Dime que te cuento y te diré que aprendes
Padre Marcelo Rivas Sánchez
Madre no llores más.
La Virgen María había presenciado los acontecimientos del camino de la cruz e
incluso hasta la muerte de su hijo en el monte la calavera. Pero miremos a la Virgen en
aquel pasaje de Lucas 2,16-21 Las maravillas de Dios desde el pesebre recostado y
María guardaba todo en su corazón.
Se hace necesario que para el día de las Madres invoquemos a la Virgen María
para que en ella contemplemos su ejemplo y virtudes para que siendo cada día más
pobres podamos encontrarnos con Dios.
Pues una madre es la palabra más bella que podemos pronunciar. Pues en ella
hay un corazón materno que abraza, acaricia, perdona y sostiene. Pero somos muchos
los que las cambiamos por cosas, objetos materiales a los cuales le rendimos un culto y
pleitesía.
En casa las maltratamos pues no les comprendemos. Siempre desobedientes,
retrecheros, llenos de malas respuestas e incluso dejamos solas como trastos viejos.
Todo porque olvidamos su ternura, su desinterés y entrega. En cada uno debe haber hoy
y siempre un regreso a casa. Una vuelta a las tradiciones familiares: bendición mamá;
puedo; me das permiso; gracias por la tan buena comida…
En la vida cotidiana ellas son utilizadas para nuestra conveniencia. Muy pocas
veces tomadas en cuenta donde su experiencia se deba imponer. Olvidando que en las
manos de ellas está la salvación del mundo. Un mundo que permite que se desvanezca la
claridad de ese corazón de Madre que nos invita al perdón, la unión, la confianza y muy
especial, al encuentro fraternal entre hermanos. En ella siempre un perdón, causa
amoroso de su presencia. Bien lo decía Ross “la mano que mece la cuna, es la mano que
gobierna al mundo”
Si todas las madres sonrieran el mundo fuera menos violento. La vida brillaría más
y estarían más cercanos que lejanos. Hoy en día hay una fuerza extraña que nos persigue
y alimenta. Fuerza que encadena y somete con tal brutalidad que vivimos a sus expensas.
Como una gran bodega que alimenta, mantiene y sostiene. Esa fuerza se llama egoísmo.
Que nada tiene que ver con maternidad, entrega, generosidad de una madre que se hace
nombre de Dios para abrazarnos como niños necesitados de su amor.
Es ese egoísmo que hace llorar a las madres. Lágrimas que hacen llorar al propio
Dios. Y lágrimas que hacen destruir a hogares, matrimonios y sociedades. Es el momento
no se secarlas, mucho menos de esconderlas, sino de evitarlas para siempre. Pues en
cada lágrima está el sufrimiento de quien no se acuesta tranquila mientras los hijos
derrochan en las calles; la que no puede estar en paz frente a los vicios asumidos y
vividos como moda y expresión de juventud.
No tenemos que hacer nada para merecer el amor de una madre, pues esa es su
esencia y sin amor no puede vivir. Pero si podemos hacer crecer las respuestas a ese
amor evitando tristezas y amarguras. No se justifica que por vivir en el egoísmo ellas
tengan que sufrir. Por vivir en la división ellas tengan que padecer el enfrentamiento entre
hermanos. Que por cuatro lochas ella tenga que ver a hermanos en el reto de tribunales y
demandas.
En María, la Virgen, la madre para todos y en cada madre un ser para cuidar y
amar. No es posible que oremos a Dios y maltratemos a la que entregó su amor de vida.
Pues en cada madre hay belleza, consuelo y esperanza. No es posible que pidamos por
la paz del mundo y ella viva el infierno que desespera delante de peleas y ofensas
continuas.
Se ha quedado my distante aquello de Emerson “los hombres son como sus
madres lo hacen” Distante porque de aquella crianza no queda nada y exponemos lo peor
para hacerlas sufrir. Olvidando que el provenir propio es obra de la madre. Sin ella no
habrá futuro, sin ella no habrá esperanza, sin ella no habrá Dios. Por eso, en este día, no
basta con tapar las lágrimas con el dedo del dinero, sino que hay que cambiar y ese
cambio nos invita a responder la pregunta: ¿Qué será de un hogar sin madre?
Con todo esto, dispongámonos a celebrar el día de la madre sin olvidar que cada
uno lleva en sí la imagen de la mujer que sale de la propia madre. Si hay divorcios,
maltratos, abortos, desorden… es porque se ha borrado la imagen de madre que
llevamos esculpida en nuestros corazones.
María, la Madre de Dios, nos enseña que para llegar a Cristo hace falta también la
oración. Ella “guardaba todas la cosas y las meditaba en su corazón” Que sea Dios quien
nos conduzca por los caminos de la verdad y el amor.
Dios te salve María,
llena eres de gracia
El Señor es contigo,
bendita tu eres entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte,
Amén.