Dime que te cuento y te diré que aprendes
Padre Marcelo Rivas Sánchez
Sagrado Corazón de Jesús en ti confío
Aquel Director Espiritual, tan lleno de vida y alegre en el Señor siempre me
lo repetía “con Dios realizaremos proezas” y a eso se agregaría lo de mi madre
“Con Dios todo, sin Dios nada” Más que frases hoy son caminos andados, vueltos
a recorrer y continuados.
Celebrar la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús es hacer venir
aquellos recuerdos del Seminario San Tomás de Aquino en los valles adornados
de flores y pinos que se alimentaban del naciente de la Mantellina donde a cada
monte alto se veía otro de mayor tamaño. De ahí que esta solemnidad me es muy
familiar y grata, pero más que revivirla, se hace necesario compartir a un Dios que
en su amor mayor se entrega por la salvación.
Entonces, el Corazón de Jesús, nos hace una propuesta: la clave de ese
amor está en el servicio desinteresado. Eso sí sin emoción fanática y mucho
menos sin sentimentalismo que raya en lo ridículo y excluyente. Es un servicio
guiado por el Espíritu Santo (Que llegó este 27 de mayo, Pentecostés) Colocó la
fecha para que empecemos poniendo pies en la acción.
Hablamos de una decisión real, objetiva, concreta… De vida y realización.
No es comedia o ganas de escribir por escribir. Nada de eso. La cuestión es ser
sal – luz dentro y fuera. Pues, muchas veces, queremos servir, pero somos unos
tremendos ausentes en nuestro propio ambiente familiar, es decir, todo luz, sal en
la calle y oscuridad e insipidez en la casa. Nos vamos entendiendo.
El Sagrado Corazón no es simple devoción de unas señoras entradas en
edad y que no tiene otra cosa qué hacer. Por eso, es el momento de asumir
responsabilidad en torno a la luz y la sal que nos debe mover a la acción. En la
Biblia encontramos cuál es la misión de la sal: “Ustedes son la sal de la tierra. Más
si la sal se desvirtúa, ¿con qué se salará? Ya no sirve para nada más que para ser
tirada afuera y pisoteada por los hombres” (Mateo 5,13) y de la luz nos dice:
“Ustedes son la luz del mundo: ¿cómo se puede esconder una ciudad asentada
sobre un monte? Nadie enciende una lámpara para taparla con un cajón; la ponen
más bien sobre un candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Hagan,
pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello
den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos” (Mateo 5,14-16)
Interesante verdad, bueno hasta este punto. No olvidemos que con Dios
realizaremos proezas y con el amor de Dios triunfaremos. Además, en él un
servicio desinteresado y afectivo. Pero aterricemos. Nada de por las ramas,
mucho menos de fanatizar la fe o hacerla una religión de respuestas inmediatas.
Aclaremos, lo de Dios es de Dios. En nada somos dueños de Dios. Por lo
tanto, lo de sal y luz viene del regalo misericordioso de Dios. En nada y para nada
de nuestra fuerza o potencialidad. Dios deposita en nosotros ese regalo. Como
regalo lo recibimos, lo admiramos, lo cuidamos y lo alimentamos. No se puede de
guardar o dejarlo para otro día. Hay que destaparlo y apreciarlo.
Ese regalo de Dios es para transformar. Esto quiere decir que al recibirlo se
pone en servicio para que no nos pase como con la sal y la luz mal utilizadas. La
sal para tapar huecos y la luz para ser escondida debajo de la cama. No señor,
pues permitirlo es hacer de esta hermosa solemnidad el ridículo que ya hablamos.
Eso sí, sin olvidar que la sal preserva de la corrupción y la luz disipa las tinieblas.
Está aquí, delante de nuestros ojos, la mejor definición del Sagrado
Corazón de Jesús. Vida de amor en cada uno. Un amor que es señal de que el
Espíritu Santo está entre nosotros. Y está para quitar todo lo que mancha, daña,
aleja y destruye. Entonces, el amor de Dios nos quiere puros como puro es el
amor que nos entrega y que San Francisco gritaba por las calles “El amor no es
amado” y de forma especial, el amor derramado desde la cruz.
Es ese Dios que no ha venido a suprimir nada, sino a cumplir la ley (Mateo
5,17) Para que el amor se haga sacrificios reales como en el Corazón de Jesús
que se queda para que observemos y sintamos el amor verdadero. Nada de
amores a medias, sino de ese amor que nos habla Santa Teresita del Niño Jesús:
“Corazones partidos yo no los quiero. Cuando doy el mío, lo doy entero”
Perdonen, pero me despido. Voy a celebrar la misa en acción de gracias al
amor que debí amar siempre y nunca dejar por nada. Corazón de Jesús en ti
confío.
@padrerivas