todas sus
fuerzas por impedir aquella fundación; ponlas tú de mi parte porque se haga y
no dejes de ir en persona, que se hará gran provecho”. Con esto torné a mudar
de parecer… Hacía entonces nieves y fríos. Lo que me acobarda más es la poca
salud, que, a tenerla, todo no me parece que se me haría nada. Ésta me ha
fatigado en esta fundación muy ordinario. El frío ha sido tan poco, al menos el
que yo he sentido, que con verdad me parece sentía tanto cuando estaba en
Toledo; bien me ha cumplido el Señor su palabra de lo que en esto dijo 195 .
El padre provincial, padre Gracián, quiso acompañarla en este viaje para
cuidar de su salud por estar ya vieja y enferma.
Yendo a la fundación de Burgos, al pasar por Medina, encontró a la Priora
con una gran calentura (fiebre) y un dolor en un lado con mucho peligro de su
vida. Llegó la Madre y fuéla luego a ver, y en abrazándola se sintió sin dolor, y
al día siguiente se levantó buena del todo 196 .
Sor Ana de la Trinidad tenía una erisipela y otras hinchazones que los
médicos temían se le habían de cancerar las narices. La santa Madre exclamó:
“Jesús, hija, qué es esto?”. Le toc la cara y san 197 .
Sor Juana de Jesús declaró: Me eché yo al descuido en ella; y fue tan
grande la fragancia de olor que sentí y tan suavísimo que no sé a qué poderlo
comparar 198 .
194 Diego de Yepes, Vida de santa Teresa de Jesús , o.c., libro II, cap. XXXIII, pp. 372-375.
195 Fundaciones 31, 11-12.
196 Sor Ana de la Trinidad, Proceso I, pp. 49-50.
197 Declaración de María Evangelista en el Proceso de Medina de 1610, BNM ms 12.763, p. 130.
198 Ib. p. 103.
109
De Medina partió el 9 de enero de 1582 a Valladolid con temporal de
lluvias y caminos encharcados y ríos peligrosos. La Madre iba muy enferma.
Dice el padre Gracián que se le trabó la lengua y apenas se entendía lo que
hablaba 199 .
A pesar de tantas dificultades, el Señor la tranquilizó. Ella escribe:
Nuestro Señor me dijo que bien podíamos ir, que no temiese, que Él sería con
nosotros 200 .
Llegaron a Palencia y se alegraron mucho de verla de nuevo sus monjas.
Al despedirse, un tal Suero de Vega le confesó al padre Gracián que tenía
muchos deseos de ver su rostro, pues siempre iba con el velo echado. Gracián le
dijo a la Madre: ¿Para qué se cubre, que no es sino el señor Suero de Vega?
¿Por qué hace esos melindres? ¡Álcese el velo! Al punto respondió alzando el
velo. Mandó detener el coche, se acercó Suero de Vega a la ventanilla y la
Madre, con amor y buena gracia, lo abrazó. El buen caballero lloró de alegría
como un niño 201 .
En otro momento del viaje, dice el padre Gracián: En desbarando
(desviando) el coche un poco a un lado y al otro se despeñaba; y yendo las
religiosas con harto miedo y en un trabanzo que dio el coche, aparecióle Nuestro
Señor a la Madre y díjole: “Aquí voy yo; no tengas miedo” 202 .
Sor Ana de San Bartolomé refiere: Yendo de camino a la fundación de
Burgos, hacía tan mal tiempo, lloviendo sin parar, que el Señor le dijo que fuera
sin temor. Yendo caminando por la orilla de un río, eran tan grandes los lodos,
que fue necesario apearnos, porque se atollaban los carros. Subiendo ya por una
cuesta, habiendo salido de este peligro, vimos a los ojos otro muy mayor y fue
que vio la santa Madre el carro donde iban sus monjas trastornarse de manera
que iban a caer en el río y la cuesta en que íbamos era tan agria (mala) , que
mucha gente no fuera parte para librarlas ni detener el carro para no caer. En
este punto lo vio un mozo de los que llevábamos y se asió a la rueda y detuvo el
carro para que no cayese, que más pareció el ángel de la guarda que hombre,
porque no era posible poderle tener él solo si Dios no las quisiese librar 203 .
El padre Gracián añade: Proseguimos nuestro camino a Burgos con harto
trabajo por el gran frío, muchos lodos y agua… A un mal pas cay el cochero,
pasando las ruedas por los lados de su cuerpo sin hacerle mal y a mí se me
199 Scholias y addiciones f. 218 en El Monte Carmelo 68 (1960), p. 146.
200 Fundaciones 31, 16.
201 Scholias y addiciones f. 219 en El Monte Carmelo 68 (1960), p. 147.
202 Scholias y addiciones f. 221 en El Monte Carmelo 68 (1960), p. 149.
203 Obras de Ana de San Bartolomé, o.c., p. 16.
110
antojó (pensé) que la Madre Teresa había caído y las ruedas del coche la habían
rompido (sic) por medio la cabeza y fue esta imaginación tan vehemente que
perdí el sentido y las riendas de la mano. Pero quiso el Señor que la mula llegó
presto al coche y volví en mí y vi que la Madre vivía, dando gracias a Nuestro
Señor, que da en qué padecer y libra de los peligros 204 .
Continúa la Madre: Con este mal camino llegamos a Burgos por harta
agua que hay antes de entrar en él. Quiso nuestro padre (Gracián) fuésemos lo
primero a ver el santo Crucifijo (santo Cristo de Burgos) para encomendarle el
negocio y porque anocheciese, que era temprano cuando llegamos, que era un
viernes, un día después de la conversión de San Pablo, 26 días de enero. Traíase
determinado de fundar luego, y yo traía muchas cartas del canónigo Salinas
para que sus deudos favoreciesen este negocio y para otros amigos, muy
encarecidamente…
Descansamos aquella noche con mucho regalo que nos hizo la santa
mujer (Catalina de Tolosa), aunque me costó a mí trabajo; porque tenía gran
lumbre para enjugar el agua, y aunque era en chimenea, me hizo tanto mal, que
otro día no podía levantar la cabeza, que echada hablaba a los que venían, por
una ventana de reja, que pusimos un velo; que por ser día que por fuerza había
de negociar, se me hizo muy penoso.
Luego de mañana fue el padre provincial a pedir la bendición al
Ilustrísimo, que no pensamos había más que hacer. Hallóle tan alterado y
enojado de que me había venido sin su licencia, como si no me lo hubiera él
mandado ni tratádose cosa en el negocio. Con que despidió al padre provincial
(diciendo) que si no había renta y casa propia que en ninguna manera daría la
licencia, que bien nos podíamos tornar…
Parecióles (a amigos y familiares del canónigo Salinas) que se pidiese
licencia al arzobispo para que nos dijesen misa en casa, por no ir por las calles.
