Dime que te cuento y te diré que aprendes
Padre Marcelo Rivas Sánchez
"Arréglese al estado como se conduce a la familia,
con autoridad, competencia y buen ejemplo." Confucio.
Por una mejor Democracia
Nadie puede decir que lo pasado no sirve de nada. Y mucho menos,
afirmar, que la historia tiene un destino de olvido. No es así, la historia es la
maestra de la vida y si olvidamos la historia, de seguro, estaremos esclavizados a
repetirla.
Digo esto a propósito de las difíciles situaciones por la que avanza la
democracia venezolana. En primer lugar, hemos perdido el respeto entre nosotros.
Ya los ciudadanos no se respetan donde una gran mayoría (82%) constata que
estamos divididos e incluso enfrentados por situaciones partidistas. Segundo
lugar, las instituciones están secuestradas desde un poder que las domina y
somete a su antojo (leer declaraciones de Aponte Aponte) y en tercer lugar por la
proximidad de las elecciones presidenciales (7 octubre) donde se intenta con una
matriz de opinión (basada en encuestas) meter miedo y desprestigiar.
No podemos olvidar que la historia ha de ser, siempre, maestra de la vida.
De ella aprendemos y hacemos posible que los errores no se repitan. Pues la
democracia se mejora con verdaderas propuestas, con responsabilidad y rectitud,
pero no, con consignas demagógicas que abren la puerta a la división y a ese
enfrentamiento que ha traído tanto dolor y divisiones.
Esta democracia necesita que se imponga la presencia de políticos,
empresarios, sindicalistas, líderes de opinión y ciudadanos para exigirles
responsabilidad, eficacia, honestidad y ejemplaridad. Hay que hacer un profundo
examen de conciencia y desde la cristiandad evaluar la honradez, los valores y
dejar asentado una solidaridad y una transparencia que luce necesaria en medio
de esta crisis.
Desde el cristianismo, una democracia sana, es invitada a invertir en los
valores. A luchar por la libertad, por la justicia social y de esa dignidad que no se
viola en cada persona que goza de deberes y derechos. Por ningún motivo
podemos caer en eso de “a mí no me importa, ese no es mi problema” Hay que
pasar de la compasión al quehacer. A esa acción que despierta y nos hermana.
En una sana democracia se busca el bien para todos y no el de unos
cuantos que piensan como yo. Delante de la crisis de valores, donde la familia
está más afectada, la democracia se resiente pues aumenta la pobreza, el hambre
y la exclusión social. Ante esto no simples jornada con paliativos de paños tibios
que se enfrían a la vuelta de la esquina. Hay que brindar soluciones
esperanzadoras que nacen del amor verdadero de Dios que se ha metido en el
corazón de gobernantes y políticos.
Hay que apoyar y estimular a quienes ponen sus bienes, su tiempo y su
esfuerzo al servicio de los más pobres, de los marginados y de los más
desposeídos. Hablo que en una sana democracia hay que darle participación
activa a la empresa privada y a las iniciativas de empresarios, que sin dejar de
ganar, acompañan al crecimiento de la sociedad.
En esa sana democracia se debe dar un excelente trato a los ancianos,
niños y presos. En ellos se refleja la acción solidaria y reconstructiva para, más
que depositar, promover los valores. En cada uno de ellos está lo esencial de una
sociedad. Bien lo dice Benedicto XVI “El estar sin trabajo mucho tiempo, o la
dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la
creatividad de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños
en el plano psicológico y espiritual” Entonces, si hay pobreza material genera otra
en orden espiritual.
Esta democracia debe mirar hacia los más desposeídos. No para dales y
hacerlos depender de una limosna y así dominarles. No, hay que promoverlos.
Donde tengan una oportunidad seria de trabajo. Un trabajo estable y que le ayude
a progresar y salir de la pobreza. De ahí que la política no es un llegar para
enriquecerse, sino para compartir esa oportunidad de trabajar y ver crecer los hijos
en paz.
Jamás es una limosna que ofende pues a lo largo se acaba o se la roban.
Es solidaridad que se desarrolla en estructuras serias donde la dignidad del
hombre es prioritaria. Esa caridad mira el alma y desde allí se le acompañe y
nunca humille con regalos que como no cuestan los hacemos fiesta.
Entonces, si luchamos por estos ideales, este 5 de julio de 1811 donde el
Congreso declara solemnemente la Independencia de Venezuela, «en el nombre
de Dios Todopoderoso» No será una fecha más, sino el resultado de esfuerzos.
@padrerivas