Momentos decisivos
P. Fernando Pascual
19-5-2012
Una vida recta, limpia, hermosa. De repente, un mal paso, un error en un cruce de caminos. Todo se
derrumba. Una persona honesta deja de serlo.
Cuando vemos cambios bruscos en trayectorias lineales surge el deseo de excavar en el pasado.
¿Habrá habido un trauma infantil? ¿Quizá sus padres impartieron una educación rígida? ¿No habrá
vivido de apariencias y al final salió a la luz el mal que se escondía bajo una piel de oveja?
Es cierto que hay hechos del pasado que explican cambios misteriosos en los corazones humanos.
Pero también es cierto que una vida auténticamente sana, apoyada por una familia buena y una
educación equilibrada, puede dar un vuelco en pocas horas. Basta dejar abierta la puerta a la
ambición, a la soberbia, a la ira, al desenfreno, y los “dividendos” buenos se dilapidan casi por
completo en un tiempo bastante breve.
Los cambios bruscos hacia el mal causan gran pena. Una persona hasta ahora honesta ha
sucumbido. Algunos dirán que, en definitiva, no existen santos. Otros volverán una y otra vez a
insistir en que no es posible la perfección humana: el hombre y la mujer ejemplares usan
simplemente máscaras con las que engañan a quienes viven a su lado.
El tema no es tan simple. Porque un hombre bueno conserva siempre esa libertad con la que puede,
en cualquier momento, decir no a Dios, a los familiares, a los amigos, a la vida justa. Basta poco
para arruinar la trayectoria de quien era, para muchos, un modelo.
Reconocer lo anterior vale para quien deja el buen camino y se introduce en la vía de la perdición.
Y vale también para quien ha estado encadenado por meses, por años, quizá desde la niñez, bajo
pecados e injusticias que le dañaron a él y que hicieron llorar a tantos inocentes.
Existen momentos decisivos en los que uno puede dejar una vida desastrosa. El criminal puede
terminar sus días con un arrepentimiento sincero y con una conducta llena de justicia. Quizá incluso
en los últimos minutos: junto a la cruz de Cristo, un condenado a muerte encontró el camino que va
derecho al paraíso...