Hacían grandes lodos, y descalzas parecía inconveniente, y en la casa estaba
una pieza decente, que había sido iglesia de la Compañía de Jesús luego que
vinieron a Burgos, adonde estuvieron más de diez años; y con esto nos parecía
no había inconveniente de tomar allí la posesión hasta tener casa. Nunca se
pudo acabar (conseguir) con él nos dejase oír en ella misa, aunque fueron dos
canónigos a suplicárselo. Lo que se acabó con él es que, tenida la renta, se
fundase allí hasta comprar casa; y que para esto diésemos fiadores que se
compraría y que nos saldríamos de allí. Estos hallamos luego, que los amigos
del canónigo Salinas se ofrecieron a ello y Catalina de Tolosa a dar renta para
que se fundase…
204 Padre Gracián, Peregrinación de Anastasio , o.c., p. 203.
111
Nosotras, no oyendo misa sino las fiestas muy de mañana, y yo con
calentura y harto mal. Mas hízolo tan bien Catalina de Tolosa, que era tan
regalada (amiga de agasajar) y con tanta voluntad nos dio a todas de comer un
mes, como si fuera madre de cada una, en un cuarto que estábamos apartadas.
El padre provincial y sus compañeros posaban en casa de un su amigo, que
habían sido colegiales juntos, llamado el doctor Manso, que era canónigo de
púlpito, en la iglesia mayor, harto deshecho de ver que se detenía tanto allí, y no
sabía cómo nos dejar.
Pues concertados fiadores y la renta, dijo el arzobispo se diese al
Provisor, que luego se despacharía… Pasado casi un mes en acabar con el
arzobispo que se contentase con lo que se hacía, envíame el Provisor una
memoria y dice que la licencia no se dará hasta que tengamos casa propia, que
ya no quería el arzobispo fundásemos en la que estábamos, porque era húmeda,
y que había mucho ruido en aquella calle; y para la seguridad de la hacienda no
sé qué enredos, y otras cosas, como si entonces se comenzara el negocio, y que
en esto no había más que hablar, y que la casa había de ser a contento del
arzobispo.
Mucha fue la alteración del padre provincial cuando esto vio, y de todas;
porque para comprar sitio para un monasterio, ya se ve lo que es menester de
tiempo y él andaba deshecho de vernos salir a misa; que, aunque la iglesia no
estaba lejos y la oíamos en una capilla sin vernos nadie, para Su Reverencia y
nosotras era grandísima pena lo que se había estado. Ya entonces, creo, estuvo
en que nos tornásemos. Yo no lo podía llevar, cuando me acordaba que me había
dicho el Señor que yo lo procurase de su parte, y teníalo por tan cierto que se
había de hacer, que no me daba ninguna cosa casi pena. Sólo la tenía de la del
padre provincial, y pesábame harto de que hubiese venido con nosotras, como
quien no sabía lo que nos habían de aprovechar sus amigos, como después diré.
Estando en esta aflicción, y mis compañeras la tenían mucha… me dice Nuestro
Señor estas palabras: “ Ahora, Teresa, ten fuerte” . Con esto procuré con más
ánimo con el padre provincial que se fuese y nos dejase. Porque era ya por cerca
de cuaresma y había forzado de (debía) ir a predicar.
Él y los amigos dieron orden que nos diesen unas piezas del hospital de la
Concepción, que había Santísimo Sacramento allí y misa cada día. Con esto le
dio algún contento. Mas no se pasó poco en dárnoslo; porque un aposento que
había bueno, habíale alquilado una viuda de aquí y ella no sólo no nos lo quiso
prestar, mas pesóle de que nos diesen unas piezas en lo más alto, a teja vana, y
pasaba una a su cuarto; y no se contentó con que tenía llave por de fuera, sino
echar clavos por de dentro. Sin esto, los cofrades pensaron nos habíamos de
alzar con el hospital, cosa bien sin camino, sino que quería Dios mereciésemos
112
más. Hácennos delante de un escribano prometer al padre provincial y a mí que,
en diciéndonos que nos saliésemos de allí, luego lo habíamos de hacer.
Esto se me hizo lo más dificultoso, porque temía a la viuda, que era rica y
tenía parientes, que cuando le diese el antojo nos había de hacer ir. Mas el
padre provincial, como más avisado, quiso se hiciese cuanto querían, porque nos
fuésemos presto. No nos daban sino dos piezas y una cocina; mas tenía cargo del
hospital un gran siervo de Dios, llamado Hernando de Matanza, que nos dio
otras dos para locutorio y nos hacía mucha caridad, y él la tiene con todos, que
hace mucho por los pobres. También nos la hacía Francisco de Cuevas, que
tenía mucha cuenta con este hospital 205 .
Estaba este hospital muy lejos de su casa (de Catalina de Tolosa); casi
cada día nos veía con gran voluntad y enviar todo lo que habíamos menester,
con que nunca cesaban de decirle dichos, que, a no tener el ánimo que tiene,
bastaban para dejarlo todo. Ver yo lo que ella pasaba, me daba a mí harta pena;
porque, aunque las más veces lo encubría, otras no lo podía disimular, en
especial, cuando la tocaban en la conciencia, porque ella la tiene tan buena, que
por grandes ocasiones que algunas personas le dieron, nunca le oí palabra que
fuese ofensa de Dios. Decíanle que se iba al infierno, que cómo podía hacer lo
que hacía teniendo hijos. Ella lo hacía todo con parecer de letrados, porque,
aunque ella quisiera otra cosa por ninguna de la tierra no consintiera yo hiciera
cosa que no pudiera, aunque se dejaran de hacer mil monasterios, cuánto más
uno 206 .
Estando en la casa de Catalina de Tolosa. Iban a misa los días de fiesta a la
parroquia. Y dice el padre Gracián: Habíamos de andar buscando zapatos y
mantos negros que a unas les arrastraban, otras iban de mal talle. La gente
seglar las murmuraba, no sabiendo muchos quiénes fuesen aquellas mujeres tan
desmazaladas. Y no tenían seglar que las escuderase, sino mi compañero y yo,
que las íbamos a decir misa, llevándolas en dos veces, por no haber mantos para
todas. Los que nos conocían murmuraban diciendo que era gran liviandad haber
traído ocho monjas a fundar en el aire, sin licencia del arzobispo ni fundamento
de monasterio 207 .
Según el doctor Antonio de Aguiar en esta ciudad de Burgos les
levantaron (calumnias) que comían muy bien y que traían refajos guarnecidos de
oro y botellas doradas y otras impertinencias 208 .
205 Fundación 31, 18.23-28
206 Fundaciones 31, 30.
207 Scholias y addiciones f. 221 en El Monte Carmelo 68 (1960), pp. 149-150.
208 Proceso III, p. 428.
113
Sor Ana de Jesús Lobera declaró que la Madre tuvo que irse a un hospital
tan pobre y lleno de enfermos que me afirmaron las que estuvieron con ella, que
de los quejidos y malos olores y muchos ratones y otras sabandijas asquerosas
no se podían valer, y que lo que más sentía la Madre era ver que lo padecían
ellas, con ser de suyo tan limpia que no la vimos huir trabajo de cuantos se la
ofrecieron en su vida… Solos los días que estuvieron en el hospital de Burgos se
padeció (de piojos), porque verbeneaban (abundaban) 209 .
