La laicidad no es laicismo
Dios entraña lo último, lo incondicional, lo que concierne de manera decisiva, el
definitivo sentido de todo, el último juez de la ética y supremo garante contra todos
los abusos del poder ejercidos por el hombre y sobre el hombre. Él es y manifiesta
lo “sagrado”, lo que reclama respeto por encima de todo y siempre.
En este sentido, aquí se codifica una herencia cristiana esencial en su forma
específica de validez. Que haya realidades, valores, derechos, que no son
manipulables por nadie, “sagrados”, es la verdadera garantía de nuestra libertad,
de la grandeza del ser humano, de un futuro para el hombre: la fe ve en ello el
misterio del Creador y la semejanza conferida por Él al hombre; por esto, ve
también la verificacin de lo que está entraado en la máxima de Jesús: “dad a
Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César”, tan acorde, por lo demás,
con la recta razón, que presupone la limitación, el control y la transparencia del
poder, la no manipulación del derecho y el respeto a su propio espacio intangible, y,
finalmente, la fundamentación del derecho sobre normas morales, sobre la verdad
y el bien, lo que es bueno y verdadero por sí mismo.
En todo ello va implicado, de alguna manera, que se reflexione sobre el laicismo
ideológico imperante, derivado de todo un proceso de secularización ilustrada, que
lleve a la sociedad actual –sobre todo la europea– a situarse ante el desafío de
tomar una nueva decisión a favor de Dios, Creador.
La unidad y la convivencia de las gentes y de los pueblos sólo serán posibles si
surge, en el horizonte presente de la Historia, un sujeto social capaz de construirlas
pacientemente, porque su experiencia de vida y su respuesta a interrogantes
fundamentales del hombre le hacen capaz de amar a toda persona humana en
tanto que persona, partícipe del mismo misterio y de la misma vocación, por
encima de cualquier otra determinación de raza, cultura y religión, pueblo, clase
social o adscripción política. Esto reclama superar el proceso de secularización que
ha desembocado en el laicismo radical e ideológico de algunos lugares.
Por lo demás, “la absoluta profanidad que se ha construido en Occidente es
profundísimamente ajena a las culturas del mundo. Esas culturas se fundamentan
en la conviccin de que un mundo sin Dios no tiene futuro” (J. Ratzinger, 1). Ésta
es, opino, una de las grandes cuestiones y retos que plantea hoy el islamismo al
mundo secularizado y sometido a un laicismo ideológico que está muy lejos de una
sana laicidad.
Jesús Domingo Martínez