Sor Ana de San Bartolomé nos manifiesta: Un día curaban a uno de sus
postemas (abscesos) y daba tan terribles voces que atormentaba a los otros; y
compadeciéndose la santa de él, bajó allí y, viéndola, el pobre calló. Díjole ella:
Cmo dais tales voces? No lo llevaréis por amor de Dios con paciencia?”.
Respondi él: “Parece que se me arranca la vida”. Y estando allí la santa
Madre un poco, dijo que se le habían quitado los dolores, y después, aunque le
curaban, nunca más le oímos queja 210 .
Íbamos a una iglesia a oír los Oficios y, estando el Jueves Santo en ella,
queriendo pasar unos hombres por donde la santa Madre estaba, como no se
levantó tan presto como ellos quisieran, le dieron de coces por echarla a un cabo
para pasar. Cuando yo fui a ayudarla a levantar, hállela con tanta risa y
contento por esto que me hizo alabar a Dios 211 .
Otro día en que la Madre estaba inapetente, dijo que de unas naranjas
dulces comiera, y el mismo día se las envió una señora; y trayéndole unas pocas
muy buenas, en viéndolas, echóselas (se las echó) en la manga y dijo que quería
bajar a ver a un pobre que se había quejado mucho. Y así fue y las repartió a
los pobres, y volviendo, dijímosle que cmo las había dado. Dijo: “Más las
quiero yo para ellos que para mí. Vengo muy alegre, que quedan muy
consolados”. Y bien se vio en el rostro el contento que traía. Otra vez le trajeron
unas limas; y como las vio, dijo: “Bendito sea Dios!, que me ha dado que lleve
a mis pobrecitos” 212 .
El día de la Ascensión creció tanto el río y la mucha agua que llegó a la
ciudad, que llegó a términos que los monasterios se despoblaban para no ser
anegados. Nosotras también nos vimos en este mismo peligro y, por estarlo,
aconsejaban a la Madre saliese de la casa. Ella nunca lo quiso aceptar, sino
hizo poner el Santísimo Sacramento en una pieza altar, donde nos hizo a todas
recoger y estar diciendo letanías. En fin, el trabajo venía a tanto que los muertos
209 Declaración de Ana de Jesús Lobera; Proceso I, pp. 474-475.
210 Obras completas de la beata Ana de San Bartolomé, o.c., p. 20.
211 Ib. p. 21.
212 Ib. pp. 19-20.
114
desenterraba (el río del cementerio) y las casas se hundían y la nuestra era la
que tenía más peligro por estar en un llano y más cerca del río 213 .
Creció tanto el agua, que se entró en la casa, y ella era vieja, y a cada
ondeada del río se estaba meneando como que se iba a caer, y el aposento de
nuestra santa era tan pobre que se veía la luz del cielo por el techo, y las
paredes todas hendidas, y hacía harto frío. Entrósenos el río en la casa hasta los
primeros suelos, y como estábamos en este peligro, subimos el Santísimo
Sacramento en lo alto de la casa, y a cada hora pensábamos ser anegadas, y
estábamos diciendo letanías; y desde las seis de la mañana hasta la media noche
(del día 24) estuvimos en este peligro, sin comer ni sosegar, que todo lo que
teníamos se había anegado. Nuestra santa estaba la más afligida del mundo, que
se acababa de fundar la casa y dejóle el Señor a solas, que no sabía si era bien
estuviésemos quedas o si salir, como hacían otras religiosas en este tiempo.
Estábamos todas tan turbadas, que no nos acordábamos de dar nada a
nuestra santa. Ya muy tarde me dijo: “Hija, mire si no ha quedado un poco de
pan, que me siento muy flaca”. Esto me partió el corazón, e hicimos entrar una
novicia que era fuerte a sacar un pan debajo del agua, que le daba a la cintura,
y de aquello le dimos, que no había otra cosa. Y si no entraran unos nadadores
pereciéramos. Más parece que fueron ángeles de Dios, que no sabíamos cómo
habían venido; y entraron debajo del agua y quebraron las puertas de la casa y
empezó a salir el agua de las piezas. Mas quedaron tan anegadas y llenas de
piedras, que se sacó más de ocho carros de lo que el agua había traído, y
andaba meneándose la pieza de nuestra santa para caer 214 .
En fin, concluyo con decir, que la voz de mucha gente, en especial del
señor arzobispo, era decir que por estar allí nuestra santa Madre, había atado
las manos a Dios para que no pereciese aquel pueblo 215 .
Toda la ciudad de Burgos quedó pasmada de que a su casa no le pasó nada
grave, aunque debieron reconstruirla; mientras la ciudad quedó con un aspecto
desolador: por todas partes se veían puentes rotos, casas hundidas, cenagales….
Y declara la Madre: Concertóse que fuese yo a ver (una casa). Contentóme
en tanto extremo, que si pidieran dos tanto más de lo que entendía nos la darían,
se me hiciera barata…
213 Ib. p. 22.
214 Ib. p. 303.
215 Ib. p. 22.
115
El licenciado (Aguiar)… veía claro que si se comenzara a divulgar, que
nos había de costar mucho más, o no comprarla; y así puso mucha diligencia y
tomó la palabra al clérigo (para que) tornase allí después de misa. Nosotras nos
fuimos a encomendarlo a Dios, el cual me dijo: ¿En dineros te detienes? , dando
a entender que nos estaba bien. Las hermanas habían pedido mucho a san José
que para su día tuviesen casa, y con no haber pensamiento de que la habría tan
presto, se lo cumplió. Todos me importunaron se concluyese; y así se hizo, que el
licenciado halló un escribano a la puerta, que pareció ordenación del Señor, y
vino con él, y me dijo que convenía concluirse y trajo testigo; y cerrada la puerta
de la sala, porque no se supiese (que éste era su miedo), se concluyó la venta con
toda firmeza, víspera como he dicho del glorioso San José, por la buena
diligencia y entendimiento de este buen amigo.
Nadie pensó que se diera tan barata, y así, en comenzándose a publicar,
comenzaron a salir compradores y a decir que la había quemado el clérigo que
la concertó, y a decir que se deshiciese la venta porque era grande el engaño.
Harto pasó el buen clérigo. Avisaron luego a los señores de la casa, que como
he dicho era un caballero principal, y su mujer lo mismo, y holgáronse tanto
que su casa se hiciese monasterio, que por esto lo dieron por bueno, aunque ya
no podían hacer otra cosa. Luego otro día se hicieron escrituras y se pagó el
tercio de la casa, todo como lo pidió el clérigo, que en algunas cosas nos
agraviaban del concierto, y por él pasábamos por todo 216 .
Luego lo supo el arzobispo y se holgó mucho se hubiese acertado tan
bien, pareciéndole que su porfía había sido la causa, y tenía gran razón. Yo le
escribí que me había alegrado le hubiese contentado, que yo me daría prisa a
acomodarla, para que del todo me hiciese merced. Con esto que le dije, me di
prisa a pasarme, porque me avisaron que hasta acabar no sé qué escrituras nos
quería tener allí (el arzobispo). Luego me dijeron estaba muy enojado. Le
aplaqué todo lo que pude, que como es bueno, aunque se enoja, pásasele presto.
También se enojó de que supo teníamos rejas y torno… Yo le escribí que tal no
quería, que en casa de personas recogidas había esto, que aun una cruz no había
osado poner porque no pareciese esto, y así era verdad. Con toda la buena
voluntad que mostraba (el arzobispo), no había remedio de querer dar
licencia 217 .
Yo, de que vi tanta tardanza, escribí al obispo de Palencia suplicándole
tornase a escribir al arzobispo, que estaba desabridísimo con él; porque todo lo
216 Fundaciones 31, 30-37.
217 Fundaciones 31, 40.
116
que hacía con nosotras, lo tomaba por cosa propia; y lo que nos espantaba, que
nunca al arzobispo le pareció hacía agravio en nada 218 .
(Por fin el arzobispo) dio licencia al doctor Manso para que dijese otro
día la misa y pusiese el Santísimo Sacramento. Dijo la primera y el padre Prior
de San Pablo (que es de los dominicos) dijo la misa mayor, con mucha
solemnidad de ministriles (músicos) que, sin llamarlos, vinieron 219 .
Era el día 19 de abril de 1582, fecha en que fundó este convento de San
José de Burgos. Algunos días fue a visitar los conventos de Burgos. Y dice don
Pedro Manso: De una visita que en todos los conventos hizo, visitando, hablando
y consolando a las religiosas, las dejó tan edificadas que se vieron y
experimentaron muchas y particulares mudanzas de vida y costumbres. Y esto
particularmente sucedió en el monasterio de las Huelgas; porque de una sola vez
que entró en él, de ver su hábito, su pobreza, su humildad y religión y trato llano
y vero, sé yo que se reformó casi todo el monasterio 220 .
Y anota ella: Me dijo el Seor: “En qué dudas?, que ya esto está
acabado; bien te puedes ir”, dándome a entender que no les faltaría lo
necesario, porque fue de manera que, como si las dejara muy buena renta, nunca
más me dio cuidado; y luego traté de mi partida… El arzobispo y obispo de
Palencia se quedaron muy amigos, porque luego el arzobispo nos mostró mucha
gracia y dio el hábito a la hija de Catalina de Tolosa y a otra monja que entró
luego aquí, y hasta ahora no nos dejan de regalar algunas personas, ni dejará
Nuestro Señor padecer a sus esposas, si ellas le sirven como están obligadas 221 .
VIAJE A ALBA
Después de la fundación de Burgos, la Madre pensaba ir a Ávila, donde
era oficialmente Priora del convento de San José para quedarse allí y descansar.
De Burgos fueron a Palencia y el 25 de agosto de ese año 1582 salía de Palencia
camino de Valladolid. Aquí tuvo que detenerse, porque la suegra de su sobrina,
doña Beatriz de Castilla y Mendoza, quería hacerle pleito para que no tuviera
valor el testamento hecho a favor del convento de San José por su sobrino
Francisco de Cepeda. Sobre este asunto escribió al padre Gracián: Aquí he
pasado harto con la suegra de don Francisco, que es extraña y estaba muy
puesta en poner pleito para que no valga el testamento y, aunque no tiene
justicia, tiene mucho favor y algunos le dicen que sí, y me han aconsejado que
218 Fundaciones 31, 43.
219 Fundaciones 31, 45,
220 Proceso de Calahorra de 1610; BNM ms, 12,763, pp. 24-25.
221 Fundaciones 31, 49.
117
para que (lo de) don Francisco no se pierda del todo, y nosotras no gastemos,
que haya concierto 222 .
Lo que más le hizo sufrir a la Madre en esto es que indispuso contra ella a
sus dos sobrinas Teresita y María Bautista. Sor Ana de San Bartolomé dice al
respecto: La Priora de este monasterio de Valladolid (su sobrina María
Bautista) … con ser una que la santa quería mucho, en esta ocasión no le tuvo
ella respeto, y nos dijo que nos fuésemos con Dios de su casa; y, al salir de ella,
me arrebuj a la puerta y me dijo: “Váyanse ya, y no vuelvan por acá” 223 .
Y sigue diciendo sor Ana: De ahí iba a Medina del Campo, que era
camino para ir a su monasterio de Ávila, de donde era Priora. Y la noche que
llegamos a Medina, tuvo alguna cosa que advertir a la Priora que no iba bien; y
lo tomó la Priora con disgusto. Y la santa, de ver que le descomponía así sus
hijas el demonio, habiéndole sido tan obedientes, le dio muy gran pena, y se
retiró a un aposento y la Priora a otro. Y la santa estaba de esta novedad tan
afligida, que no comió ni durmió sueño en toda la noche 224 .
Halló allí (en Medina) al padre vicario provincial, fray Antonio de Jesús,
que la estaba esperando para mandarla que fuese a Alba; y con haberla Dios
hecho tanta merced en esta virtud de la obediencia, fue tanto lo que lo sintió por
parecerle que a petición de la duquesa la hacían ir allá, que nunca la vi sentir
tanto cosa que los prelados le mandasen como ésta.
Fuimos de aquí en una carroza que llevó el camino con tan gran trabajo,
que cuando llegamos a un lugarcito cerca de Peñaranda, iba la santa Madre con
tantos dolores y flaqueza que le dio un desmayo que a todos nos hizo harta
lástima verla. Y para esto no llevábamos cosa que la poder dar si no eran unos
higos, y con eso se quedó aquella noche, porque ni aun un huevo se pudo hallar
en todo el lugar. Y, acongojándome yo de verla con tanta necesidad y no tener
con qué la socorrer, consolábame ella diciendo que muchos pobres no tendrían
tanto regalo. Esto decía por consolarme; mas como yo ya conocía la gran
paciencia y sufrimiento que tenía y el gozo que le era padecer, creía ser más su
trabajo del que significaba (del que manifestaba). Y para remediarse esta
necesidad fuimos otro día a otro lugar; y lo que hallamos para comer fue unas
berzas cocidas con harta cebolla, de las cuales comió, aunque era muy contrario
para su mal. Este día llegamos a Alba y tan mala nuestra Madre que no estuvo
para entretenerse con sus monjas. Dijo que se sentía muy quebrantada, que a su
parecer no tenía hueso sano. Desde este día, que era víspera de San Mateo,
222 Carta del 1 de setiembre de 1582.
223 Autobiografía, BNM ms. 19.389 f. 48v.
224 Fuentes históricas, o.c., p. 588.
118
anduvo en pie con todo su trabajo hasta el día de San Miguel, que fue para
comulgar 225 .
Sor María de San Francisco nos dice: Esta testigo… oy decir a las
religiosas del dicho convento que, antes que la Madre Teresa de Jesús llegase al
convento a las siete de la mañana, vieron una estrella en medio de la ventana
que está encima de la portería por donde había de entrar la Madre Teresa de
Jesús y juntamente otra visión como a manera de una bola de fuego frontero de
la ventana de la celda donde la Madre murió 226 .
Sor Catalina de San Ángelo manifestó: Vio esta testigo que antes de la
muerte de Madre Teresa de Jesús, estando en el convento de Alba, una noche en
maitines entró por la ventana del coro una luz muy grande que atravesó por
entre los dos coros a la reja y era blanca como un cristal 227 .
SU MUERTE
Según declaración de la Madre María de San Francisco: Estando en Alba
enferma de la enfermedad que murió nuestra santa Madre, sucedió que
mandaron los médicos se le echase una medicina de aceites de la botica, todos
de malísimo olor, y, al tiempo de recibirla, se derramó toda por la cama de la
santa y en este punto acertó a llamar la señora duquesa de Alba, la vieja, que se
decía doña María Enríquez, que, como la tenía por santa, venía muy a menudo a
visitarla y darle la comida de su mano.
Acongojóse mucho la santa por ver que venía a tan mal tiempo, por causa
del mal olor, y yo le dije: “No tenga pena, Madre, que antes huele como si la
hubieran rociado con agua de ángeles”. Y era así, que olía con gran fragancia, y
la santa me respondi: “Alabado sea Dios, hija; cubra, cubra, porque no huela
mal y ofenda a la duquesa, que harto me holgara que acá no viniera”.
En entrando la duquesa se sentó luego, y comenzó a abrazar a nuestra
santa Madre y juntarle la ropa, y ella le dijo: “No haga Vuestra Excelencia eso,
que huele muy mal, con unos remedios que aquí me han hecho”. La cual
respondi: “No huele sino muy bien, y antes me pesa que le hayan echado aquí
olor, que no parece sino que se ha derramado aquí agua de ángeles, y le puede
hacer mal”.
225 Obras completas de la beata Ana de san Bartolomé, o.c., pp. 23-24.
226 Proceso II, pp. 63-64.
227 Proceso III, p. 205.
119
Y como yo se lo oí decir a su Excelencia, reparé en ello, y me pareció que
era milagro; pues, habiéndose derramado aceites pestíferos de olor, no lo
hubiese malo, sino antes tal como se ha dicho 228 .
A las cinco de la tarde, víspera de San Francisco, pidió el Santísimo
Sacramento, y estaba ya tan mala, que no se podía revolver en cama, sin que dos
religiosas la volviesen, y mientras que no venía el Viático, comenzó a decir a
todas las religiosas, puestas las manos y con lágrimas en sus ojos: “Hijas mías y
señoras mías : por amor de Dios les pido tengan gran cuenta con la guarda de la
Regla y Constituciones , que, si la guardan con la puntualidad que deben, no es
menester otro milagro para canonizarlas: ni miren al mal ejemplo que esta mala
monja les dio y ha dado, y perdónenme”. Y en este punto acert a llegar el
Santísimo Sacramento, y con estar tan rendida, se levantó encima de la cama, de
rodillas, sin ayuda de nadie, y se iba a echar de ella, si no la tuvieran; y
poniéndosele el rostro con grande hermosura y resplandor, e inflamada en el
divino amor, con gran demostración de espíritu y alegría, dijo al Señor cosas tan
altas y divinas, que a todos ponía gran devoción. Entre otras, le oí decir: “Seor
mío y Esposo mío: ya es llegada la hora deseada; tiempo es ya que nos veamos;
Amado mío y Señor mío: ya es tiempo de caminar. Vamos muy en hora buena;
cúmplase vuestra voluntad; ya es llegada la hora en que yo salga de este
destierro, y mi alma goce en uno de Vos, que tanto he deseado. Y si el prelado no
la estorbara, mandando en obediencia que callara, porque no la hiciera más
mal, no cesara de aquellos coloquios.
Después de haber recibido a Nuestro Señor, le daba muchas gracias,
porque la había hecho hija de la Iglesia y porque moría en ella. Muchas veces
repetía: “En fin, Seor, soy hija de la Iglesia”. Pidle perdón con mucha
devoción de sus pecados, y decía que por la sangre de Jesucristo había de ser
salva. Y a las religiosas pedía le ayudasen mucho a salir del purgatorio.
Preguntándole el padre fray Antonio de Jesús si quería que llevasen su
cuerpo a Ávila, respondi: “Jesús, eso hase (se ha) de preguntar, padre mío?
¡Tengo de tener yo cosa propia! ¿Aquí no me harán caridad de darme un poco
de tierra?”. Toda aquella noche repiti los dichos versos, y a la maana, día de
San Francisco, como a las siete, se echó de un lado, como pintan a la
Magdalena, el rostro vuelto hacia las religiosas, con un Cristo, el rostro muy
bello y encendido, con tanta hermosura, que me pareció no se la había visto
mayor en mi vida, y no sé a dónde se escondieron las arrugas, que tenía hartas,
por ser de tanta edad y vivir muy enferma…
228 Julián de Alba, Vida de santa Teresa de Jesús , o.c., p. 360.
120
Antes que muriera, llegó a la santa sor Isabel de la Cruz, que padecía
gran dolor de cabeza y mal de ojos, cogiéndole las manos a la santa, ella misma
se las puso sobre la cabeza, y al punto quedó libre de todo su mal 229 .
Sor Ana de San Bartolomé manifestó que antes que muriese, me dijo
estando a solas: “Hija, ya es llegada la hora de mi muerte”. Eso me atraves
más y más el corazón. No me apartaba un momento de ella; pedía a las monjas
me trajesen lo que había menester; yo se lo daba, porque en estarme allí le daba
consuelo. Y el día que murió estuvo desde la mañana sin poder hablar; y a la
tarde me dijo el padre que estaba con ella (fray Antonio de Jesús) que me fuese a
comer algo. Y en yéndome, no sosegaba la santa, sino mirando a un cabo y a
otro. Y dijóle el padre si me quería, y por señas dijo que sí, y llamáronme. Y
viniendo, que me vio, se rió; y me mostró tanta gracia y amor, que me tomó con
sus manos y puso en mis brazos su cabeza; y allí la tuve abrazada hasta que
expiró, estando yo más muerta que la misma santa, que ella estaba tan
encendida en el amor de su esposo, que parecía no veía la hora de salir del
cuerpo para gozarle.
Y como el Señor es tan bueno y veía mi poca paciencia para llevar esta
cruz, se me mostró con toda la majestad y compañía de los bienaventurados
sobre los pies de su cama, que venían por su alma. Estuvo un credo esta vista
gloriosísima, de manera que tuvo tiempo de mudar mi pena y sentimiento en una
gran resignación 230 .
Era el 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, de 1582. Al día
siguiente, en vez de 5 de octubre sería el 15 de octubre, de acuerdo a la reforma
del calendario ordenada por el Papa Gregorio XIII.
En el momento en que murió podía decirse lo que ella misma escribió:
Ahora decimos que esta mariposica ya murió con grandísima alegría de haber
hallado reposo y vive con ella Cristo 231 .
229 Ib. pp. 361-363.
230 Fuentes históricas sobre la muerte y el cuerpo de santa Teresa de Jesús , Teresianum, Roma, 1982, p.
589.
231 Séptimas Moradas 3, 1.
121
SUCESOS EXTRAORDINARIOS
Después de la muerte de la Madre Teresa, se experimentó en sus hijas
gran renovación de su espíritu y deseos; y de esto tuvo esta testigo (María de San
José) muchas experiencias por donde le parece cosa clara que veía la ayuda que
desde el cielo hacía la Madre en tiempo que era menester cualquier consuelo
para el mucho sentimiento que todas sentían con su muerte, que parecía no les
quedaba en la tierra cosa que les pudiese dar contento o pena el perderlo,
porque la amaban todas en extremo por su mucha santidad y apacible trato 232 .
Sor Catalina de San Ángelo declaró: Esta testigo y otras madres y
hermanas la amortajaron y vio esta testigo y las madres y hermanas que estaban
presentes y estuvieron acompañando el cuerpo esa noche, que había en la celda
un suavísimo olor, unos ratos más que otros, y diferentes unas veces de otras, sin
poder saber a qué lo comparar; y tan intenso que no lo podían sufrir y tuvieron
necesidad de abrir la ventana de la celda 233 .
Cuando muri… quedó todo el cuerpo muy blanco y también sin arrugas,
que parecía alabastro; la carne tan blanda y tan tratable como la suelen tener
los niños de dos o tres aos… Y sus miembros se mostraban tan blandos y tan
tratables a los que los tocaban, que parece tenía la ternura de la niñez y se veían
hermoseados con manifiestas señales de inocencia y santidad. De todo el cuerpo
salía un olor muy suave…
Quedó este olor en sus vestidos y ropa, y en las cosas que sirvieron en su
enfermedad, en tanto extremo, que de allí a muchos días una hermana, oliendo
siempre aquel olor en la cocina y buscando de dónde salía, halló debajo de un
arca una salserita de sal, con los dedos señalados en ella, que le llevaban
cuando estaba enferma, y de allí salía aquel olor. También quedó en los platos, y
aun en el agua con que los lavaban; y si en algún rincón o entre paños sucios
había algo que la hubiese tocado, sentían el olor, y veían que era algo suyo. Una
hermana, en acabándola de amortajar, fuése a lavar las manos
descuidadamente, y comenzó a salir tan grande olor de ellas, y tan suave, que le
parecía cosa del cielo, porque acá nunca había visto cosa semejante 234 .
Sor Catalina de San Ángelo certificó: Oyó esta testigo decir en esta casa,
que una religiosa de ella, que ya es difunta, que se llamaba Catalina de la
Concepción, al tiempo que la dicha santa Madre Teresa de Jesús expiró, había
visto entrar en la celda donde estaba la santa Madre en la cama una procesión
232 Declaración de María de san José, Proceso I, p. 325.
233 Proceso III, p. 195.
234 Francisco de Ribera, Vida de la Madre Teresa de Jesús , o.c., libro III, cap. XVI, pp. 399-400.
122
de personas vestidas de blanco muy resplandecientes; y en esta casa se entendió
eran los diez mil mártires de quien la santa Madre era muy devota, que venían a
la acompañar. Y otra religiosa dijo había visto salir por la boca de la santa
Madre Teresa de Jesús una paloma blanca, y que luego había muerto. También
vio esta testigo y otras religiosas a la mañana siguiente de la muerte de la santa
Madre que un arbolillo seco y que nunca había llevado fruto, que estaba en un
campecillo que caía delante de la celda donde la santa Madre estaba muerta,
estaba cubierto de flor y blanco como una nieve; lo cual a esta testigo y a las
demás pareció cosa milagrosa, lo uno por ser a cinco de octubre, que es el rigor
del invierno; lo otro, porque el dicho arbolillo estaba seco y nunca había llevado
flor, ni de allí adelante la llevó, aunque no el tiempo en que la había de llevar 235 .
Por su parte sor Ana de San Bartolomé declaró: Murió teniéndola en sus
brazos esta declarante. Y vio esta testigo que antes que acabase de expirar
estaba a los pies de la cama Dios Nuestro Señor, de cuya persona salía
resplandor grandísimo con mucho acompañamiento de santos y ángeles de la
Corte celestial, que aguardaban el alma de la santa Madre para llevarla a su
gloria y darle el premio de sus trabajos, y ésta fue visión con los ojos del alma y
sentimientos interiores… El resplandor de gloria que salía de la persona de
Nuestro Señor hacía una forma de cielo, y esta declarante volvió en sí con un
consuelo tan grande y fuerzas muy notables de que estaba privada, que nunca
más sintió pena ni nunca hasta hoy la ha sentido de la muerte de la santa Madre,
la cual luego expiró, dejando grande olor y bueno en toda la pieza…
Y su cuerpo quedó tan transparente y lúcido, que las manos parecía se
podía mirar en ellas, y que desde el coro alto, estando el cuerpo en la iglesia,
relucían las manos con suma admiración, así de las monjas, sus hermanas, como
de otras monjas de dentro de Alba que fueron a su entierro… Y de la
incorrupción de su cuerpo sabe y ha visto que, cuando la enterraron, porque no
pudiesen sacar el cuerpo de allí, hicieron echar mucha cal para que comiera la
carne y mucha piedra, que después oyó decir a los que la desenterraron que
serían como dos carretadas 236 .
235 Proceso III, p. 205.
236 Proceso I, p. 170.
123
EXHUMACIONES Y TRASLADOS
Sor María de San Francisco nos dice que vio que pusieron su cuerpo en un
ataúd de madera, vestidos los hábitos de su Religión y el velo negro sobre el
rostro, y se cubrió el ataúd con sus tablas, y el cuerpo fue entero sin abrirle ni
embalsamarle, y así fue puesto entre las dos rejas en el coro bajo de la iglesia
del monasterio, haciendo una sepultura honda en la tierra de un estado de
hombre. Y porque quedase maciza la sepultura y por temor de que no fuese
trasladado el cuerpo ni sacado de allí, le echaron encima cal, agua y piedras, y
cerrando la sepultura con un mazo y apretando fuertemente la tierra. Y así
estuvo por espacio de nueve meses continuos hasta el cuatro de julio del año de
ochenta y tres, que yendo a visitar aquel convento el provincial que se llamaba
fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, las religiosas de la casa le pidieron
sacase el cuerpo de la Madre Teresa de Jesús del lugar donde estaba, porque
tenían por muy cierto que el dicho cuerpo no estaba corrompido.
Y esta testigo, con las demás religiosas del convento, comenzaron a quitar
las piedras y la cal que se había puesto en la sepultura; lo cual por la mucha cal
y agua que se había echado, tenía olor de humedad, y que le quitaron las tablas
del ataúd y hallaron que los hábitos con que estaba el cuerpo enterrado estaban
podridos, y el velo negro algo pegado al rostro. Y quitándole los hábitos, vieron
el cuerpo entero, los ojos un poco hundidos, y el pico de la nariz algo
consumido, pero todo el cuerpo entero, sin que le faltase cosa ni en el vientre,
antes todo él de color de dátil pasado. Y sacándole afuera y poniéndole en el
coro y limpiando el dicho cuerpo, sintieron todos los que allí estaban un olor
suavísimo, que todos se admiraban de ver semejante olor. Y el provincial y su
compañero, que se llamaba fray Cristóbal, como por reliquia tomaron la mano
izquierda y dedos de un pie, y entonces vieron que del cuerpo y de las partes
donde se había cortado (salía) un licor oloroso y algo espeso, de color de óleo o
bálsamo, y esto ha durado y dura en el dicho cuerpo sin cesar desde aquel día
hasta hoy. Y la dicha mano, que fue la siniestra, se llevó al convento de
descalzas carmelitas de la ciudad de Lisboa, por cuya intercesión y reliquia esta
testigo ha oído decir por muy cierto a muchas personas que Nuestro Señor ha
obrado y obra cosas maravillosas 237 .
Sor Catalina de San Ángelo dio el siguiente testimonio: Cuando
desenterraron el cuerpo, hallaron un paño que esta testigo le puso cuando la
amortajó, teñido de sangre tan viva y fresca como si poco antes hubiera salido;
al cual ha visto esta testigo que, untando otros paños, los dejaba teñidos en la
sangre; y se han teñido muchos en gran cantidad 238 .
237 Proceso II, p. 65.
238 Proceso III, p. 194.
124
El padre Gracián hizo esta declaración: Entrando en el coro bajo con mi
compañero, fray Cristóbal de San Alberto, descubrimos el santo cuerpo, del cual
salía una fragancia y olor suavísimo, y lo hallamos entero y oloroso y con los
pechos altos, como si estuviera viva, y con sangre fresca, como si acabara de
expirar, aunque la cara y las manos que estaban descubiertas, se habían puesto
denegridas con la cal; lo demás estaba con hermoso color. Y yo corté la mano
izquierda del cuerpo, la cual traía conmigo en una toquilla con papeles, de la
cual manaba como un aceite, que manchaba los papeles y paños en que estaba
envuelta. Después la deposité en un cofrecito juntamente con la llave del
sepulcro, en que dejé el cuerpo mejor acomodado, y di a guardar el cofrecito,
cerrado con llave, a las monjas del monasterio de Ávila, con intento de que si el
cuerpo no iba a Ávila, gozasen ellas de la mano; y si era llevado a Ávila, tornase
yo a tomarla.
No sabiendo las religiosas (de Ávila) lo que había en el cofrecito, sucedió
que entrando una noche a encomendarse a Dios en el coro la Madre Ana de San
Pedro, subpriora del convento, vio visiblemente a la misma Madre Teresa de
Jesús en el coro con mucho resplandor, la cual, alargando la mano hacia la
parte del cofrecito, le dijo: “Tenga cuenta con aquel cofrecito, que está allí mi
mano”, y luego desapareció. Aconteció desde entonces también algunas veces a
la Madre Priora, María de San Jerónimo, tomar un jarro para beber y pedir la
bendición a la santa Madre, como si estuviera presente, y ver visiblemente la
mano que la bendecía; y asimismo acudir al dicho cofrecito algunas religiosas
que se veían atribuladas con algunas tentaciones y afligidas con algunos dolores
y tornar sanas y quietas.
Después, en el ao 1585… saqué la mano, la cual hallé olorosa y que
había henchido de aceite todas las sedas en que estaba envuelta, y la traje a
Portugal, depositándola en el monasterio de San Alberto de las carmelitas
descalzas de esta ciudad de Lisboa, y el dedo meñique, que le falta, se cortó para
mandar a nuestro padre provincial, fray Nicolás de Jesús María. Y por esta
mano ha hecho Nuestro Señor algunas maravillas en el monasterio de San
Alberto 239 .
La segunda exhumación tuvo lugar en el año 1585. El padre Gracián dice
al respecto: Los padres descalzos hicieron capítulo en Pastrana, por octubre del
año de 1585, el día de San Lucas, que es a diez y ocho, determinaron que el
santo cuerpo se sacase secretamente de Alba y se llevase a San José de Ávila,
donde la Madre había comenzado, y de donde era Priora cuando murió.
Movíales también a esto que el obispo de Palencia, don Álvaro de Mendoza,
239 Relaciones espirituales o.c., pp. 245-246.
125
había tratado con ellos de hacer la capilla mayor del mismo monasterio, y en
ella, en el mejor lugar, hacer un sepulcro para la Madre y después otro para sí,
por la devoción que le tenía; no queriendo, aun en la muerte, apartarse de ella, y
así se le concedió. Dan el cargo de esto al padre fray Gregorio Nacianceno,
vicario provincial de Castilla, ordenándole que para consuelo de las monjas de
Alba les dejase allí un brazo; y hácese la patente para que le den el cuerpo 240 .
Sor Inés de Jesús refiere: Estando la comunidad y religiosas de este
convento (de Alba) juntas… en la celda donde había muerto la santa Madre
Teresa de Jesús, teniendo cerrada la iglesia y portería del monasterio, esta
testigo y las demás religiosas oyeron unos golpes muy grandes que se daban
dentro de la iglesia al tornillo (torno) de la sacristía del convento, que cae a la
pieza donde estaba el sepulcro de la santa Madre; los cuales nueve golpes daban
de tres en tres, a poca distancia de uno a otro, hasta nueve golpes; y a la sazón
esta testigo, como Priora y prelada que entonces era, le dio pena y cuidado qué
podría ser y si acaso se había quedado alguna persona dentro de la iglesia; y
mandó a las porteras lo mirasen y supiesen qué era y lo hicieron; y hallaron
claramente no haber persona alguna. Y habiendo pasado lo susodicho, en este
ínterin sucedió que sacaron de allí a algunos días secretamente el cuerpo de la
santa de este monasterio, y lo llevaron a Ávila… Y después vinieron algunos
padres carmelitas descalzos… y dijeron que habían sucedido las señales de los
golpes referidos, cuando estaban los Prelados de la Orden firmando la patente
para sacar y llevar el cuerpo de este convento al de Ávila 241 .
El padre Gregorio Nacianceno fue el encargado de llevar el santo cuerpo a
Ávila. Don Juan Carrillo certifica: Al anochecer, sacaron su cuerpo del arca
donde estaba y hallaron muy gastados los hábitos y ropa que tenía encima.
Sacaron el santo cuerpo y pusiéronle adonde todas las hermanas le vieron con
sumo contento y alegría. Idas ellas a decir Completas y una Vigilia…, se
quedaron los padres y con ellos la Priora y subpriora y Juana del Espíritu
Santo; y, pareciéndoles buen tiempo, notificaron a las tres la patente del capítulo
para la traslación del santo cuerpo a San José de Ávila, lo que les causó infinita
turbación y pena; y le quitaron un brazo que pusieron en un baúl, que de acá se
había llevado… y vistieron el cuerpo de sus hábitos y envuelto en una sábana y
una manta de sayal.
Abrazado con él, el padre fray Gregorio lo pasó a su aposento, que era
enfrente de la portería del monasterio, a donde yo estaba y Julián de Ávila y un
compañero del vicario provincial, y pasó tras él el padre fray Jerónimo Gracián
y, puesto el santo cuerpo encima de una cama, lo descubrió y le vimos tan entero
240 Relaciones espirituales, o.c., p. 261.
241 Proceso III, pp. 183-184.
126
como se enterró, sin faltarle un cabello, tan lleno de carne todo él, desde los pies
a la cabeza, y el vientre y pechos de manera como si allí no hubiese cosa
corruptible, de tal suerte que llegando con la mano a la carne, se deja asir y
tocar como si acabara de morir, aunque pesa poco; el color del cuerpo es
semejante al de unos cuerecillos de vejigas en que se echa manteca de vacas; el
rostro está algo aplanado, porque se ve bien que, cuando lo enterraron, echaron
tanta cal, ladrillo y piedra, que alguna le dio gran golpe en él, aunque no hay
cosa rompida (sic ) ni quebrada; el olor que sale de este santo cuerpo, llegados
muy cerca, es eficacísimo y muy extraordinariamente bueno; y apartados, no es
tan recio, y es el mismo olor, que nadie sabe decir qué semejanza tiene, y si algo
parece es a trébol, aunque poco. Después de haberle visto este santo cuerpo… se
envolvió y cosió en una sábana así vestido, y se le envolvió en una frazada de
sayal y otras cosas, y todo cosido y liado, se llevó a mi posada luego, y tuvimos
en nuestro aposento Julián de Ávila y yo aquella noche, una tan grande y santa
compañía con tanta fragancia de aquel buen olor que, después de puesto en un
macho entre dos costales de paja, como caminó, quedó en el aposento notable
sentimiento de este olor.
Salimos de Alba el lunes, a las cuatro de la mañana, e hizo la noche y
mañana tan sin frío y serena como de junio; y lo mismo ha sido desde que
salimos de Ávila hasta esta noche que llegamos a ella, a las seis dadas, y se
entregó esta tan gran reliquia a las hermanas de San José, que están tan alegres
con tenerla, cuanto las de Alba desconsoladas de haberla perdido. El domingo, a
las cinco de la mañana, otra religiosa vio sobre su sepulcro andar una gran
mariposa blanca buen rato; y la misma vio otra religiosa acabando de morir la
santa Madre sobre su cuerpo; y ellas lo dijeron el domingo a los padres y
hermanas con gran sencillez. Todo esto es poco para lo que se ha visto con los
ojos en este santo cuerpo y para lo que Nuestro Señor puede hacer en sus
santos 242 .
Sor Ana de San Bartolomé declaró que vio el cuerpo de la santa Madre al
llegar a Ávila y dice que tenía un paño que se le había puesto de lienzo para la
efusión de sangre de que murió, quitándosele esta testigo, estaba la sangre tan
fresca y se está hoy día, como si entonces destilara; y cala todos los papeles y
paños que se le llegan, como si fuera la sangre fresca; y vio y tocó su vientre con
todas sus tripas y su cabeza con todos sus cabellos como cuando la enterraron,
dando de sí muy grande y buen olor. Y sólo le faltaba un brazo que le habían
cortado en Alba y un dedo del otro brazo; y la carne de donde se cortó el brazo
estaba tan buena y de color de dátil, y sudaba el brazo como a modo de aceite o
242 Relaciones espirituales o.c., pp. 249-250.
127
de una agua envuelta en sangre, y hoy día que se llegue al cuerpo con cualquier
lienzo, lo traspasa como si se mojase en aceite 243 .
Cuando el duque de Alba se enteró de que se habían llevado el santo
cuerpo a Ávila, se enojó mucho. Después vino al monasterio, y hizo, ante un
escribano, un gran requerimiento a la Priora y a las monjas, mandando, debajo
de graves penas, que en ninguna manera dejasen sacar de allí el brazo que les
había quedado. Y no se descuidó con esto del cuerpo, antes escribió a Roma, y
negoció tan bien, que Su Santidad mandó a los padres descalzos, que luego
volviesen el cuerpo a Alba y se le entregasen a la Priora y al convento, y si algo
tuviesen que alegar por su parte, pareciesen por sí, o por medio de procurador,
ante él 244 .
Según relata el padre Diego de Yepes en su libro: El Papa Sixto V mandó
a los padres descalzos que luego volviesen el cuerpo adonde le habían sacado.
Vino este mandato dirigido al Nuncio, el cual lo notificó luego al padre fray
Nicolás de Jesús María, que entonces era provincial, y él obedeció sin dilación
alguna, y fue a Ávila, y desde allí envió con mucho secreto al padre fray Nicolás
de San Cirilo, Prior del monasterio de Mancera, para que sacasen el cuerpo de
Ávila, y ellos lo hicieron así, y partieron luego acompañando el santo cuerpo
para Alba. Venían de noche por el camino, y aunque traían con secreto aquella
prenda del cielo, ella se manifestaba por los caminos de tal manera que pasando
por la Bóveda, que es un lugar junto a Peñaranda, era tanta la fragancia que los
labradores con el nuevo y desusado olor salían de noche de las eras, y corrían
en pos de los que llevaban el santo cuerpo, con deseo de saber el origen y causa
de aquella maravilla, como lo refiere en su dicho el conde de Peñaranda.
Llegaron a Alba a veintitrés de agosto, víspera de San Bartolomé del mismo año
de 1588.
Como se supo en Alba una nueva tan deseada, vino la clerecía con deseo
de hacer mucha fiesta con procesión y con música; pero los padres que llevaban
allí el cuerpo para que se quedase como de prestado, más por violencia que por
el gusto, y sólo por cumplir el mandato del Papa, no permitieron que se hiciese
fiesta alguna, y así entregaron el santo cuerpo a las monjas, y estando el duque a
la reja, y la condesa de Lerín su madre, y toda la iglesia llena de gente, le
descubrieron y mostraron a todos. Y el padre fray Juan Bautista preguntó a las
monjas si conocían ser aquel cuerpo de la santa Madre Teresa de Jesús, y si se
daban por entregadas de él; respondieron que sí, y los de afuera dijeron también
que conocían ser aquel el cuerpo de la santa. Desde entonces hasta ahora ha
estado siempre el santo cuerpo en Alba, juntamente con el brazo, donde
243 Proceso I, p. 171.
244 Relaciones espirituales, o.c., p. 264.
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concurre mucha gente de muchas partes con gran devoción, y se hacen muchas
novenas para verle y encomendarse a la santa, por cuya intercesión ha hecho y
hace el Señor muchos milagros 245 .
Otra exhumación tuvo lugar el 22 de abril de 1604 en Alba. Lo refiere fray
Juan de Astudillo: Descubrieron el ataúd y todos nos pusimos alrededor de él, de
manera que todos pudiésemos muy bien ver el santo